Bora Bora Alberto Vázquez-Figueroa Vázquez-Figueroa, en esta espectacular novela, logra exponer un convincente retrato de la cultura polinesia. La trama se desarrolla en una pequeña isla del Pacífico Sur la cual se ve salvajemente invadida por naves provenientes de un islote oceánico. Tras causar muerte y destrucción, la princesa se ve secuestrada por estos invasores llevándola mar adentro. Al compás de un dinámico relato, los habitantes supervivientes deciden emprender la persecución a través del océano buscando venganza… Alberto Vázquez-Figueroa Bora Bora El afilado peine de dientes de cerdo se posó delicadamente sobre la piel del antebrazo, el anciano alzó con firmeza el pequeño mazo de madera y Tapú Tetuanúi cerró el puño y apretó los labios dispuesto a demostrar que era un hombre, y ni el más leve lamento, ni tan siquiera un gesto, delataría que el dolor que sabía que iba a experimentar le afectaba en lo más mínimo. El viejo tatuador comprobó que cada una de las púas estaba colocada sobre el lugar exacto siguiendo el cuidado dibujo que previamente había trazado, clavó los ojos en el rostro de su jovencísimo paciente, sonrió para sus adentros al comprobar la decisión que se podía leer en su mirada, y por último golpeó secamente la cabeza del largo mango de hueso de ballena haciendo que las blancas agujas se clavaran lo justo para atravesar la piel sin llegar a herir la carne. Pese a estarlo aguardando casi desde que tenía uso de razón, el joven Tapú Tetuanúi no pudo evitar un leve gesto de sorpresa ante la agresión, puesto que era aquél un dolor que no se parecía a ningún otro que hubiese experimentado hasta el presente, quizá debido precisamente al hecho de llevar tanto tiempo esperándolo. El dolor solía llegar casi siempre de improviso, debido a un golpe, una caída o un descuido a la hora de pisar un erizo mientras pescaba en la laguna, pero advertir cómo el mazo caía y de inmediato la nuca parecía contraérsele, era algo chocante que jamás había sufrido hasta el presente. El anciano volvió a mirarle a los ojos, y se diría que sabía de antemano lo que iba a descubrir en ellos, puesto que de inmediato retiró el peine, y tras mojarlo en una gran concha que contenía una tinta hecha a base de aceite de nuez de «tairí» y carbón vegetal, lo posó apenas sobre la siguiente línea del dibujo. Tapú Tetuanúi se preguntó si sería capaz de resistir una nueva agresión, pero el tatuador ni siquiera le dio tiempo de encontrar respuesta, golpeando de nuevo, alzando el peine, volviéndolo a mojar y situándolo una vez más con la seguridad de quien ha realizado la misma labor un millón de veces y sabe que no tiene tiempo que perder. Por último, restañó con un minúsculo pedazo de limpia «tapa» las gotitas de sangre que manaban de algunas de las casi invisibles heridas mezclándose con la negra tinta y musitó roncamente: — Basta por hoy. — Puedo soportarlo — protestó Tapú. — Lo sé — admitió el otro comenzando a guardar sus instrumentos en un pequeño cesto de palma —. La piel es fuerte, pero necesito saber si cicatriza bien o si se infecta. Vuelve dentro de cinco días. El muchacho observó con cierta decepción la marca oscura — apenas algo mayor que un dedo pulgar — de su antebrazo, y trató de insistir, pero el anciano le atajó secamente: — He dicho que basta — gruñó —. Conozco mi oficio. A unos doscientos metros de la cabaña del tatuador, Tapú Tetuanúi tomó asiento en la arena de la playa y apoyando el codo en la rodilla observó de nuevo las marcas que le habían dejado los dientes de cerdo. No era mucho, en verdad; apenas algo más que un esbozo, pero cuando el dibujo estuviese completo serviría para contarle al mundo que había nacido en la isla de Bora Bora, pertenecía a la noble familia de los Tetuanúi, y había decidido no afiliarse a la poderosa Secta de los «Ariói», ni a ninguna otra sociedad secreta del mismo estilo. Tapú sería un hombre libre e independiente, cuyo antebrazo tal vez algún día demostraría que había alcanzado el codiciado rango de «Jefe Guerrero», «Constructor de Naves», o incluso el legendario título de «Navegante Mayor del Gran Océano». Caía la tarde, una suave brisa agitaba las transparentes aguas de la inmensa laguna llegando de Rairatea, cuya alta silueta se dibujaba a poco más de veinte millas de distancia, y tras contemplar unos instantes a un pescador que lanzaba su red desde una roca del islote de Piti-uu-Taí, se puso lentamente en pie y reinició la marcha por la ancha playa de arena muy blanca.[1 - Para los lugares, así como para el tiempo y las distancias, he considerado preferible emplear la terminología actual para evitar confusiones. (N. del A.)] Pronto alcanzó Punta Matira, que se clavaba como una lanza en el mar conformando el extremo sur de la isla, y tras atravesar un estrecho istmo de poco más de cien metros, desembocó en la playa de sotavento, sorprendiéndose, como a menudo solía ocurrirle, ante la inconcebible calma del mar en aquel punto, protegido de los alisios del sudeste que soplaban sobre Bora Bora la mayor parte del año, ya que la costa de poniente de Punta Matira se convertía — sobre todo a última hora de la tarde — en el remanso de paz en el que — según la tradición — al dios Taaroa le agradaba retirarse a reflexionar cuando tenía problemas con los hombres. El mar, de un verde esmeralda, parecía haberse solidificado, y a no ser por el hecho de que de tanto en tanto algún pececillo rompía su superficie en un corto salto, se diría que se podría caminar sobre las aguas y nada le impediría recorrer a pie el kilómetro escaso que le separaba de la barrera de arrecifes, que se encontraba allí más cerca que en ningún otro punto de la isla. Se introdujo en el agua tomando asiento sobre la gruesa y pesada arena de coral desmenuzado por los siglos, y manteniendo el brazo al aire — tal como le había ordenado el tatuador —, dejó que el tiempo pasara mientras el sol iba descendiendo en el horizonte, permitiendo que «El corazón se le llenara de serenidad», tal como le aconsejara su sabio maestro, el venerable Hiro Tavaeárii. Dos piraguas surgieron de Punta Rofau y se recortaron contra el sol que rozaba el horizonte enrojeciendo las nubes para enfilar directamente hacia Punta Matira, y aunque sus ocho remeros bogaban con increíble brío, lo hacían en absoluto silencio y sin levantar siquiera espuma, como si lo que en verdad importara no fuera vencer en la improvisada carrera, sino hacerlo de un modo tan discreto, que en plena noche nadie hubiera sido capaz de detectar siquiera su presencia. Al llegar al extremo sur de la isla viraron en redondo, y ahora sí se escucharon risas y voces, entre las que Tapú creyó reconocer el vozarrón de su amigo Chimé, el «Gigante de Farepíti», al que nadie había conseguido vencer ni en una lucha cuerpo a cuerpo, ni en una regata. Cuando las piraguas se perdieron de nuevo tras Punta Rofau y el sol se despidió lanzando un verde rayo, Tapú Tetuanúi abandonó el agua y reinició la marcha por el ancho sendero que conducía a casa de la hermosa Maiana. Prefería llegar a ella de oscurecido, de tal forma que la muchacha no tuviera ocasión de descubrir su primer tatuaje, puesto que estando como estaba, acostumbrada a hacer el amor con docenas de hombres cuyos cuerpos aparecían ya totalmente cubiertos de llamativos dibujos, no podría por menos que reírse al contemplar la ridiculez que ensuciaba su brazo. Se preguntó una vez más si algún día la dulce Maiana aceptaría ser su esposa, y una vez más recordó su respuesta cuando por primera vez se lo propuso: — ¿Cómo puedo saberlo, si aún no he tenido relaciones con todos los solteros de la isla? — había musitado con su cautivadora sonrisa —. Tú me haces disfrutar mucho, pero antes de elegir debo estar segura de que no existe ningún otro más de mi agrado. A Tapú Tetuanúi le enorgullecía que la mujer que pretendía tuviera tanto éxito y la mayoría de los casaderos de la isla hicieran cola para acostarse con ella — señal inequívoca de que era en verdad una criatura adorable — pero a veces, cuando la veía perderse en la espesura en compañía de alguno de cuantos aspiraban a convertirla en su esposa, no podía por menos que sentir un amargo sabor en la boca que le hacía profundamente desgraciado. — Son sucios celos — le había reprendido su maestro, el venerable Hiro Tavaeárii —. Un sentimiento indigno de un chico de tu edad. Maiana tiene derecho a buscar su felicidad eligiendo su pareja, del mismo modo que la tienes tú al elegir la tuya. Cuando se decide formar una familia, se tiene la obligación de ser fiel hasta la muerte, pero hasta que llegue ese día, cada cual es el único dueño de su cuerpo. — Pero yo la amo — se lamentó Tapú. — ¿Y acaso eso le obliga a amarte? — fue la respuesta —. Has descubierto demasiado pronto que Maiana te produce más placer que ninguna otra muchacha, pero ello no te da derecho a exigirle que tome su decisión con idéntica rapidez. Observa tu pene cuando se excita: es recto, firme y casi reluciente. Mira luego dentro del sexo de una mujer: es oscuro, profundo y lleno de recovecos. — Le colocó afectuosamente la mano sobre la cabeza —. De igual modo, sus sentimientos son mucho más complejos y tarda por tanto mucho más en desentrañar sus misterios. Pero cuando al fin decide, su decisión suele ser la correcta. — ¿Y qué debo hacer? — Esperar. — ¿Pero qué posibilidades tengo de triunfar frente a rivales como el enorme Chimé, o incluso el valiente Vetea Pitó, que se ha convertido ya en uno de los mejores buceadores del archipiélago? — Si tu temor se centra en el hecho de que Maiana se sienta más atraída por un pene gigantesco o una gran perla, significa, hijo mío, que tu elección es errónea, y en ese caso, lo mejor que puede ocurrir es que te rechace. El amor que trae al mundo hijos y dura toda una vida, debe estar más allá del tamaño de los penes, o las perlas. Cuando tomaba asiento sobre la estera en la galería de la cabaña de su mentor, Tapú Tetuanúi acababa casi siempre por reconocer la sabiduría de sus enseñanzas, aceptando de buen grado la mayoría de sus consejos, pero cuando se sabía, como ahora, tan cerca de la casa de su amada que casi aspiraba su olor y toda su piel vibraba de excitación al imaginar que tal vez podría acariciarla y penetrar en ella, tomaba conciencia de que una vez más aquel «sentimiento indigno» se adueñaba de su alma y hubiese deseado romperle la cabeza con una gruesa piedra a quien se encontrase en esos momentos disfrutando del cuerpo de Maiana. Y allí estaban; gimiendo y susurrando; riéndose y acariciándose justo en el lugar al que ella siempre le conducía, bajo un frondoso «purau» de retorcidas ramas, a cuatro pasos del tibio mar en que bañarse luego, y en el que también le agradaba a menudo dejarse poseer por fogosos amantes. ¿Quién era él? Sintió vergьenza de sí mismo por haberse planteado tan odiosa pregunta, pues el simple hecho de estar semioculto tras el tronco de una palmera, espiando a una pareja que era libre de hacer cuanto quisiera, constituía de por sí una acción repugnante que hubiera merecido las más agrias condenas. Volvió sobre sus pasos, se alejó de las risas y susurros, y se vio en la necesidad de dar un rodeo trepando por la ladera de la colina para no tener que volver a pasar cerca de donde se revolcaba la pareja. Por suerte, al llegar a la cima de Punta Rofau, cerraba la noche y en el cielo comenzaban a hacer su aparición las primeras estrellas. Aquél era el momento en que todo muchacho polinesio que aspirase a ser alguien en la vida, tenía que tomar asiento en un lugar despejado y dedicar un par de horas a la tarea de estudiar las estrellas, grabando en su memoria el punto que ocupaban en cada instante a su paso por la negra cúpula del cielo. Tapú Tetuanúi no podía saber, pues nadie de su entorno estaba en condiciones de explicárselo, que aquél era sin lugar a dudas el cielo más cuajado de estrellas que existía, pero así era en realidad, pues en comparación con los cielos del Pacífico Sur, los del hemisferio norte semejaban un desolado páramo sin brillo ni belleza. A los pocos instantes de acomodarse en la cumbre, sobre la cabeza de Tapú refulgían millones y millones de diminutas estrellas — tan nítidas y al mismo tiempo tan compactas — que conformaban a menudo gigantescas masas perfectamente diferenciadas de cuantas, junto a ellas, constituían a su vez una nueva galaxia perfectamente reconocible. Tapú empezaba a ser capaz de diferenciar — después de tantos años de observación — a la mayoría de las grandes estrellas solitarias, así como algunas de las constelaciones que recorrían cada noche el límpido cielo de su isla, y estaba convencido de que algún día, si se empeñaba en ello, sabría señalar en qué punto de ese cielo debían encontrarse dependiendo del día, del mes y de la hora. Cuando llegara ese momento, si es que llegaba, estaría en condiciones de aspirar a convertirse en candidato a «Navegante del Gran Océano», y en ese caso Maiana no tendría dudas a la hora de elegirle entre todos sus pretendientes, puesto que ninguna muchacha en su sano juicio podría resistir la tentación de convertirse en la esposa de un navegante. Los reyes eran reyes por herencia; los sabios eran sabios a base de estudio, y los fuertes eran fuertes porque así lo había querido la naturaleza, pero un «Navegante del Gran Océano» era más que un rey, un sabio o un gigante, puesto que en un mundo constituido por ingentes extensiones de agua salpicada de diminutas islas, quien no dominara ese agua tenía que contentarse con ser rey de un peñasco, sabio entre ignorantes o gigante entre enanos. Para Tapú Tetuanúi — al igual que para la mayoría de los jóvenes de su edad y su entorno — no existía ser humano alguno cuya gloria pudiera compararse a la del legendario «Miti Matái»[2 - Se podría traducir por «Mar Ventoso», o tal vez «Viento del Mar». (N. del A.)] que se había ganado tan sonoro sobrenombre por ser el único superviviente de una expedición que veintitrés años atrás puso rumbo al sur y fue arrastrada por terribles tormentas más allá del «Quinto Círculo», hasta un punto en que las aguas se solidificaban formando enormes y heladas islas blancas. Todos sus compañeros murieron en la aventura, pero «Miti Matái» logró vencer al frío, el hambre y los vientos huracanados para poner de nuevo rumbo al norte y encontrar en la inmensidad del océano a una minúscula isla situada a más de seis mil millas de distancia. Y es que «Miti Matái» había alcanzado ya por aquel tiempo, y pese a su relativa juventud, el título de «Gran Navegante», y con su portentosa hazaña no había hecho más que demostrar que quienes le concedieron tal rango sabían bien lo que hacían. Cerró por completo la noche y las estrellas comenzaron a destacar en todo su esplendor, puesto que se encontraban ya a principios de octubre y la atmósfera aparecía mucho más limpia aún que de costumbre. Tapú había tenido que esperar largos meses antes de que llegase el ansiado octubre y el tatuador decidiese trabajar sobre su cuerpo, ya que los buenos tatuadores tan sólo aceptaban clientes entre los meses de octubre y enero, no por superstición, sino debido a que durante ese tiempo las heridas se infectaban muchísimo menos. — Es a causa de las moscas — le había explicado al muchacho su maestro Hiro Tavaeárii —. Se posan en las incisiones y a menudo las infectan al depositar en ellas sus huevos. Por eso, cuando a partir de octubre comienzan las lluvias y las moscas y mosquitos casi desaparecen, llega el momento de tatuarse. — Le tiró afectuosamente de una oreja —. ¡Ten paciencia! — añadió sonriente —. Todo llegará. Había tenido paciencia y durante más de medio año le había estado llevando al tatuador los mejores pescados de la laguna y los mejores frutos del huerto de su madre, con la esperanza de que cuando al fin llegara octubre cubriera su pecho de hermosos dibujos que provocaran admiración despertando los más oscuros deseos de Maiana, pero cuanto había conseguido hasta el momento era apenas algo más que una docena de cagarrutas de aquellas mismas moscas que tanto le habían hecho esperar. Y para colmo, la mujer que adoraba andaba revolcándose con otro. Se sentía terriblemente desgraciado y buscó por lo tanto consuelo en las estrellas, que eran las únicas que estaban en condiciones de proporcionárselo. Por la hora calculó que muy pronto «Tupa», «El Cangrejo», empezaría a hacer su aparición sobre la línea del horizonte, justo a tres puntos al norte de Tahaa, la isla hermana de Rairatea, que se adivinaba, más que verse, en la distancia, y que primero serían las dos pequeñas estrellas que conformaban la punta de las pinzas las que asomaran, para que poco después lo hiciera toda la compleja masa luminosa en la que alguien, siglos atrás, tuvo el capricho de imaginar la silueta de un cangrejo. Pero lo que sí resultaba cierto, era el hecho innegable de que cuando ese «Cangrejo» se hubiera alzado apenas una cuarta en el horizonte, sus patas traseras delimitarían, sin el más mínimo error, el punto exacto en que se encontraba el este durante los meses de verano. Aguardó paciente seguro de que pronto «El Anzuelo de Maui» comenzaría a emerger de igual modo en el lugar en que tenía clavada la mirada, pero lo que de improviso hizo su aparición como surgiendo de la nada, fue una masa oscura y amenazante que avanzó como una sombra llegada de otros mundos, pues ni un rumor de pasos, ni un chasquido de ramas, ni tan siquiera el leve susurro de una hoja, habían servido para anunciar su presencia. Podría tomársele por una densa nube o una montaña que se hubiera interpuesto de improviso entre el firmamento y el muchacho, pero resultaba evidente que se trataba de un hombre, y sin lugar a dudas, el más corpulento al que Tapú Tetuanúi se hubiese encarado a todo lo largo de su no demasiado larga vida. — ¿Chimé…? — susurró apenas, imaginando tal vez que el hercúleo «Gigante de Farepíti» había tomado aquel mismo camino con la vana esperanza de disfrutar de una noche de amor con la dulce Maiana —. ¿Eres tú, Chimé? La respuesta fue un hosco gruñido, y sin mediar palabra el monstruoso individuo dio un paso adelante, blandió una gruesa maza que le hubiera aplastado la cabeza como una nuez estalla bajo el impacto de una piedra, y la descargó con toda la portentosa fuerza de su desmesurado corpachón sobre el asombrado muchacho, que apenas tuvo tiempo de saltar a un lado al advertir cómo el arma asesina silbaba junto a su oído e iba a estrellarse contra el tronco del «pandanús» en que se encontraba apoyado, partiéndolo en dos como si se hubiese tratado de una simple caña de bambú. Tapú Tetuanúi no era ni demasiado alto, ni demasiado fuerte aún, pero era, eso sí, tan ágil como un pez en el agua, por lo que sus reflejos le permitieron ponerse en pie de un salto antes de que su desconocido agresor tuviera tiempo de recuperarse del fallido golpe e intentarlo de nuevo. Se observaron a la luz de las estrellas y resultó evidente que se trataba del más desigual combate de que hubieran sido testigo aquellas mismas estrellas, puesto que el atacante tenía todas las de ganar frente a un desarmado rival al que doblaba en corpulencia. Tapú lo advirtió de inmediato y aunque un casi irrefrenable terror hacía temblar sus rodillas y le atenazaba la garganta, conservó la lucidez suficiente como para aguardar agazapado el segundo ataque, esquivarlo de nuevo, y echar a correr colina abajo por el estrecho sendero que tantas veces recorriera anteriormente. La mole humana le siguió emitiendo un nuevo gruñido, y resultaba descorazonador y sorprendente el hecho de que un hombre tan grande y tan pesado pudiera, no obstante, moverse casi con tanta rapidez como su víctima. El pánico había puesto alas en los pies de un desalentado fugitivo consciente de que tan sólo a base de velocidad conseguiría salvar la vida, pero a pesar de que Tapú Tetuanúi conocía muy bien el lugar por donde huía, no existía forma humana de despegarse de un perseguidor que a cada instante lanzaba violentos mazazos que parecían a punto de desnucarle. ¿Qué había hecho él y quién era aquel loco que tenía tantísimo interés en machacarle? El atribulado muchacho ni siquiera tuvo tiempo de plantearse la pregunta mientras volaba colina abajo, pero aun así mil extrañas ideas cruzaban por su mente sin que la propia velocidad de su carrera le permitiera encontrar respuesta lógica a semejante absurdo. Al fin distinguió el frondoso «aito» de grueso tronco que marcaba el punto en que el camino daba un brusco giro a la izquierda evitando el barranco, y conservó la lucidez suficiente como para dirigirse directamente a él aun a riesgo de precipitarse al abismo. En el último instante se tiró al suelo abrazándose al tronco, y ni siquiera tuvo oportunidad de advertir cómo su perseguidor pasaba de largo para lanzar un alarido de terror al comprender que había comenzado a correr sobre el vacío. Poco después se escuchó un golpe seco al que siguió el silencio. Aferrado al tronco del árbol, Tapú Tetuanúi dejó que pasaran los minutos permitiendo que su respiración volviera a serenarse y las piernas cesaran de temblarle, antes de ponerse trabajosamente en pie para otear en busca de su enemigo. El mundo parecía haber quedado de nuevo en paz consigo mismo. Allá en lo alto el cielo se mantenía cuajado de estrellas, pero su luz no conseguía adentrarse en el fondo del barranco, al tiempo que ni el más leve lamento indicaba que su agresor aún continuaba con vida. Cuando se supo totalmente sereno, el muchacho buscó una pequeña rama seca, le quitó con los dientes la corteza, la partió en dos y comenzó a frotarlas con fuerza soplando hasta conseguir que una diminuta llama naciera de las tinieblas como un sorprendente milagro inexplicable. La aproximó a unos matojos secos y la llama creció iluminando un amplio espacio a su alrededor, por lo que, arrancando otro matojo, permitió que ardiera hasta formar una bola de fuego que lanzó al vacío. Cayó girando los seis o siete metros que le separaban del fondo del barranco, y durante el largo minuto que aún permaneció ardiendo, Tapú Tetuanúi tuvo tiempo de distinguir la ensangrentada figura del gigante que parecía un guiñapo aplastado contra el suelo. Ni siquiera se movía, pero sin saber por qué abrigó el convencimiento de que no estaba muerto. Arrancó tres nuevas ramas, las trenzó formando una especie de antorcha, y a su luz buscó la mejor forma de descender con el menor riesgo posible hasta donde se encontraba su agresor. Aún respiraba. Tenía una ancha herida en la cabeza y probablemente varias costillas rotas, pero no se necesitaba tener los conocimientos de medicina del prestigioso Hinói Tefaatáu, para llegar a la conclusión de que el fuerte golpe no acabaría con la vida de una bestia semejante. Tapú Tetuanúi lo estudió con detenimiento. Se le antojó la criatura más monstruosa a la que se hubiese encarado nunca, no sólo a causa de su tamaño y fortaleza, sino en especial por culpa de los horrendos tatuajes que cubrían cada centímetro de su piel, desde la frente a los tobillos. Nada había en tales tatuajes que evocase los hermosos dibujos que el muchacho tanto admiraba en los adultos de su isla, o incluso en los de Rairatea o Tahití, puesto que aquellos constituían una especie de absurda maraña o inexplicable jeroglífico que parecía tener alguna finalidad que se apartaba por completo del simple deseo de resaltar la belleza de un cuerpo. ¿De dónde provenía aquella bestia apocalíptica? ¿Por qué se deslizaba de noche intentando asesinar a quienes se interponían en su camino? ¿Era quizá uno de aquellos terroríficos caníbales que llegaban de muy lejanas islas con el único fin de abastecer sus despensas de apetitosa carne humana? El muchacho no pudo evitar que un estremecimiento le recorriera la espalda al imaginar que si la suerte no le hubiera acompañado, tal vez en aquellos instantes estaría sirviendo de cena a semejante ogro, y cuando a los pocos instantes el herido lanzó un leve lamento, dio un salto atrás como si acabara de advertir que estaba a punto de pisar la espina dorsal de un «nohú», el venenoso «pez-piedra», que había sido desde siempre su peor enemigo. La simple idea de que aquella fiera consiguiera ponerse de nuevo en pie le heló la sangre. Permaneció muy quieto mientras la antorcha se iba consumiendo lentamente, y el segundo lamento y un estremecimiento que le hizo sospechar que su agresor estaba a punto de recobrar el conocimiento, acabó de decidirle, por lo que sin pensárselo dos veces se apoderó de la pesada maza que había quedado a unos cuatro o cinco metros de distancia, y haciendo de tripas corazón la descargó con todas sus fuerzas sobre la pierna izquierda del herido. Se escuchó un sobrecogedor chasquido cuando los huesos se quebraron y el gigante volvió a emitir uno de sus aterradores gruñidos para hundirse de nuevo en la inconsciencia, y ahora sí que Tapú Tetuanúi tuvo la absoluta seguridad de que ya nunca más estaría en condiciones de perseguirle, por lo que tiró lejos la maza, para emprender a toda prisa, y aún tembloroso, el regreso a su casa. Se abrió camino a duras penas por el fondo de la barranca, iluminándose con nuevas antorchas que iba agenciándose a medida que la anterior se consumía, y al alcanzar la arena de la playa creyó haber recuperado por completo el control sobre sí mismo, aunque cuando al doblar un recodo apareció ante él la bahía de Povai en toda su magnitud, el espectáculo del pueblo en llamas consiguió que de nuevo el corazón le saltara a la garganta. El mar y la montaña se iluminaba a causa de un pavoroso incendio que había prendido en más de una docena de viviendas, y de igual modo las grandes piraguas que descansaban en la arena ardían como antorchas sirviendo de fondo a oscuras figuras humanas que corrían de un lado a otro intentando impedir que el fuego continuara propagándose. Muy a lo lejos, cuatro inmensos catamaranes de alta popa se alejaban rumbo a mar abierto, y el asombrado Tapú Tetuanúi comprendió en el acto que su agresor no era un ser de otro planeta o un monstruo apocalíptico, sino que al parecer formaba parte del grupo de salvajes que habían atacado por sorpresa su pacífica isla. Corrió por la playa a fin de ayudar a lanzar al agua las piraguas que aún podían salvarse, hundiéndolas en un desesperado intento por conseguir que el fuego se apagase, para unirse más tarde al grupo de cuantos se esforzaban por impedir que las llamas que se habían apoderado de la techumbre del gran «Marae» destrozasen por completo la bellísima estructura del sagrado templo. Fue aquélla una noche de angustia; una noche de horror que quedaría grabada para siempre en la memoria de los habitantes de Bora Bora, pues fue la noche en que unos bestiales desconocidos asesinaron a nueve hombres, incluidos el valiente rey Pamáu y el viejo «Tahúa», o Sumo Sacerdote, raptaron a once muchachas entre las que se encontraba la jovencísima princesa Anuanúa, y robaron el gran cinturón de plumas amarillas que simbolizaba el poder real, y la mayor perla negra que se había encontrado jamás en el Pacífico. Si a ello se unían las piraguas incendiadas y las viviendas convertidas en cenizas, venía a significar que los brutales agresores habían acabado en menos de una hora con cuanto de valioso existía en Bora Bora. Amaneció sobre una isla desolada cuyos habitantes lloraban a sus seres queridos, y cuando el sol permitió que la vista de los vigías alcanzase hasta el último rincón del horizonte, no se distinguía ya, sobre las azules aguas, rastro alguno de las naves enemigas. Habían llegado como un tifón fuera de temporada para diluirse como fantasmas sin dejar rastro, y aunque Tapú Tetuanúi se sintió feliz al descubrir que ni su casa ni su familia habían sufrido daño alguno, ese hecho no bastó para disminuir en absoluto su sorda ira y su amarga impotencia. Al atardecer se enterró a los muertos sin ceremonia alguna, puesto que no quedaba ni siquiera una piragua digna en la que lanzarlos al mar para que el dios Taaroa se hiciese cargo de sus almas, y aquélla quizá fue la mayor humillación que experimentara jamás el buen rey Pamáu que siempre soñó con disfrutar de un hermoso y merecido funeral de gran guerrero polinesio. Caía la noche cuando al fin los nombres se reunieron en las humeantes ruinas del «Marae», y resultó evidente que nadie tenía la más mínima idea de qué actitud adoptar ante tan inesperado desastre. Muerto Pamáu, su única hija Anuanúa — «Arco Iris» — era sin duda la legítima heredera del trono, y aunque no había cumplido aún los doce años, a ella le hubiera tocado decidir quién debía regir los destinos de la isla hasta que se sintiera capacitada para tomar las riendas del poder. Su madre, Tara, siempre había sido una pobre mujer tímida y débil, que en aquellos difíciles momentos a duras penas conseguía asimilar que lo había perdido todo en el transcurso de una noche, y hasta el presente lo único que había hecho era dar alaridos clamando por su marido y por su hija. — Tenemos que nombrar un regente temporal — dijo al fin el anciano Hiro Tavaeárii poniendo de manifiesto el sentir general —. Y yo propongo para el cargo al «Navegante Mayor» Miti Matái. — Te lo agradezco mucho — replicó éste con naturalidad —. Pero no puedo aceptar, puesto que tan sólo soy un hombre de mar que no conoce los problemas de tierra adentro. Mi misión será buscar y castigar a esos asesinos, trayendo de regreso a la princesa, pero hasta que ella esté de vuelta, debes ser tú, el más sabio entre los sabios, quien se haga cargo del poder. — Soy demasiado viejo. — El saber necesita tiempo, y tú eres quien más tiempo ha tenido para ser sabio. Todos los presentes estuvieron de acuerdo en que Hiro Tavaeárii era el hombre idóneo para decidir qué acciones debían adoptarse a partir de aquel instante, y Tapú Tetuanúi, que escuchaba desde el exterior del «Marae» las discusiones de los adultos, se sintió profundamente orgulloso de que su amado maestro fuese unánimemente considerado el hombre más inteligente de la isla. — Lo primero que hay que hacer es recuperar las piraguas que aún puedan aprovecharse y construir otras nuevas — puntualizó Hiro Tavaeárii sin darle al parecer mayor importancia al hecho de haberse convertido de improviso en la máxima autoridad de Bora Bora —. Un pueblo sin piraguas está siempre en manos de sus enemigos. Luego, tendremos que intentar averiguar de qué parte del mundo han venido esos salvajes. — ¿Cómo? — quiso saber Roonuí-Roonuí, que estaba justamente considerado el más valiente guerrero de la isla —. Ese mar es muy grande. — No tengo ni idea — fue la honrada respuesta —. ¿Alguien se enfrentó cara a cara a los asesinos? — ¡Yo! Todos se volvieron a observar al joven Tapú Tetuanúi; resultó evidente que la mayoría de los adultos se sentían ofendidos por el hecho de que un chiquillo osase tomar parte en sus deliberaciones, y por lo tanto Hiro Tavaeárii le dirigió una de aquellas severas miradas que tanto le intimidaban. — ¡Guarda silencio y ten más respeto! — ordenó con inusitada acritud. — Pero es que es cierto… Yo… — ¡Calla…! El vozarrón y la fama de Roonuí-Roonuí eran capaces de imponer respeto a hombres muy bragados, por lo que Vetea Pitó propinó un fuerte codazo a Tapú para obligarle a cerrar la boca. — ¡Muérdete la lengua o ese animal te acogota! — le aconsejó —. Tiene un genio de todos los demonios. Una sorda impotencia estuvo a punto de que las lágrimas asomaran a los ojos del muchacho, pero haciendo un sobrehumano esfuerzo consiguió sobreponerse y al poco dio media vuelta para alejarse del lugar arrastrando a duras penas a su amigo. — ¡Ven conmigo! — le rogó —. Tengo que contarte lo que pasó. Lo hizo junto a los chamuscados restos de las piraguas, y cuando hubo concluido su relato Vetea Pitó le miró fijamente a los ojos para inquirir con desconfianza: — ¿Seguro que no son invenciones? — ¿Invenciones? — se lamentó —. ¡Estuvo a punto de aplastarme la cabeza! Era una bestia inmensa cubierta de tatuajes. — ¿Tatuajes? — se interesó el buceador —. ¿Qué clase de tatuajes? — ¡Horribles! Algo como no he visto anteriormente. Y tenía el cráneo rapado, excepto por dos mechones que le salían de atrás como dos gruesos muñones. Le dejé en el barranco. — Se iría con los otros. — ¡Imposible! Estaba inconsciente. — ¿Y qué hacía tan lejos del pueblo? — Probablemente se trataba de un explorador — aventuró Tapú. — En ese caso tendría una canoa escondida en alguna parte — le hizo notar su amigo —. Habrá escapado en ella. — ¿Cuándo? Durante todo el día ninguna embarcación ha cruzado la laguna y tú lo sabes. Los vigías no han visto a nadie. Y por fuerte que sea, con una pierna rota tardaría horas en salir de ese barranco. ¡Aún está en la isla! — añadió —. Me juego la cabeza. Una luz de ilusión cruzó por los oscuros ojos de Vetea Pitó. — Sería fantástico que consiguiéramos atraparlo — señaló —. ¡Un enemigo vivo que pudiera contar de dónde viene…! — Nos covertiríamos en héroes… — En cuanto amanezca saldremos a buscarle. — ¿Y si escapa esta noche? El buceador meditó largamente sobre semejante posibilidad, y al fin pareció encontrar una respuesta: — Al otro lado de la isla quedan piraguas pequeñas con las que podemos montar guardia en el paso — dijo —. Si intenta cruzar, le detendremos; si no lo hace, con la primera claridad del día seguiremos su rastro. — ¿Los dos solos? — La gloria, compartida, es menos gloria — argumentó el otro, sonriente. — Pero el fracaso, sin compartir, es más fracaso — le hizo notar Tapú —. Lo que importa es cogerle. ¿Se lo decimos a Chimé…? El «Gigante de Farepíti» agradeció de todo corazón la oportunidad que le ofrecían de participar en tan emocionante aventura, y se brindó a ir a buscar una piragua con la que cerrar el Paso de Teavanuí. El resto de la isla se encontraba totalmente circundado por una ancha barrera de arrecifes, y resultaba por completo imposible que un hombre con una pierna rota pudiera arrastrar sobre ellos una embarcación para ponerla más tarde a flote en el punto en que las olas de mar abierto rompían con violencia. Para alguien que no hubiese nacido en la isla y no conociese por tanto los minúsculos pasos por los que una pequeña canoa estaba en condiciones de aventurarse — siempre a plena luz del día —, Bora Bora no tenía más que una puerta, y los tres muchachos estaban decididos a defenderla aun a costa de sus vidas. Tapú Tetuanúi y Vetea Pitó se pertrecharon de armas, agua y comida, y cuando cerró la noche Chimé los recogió en Punta Patiúa para recorrer sin prisas los dos kilómetros escasos que les separaban del paso. Fue una noche larga, oscura y excitante en la que insistentes ondas llegaban del océano empujando una y otra vez la embarcación al interior de la laguna, pero una y otra vez sus tripulantes bogaban con el fin de recuperar su posición en mitad del canal de apenas doscientos metros de anchura, de tal forma que ni tan siquiera un sigiloso nadador hubiese conseguido atravesarlo sin ser visto. Ni Tapú Tetuanúi, ni sus amigos habían pegado ojo en más de treinta horas, pero aun así permanecieron alerta y en silencio, decididos a precipitarse furiosamente sobre «la bestia» si es que ésta decidía hacer acto de presencia. Pero no acudió a la cita. Miríadas de estrellas cruzaron el cielo sobre sus cabezas y se entretuvieron estudiando una vez más su trayectoria con el fin de conseguir que quedara grabada en su cerebro hasta formar parte de su propia existencia, pero cuando a «La Gran Dama Solitaria» le faltaban ya menos de tres dedos para ocultarse por poniente, abrigaron la absoluta certeza de que el monstruoso salvaje no vendría, puesto que muy pronto la primera claridad del día borraría del cielo a las estrellas que aún no habían tenido tiempo de escapar. — ¿Qué hacemos ahora? — quiso saber el decepcionado Chimé cuando al fin pudieron verse las caras. — Ir en su busca. — ¿Sin dormir? — Tienes toda una vida para dormir — le recordó Tapú —. Y yo no tengo la menor intención de hacerlo hasta que le haya puesto la mano encima a esa sucia alimaña. ¡Así que andando! Bogaron directamente hasta Punta Rofau, vararon la embarcación a menos de quinientos metros de la casa de la hermosa Maiana, y se abrieron paso por entre la espesa maleza del barranco hasta que distinguieron allá en lo alto el grueso «aito» que marcaba el recodo del camino. — ¡Aquí cayó! — exclamó Tapú Tetuanúi señalando una roca —. Y aquí hay rastros de sangre. Busquemos la maza. La tiré por ahí; por entre esas matas. Tardaron largo rato en encontrarla, pero cuando al fin la tuvieron comprendieron que había valido la pena el tiempo perdido. Y es que a la luz del día pudieron comprobar que no se trataba de una simple arma de ataque hecha de dura madera o hueso de ballena; aquélla era una maza nunca vista, pues además de los extraños dibujos con que aparecía tallada, presentaba en la parte alta dos gruesas protuberancias que obligaban a pensar en el fémur de un desconocido animal de increíble tamaño. — ¡Es hueso! — admitió al fin el propio Tapú Tetuanúi tras rasparla levemente con un cuchillo de dientes de tiburón —. Pero no es de ballena. Es como si se tratara de la pata de un cerdo gigantesco. La sola idea de que la bestia humana que buscaban pudiera provenir de un lugar en que existieran cerdos cuyo fémur alcanzara semejante tamaño tuvo la virtud de impresionar aún más a los muchachos, que no pudieron evitar dirigir una temerosa mirada a la espesura de la parte alta del barranco. — ¿Y si hay más de uno? — aventuró con cierta timidez Vetea Pitó. — Nosotros somos tres — replicó Chimé seguro de sí mismo —. Aún no he conocido a nadie capaz de derribarme, ni creo que ese animal esté en condiciones de hacerlo. Blandió, como si se tratara de un ligero «pai-pai», la enorme maza, e inició decidido la ascensión observando con detenimiento las señales que había dejado a su paso el herido en forma de manchas de sangre, ramas partidas, piedras desprendidas y huellas en la tierra húmeda y blanda. Tapú Tetuanúi y Vetea Pitó le siguieron un tanto recelosos, y el primero volvía continuamente la cabeza como si temiera que de entre la maleza fuera a surgir en cualquier instante el terrorífico gigante que estuviera a punto de matarle. No cabía duda de que se trataba de un hombre de una sorprendente fortaleza y fuerza de voluntad, puesto que herido como estaba y con una pierna destrozada, había conseguido no obstante arrastrarse hasta coronar la cresta que dominaba las dos vertientes de la isla, continuando por ella en dirección a la cima del monte Otemanu. Alcanzaron a distinguirle cuando trataba de ocultarse entre unas rocas, y en cuanto se aproximaron comenzó a rugir como un animal acorralado, lanzándoles piedras al tiempo que les insultaba en un lenguaje que les resultó por completo incomprensible. Cubierto de barro y arañazos, ensangrentado y con la pierna colgando, ofrecía un aspecto en verdad deplorable, pero la agresividad de su rostro, la ira de sus ojos, y, sobre todo, la terrible fealdad de los tatuajes que cubrían su cuerpo, le hacían parecer una criatura apocalíptica surgida de los infiernos. Desde el entrecejo le partían dos bandas negras que se iban ensanchando a medida que subían hacia la frente para descender luego en curva hacia las mejillas donde acababan por formar un retorcido caracol, al tiempo que varios círculos concéntricos de un rojo oscuro le contorneaban los labios llegando hasta la barbilla, lo cual tenía la virtud de conseguir que, cuando mostraba los amarillentos y afilados dientes su aspecto fuese auténticamente diabólico. Los tres chicuelos se sentían en verdad aterrorizados, y es que aunque Chimé de Farepíti era tal vez tan alto y fuerte como el herido, con su cuerpo casi carente de tatuajes y su cara de bonachón, pese a empuñar con fuerza la gruesa maza daba la impresión de ser incapaz de causarle el más mínimo daño a tan feroz enemigo. A Tapú Tetuanúi y Vetea Pitó el desconocido salvaje hubiera sido capaz de partirles el cuello de un simple mordisco. Le observaron desde unos veinte metros de distancia, esforzándose por descifrar alguno de los insultos que les espetaba, y al fin Vetea Pitó señaló convencido: — Creo que lo mejor será pedir ayuda. — ¿Ayuda? — se asombró Tapú —. ¿Acaso somos niños que necesitan ayuda para sacar del agua un tiburón? Si pedimos ayuda seremos el hazmerreír del pueblo por el resto de nuestras vidas — concluyó —. Lo cogeremos. — ¿Cómo? El muchacho dudó, observó a Chimé que dudaba a su vez entre continuar donde estaba o lanzarse al ataque pese al evidente temor que experimentaba, y por último se desenrolló de la cintura una larga honda, buscó una gruesa piedra y se dispuso a lanzarla. «La bestia» pareció comprender el peligro que se le avecinaba y rugió con más fuerza, pero en esta ocasión Tapú no se dejó intimidar, y haciendo girar la honda con todas sus fuerzas apuntó con cuidado y lanzó la piedra. El monstruoso guerrero hizo ademán de precipitarse hacia ellos, pero resultó evidente que en su estado apenas si podía mantenerse en pie apoyándose en una roca, por lo que al cabo de cuatro intentos un pesado guijarro le alcanzó en pleno rostro tumbándole de espaldas con un alarido de dolor. Al instante Chimé se precipitó sobre él blandiendo la maza, pero Vetea Pitó le gritó secamente: — ¡No lo mates…! ¡No lo mates! Es el único que puede aclarar de dónde viene. «El Gigante de Farepíti» obedeció limitándose a propinarle a su víctima un seco golpe en la cabeza que acabó por dejarle inconsciente, y cuando ya no les quedó la más mínima duda de que no podía revolverse y atacarles, comenzaron a bailotear a su alrededor dejando escapar de ese modo toda la tensión que les atenazaba. Al fin se derrumbaron, rendidos de excitación para observarlo de cerca. — ¿De dónde vendrá? — inquirió Vetea Pitó expresando el sentir general —. Jamás imaginé que pudiera existir un ser tan espantoso. — No es de estas islas — replicó Chimé convencido —. Ni de las Marquesas, las Australes o las Tonga. Tiene que haber llegado del «Quinto Círculo». — Eso está claro — admitió Tapú Tetuanúi —. Nadie oyó hablar jamás de una «cosa» semejante… — Hizo una corta pausa y se inclinó sobre el rostro del yacente —. Me pregunto si el mundo es tan grande como para dar cobijo a una raza tan horrenda. — Por lo visto el mundo es muy grande — puntualizó Vetea Pitó con la seguridad de un entendido —. «Miti Matái» cuenta que tardó casi un año en regresar del mar en que se solidifica el agua, y que en su camino descubrió una isla defendida por guerreros de piedra de más de diez metros de altura. — Daría cualquier cosa por escuchar la historia de ese viaje — suspiró Tapú Tetuanúi. — «Miti Matái» nunca habla de ese viaje — le hizo notar Chimé de Farepíti. — Mi padre, que navegó con él, asegura que tan sólo lo hace cuando lleva muchos días de travesía — le corrigió Tapú —. Por lo visto el mar le ayuda a hablar. Poco después miró hacia lo alto, calculó la posición del sol, se puso en pie cansinamente y añadió: — Será mejor que nos vayamos si queremos llegar antes de que anochezca. — ¿Y qué hacemos con él? — Nos lo llevamos. Cortaron una gruesa rama, la despojaron de las hojas, y colgando a su presa por los tobillos y las muñecas como si se tratara de un cerdo salvaje, se lo echaron al hombro para buscar el camino de regreso al poblado, sudando y maldiciendo. Les costó un esfuerzo inaudito, pero valió la pena, puesto que al atardecer hicieron su triunfal entrada en el «Marae» donde se encontraban reunidos los adultos, para depositar a sus pies el cuerpo de «la bestia» y la extraña maza cubierta de grabados. La mayoría de los presentes no daban crédito a sus ojos, y el rostro de Roonuí-Roonuí se ensombreció, mientras a los labios de Hiro Tavaeárii asomaba una leve sonrisa. — Veo que tenías razón — musitó agitando repetidamente la cabeza —. Y te pido disculpas por mi errónea actitud. ¿Es éste el hombre con el que te enfrentaste? — Jamás me enfrenté a él — reconoció Tapú Tetuanúi en un auténtico derroche de sinceridad —. Corrí como un cangrejo, pero conseguí que cayera en mi trampa. Nadie se molestó siquiera en responderle, inclinados como estaban sobre el salvaje, y los más ancianos se afanaban limpiando el barro que le cubría la piel para intentar descubrir por medio de los tatuajes algún indicio que pudiera orientarles sobre su lugar de procedencia. Alguien trajo agua que le arrojaron a la cara y el horrendo bárbaro agitó la cabeza, abrió los ojos, miró a su alrededor y mostró una vez más los afilados y amarillentos dientes con un gruñido que obligó a más de uno a dar un paso atrás temiendo una dentellada. — ¿Quién eres? — quiso saber Hiro Tavaeárii —. ¿Y de dónde vienes? Ocurrió entonces la cosa más impresionante de que Tapú Tetuanúi hubiera sido nunca testigo, pues como si comprendiese la pregunta, «la bestia» mostró de pronto más de media lengua, y cerrando las mandíbulas con inusitada violencia se la cortó de cuajo permitiendo que se deslizara sobre su pecho para precipitarse al suelo. Un gran chorro de sangre manó como una fuente de su boca, y ahora sí que hasta el último de los presentes se quedó de piedra o dio un grito de espanto al comprobar hasta qué extremos llegaba la brutalidad de un monstruoso ser de apariencia remotamente humana. ¿Qué clase de raza era aquélla que prefería automutilarse de forma tan terrible a contar de dónde provenía? ¿Qué grado de crueldad podría alcanzar con sus enemigos, si se comportaba así consigo misma? La inesperada acción había cogido tan desprevenidos a los presentes, que por unos instantes no fueron capaces de reaccionar o de moverse, y tan sólo cuando el chorro de sangre que manaba de la boca empapó por completo los tatuajes del pecho, Hiro Tavaeárii extendió la mano y ordenó secamente: — Llevadlo a casa de Hinói Tefaatáu y que le corte la hemorragia con una piedra candente. Lo necesitamos vivo. Cuando entre cuatro guerreros sacaron del «Marae» al herido que se agitaba y retorcía en un inútil esfuerzo por zafarse, el anciano maestro de Tapú Tetuanúi le hizo un gesto para que tomara asiento, al igual que a los orgullosos Chimé de Farepíti y Vetea Pitó. — Habéis sido muy valientes — dijo —. Y me habéis recordado una sabia lección que había olvidado: en tiempos difíciles la más pequeña ayuda debe ser aceptada y el más humilde consejo debe ser escuchado. — Sonrió con afecto —. Como premio a vuestro esfuerzo os autorizo a asistir a las deliberaciones del Consejo. — ¡Pero si son tan sólo unos chiquillos…! — intentó protestar Roonuí-Roonuí, aunque una severa y autoritaria mirada del anciano «regente» le obligó a guardar silencio. Al poco, Hiro Tavaeárii tomó asiento al pie del trono que tan sólo podría ocupar en un futuro la joven princesa Anuanúa, y tras observar con profunda tristeza a todos los presentes comenzó con voz grave: — Somos una pequeña isla de gente pacífica a la que largos años de resistencia a la tiranía de la poderosa Rairatea, le permitió ganarse el respeto de sus vecinos. — Hizo una corta pausa, pues era ya un hombre muy mayor y necesitaba tiempo para recuperar el aliento, y tras clavar la vista en el disco del sol que estaba a punto de desaparecer en el horizonte añadió —: Pero ahora, unos bárbaros nos han despojado de todo cuanto constituía nuestro orgullo: el prudente rey Pamáu, su hija, cuyo matrimonio con el príncipe de Rairatea nos habría garantizado siglos de paz y de armonía; el cinturón de plumas amarillas, símbolo de nuestra independencia; la «Gran Perla Negra» que todos envidiaban, y algunas de las más hermosas hijas de nuestro pueblo que a estas alturas ya habrán sido salvajemente ultrajadas… Se escuchó un gemido proveniente de las gargantas de dos afligidos padres, y tras hacer una nueva pausa con el fin de permitir que recuperaran la entereza, el venerable Hiro Tavaeárii musitó roncamente: — Podemos hacer dos cosas: la primera, lamer nuestras heridas, rehacer nuestras casas y tratar de olvidar lo ocurrido convencidos de que el océano es inmenso y no existe posibilidad alguna de recuperar lo robado. — Clavó la vista en quienes le escuchaban, como si buscara respuesta o reacción —. La segunda, dedicar desde este mismo instante todos nuestros esfuerzos a construir una gran nave para que los mejores navegantes y los más valientes guerreros se hagan a la mar y no regresen sin haber recuperado lo que es nuestro, y sin haber lavado con sangre las ofensas. Se hizo un silencio en el que todos se observaron, y fue Amo Tetuanúi, el padre de Tapú, el que inquirió expresando el sentir general: — ¿Qué opinas tú, que eres ahora nuestro máximo dirigente? — Yo ya soy un anciano — fue la respuesta —. Mi sangre no se inflama fácilmente, y no creo que viviera lo suficiente como para ser testigo del regreso de esa nave, si es que decidimos que se construya. — Negó una y otra vez con la cabeza —. En este caso, no soy yo quien debe decidir, sino tan sólo quien haga cumplir la decisión que se tome. Treinta pares de ojos se volvieron a la respetada figura del «Navegante Mayor», el valiente «Mili Matái», que era sin lugar a dudas la máxima autoridad en la materia. — ¿Qué posibilidades tenemos de encontrar a esos bárbaros? — quiso saber Roonuí-Roonuí. — Como bien ha dicho el venerable Hiro Tavaeárii, ese océano es inmenso y existen en él miles de islas — replicó el aludido con su voz pausada de hombre poco habituado a hablar —. Pero resulta evidente que si ellos llegaron hasta aquí, también nosotros podemos llegar hasta donde se ocultan. — ¿Comandarías la nave? — Naturalmente. Pero lo que no puedo garantizar es la victoria… — Hizo una corta pausa —. Ni aun el regreso. — De la victoria nos ocuparemos los guerreros — le hizo notar Roonuí-Roonuí —. Condúcenos hasta esos piratas y yo te juro que regresaremos con cuanto nos han robado. — La decisión aún no ha sido tomada — le recordó Hiro Tavaeárii. — Lo sé — reconoció humildemente el jefe de los guerreros —. Pero yo suplico al pueblo de Bora Bora que deposite en nuestras manos el honor de la isla. — Si los mejores guerreros emprenden una aventura de tan incierto resultado, las mujeres y los niños quedarán desprotegidos — hizo notar un obeso «Hombre-Memoria», que había escuchado en silencio sentado en un ángulo de la amplia estancia —. ¿Qué ocurrirá si vuelven a atacarnos? — Que seríamos aniquilados — fue la honrada respuesta. — Un precio muy alto a cambio del honor… — Al honor no puede ponérsele precio — sentenció hoscamente Roonuí-Roonuí —. O lo es todo, o no es nada. Hiro Tavaeárii hizo un gesto como dando por concluida la discusión, y puntualizó con voz grave: — Que alcen la mano los partidarios de que todo se olvide y empecemos a reconstruir el pueblo como si lo hubiera arrasado un ciclón de verano. Nadie lo hizo. — Que la alcen ahora los que opinan que con la primera luz del día debemos empezar a construir la más veloz y mejor nave que jamás haya surcado el océano. Tapú Tetuanúi era demasiado joven como para tener derecho al voto, pero instintivamente su brazo se unió al bosque de brazos que buscaron el cielo. Tevé Salmón, un hombrecillo de apariencia enclenque, ojos diminutos y cara de tortuga, había alcanzado años atrás el título de «Gran Maestro Constructor de Bora Bora», y probablemente no existía en todo el archipiélago, ni en las Taumatou o las Australes, nadie que pudiera equiparársele a la hora de armar una agresiva «pahí támahi» de guerra, una pesada «tipairúa» para el transporte de mercancías, o una veloz piragua de balancín destinada a ganar la espectacular carrera anual con que se rendía homenaje al dios Tané. Cuando no se encontraba en su amado astillero, que era una especie de enorme cobertizo cubierto de hojas de palma situado al fondo de la bahía de Farepíti, Tevé Salmón se dedicaba a la tarea de recorrer los más recónditos senderos de la isla, tomando nota mental de cada uno de sus árboles para calibrar la velocidad de crecimiento y la calidad de su madera con vistas a su mejor aprovechamiento a la hora de construir una nave. Tevé Salmón también plantaba árboles jóvenes en los lugares más idóneos, al igual que lo hicieran su padre, su abuelo y su bisabuelo, pues le constaba que la sabiduría que había ido transmitiendo a sus hijos y sus nietos, de nada serviría si el día de mañana no disponían de la necesaria materia prima que esa madera proporcionaba. Por ello, cuando recibió de labios del venerable Hiro Tavaeárii el encargo de armar un gran catamarán en el que los guerreros de la isla pudieran lanzarse a la aventura de recuperar a las muchachas, la princesa Anuanúa, la perla sagrada, y el cinturón real, lo primero que hizo fue reunirse con quien había de comandarlo para inquirir qué clase de embarcación deseaba exactamente. — De unos treinta metros de eslora por diez de manga — replicó «Miti Matái» —. Veloz cuando sea preciso, pero con gran capacidad de carga. Cascos en forma de «uve» para que ofrezcan resistencia a las corrientes y derivas, y dos mástiles con las mayores velas que no pongan en peligro la estabilidad. — ¿Cobertizos? — Dos, grandes, pero muy bajos. El de proa tiene que transformarse en plataforma de ataque. Tanto los mástiles como esos cobertizos deben ser desmontables y poco visibles en un momento dado. También las proas y las popas las quiero bajas. — Unas proas demasiado bajas hace a una nave vulnerable a las grandes olas — le hizo notar el carpintero de ribera, pero tras meditar unos instantes, añadió —: Buscaré la forma de proporcionarte proas bajas que en caso de mar gruesa puedan elevarse. — Procura que no aumenten el peso. — Lo intentaré. ¿Alguna madera en especial? — A tu elección lo dejo. Aquellos datos le bastaban a Tevé Salmón para poner manos a la obra, pues desconociendo como desconocía las técnicas de la escritura, el diseño o los cálculos matemáticos, toda su prodigiosa técnica la conservaba en la cabeza. Cada línea, cada pieza y cada juntura del casco fue tomando cuerpo en la mente del «Gran Maestro Constructor», que conocía casi desde que se encontraba en el vientre de su madre, y como si se tratara de una herencia genética, qué forma, qué tamaño, qué densidad y qué peso debían tener cada uno de los innumerables elementos que componían una nave polinesia. Y es que quizá era aquélla la única forma en que un grupo social tan aislado y homogéneo pudiese llegar a convertirse en autosuficiente, puesto que cada individuo tenía una función muy concreta que cumplir en el conjunto de dicha sociedad, y cada uno tenía que ser excelente cumpliendo dicha función. Y como ahora el diez veces sabio Hiro Tavaeárii había ordenado que hasta el último habitante de Bora Bora se pusiese a las órdenes del «Gran Maestro Constructor», Tevé Salmón se encontró de improviso con que tenía bajo su mando a todo un pueblo ansioso por obedecer. Para las quillas eligió ocho troncos de «tamanú» que tenía en el secadero desde hacía más de un año, siempre a la sombra para que el violento sol tropical no cuartease la preciada madera, y tras rebajarlos por uno de sus lados, colocó sobre la plana superficie brasas de «aito» que tardaban mucho en consumirse y que iban quemando poco a poco la madera. Veinte niños se preocupaban de vigilar día y noche ese fuego, soplando las brasas cuando parecían a punto de apagarse o aplastando con una piedra las llamas que intentaban alzarse, de tal modo que la combustión fuera siempre hacia abajo y muy pareja, consiguiendo así que el grosor del casco se mantuviese entre los diez y los doce centímetros. A los muchachos de más edad los puso a afilar piedras. Esas piedras, a las que se les aplicaba un mango de madera, se convertían en una especie de «hachuela» imprescindible para que los adultos convirtiesen gruesos troncos de «tou» en anchos tablones que se irían agregando a las quillas, y era aquélla una labor que exigía un notable esfuerzo de concentración, pues un golpe demasiado fuerte podía malograr una tabla en la que llevaran cuatro días trabajando siete hombres. Cuando el largo tablón había sido desprendido del tronco a base de leves cortes y pequeñas quemaduras, un grupo de mujeres se ocupaba de alisar sus caras con piedra coralina, para continuar puliéndolas a base de arena, y concluir de lijarlas con una áspera piel de tiburón. Se obtenía así una perfecta tabla de unos cinco o seis metros de largo por veinte centímetros de ancho, y ocho de espesor. Era entonces cuando Tapú Tetuanúi y sus amigos entraban en escena. Al no conocer la existencia de los metales, los habitantes de Bora Bora y de la inmensa mayoría de las islas del Pacífico Sur carecían lógicamente de clavos o tornillos con los que unir las maderas, por lo que se veían en la necesidad de «coser» entre sí cada uno de los distintos elementos que conformaban sus embarcaciones, en una difícil y trabajosa tarea de la que dependían muchas vidas, puesto que con un brusco golpe de mar, una piragua mal «cosida» podía partirse súbitamente en dos a más de cien millas de la costa más cercana. Para evitar en lo posible tal contingencia, Tapú Tetuanúi y la mayor parte de los adolescentes de la isla tomaban asiento a lo largo de uno de aquellos tablones, e iban talando, con infinita paciencia y dedicación, pequeños agujeros simétricos a unos dos centímetros de los bordes. Era una labor extremadamente delicada, puesto que a modo de berbiquí se veían obligados a utilizar un pequeño palo con un pedazo de concha insertado en la punta, y con tan primitiva herramienta debían ir talando agujeros que no superasen nunca el medio centímetro de diámetro. Y mientras trabajaban, hombres y mujeres, niños y ancianos, pobres y ricos entonaban al unísono «La Canción de Tané», aquella que conseguiría que la hermosa embarcación que estaban construyendo, pudiese surcar el océano sorteando felizmente todos los peligros. Si yo hago navegar mi piragua a través de aguas traidoras…, que ellas pasen por debajo, ¡oh, dios Tané! que mi piragua pase por encima. Si yo hago navegar mi piragua a través de vientos huracanados, que ellos pasen por encima, ¡oh, dios Tané! que mi piragua pase por debajo. Si yo hago navegar mi piragua a través de gigantescas olas, que ellas pasen por debajo, ¡oh, dios Tané! que mi piragua pase por encima. ¡oh, Dios Tané! ¡Oh, Dios Tané! Tané llevaría sin duda de la mano aquella nave en la que todo un pueblo depositaba sus esperanzas, pero para conseguirlo cada una de las personas de ese pueblo tenía que concentrar su amor en la labor que estaba realizando para ayudar al dios de las aguas a la hora de cumplir con la máxima perfección su cometido. Sentados a la sombra de las palmeras sobre la blanca arena de la playa, los ancianos dejaban pasar las horas trenzando cuerdas a base de fibra de corteza de coco, y ponían en ello tanta habilidad y tanto empeño que con tan sencillos medios conseguían, no obstante, largos y resistentes cabos que en nada tenían que envidiar a los de cáñamo. Las ancianas recogían a su vez hojas del árbol del pan con las que tejer los cobertizos y las velas, y de ese modo no quedaba ni una sola persona en Bora Bora que no aportara su grano de arena a la gran nave que habría de soportar durante largos meses los embates del viento y de las olas. Las más hermosas muchachas se ocupaban de llevar agua fresca y comida a cuantos trabajaban, secándoles el sudor cuando hacía falta, brindándoles una sonrisa o una palabra amable, e incluso recompensando con sus abrazos y caricias a los agotados solteros a la caída de la noche. Tapú Tetuanúi se sentía inmensamente feliz por cuanto hacía, y por el hecho de comprobar que su amada Maiana parecía prestarle más atención que a ningún otro de sus innumerables pretendientes, incluidos el animoso Vetea Pitó y el gigantesco Chimé de Farepíti. — Estoy muy orgullosa de ti — le había susurrado la última vez que hicieron el amor junto a la playa —. Fuiste muy valiente al enfrentarte a ese bárbaro y mi padre asegura que antes de un año te invitarán a convertirte en «Arioi». — No quiero ser «Arioi» — fue la respuesta —. Quiero que «Miti Matái» me enseñe a ser «Gran Navegante». — «Miti Matái» se irá y probablemente no volverá — replicó dulcemente la muchacha —. Y para llegar a ser «Gran Navegante» hay que saber muchísimas cosas… ¡Demasiadas! — ¿Te casarías conmigo si llego a ser «Gran Navegante»? — Para entonces me habría convertido en una anciana incapaz de tener hijos — replicó ella al tiempo que le acariciaba amorosamente la comisura de los labios —. Pero si «Miti Matái» te acepta como discípulo, lo haré. — ¿Es una promesa? — Lo es — puntualizó Maiana con firmeza —. Y que Taaroa me haga engordar como un cerdo si no la cumplo. — ¿Y me serás fiel aunque tenga que pasar meses en el mar? — ¿Sabes qué castigo reserva el dios Tané a la mujer que se atreve a engañar a un navegante? La envía por toda la eternidad a lo más profundo del océano; allí donde todo es frío, y tinieblas, y habitan los más espantosos monstruos que puedas imaginar. — Agitó la cabeza como desechando de plano tal posibilidad —. Y lo mismo hace con el hombre que osa acostarse con la esposa de un navegante. ¡No! — añadió convencida —. Si un día mi padre me entrega a ti, será para siempre. Tapú Tetuanúi guardó silencio unos instantes, como regodeándose en la idea de que tal dicha pudiera llegar a concretarse, y al poco alzó el brazo señalando el grupo de estrellas que se encontraban justo sobre sus cabezas. — Ésas de ahí son «Las Siete Viudas Locas» — dijo —. En esta época del año nacen en el punto en que se encuentra Fatu Hiva, en las Marquesas, y van a ocultarse sobre la gran isla sagrada de Rarotonga. — Hizo una nueva pausa para añadir en tono decidido —: Cuando sea «Navegante» te llevaré a la gran fiesta que se celebra allí cada ocho años. Hiro Tavaeárii estuvo una vez y asegura que acuden a ella gentes de todos los confines del universo. — Sueñas demasiado — le hizo notar ella. — Las estrellas me ayudan a soñar — fue la respuesta —. ¿Sabías que hay tantas islas en el mar como estrellas en el cielo? Y cada isla está reflejada en una de esas estrellas, que se detiene exactamente sobre ella en la media noche del primer día del año. Lo que hace falta, es saber cuál se detiene sobre cada cual. «Miti Matái» lo sabe. — También el «Oripo» lo sabe — le hizo notar la muchacha. — No — replicó Tapú Tetuanúi convencido —, el «Hombre-Memoria» lo recuerda, pero no lo sabe. Él conoce el nombre de las estrellas y el lugar por donde pasan, pero no es capaz de distinguirlas. Sólo «Miti Matái» conoce a todas las estrellas por su nombre y te puede señalar su recorrido. — Admiras en exceso a «Miti Matái» y eso puede llegar a ser peligroso — le reconvino Maiana tomando asiento en la arena y mirándole a los ojos —. «Las palmeras más altas suelen dar cocos amargos.» — «El agua del coco amargo es la que mejor quita la sed» — le recordó él —. Yo no aspiro a cocos dulces ni empresas fáciles; yo aspiro a ser «Gran Navegante» y a descubrir cuanto hay más allá del «Cuarto Círculo». — Me casaré contigo — musitó con dulzura la muchacha al tiempo que se sentaba sobre sus muslos. Lo dijo espontáneamente, pero aun así a la noche siguiente hizo el amor con Vetea Pitó, y Tapú Tetuanúi abrigó el convencimiento de que hasta el día en que el gran «Miti Matái» le aceptase como discípulo y su padre le entregase oficialmente a Maiana, no conseguiría evitar que la fogosa muchacha dejase de brindar sus caricias a un amante diferente cada vez que éste se lo pedía. Por su parte, «Miti Matái» parecía confiar de tal forma en el «arte» de Tevé Salmón, que ni siquiera hizo acto de presencia por la bahía de Farepíti, como si con ello quisiera dejar constancia de que su verdadera labor tan sólo comenzaría el día que el «Gran Maestro Constructor» decidiera botar el barco y ponerlo en sus manos. Al propio tiempo se encontraba demasiado concentrado en el estudio de los tatuajes que cubrían el cuerpo de «la bestia», y que constituían la única pista de que disponían para hacerse una idea del lugar de origen de aquella raza de salvajes. Tanto «Miti Matái» como Roonuí-Roonuí, Hiro Tavaeárii y los más sabios ancianos de la isla pasaban la mayor parte del día analizando hasta en sus más mínimos detalles cada uno de aquellos horrendos dibujos, para lo cual habían colocado a su propietario en el centro del aún semiderruido «Marae» atándole los brazos a una viga y los pies a dos pesadas piedras, de tal forma que podían aproximársele cuanto quisieran y girar a su alrededor sin temor a que les saltara encima. Escupía, eso sí, y no cesaba de gruñir con el muñón de lengua que le quedaba, y como se negaba a beber o a ingerir cualquier tipo de alimento, se veían obligados a cebarle con una especie de papilla que le embutían a la fuerza. En sus escasos momentos de asueto, la mayoría de los muchachos de la isla acudían a verle, aunque guardando, eso sí, un respetuoso silencio para no distraer a cuantos se esforzaban por desentrañar el complicado jeroglífico que parecía constituir aquel inmenso cuerpo crucificado. Pero pese a toda su prudencia, cada vez que el cautivo veía a Tapú Tetuanúi comenzaba a agitarse lanzándole furiosas miradas que parecían pretender asesinarle. — Te odia a muerte — le hizo notar Vetea Pitó —. Y si por casualidad un día lograra soltarse, más vale que te escondas en los mismísimos infiernos. — No me asusta — replicó el muchacho mintiendo con descaro —. No me asustó aquella noche, y no conseguirá asustarme ahora. — Pues allá arriba, en el monte, a poco más nos cagamos — reconoció el otro con naturalidad —. A veces aún tengo pesadillas. Tapú Tetuanúi hubiera querido reconocer que también él las tenía, pero estaba convencido que de hacerlo, Vetea Pitó hubiera acabado por contárselo a Maiana. Se limitaba por tanto a contemplar a «la bestia» desde una respetuosa distancia, y de tanto en tanto, cuando nadie miraba, le sacaba la lengua para aumentar su ira. — No es un marino, puesto que no luce ninguna estrella o constelación reconocible — había sentenciado al fin «Miti Matái» seguro de sí mismo —. Tampoco se trata de un «Hombre-Regreso» puesto que la mayoría de sus tatuajes son muy antiguos, y sospecho que hacen más referencia a hechos de guerra, que a viajes, ya que, por ejemplo, éste de aquí, habla sin duda de un victorioso asalto a una isla que también fue incendiada. — Me pregunto si no se tratará de una isla que ya tenía fuego — señaló Hiro Tavaeárii —. Una isla con un volcán activo puesto que las llamas no parten de la orilla, donde lógicamente estarían las viviendas, sino de la montaña. Todos los presentes se aproximaron a estudiar el dibujo que aparecía situado bajo la tetilla izquierda del cautivo, y tras señalar con el dedo otro confuso tatuaje que rodeaba el ombligo, «Miti Matái», aventuró: — Si, tal como imaginamos, aquí, en el ombligo, se encuentra su isla, cabe suponer que en algún punto, al nordeste, existe esa otra isla con un volcán activo que alguna vez, hace por lo menos doce o quince años, estos hombres atacaron. — Agitó la cabeza con un leve gesto de asentimiento para añadir —: No es mucho, pero se trata al menos de una primera pista. Tendríamos que intentar localizar una isla con un volcán en erupción. — Puede que en estos años ya se haya apagado — le hizo notar Roonuí-Roonuí. — En efecto — admitió el «Gran Navegante» —. Pero aun así sus habitantes recordarán que mientras permaneció activo unos bárbaros lo asaltaron. Nos serviría de mucho. Cabría asegurar, por la forma en que les miraba y se agitaba, que, pese a no conocer su idioma, «la bestia» parecía haber comprendido qué era lo que sus captores comentaban, hasta el punto de que Hiro Tavaeárii, cuyos cansados ojos no perdían detalle de cuanto ocurría a su alrededor, lo advirtió de inmediato. — Se inquieta — dijo —. Creo que vamos por buen camino. ¿A qué distancia puede estar esa isla volcánica de su lugar de origen? «Miti Matái» meditó unos instantes y por último extendió la mano sobre el pecho del bárbaro, colocándole el pulgar sobre el ombligo. — Lejos — replicó al fin —. Probablemente en el «Segundo Círculo», si es que en realidad el dibujo del ombligo representa su isla. — Lo representa — intervino el viejo tatuador que era otro de los que dedicaban largas horas a estudiar el cuerpo del prisionero —. Es una vieja costumbre muy extendida entre los pueblos del noroeste. — ¿Noroeste? — se sorprendió Hiro Tavaeárii —. ¿Cómo se explica que hayan llegado del noroeste en una época en que sopla siempre el «Mara'amú» del sudeste? — Porque deben ser muy astutos — replicó «Miti Matái» cuyo cerebro funcionaba con sorprendente rapidez en todo cuanto se refería a técnicas de navegación —. Probablemente se dejaron llevar por la gran corriente que va hacia el este, para continuar luego remando hacia el sur. Alcanzaron así la ruta del «Mara'amú» que ahora les conduce de vuelta a casa, y a su paso van saqueando cuantas islas encuentran en su camino. — Pareció irse convenciendo a sí mismo de su propia teoría —. No atacan cuando van — concluyó —. Atacan cuando regresan. — ¡Pero un viaje así requeriría meses…! — le hizo notar Hiro Tavaeárii —. ¡Tal vez años! — Sin duda se trata de un pueblo de piratas que nunca tiene prisa. — Eso complicaría terriblemente las cosas — reconoció Roonuí-Roonuí con gesto preocupado —. Dicen que en el «Quinto Círculo», hacia el noroeste, existen miles de islas. ¿Qué posibilidades tenemos de encontrar una entre tantas? — Si está en el «Quinto Círculo», ninguna — sentenció secamente «Miti Matái» —. Pero aun así, lo intentaremos. Para los habitantes de Bora Bora, al igual que para la mayoría de los pueblos polinesios, todo aquello que se situase en ese imaginario «Quinto Círculo», era como si se encontrase en realidad más allá de los confines del universo, puesto que su concepción del mundo y las distancias era muy diferente de la que tenían, y aún siguen teniendo, el resto de los pueblos del planeta. Desde que los asirios, los egipcios y los griegos comenzaron a trazar tímidos mapas de su entorno, el hombre de Europa, Asia y África, y más tarde el de América, se fue haciendo poco a poco una idea del mundo en que vivía, siempre en relación con el resto de ese mundo, que se convertía así en algo inmutable. Cuando a un español, un francés o un chino se le pregunta por su lugar de origen, nombrará en primer lugar el pueblo en que nació, la provincia a que pertenece, en qué país está situada esa provincia, e incluso, en casos extremos, el continente en que se halla su país. Si a esa misma persona se le pide que establezca gráficamente de dónde proviene, dibujará un tosco mapa en el que marcará con un punto su pueblo o su ciudad. De igual modo, a la hora de viajar lo hará siempre en relación a ese mapa y ese mundo del que forma parte, pues sabe que para ir de España a Alemania tiene que pasar por Francia, y que si pretende viajar más tarde a Inglaterra y Estados Unidos tendrá que atravesar el Canal de la Mancha y el Atlántico. Eso significa que tiene conciencia de que vive y se desplaza sobre tierras y mares de formas muy concretas, y que a la hora de regresar a su punto de partida no tiene más que seguir la misma ruta en sentido inverso. En definitiva, su lugar de origen no es más que una marca dentro de un gran conjunto perfectamente delimitado. Pero para los habitantes de los miles de islas del Pacífico Sur, el mundo no era así. De hecho para muchos aún continúa sin serlo, y el resto cambió de idea hace poco más de doscientos años, cuando llegaron a sus costas los primeros navegantes europeos. Para los polinesios, todo se iniciaba siempre en el «ombligo», su isla, que era el centro del universo, puesto que incluso tenían muy bien delimitado el «Camino de Estrellas» o «Avei'á» que cruzaba sobre ella en cada época del año. De esa isla partía luego un «Primer Círculo» en el que se situaban las islas, islotes o accidentes de cualquier tipo que pudiesen encontrar las naves durante dos semanas de navegación. Del mismo modo, en ese círculo se establecían la forma en que se podía viajar a determinadas islas dependiendo de los vientos y las corrientes, así como el mejor modo de volver según la época del año. El «Segundo Círculo» prolongaba los conocimientos a un mes, el «Tercero» a dos, y el «Cuarto» y último a cuatro meses de navegación, aunque ya los datos se hacían notoriamente imprecisos, y no solían contener información fiable sobre la forma de regresar a «casa» desde un lugar tan lejano. Y es que cuando los navegantes polinesios se hacían a la mar, viajaban siempre, «no con relación a un mapa general», sino tan sólo en relación a su propia isla, a la que las estrellas, las corrientes y sobre todo los vientos debían permitirles retornar algún día. En un océano como el Pacífico, en el que los alisios suelen soplar en la misma dirección durante la mayor parte del año, la navegación a vela resultaba por lógica terriblemente complicada, lo que obligaba a los antiguos polinesios a desarrollar unos conocimientos náuticos y astronómicos que escapan por completo a la capacidad de comprensión del resto de los humanos. De hecho, durante casi dos siglos, los marinos y astrónomos occidentales se negaron a aceptar que unos «pobres salvajes» que desconocían la escritura, el metal, el sextante, el telescopio e incluso la brújula, pudieran saber mucho más de lo que ellos sabían sobre el mar y el cielo, pero en los últimos tiempos se ha demostrado que así era, puesto que de otro modo jamás hubieran conseguido reinar sobre una extensión de agua de veinte mil kilómetros de largo — de Singapur a Panamá — por casi otros tantos de ancho, de las Aleutianas a la Isla de Pascua. No obstante, y pese a sus vastísimos conocimientos, para la mayoría de los navegantes polinesios todo cuanto se encontraba ya en el nebuloso «Quinto Círculo» quedaba fuera de su alcance, y venía a ser algo así como el «Mar Tenebroso» de nuestros antepasados, que situaban el confín de la Tierra conocida más allá de las Canarias. Ellos «sabían» que el mundo no se acababa donde acababa el «Cuarto Círculo», pero tenían la absoluta convicción de que adentrarse en el «Quinto» era como adentrarse en un vacío del que resultaría imposible regresar. De hecho, y en la memoria de los habitantes de Bora Bora, tan sólo existía un hombre: el mítico «Miti Matái» que hubiese sido capaz de encontrar el camino de regreso tras haberse internado en el «Quinto Círculo». Pero había que tener en cuenta que él había vuelto del sur, aprovechando los fieles alisios, mientras que si ahora permitían que esos mismos alisios les empujaran hacia el noroeste más allá de los límites del «Cuarto Círculo», no existía viento alguno que fuera capaz de traerles de regreso a casa. «Aun así lo intentaremos», había dicho «Miti Matái», y cuando esa frase llegó a los oídos de Tapú Tetuanúi acabó de reafirmarse en la idea de que lo único que deseaba en este mundo era estar cerca de aquel fabuloso dios viviente y aprender una mínima parte de cuanto sabía. Por ello, cuando a la caída de la tarde del día siguiente, «Miti Matái» se encontraba sentado en el porche de su cabaña, que se adentraba sobre la laguna como una gran piragua cuya popa se encallase en la arena, el muchacho se presentó ante él, y tras pedirle disculpas por atreverse a molestarle durante su hora de meditación, le rogó, con toda la humildad que fue capaz de demostrar, que tuviese a bien hacerle el honor de aceptarle como discípulo. — Quiero ser un «Gran Navegante» — dijo —. Alguien que, de muy lejos, sea capaz de seguir la estela que ha dejado tu barco. Los profundos ojos de aquel cuyo nombre se pronunciaba con infinito respeto, se clavaron en el espigado muchacho de atractivo rostro y expresión ansiosa cuya vida parecía depender de su respuesta, y tras meditar unos instantes, indicó con un gesto una larga marca que aparecía dibujada en el suelo del porche para inquirir con intención: — ¿Qué estrellas seguirán este mismo camino durante el mes de junio? Tapú Tetuanúi se aproximó, colocándose casi exactamente sobre la raya, observó la posición del sol que estaba a punto ya de rozar la línea del horizonte, se concentró como nunca lo había hecho, pues tenía conciencia de que de su respuesta dependía en gran parte su futuro y su felicidad junto a Maiana, y por último replicó seguro de sí mismo: — «La Gran Dama Solitaria» a la que más tarde seguirán «El Pequeño Enamorado», «El Tímido» y a tres puntos al norte, «El Mercader de Perlas». — ¿Dónde se encontrará en ese momento la punta del «Anzuelo de Maui»? — quiso saber el «Navegante Mayor». — A medianoche deberá estar haciendo su aparición sobre Rairatea. Un levísimo gesto de asentimiento consiguió que el corazón del muchacho latiese con más fuerza que nunca, y tras una corta pausa, su interlocutor inquirió nuevamente: — ¿Qué vientos te soplarán en julio si te encuentras al noroeste, más allá del «Primer Círculo»? — Hasta el mediodía ninguno — fue la respuesta —. A partir de la caída de la tarde deberá levantarse un suave «Maoa'é» de levante, y con la puesta del sol rolará hacia el sur para fijarse en un «Maoa'é Tavara» ligeramente racheado que durará hasta que «La Lanza del Dios Oró» se acueste en el horizonte. Una leve sonrisa apareció en los labios de «Miti Matái» y para el tembloroso Tapú Tetuanúi aquello significó tanto como atravesar el primer umbral del paraíso, pues el hecho de que aquel ser superior se dignase añadir una nueva pregunta quería decir que hasta aquel momento sus contestaciones habían sido correctas. — Es mediodía — insistió «Miti Matái» — y sobre tu cabeza vuela una fragata rumbo al sur. ¿Qué conclusión sacas de ello? — Ninguna. Está buscando un banco de peces, y a esa hora lo mismo da que vaya al sur que al norte. — Respiró muy hondo —. Pero si la veo tres horas más tarde me estará indicando que regresa a su nido, lo cual quiere decir que a menos de cincuenta millas, hacia el sur, se alza una isla. — Conoces bien la teoría — admitió el «Navegante Mayor» haciendo un gesto para que tomara asiento frente a, él —. Pero debes tener en cuenta que la teoría es, quizá, lo que menos importa cuando te encuentras en mitad del océano. Lo que importa es la intuición, y sobre todo el valor para enfrentarte a los peligros. ¿Estás seguro de tener ese valor? — Fui yo quien se enfrentó a «la bestia» y la capturó — le recordó —. Y soy el hijo primogénito de Amó Tetuanúi, que navegó a tu lado muchos años. — El valor no es algo que se herede como una nariz o una piragua — le hizo notar el otro —. Pero el hecho de haber capturado a ese salvaje te concede un cierto margen de confianza. — Le sonrió de nuevo, con afecto —. Meditaré tu propuesta y si regreso del «gran viaje» volveremos a hablar del tema. — ¿Si regresas del «gran viaje»? — se horrorizó el muchacho —. ¡Pueden pasar años y para entonces seré incapaz de aprender nuevas cosas! — Extendió las manos en gesto de súplica —. Yo lo que quiero es estar a tu lado durante esa travesía, y que me enseñes. — ¿Venir en el «gran viaje»? — se asombró «Miti Matái» —. Eres apenas un crío. — Soy un nombre — fue la agria respuesta —. Y te recuerdo que si ese viaje es posible, es tan sólo gracias a que capturé al salvaje. Sin él no tendríais ni la menor idea de hacia qué punto dirigiros. — Eso es muy cierto — admitió su interlocutor con voz pausada —. Y no lo olvido. Pero no debo ser yo quien juzgue si estás en condiciones de formar parte de la expedición. Es el Consejo el que debe decidir quiénes la forman. — Un capitán siempre puede elegir a los miembros de su tripulación — le hizo notar el muchacho —. Forma parte de sus atribuciones. — No en este caso — fue la respuesta —. Es mucho lo que aquí nos jugamos, y mis responsabilidades tan sólo empezarán en el momento en que la nave atraviese el paso y salga a mar abierto. Hasta ese momento mi obligación es obedecer. — Hizo una nueva pausa y añadió remarcando mucho las palabras —: Como la tuya. — Pero… Le interrumpió con un gesto autoritario. — Ahora vete — dijo secamente —. Tengo que meditar. Si el Consejo te acepta, yo te acepto. Aún no sé si tan sólo llegarás a ser, un «Hombre-Memoria» o tienes auténtica madera de navegante, pero para conseguirlo lo primero que debes aprender es a obedecer, porque quien no aprende a obedecer jamás aprenderá a dar órdenes. Tapú Tetuanúi se alejó por la playa, y mientras lo hacía sus rodillas temblaban casi tanto como la noche que «se enfrentó» al salvaje, aunque su verdadero deseo hubiera sido comenzar a dar saltos de alegría y gritarle al mundo que el fabuloso «Miti Matái» había admitido que tal vez podría llegar a ser un auténtico navegante. Él sabía muy bien que no era un «Hombre-Memoria» especializado en estrellas, puesto que éstos se limitaban a repetir una y otra vez cuanto otros «Hombres-Memoria» les habían contado sobre sus movimientos, incapaces de distinguir al «Cangrejo» de «Las Tres Palmeras», mientras que él, Tapú Tetuanúi conocía cada constelación casi tan bien como conocía los pezones de la hermosa Maiana. ¡Le hubiera gustado tanto correr hasta Punta Rofau y contarle, punto por punto, su entrevista con el «Navegante Mayor»…! Por un instante estuvo tentado de tomar el camino de la playa, pero cayó en la cuenta de que habían estado haciendo el amor dos días antes, por lo que se arriesgaba a encontrarla una vez más en brazos de cualquiera de sus muchos amantes. Esa sola idea aplacó su entusiasmo y a punto estuvo de amargarle el resto de la noche. Su padre le devolvió sin embargo la alegría. — Si «Miti Matái» ha dicho que puedes llegar a ser navegante es que lo serás — admitió tras escucharle —. Yo también lo creo, puesto que te he enseñado mucho de lo que sabes y te he visto empuñar el timón, aunque a veces te equivoques a la hora de calcular la deriva de tu nave. Eso es algo que tan sólo se aprende con los años. — Le acarició con afecto el antebrazo muy cerca del punto en que se distinguían las marcas de su primer tatuaje aún inconcluso —. El día que aquí vea una estrella de mar podré morir en paz. — La verás si consigo que el Consejo me permita formar parte de ese viaje. — Aún no estás iniciado y no tienes edad para solicitarlo. — La habré superado para cuando la nave esté de regreso. — Si es que vuelve… — Amó Tetuanúi negó con un gesto —. Será una travesía muy dura para la que el Consejo tendrá que elegir únicamente a los mejores. Treinta como máximo, y dudo que acepten entre ellos a un aprendiz de navegante. — Negó de nuevo —. No te hagas ilusiones, hijo. No creo que lo logres. — ¿Podrás ayudarme? — ¿Acaso pretendes que tu madre me amargue lo que me queda de vida? — se lamentó el anciano —. ¿Qué diría si te empujara a una aventura tan absurda? Más allá del «Quinto Círculo» tan sólo está la muerte o la condena a navegar eternamente sin esperanzas de retorno. — No, si «Miti Matái» manda la nave. — Nadie, en toda la historia de Bora Bora, volvió dos veces del «Quinto Círculo» — señaló convencido Amó Tetuanúi —. Y nadie volverá. — ¿Quién lo ha dicho? — Es la ley del dios Tané. Él es el dueño de las olas y los vientos. En determinadas circunstancias consiente que un héroe regrese del «Quinto Círculo», pero no puede permitir que lo haga por segunda vez, puesto que en ese caso se convertiría en un semidiós que ha conseguido derrotarle. — ¿Lo sabe «Miti Matái»? — Naturalmente. — ¿Y aun así piensa intentarlo? — Un navegante jamás le teme a la muerte en el mar, hijo — replicó calmosamente el anciano —. Para un navegante el único miedo estriba en quedarse varado para siempre, tal como me encuentro yo ahora. — En ese caso… — argumentó Tapú Tetuanúi —, ¿qué importancia tiene que forme parte de ese viaje si no le tendré miedo a la muerte? — Mucha, puesto que, en definitiva, tan muerto está el valiente como el cobarde. — Sonrió con dulzura —. Además, aún te falta mucho para llegar a ser tan siquiera un «pequeño navegante», hijo. ¡Mucho! Una vez que Tapú Tetuanúi y sus amigos habían concluido los agujeros de un tablón, los mejores hombres de Tevé Salmón lo «cosían» al siguiente con los fuertes cabos que habían fabricado los ancianos, calafateando más tarde las junturas con una pasta hecha a base de fibra de corteza de coco mezclada con resina de «árbol del pan». Cuando al cabo de una semana esa pasta solidificaba, la perfección de la unión incitaba a pensar que se trataba de una sola pieza de madera, y los pescadores de Bora Bora aseguraban que una piragua «cosida» en los «astilleros» de Farepíti podía soportar el embate de una gran ola en el momento de reventar contra el arrecife, sin tan siquiera estremecerse. Pero lo que ahora se estaba construyendo no era una pequeña y compacta piragua de pesca, sino un inmenso catamarán, cada uno de cuyos cascos tenía poco menos de treinta metros de eslora por dos de manga y casi tres de puntal, lo cual, dado el tamaño de las tablas y cuadernas, exigía cientos de uniones y miles de «puntadas». Todo ello se reforzaba interiormente con traviesas de durísima madera de «aito», que estaba considerado además un árbol sagrado que protegería a la embarcación, y por lo tanto, y pese a que hasta el último habitante de la isla se afanaba en la tarea, la construcción del Marara («Pez Volador»), que así había decidido el Consejo que se llamara el navío, avanzaba con notable lentitud. Roonuí-Roonuí y sus guerreros se impacientaban calculando la casi irrecuperable ventaja que estarían consiguiendo sus enemigos, pero el impasible «Miti Matái» parecía tomárselo con calma, asegurando que tan sólo con un barco que se comportase como un auténtico «pez-volador» tendrían alguna remota posibilidad de salir con bien de tan arriesgada aventura. — Puede que encontremos o no esa isla — decía —. Y puede que recuperemos o no lo que es nuestro, pero lo que sí es seguro es que el camino de regreso exigirá mucho esfuerzo, y tan sólo una nave versátil y maniobrable será capaz de traernos de vuelta a casa. Tapú Tetuanúi, que no cejaba en su empeño de tomar parte en la expedición, acudió a casa de su antiguo maestro, el venerable Hiro Tavaeárii en busca de ayuda, pero el anciano le hizo notar que en las actuales circunstancias él era la persona menos indicada para interceder en su favor. — Yo represento ahora a la ley — le dijo —. Y la ley especifica que quien no ha sido iniciado no puede participar en guerras. Yo te aprecio — añadió —. Me consta que eres valiente, fuerte y astuto, y estoy seguro de que serías de gran ayuda incluso como remero, pero no tengo intención de influir en las decisiones del Consejo. — Enviarán a muchos que no quieren ir y tienen miedo — le hizo notar el muchacho. — Todos son voluntarios. — Sí. Todos son voluntarios — admitió —. Pero lo son porque de otro modo les despreciarían por cobardes y sabes bien que casi la mitad preferirían quedarse en casa. — Nadie puede leer en el fondo del corazón de los hombres — musitó quedamente Hiro Tavaeárii —. Y quien lo haga se arriesga a equivocarse. La ley es la ley — concluyó. — ¿Debe ser por tanto siempre la ley la que prevalezca? — inquirió con manifiesta intención el muchacho. — Desde luego. — ¿Aunque se trate de una ley injusta? — Aunque lo sea. — ¿Y ni siquiera el Consejo está autorizado a contravenirla? — Él menos que nadie. — ¡Bien! — admitió Tapú Tetuanúi en un tono que sorprendió a su maestro —. Bueno es saberlo. Al día siguiente se reunió con Vetea Pitó y Chimé de Farepíti, y aunque en un principio ambos parecieron escandalizarse por lo absurdo de su propuesta, al fin consiguió convencerles, y fue así como tres días más tarde, y en el momento en que el Consejo se encontraba deliberando en las ruinas del «Marae», los tres muchachos se presentaron ante él y pidieron permiso para exponer una demanda. — ¿Qué demonios ocurre ahora? — se molestó Roonuí-Roonuí —. ¿No veis que tenemos asuntos importantes que tratar? Tapú Tetuanúi se limitó a indicar con un gesto de la cabeza a «la bestia». — Rogamos respetuosamente al Consejo que nos devuelva a nuestro prisionero — replicó con fingida calma. — ¿Al prisionero? — se asombró el «Jefe de los Guerreros» —. ¿Es que os habéis vuelto locos? — ¡En absoluto! — fue la respuesta —. La ley establece que todo prisionero por el que sus familiares no hayan ofrecido un rescate al mes de ser capturado, pasa a ser propiedad de quien lo apresó. — Hizo una significativa pausa —. Y hoy se cumple ese mes. Se hizo un profundo silencio, los miembros del Consejo se observaron con innegable desconcierto, y mientras en los ojos de algunos brillaba un relámpago de furia, a los labios de «Miti Matái» asomó una extraña sonrisa. — ¡Ésa es una ley estúpida! — exclamó al fin Roonuí-Roonuí —. Y no estoy dispuesto a acatarla. Aún no hemos terminado de estudiar sus tatuajes. — Ninguna ley es estúpida — le reprendió Hiro Tavaeárii tomando cartas en el asunto —. Y nadie puede desacatarla bajo ninguna circunstancia. — Se volvió luego a los tres muchachos —. ¿Qué pensáis hacer con vuestro prisionero? — Venderlo — replicó con naturalidad Vetea Pitó. — ¿Venderlo…? ¿A quién? — A quien pague su precio. — ¿Y cuál es su precio? — Tres pasajes a bordo del Marara. — Me lo temía — admitió el anciano al que en el fondo aquella historia parecía divertir —. Pero si aceptáramos ese trato estaríamos contraviniendo otra ley. — ¿Qué ley? — quiso saber Tapú Tetuanúi. — La que especifica que nadie que no haya sido iniciado puede ser enviado a la guerra — le recordó con marcada intención el «regente» —. Y es aún más antigua que la anterior. — Pero en este caso no nos enviarían a ninguna guerra — puntualizó astutamente el muchacho —. Según el «Hombre-Memoria», la ley establece que una guerra entre islas tan sólo es válida cuando se han agotado más de tres meses de discusiones en procura de la paz. — Mostró los dientes en una leve sonrisa de conejo —. Que yo sepa, no ha existido discusión alguna con esos salvajes, y por lo tanto, «oficialmente», aún no se ha declarado ninguna guerra. — ¡Hijo de perra! Hiro Tavaeárii dirigió una reprobadora mirada a Roonuí-Roonuí, que era quien había lanzado semejante exclamación. — Nunca se han admitido insultos en las reuniones del Consejo — señaló —. Y no es éste el momento de empezar a aceptarlos. Estos chicos se están limitando a hacer uso de los derechos que les confieren leyes dictadas por los más sabios de nuestros antepasados, y tenemos la obligación de respetar y analizar sus planteamientos, sobre todo teniendo en cuenta que su finalidad es ciertamente loable. — Volvió su atención al trío que aguardaba expectante y evidentemente nervioso —. ¿Quién os ha aconsejado que recurráis a semejantes triquiñuelas impropias de vuestra edad y condición? — quiso saber. Tapú Tetuanúi se limitó a señalar al silencioso «Miti Matái», que se había mantenido discretamente al margen de la conversación. — Él. — ¿Yo…? — se asombró el aludido en el colmo de la incredulidad —. Jamás he tratado con nadie de este tema. — Es cierto — admitió el otro con desparpajo —. Pero cuando te preguntan cómo navegar contra los alisios, tu respuesta es muy clara: «Se debe meter agua en el casco bajando la línea de flotación y ofreciendo así menos superficie al viento, para buscar luego las corrientes, porque los vientos amainan según las horas del día, pero las corrientes nunca cesan.» — Sonrió con picardía —. Es lo que hemos hecho — añadió —. Buscar alternativas. «Miti Matái» meditó la respuesta, asintió con un discreto ademán de cabeza, y por último se volvió a Hiro Tavaeárii que permanecía, como el resto de los presentes, a la expectativa. — ¿Ha sido tu alumno? El anciano asintió evidentemente orgulloso. — Y muy aventajado. — Ahora lo es mío — se encaró a los miembros del Consejo —. Como capitán del Marara reclamo mi derecho a incluirle entre los miembros de mi tripulación — dijo —. Y confío en que su arte de navegar llegue a estar algún día a la altura de su retórica. No cabe duda de que es el rapaz más enredador… Tapú Tetuanúi le interrumpió con un gesto de la mano, indicando a sus dos compañeros: — ¿Y ellos? «Miti Matái» les lanzó una escrutadora mirada en la que parecía calibrar sus fuerzas. — Vendrán también. Vetea Pitó y el gigantesco Chimé de Farepíti iniciaron el ademán de inclinarse a besarle los pies, pero les rechazó de plano. — ¡No os pongáis tan contentos! — advirtió —. Llegará un momento en que soñaréis con regresar aunque sea a nado. — Observó a Chimé —. Tú remarás hasta que te sangren las manos… — Se volvió al otro —. Y tú, que aparentemente tienes muy buena piel, serás mi «Hombre-Regreso». — ¿«Hombre-Regreso»? — se horrorizó el pobre Vetea Pitó —. ¡Tané me ampare! — Estás a tiempo de renunciar. El altivo buceador dudó unos instantes, se volvió a todos lados como buscando una ayuda que no podía encontrar en parte alguna, y al fin asintió como un reo que acepta una dura condena. — ¡Eso nunca! — exclamó —. Seré tu «Hombre-Regreso». — ¡Bien! — intervino el venerable Hiro Tavaeárii dando por concluido el tema aunque con evidente satisfacción por su parte —. Ahora marchaos porque tenemos mucho que discutir. Los tres muchachos apuntaron una respetuosa inclinación acatando las decisiones del Consejo y se alejaron con toda la dignidad que debían mostrar tres miembros de la tripulación del Marara, aunque en cuanto doblaron el recodo de la playa y se supieron fuera de la vista de quienes continuaban en el «Marae», comenzaron a dar gritos de alegría, abrazándose, empujándose y revolcándose por la arena como chiquillos revoltosos. — ¡Lo hemos conseguido! ¡Lo hemos conseguido! — aullaban una y otra vez —. ¡Ya somos hombres! Cuando al fin acertaron a tranquilizarse tomaron asiento en círculo observándose con una mezcla de satisfacción e incredulidad puesto que se diría que aún les costaba trabajo aceptar la realidad. — ¡Iremos…! — exclamó al fin Tapú Tetuanúi como si continuara en trance —. ¿Os imagináis? ¡La más fantástica expedición que se haya organizado jamás, y formaremos parte de ella! ¡Casi no puedo creérmelo! — ¡Ni yo! — admitió Vetea Pitó —. Pero la verdad es que nos arriesgamos mucho. Si llega a salir mal hubiéramos estado tres meses con el culo morado a latigazos. — Lo sé — admitió Tapú Tetuanúi —. ¿Pero te imaginas lo que hubiera significado quedarse a reconstruir el pueblo, fabricar anzuelos o pescar en la laguna sabiendo que «Miti Matái» se encontraba otra vez en el «Quinto Círculo»? — ¡Como para volverse locos…! — admitió con su ronco vozarrón el rudo Chimé que aún parecía encontrarse en otro mundo —. Pero dime… — añadió —, ¿de verdad todas esas leyes son como dijiste? Su amigo meditó unos instantes y agitó la cabeza con ademán no demasiado convencido. — ¡Más o menos…! — replicó en tono burlón —. Las leyes, como la forma de las nubes, se prestan a muy distintas interpretaciones, pero si tú aseguras, convencido, que va a llover, la gente acepta que lloverá. — ¿Y si no llueve? — Para entonces ya estaremos mar adentro — le hizo notar Tapú Tetuanúi —. Con los problemas que tienen no creo que nadie del Consejo vaya a ver al «Hombre-Memoria» para preguntarle si la ley es exactamente tal como yo dije. — Sonrió con afecto —. El único que quizá lo sabe es Hiro Tavaeárii, pero estaba seguro de que no intervendría, ni a favor, ni en contra. — ¿Y si llega a hacerlo? — quiso saber Vetea Pitó. — Probablemente a estas horas estaríamos con el culo en remojo. — ¡Valía la pena el riesgo! — masculló Chimé —. ¡Ya lo creo que lo valía…! Fue a añadir algo, pero se interrumpió porque sus ojos habían quedado prendidos en la incomparable figura de la espectacular Maiana, que avanzaba hacia ellos con aquella forma de moverse que conseguía que tan sólo de verla los hombres experimentaran un insoportable calor en la entrepierna. — ¡Mírala! — musitó con un hilo de voz —. ¡Está para comérsela y me encanta comérmela! Tapú Tetuanúi hubiera deseado cortarle la lengua, o cualquier otra cosa, con su afilado cuchillo de dientes de tiburón, pero no fue capaz de hacer el más mínimo gesto hasta que la adorable criatura se dejó caer junto a ellos y les dirigió la más arrebatadora de sus sonrisas: — Acabo de enterarme — dijo —. ¡Sois maravillosos! — Alzó la mano como impidiendo que ninguno de los tres le respondiese, y en un tono que pretendía ser intrascendente, pero que ocultaba una profunda preocupación, añadió —: Le prometí a Tapú que me casaría con él si conseguía que «Miti Matái» le aceptase como discípulo, pero también os prometí a vosotros que lo haría si conseguíais plaza en el Marara. — Lanzó un hondo suspiro —. Admito que fui imprudente, pero jamás se me pasó por la cabeza que esto pudiera ocurrir. Se trataba a todas luces de un golpe demasiado fuerte, y demasiado bajo, y los tres muchachos se quedaron de piedra, como alelados, incapaces de admitir que su más escondido sueño, ahora hecho realidad, era en verdad un sueño y una realidad dolorosamente compartidos. — ¡No hay derecho! — se lamentó Chimé. — ¡Lo sé! — admitió la muchacha en un tono que evidenciaba absoluta sinceridad —. Me he comportado como una presuntuosa irresponsable, pero debéis aceptar que resultaba absurdo imaginar que los tres consiguierais lo que me habíais prometido. — Les dirigió una intensa mirada con aquellos inmensos ojos oscuros que les hacían temblar —. En compensación, y que conste que lo hago por mi propia voluntad y con auténtica alegría, estoy dispuesta a juraros fidelidad desde este mismo momento. — Sonrió con dulzura —. A los tres. — ¿A los tres? — se asombró Vetea Pitó. — A los tres — repitió Maiana con firmeza —. A partir de hoy nadie más que vosotros volverá a tocarme, y el día que regreséis me casaré con el que aún desee casarse conmigo. — ¿Y si los tres lo deseamos? — Lo dudo, puesto que con lo que durará ese viaje, seré ya una gorda horrenda cuando volváis, pero si así fuera buscaríamos la solución más apropiada. — Sonrió de nuevo —. Ahora resultaría estúpido tomarse semejante molestia. — ¿Cuánto tiempo esperarás? — Si digo que es para siempre, es para siempre — puntualizó ella —. Y aunque no volvierais nunca, nada cambiaría. Ya he conocido a todos los hombres que necesitaba conocer, y no seré la única mujer de la isla que tenga que acostumbrarse a dormir sola. Los tres muchachos se observaron y aunque cada uno de ellos hubiera deseado emprender la arriesgada aventura habiendo recibido ya a Maiana de manos de su padre, la pintoresca solución que había propuesto era sin duda mil veces más apetecible que saberla cada noche en brazos de un amante diferente. — ¡Lástima que no seas viuda! — musitó al fin Vetea Pitó —. Podrías venir con nosotros. — No creo que te gustase — musitó ella quedamente —. ¡Ni a mí! — Les observó luego con aquella expresión suya que contenía la promesa de un paraíso de besos y caricias —. Venid a verme uno cada noche — añadió —. Necesito quedar satisfecha para mucho, mucho tiempo… Se puso en pie alejándose por el borde del agua, y los tres amigos la observaron hasta que no era ya más que un punto en la distancia. Luego se miraron y parecieron comprenderse sin necesidad de palabras. — Primero tenemos que volver los tres con vida — señaló Tapú Tetuanúi expresando el sentir general —. Y si volvemos, tal vez alguno habrá cambiado de opinión, tal como ella ha dicho… — Se encogió de hombros —. Si no es así, dejaremos que sea ella quien decida libremente — concluyó. — ¿Es eso también un juramento? — quiso saber Vetea Pitó. — Por mí lo es. — Por mí también. Vetea Pitó colocó la palma de la mano derecha sobre la arena, Chimé puso la suya encima, y Tapú Tetuanúi hizo lo propio. Permanecieron así unos instantes, en silencio, conscientes de la trascendencia de lo que estaban haciendo, y al fin el último señaló: — El primero que atrape un cangrejo pasará con ella esta noche, el segundo mañana, y el último pasado… ¿Vale? — ¡Vale! Se pusieron en pie de un salto y echaron a correr hacia las rocas. Había llegado el momento de lanzar al agua el Marara. La ceremonia de botar una gran embarcación, y aquélla era la mayor y más hermosa que se había construido jamás en Bora Bora, exigía un ritual muy preciso, pues lo primero que había que conseguir era que el dios del mar protegiese la nave de los mil peligros que sin duda habría de encontrar en su difícil singladura. Las más antiguas tradiciones exigían que se le brindase a Tané un sacrificio humano que sirviese para recordarle que las vidas de cuantos iban a bordo estaban en sus manos, pero no había en aquellos momentos en la isla un prisionero de guerra, un adulto muy enfermo o un anciano moribundo del que se pudiese «prescindir» sin cargo de conciencia, y aunque los ojos de todos se clavaron de inmediato en la odiada figura de «la bestia», «Miti Matái» se opuso a su muerte argumentando que los tatuajes de su cuerpo eran demasiado valiosos como para permitir que se perdieran de forma tan estúpida. — Aún no hemos desentrañado la mayor parte de los misterios que ocultan — dijo —. Y quiero llevarle con nosotros porque tal vez gentes de islas muy lejanas nos puedan aclarar su procedencia al ver esos dibujos. Sé que merece la muerte más que nadie — añadió —. Pero es una muerte que no podemos permitirnos. — Me niego a poner el barco en el agua si no se efectúa un sacrificio — puntualizó testarudo Tevé Salmón —. Si lo hiciera estoy seguro de que ni siquiera alcanzaría las costas de Rairatea. — Pues habrá que buscar a otro — insistió el «Navegante Mayor» —. Necesito a ese salvaje. Roonuí-Roonuí propuso organizar una rápida expedición a cualquier isla próxima con el fin de capturar un prisionero pero Hiro Tavaeárii se negó en redondo. — Por primera vez en muchos años estamos en paz con nuestros vecinos — dijo —. Y no me parece oportuno arriesgarse a romper esa paz en el momento en que nuestros mejores guerreros emprenden una larga travesía. — Hizo una corta pausa —. Debemos comportarnos como si nada hubiese ocurrido, porque nadie debe saber que vamos a quedar desguarnecidos. — Dicen que el viejo Tracqui anda ya chocheando — aventuró el tatuador sin demasiado convencimiento. — Dos de sus hijos irán a bordo — replicó con su acritud de siempre Roonuí-Roonuí — ¿Con qué ánimo embarcarán sabiendo que la quilla pasó sobre su padre? Todos los presentes se volvieron por último hacia Hiro Tavaeárii, pues al fin y al cabo era él quien regía los destinos de la isla, y quien debía pronunciar la última palabra. Resultó evidente que aquélla era la decisión más difícil a que se había enfrentado nunca el venerable maestro de Tapú Tetuanúi, puesto que no tenía el menor deseo de condenar a muerte a un inocente, y tampoco deseaba poner en peligro treinta vidas humanas lanzando la nave al agua sin contar con la protección del todopoderoso y vengativo dios Tané. — Lo pensaré — dijo al fin —. Mañana daré mi decisión. Pasó la noche en vela, sentado en el porche de su cabaña, con la vista clavada en la laguna sobre la que rielaba una inmensa luna que confería al paisaje una dimensión casi mágica, y cuando a la tarde siguiente el Consejo tomó asiento en torno suyo, clavó los ojos en «Miti Matái» e inquirió con fingida calma: — ¿Necesitas realmente a ese salvaje? El otro asintió con firmeza: — Si pretendemos que esta expedición tenga algún sentido, lo necesito. — ¿Pero lo necesitas a él, o únicamente a sus tatuajes? — Él no me sirve de nada — admitió el «Navegante Mayor» —. No hace más que gruñir y amenazar. Pero esos tatuajes resultan de un valor incalculable. — ¡De acuerdo! — admitió el anciano —. No me agrada en absoluto tomarla, pero ésta es mi decisión: el prisionero será sacrificado al dios Tané, pero su piel será curtida y preservada, de tal forma que sirva a los intereses de la expedición. — De poca utilidad resultará esa piel si el Marara ha de pasarle por encima. La respuesta fue seca y brutal, aunque pronunciada casi con asco. — Cuando le pase por encima, ya la piel estará a salvo. Hinói Tefaatáu se encargará de que así sea. Se hizo un pesado silencio en el que todos los presentes se observaron creyendo haber entendido mal, u horrorizados por lo que en verdad habían entendido. Al fin, casi con un hilo de voz, el padre de Tapú Tetuanúi, Amó, inquirió tartamudeando: — ¿Pretendes insinuar que Hinói Tefaatáu tendrá que despellejarle en vida? El venerable anciano le dirigió una triste mirada de resignación: — ¿Qué otra opción me habéis dejado? — quiso saber —. Unos me piden su piel, y otros me piden su vida… Lo único que puedo hacer es separar esa piel de esa vida. — Será lo más monstruoso que se haya hecho jamás en Bora Bora — se lamentó Amó Tetuanúi —. Algo que quedará en la memoria de los hombres hasta el fin de los siglos. — No quedará en la memoria de nadie si el «Hombre-Memoria» jamás lo repite — puntualizó el otro —. Y al fin y al cabo, han sido esos bárbaros quienes nos han obligado a hacerlo. Nadie les mandó matar a nuestro rey y raptar a nuestras mujeres. — Hizo una amarga pausa —. Ignoro lo que les habrán hecho, pero imagino que algunas preferirían que las despellejaran vivas a sufrir los tormentos que les deben estar infligiendo. — Se puso en pie como dando por concluida la reunión del Consejo —. Ésa es mi decisión, acepto toda la responsabilidad y ordeno que se acate. Se alejó en dirección a su casa tan cabizbajo y con tan cansino paso que se diría que había envejecido veinte años en tan sólo una noche, y ahora la atención de todos se volvió a Hinói Tefaatáu, que se sentaba, tembloroso, desencajado y pálido en la última fila de los presentes. — ¡Que Taaroa me ampare! — sollozó con lágrimas en los ojos —. Jamás imaginé que tuviera que despellejar a un hombre, aunque sea esa mala bestia. Cabría imaginar que incluso el malhumorado Tevé Salmón se arrepentía por su insistencia a la hora de exigir un sacrificio humano, pero la decisión estaba tomada, y ya no quedaba más que obedecer una orden que a todos repugnaba. Esa noche, tumbado en la playa, junto a Maiana, a la que se sentía incapaz de hacer el amor, puesto que tampoco la muchacha se encontraba con ánimos para ello, Tapú Tetuanúi no pudo por menos que repetir en voz alta la pregunta que afloraba a todos los labios: — ¿Cuánto tiempo podrá vivir un hombre despellejado? — Lo ignoro — admitió ella en un tono que demostraba su visceral rechazo —. Pero sea el tiempo que sea, sufrirá lo que no creo que haya sufrido nadie anteriormente. — Lanzó un hondo suspiro —. Dudo que una nave que nace bajo el signo del horror, pueda tener un destino feliz. — Le acarició suavemente —. Temo por ti — concluyó. — ¿Sólo por mí? — Temo por todos — fue la sincera respuesta —. En esa nave viajarán tres hombres a los que amo, y mi tío, dos de mis primos y la mayoría de mis mejores amigos… — Tomó asiento en la arena y observó la luna que comenzaba a hacer su aparición en el horizonte —. Tendremos que rezar mucho cuando estéis en el mar — añadió —. Mucho. — Es hermosa la luna — musitó Tapú Tetuanúi tras un largo silencio —. Muy hermosa. Pensaré en ti cada vez que la vea asomar en el horizonte, y seguiré pensando en ti hasta que desaparezca por poniente. — Le introdujo los dedos en el sedoso y negro cabello que le caía hasta la cintura —. Daría años de vida porque me amaras la mitad de lo que yo te amo. — Al menos te amo ya la tercera parte — fue la humorística respuesta —. O quizá más, pues dicen que el amor de las mujeres es muchísimo más intenso que el de los hombres. — Le miró con fijeza a los ojos —. ¿Serías capaz de compartirme con Chimé y Vetea Pitó el resto de tu vida? Tapú Tetuanúi meditó largamente la respuesta, y al fin asintió con desgana. — No creo que me hiciera feliz — replicó —. Pero si he de serte sincero, he de admitir que la tercera parte de ti siempre me parece mejor que la totalidad de cualquier otra mujer. — ¡Lástima que la ley no lo consienta! — señaló —. Sería una solución perfecta. — ¿Qué posibilidades tengo de que me elijas a mí? — inquirió el muchacho con una innegable ansiedad en la voz. — Una entre tres — fue la sincera respuesta —. Exactamente, una entre tres. Dos días más tarde la isla entera se despertó dispuesta a celebrar la gran fiesta de botar el Marara, pero al contrario de lo que había ocurrido en anteriores ocasiones, ahora el ambiente era de angustia y casi de tristeza, pues a ello contribuía un cielo que dejó caer desde primeras horas de la mañana una sucia lluvia monótona y persistente, como si también estuviese lamentándose por los padecimientos del hombre condenado a morir despellejado. «La bestia», por su parte, parecía haberse dado cuenta de que algo terrible estaba a punto de ocurrirle, puesto que en las miradas de cuantos a diario acudían a verle no advertía ya el odio feroz de los primeros días, sino tan sólo una mal disimulada compasión que le obligaba a estremecerse imaginando lo peor. Y lo peor era peor de cuanto pudiera imaginar. Le trasladaron, fuertemente maniatado, hasta la bahía de Farepíti, y cuando se enfrentó a la inmensa nave ya concluida, distinguió la ancha fila de traviesas que descendían suavemente hasta el mar, y advirtió que a mitad de esas traviesas se había instalado una gran plancha de madera con agujeros a los que sujetar sus ligaduras, abrigó la certidumbre de que su destino era morir aplastado por el patín izquierdo del gigantesco catamarán cuyas cuatro toneladas de peso le pasarían por encima hasta dejarlo convertido en una pulpa sanguinolenta. Pareció lanzar un suspiro de alivio, y en cierto modo debía sentirse aliviado, puesto que sabiendo, como debía saber desde el momento en que le apresaron, que estaba condenado a morir a manos de sus captores, la ceremonia que parecía a punto de celebrarse pondría fin de una vez por todas a sus infinitos padecimientos. La totalidad de los habitantes de la isla comenzaron a agruparse en la playa desde casi el amanecer, y pese a que lucían sus mejores galas adornándose con guirnaldas de flores y cubriéndose con preciosos tocados de plumas de colores, el sordo retumbar de los tambores o el agudo sonido del «vivó» — la delgada flauta nasal que a Tapú Tetuanúi le encantaba tocar — no alegraban el ambiente, sino que, por el contrario, contribuía a deprimir aún más a los presentes. Un sangriento sacrificio que a todos repugnaba estaba a punto de llevarse a cabo, y además en el ánimo de la mayoría de los presentes anidaba el convencimiento de que desde el momento en que el altivo Marara penetrase en el mar, comenzaría una imparable cuenta atrás que no podía conducir más que a una dolorosa y tal vez definitiva separación de los seres queridos. No quedaría prácticamente ninguna familia de Bora Bora que no tuviese que ver cómo uno de sus miembros embarcada con destino al tenebroso «Quinto Círculo» del que tan sólo «Miti Matái» había conseguido regresar, y era por ello por lo que los tambores y las flautas parecían tocar a muerto uniendo su llanto al llanto de las nubes. Tumbaron a «la bestia» sobre la tabla sin que ofreciera resistencia alguna, pero cuando advirtió que el demacrado Hinói Tefaatáu, que no había pegado ojo en toda la noche, se aproximaba acompañado de dos hombres, y que los tres empuñaban delgados cuchillos fabricados a base de afiladísimas conchas de ostra perlífera, pareció comprender de improviso cuáles eran sus auténticas intenciones, por lo que comenzó a aullar con gritos guturales puesto que apenas le quedaba un muñón de lengua. Fue, en verdad, un espectáculo espantoso, que quedaría grabado para siempre en la memoria de quienes no tuvieron la precaución de apartar la mirada, y cuando a los pocos minutos, el tembloroso Hinói Tefaatáu se apartó llevando en las manos la sangrante piel de aquel desgraciado, cuanto quedaba entre las traviesas no era más que un montón de carne ensangrentada que se debatía en los estertores de una indescriptible agonía, por lo que Hiro Tavaeárii se apresuró a hacer un gesto para que se soltaran las amarras del Marara y éste se deslizó velozmente pasando sobre el cuerpo del salvaje y poniendo de ese modo rápido fin a sus padecimientos. Las proas gemelas del catamarán hendieron al fin el agua para quedar flotando plácidamente en la tranquila bahía de Farepíti, y por primera vez en su vida los diminutos ojos de Tevé Salmón no permanecieron clavados en «su» barco. Seguían pendientes, como los de la mayoría de los presentes, de los tristes despojos del que había sido su más cruel enemigo. Luego, de improviso, la ronca voz de «Miti Matái» se elevó en el angustioso silencio que se había adueñado de la playa, y poco a poco todos los hombres, mujeres y niños de Bora Bora se unieron a su plegaria: Si yo hago navegar mi piragua a través de aguas traidoras… que ellas pasen por debajo, ¡oh, Dios Tané! que mi piragua pase por encima. Si yo hago navegar mi piragua a través de vientos huracanados, que ellos pasen por encima, ¡oh, Dios Tané! que mi piragua pase por debajo. Si yo hago navegar mi piragua a través de gigantescas olas, que ellas pasen por debajo, ¡oh, dios Tané! que mi piragua pase por encima. ¡Oh, dios Tané! ¡Oh, dios Tané!» Unas compasivas muchachas cubrieron con hojas de palma el cadáver de «la bestia», y la paz de espíritu pareció irse adueñando poco a poco de los habitantes de la isla, que pudieron dedicar toda su atención a la espléndida silueta del grandioso navío que se mecía dulcemente en la laguna. Era en verdad una auténtica obra de arte de la que Tevé Salmón podía sentirse sinceramente orgulloso. Poco más tarde, el «Gran Constructor» subió a la nave y colocó en su centro un coco, que no rodó ni a babor ni a estribor, ni a proa ni a popa, señal inequívoca de que el Marara se encontraba perfectamente equilibrado. Cómo era posible que alguien consiguiera semejante milagro sin ayuda de planos, calibres, ni reglas de cálculo, es algo que asombraría al más habilidoso ingeniero naval de nuestro tiempo, pero así era, y cuando el malhumorado hombrecillo pareció sentirse satisfecho de su primera inspección, tomó el gran remo que habría de hacer las veces de timón, y se lo ofreció a «Miti Matái». Con aquel sencillo gesto daba a entender que a partir de aquel momento le traspasaba toda su responsabilidad sobre la nave. El «Navegante Mayor» de Bora Bora depositó el remo sobre cubierta, se arrodilló ante él inclinándose hasta rozarlo con la frente, y luego lo encajó en el lugar que le correspondía, empuñándolo con firmeza. Hizo un leve gesto, sus diez mejores hombres subieron a bordo portando sendos canaletes y comenzaron a bogar rítmicamente rumbo a la bocana de la bahía, donde un primer soplo de viento le permitió izar las velas. La mayor parte de los habitantes del pueblo ascendieron a la pequeña colina desde la que se dominaba la mayor parte de la laguna y el paso a mar abierto, y durante el resto del día no hicieron otra cosa que cantar, bailar, comer y observar las evoluciones del Marara, al que su capitán, el heroico «Miti Matái» estaba sometiendo a toda clase de pruebas. Por su parte, Tapú Tetuanúi, Chimé y Vetea Pitó habían corrido hasta Punta Tercia para lanzarse al agua y atravesar a nado los quinientos metros escasos que les separaban del islote de Tevairoa, desde el que alcanzaron la gran barrera de arrecifes coralinos, con lo que podían seguir, muy de cerca, las evoluciones de «su» barco. — ¡Es increíble! — repetía una y otra vez el «Gigante de Farepíti» —. ¡Increíble! Con semejante nave podríamos ir incluso al «Séptimo Círculo» si lo hubiera. — El problema no es ir — le hizo notar Vetea Pitó —. El problema es volver. — ¡Para eso te tenemos a ti, «Hombre-Regreso»! — Rió su amigo palmeándole con fuerza la espalda —. ¡Habrá que ver cómo te dejan…! — ¡No me lo recuerdes! — suplicó el otro —. ¡Por favor, no me lo recuerdes que se me arruga el ombligo! — ¡Otra cosa se te arruga y no el ombligo! — ¿A mí…? — inquirió el buceador desafiante —, ¡Pregúntale a Maiana…! Se hizo un silencio, tanto Chimé como Tapú Tetuanúi le dedicaron una severa mirada de reconvención, y Vetea Pitó pareció comprender la magnitud de su error, porque musitó roncamente agachando la cabeza: — ¡Lo siento! — dijo —. He sido un estúpido. — En efecto — admitió Tapú Tetuanúi —. Un hombre jamás debe mencionar sus relaciones con una mujer, y menos aún en nuestro caso. — Observó con atención a sus dos amigos —. Vamos a convivir en un lugar minúsculo durante mucho tiempo, y por lo tanto debemos ser muy cuidadosos con nuestras referencias a Maiana o nos arriesgamos a acabar a golpes. — Sonrió levemente —. Y en ese caso Chimé lleva todas las de ganar. — No volverá a repetirse — aseguró Vetea Pitó —. ¡Nunca! Se necesitaron casi dos semanas para corregir pequeños detalles de la nave, montar la «obra muerta», que no era mucha en realidad, y cargar agua, víveres, armas y cuanto pudiera necesitar la nutrida tripulación durante tan larga singladura. Luego, se procedió a la elección de las «Pahí-Vahínes»,[3 - «Mujer de piragua.» (N. del A.)] pues «Miti Matái» las había reducido a tres, pese a que casi una docena aspirasen al puesto. Las «Pahí-Vahínes», a las que se seleccionaba entre las viudas sin hijos pequeños, tenían por misión atender a los tripulantes en todas sus necesidades, ya fuesen éstas preparar la comida, mantener limpia la nave, hacer las veces de enfermeras, darles conversación cuando los vieran deprimidos, e incluso satisfacer sus ansias sexuales durante los calurosos días y las frías noches de navegación. La selección resultaba a causa de esta última razón muy delicada, puesto que había que tener en cuenta infinidad de factores. En primer lugar se les exigía que fueran agradables y físicamente apetecibles, pero no excepcionalmente bellas con el fin de evitar dentro de lo posible las suspicacias de las novias y esposas que se veían obligadas a quedarse en tierra, y en segundo lugar, ninguna de ellas debía destacar sobre las otras dos por su belleza o sexualidad, pues de lo contrario se corría el riesgo de que los treinta hombres le demostrasen de continuo sus preferencias, agobiándola de «trabajo» y provocando roces y enfrentamientos con sus compañeras. Era condición indispensable, además, que fueran limpias, simpáticas, buenas cocineras y liberadas hasta el extremo de que estuviesen dispuestas a hacer el amor con cualquier hombre que se lo pidiese sin demostrar nunca rechazo ni permitir que se adivinaran sus preferencias por ningún otro. Por último, sumaba puntos a su favor el hecho de que supieran cantar, bailar, tocar algún instrumento o contar hermosas historias que ayudaran a hacer más ameno el largo viaje. Llegado el momento, la ceremonia de selección tuvo lugar en el «Marae», comenzando a la puesta de sol para prolongarse casi hasta el amanecer, y el jurado se encontraba formado lógicamente por la totalidad de los componentes de la tripulación, exceptuando su capitán, así como por los más destacados miembros del Consejo y dos matronas. Como introducción, a cada una de las candidatas se les habían proporcionado idénticos ingredientes para que demostrasen sus aptitudes culinarias, y una vez que todos los presentes hubieron probado sus guisos, se les permitió realizar una amplia exhibición de sus dotes como cantante o bailarina, y su capacidad de hacer más agradable la vida de unos hombres que tenían ante sí una dura y difícil tarea. Al concluir la peculiar ceremonia, a la que no se permitía el acceso a las novias y esposas de los marinos, cada aspirante a «Pahí-Vahíne» entregó a los miembros del jurado la flor que había elegido como emblema, para retirarse a aguardar el resultado de la votación. Los hombres tuvieron casi una hora para meditar sobre cuanto habían visto y oído, y al término de ese tiempo depositaron en una hermosa cesta de hojas de «pandanús», tres de esas flores. Cuando Hiro Tavaeárii hizo el recuento, mandó llamar a las que habían sido elegidas y que a duras penas podían disimular su alegría, para espetarles con voz grave y pausada: — Bora Bora os confía el bienestar de sus más valientes hijos, que van a enfrentarse a insospechados peligros más allá del «Quinto Círculo»… — Hizo un leve gesto para que se arrodillaran ante él, y fue colocando sucesivamente las manos sobre sus cabezas —. También vosotras correréis los mismos riesgos, y tendréis, además, una difícil misión que cumplir: ahuyentar la nostalgia y mitigar la amargura de la separación de los seres queridos. Debéis olvidar por tanto cuanto ha sido vuestra vida anterior, para dedicaros en cuerpo y alma a la tarea que habéis elegido. — Fue tomando una por una las flores que las representaban, y añadió —: A partir de este instante tú serás para siempre «Vahíne Tiaré», tú «Vahíne Áute» y tú «Vahíne Tipanié». Yo bendigo vuestros nuevos nombres, hijas mías, y que el gran dios Taaroa, el Creador de todas las cosas hermosas, os bendiga también. El día siguiente era día de descanso, despedidas y reflexión, por lo que esa noche la hermosa Maiana preparó una gran cena en la playa, justo en el punto al que solía llevar a sus incontables amantes, aunque en esta ocasión sus únicos invitados eran los tres muchachos a los que se había prometido en matrimonio. Concluido el suculento banquete, en el que se había esmerado con la ayuda de su madre y sus mejores amigas, la muchacha se puso en pie, dejó que su preciosa falda de hojas y flores se deslizase hasta el suelo quedando totalmente desnuda a la luz de la hoguera, y tomando una ancha cinta que ella misma había tejido con plumas de colores, se la enrolló a la cintura, para entregar luego los extremos a Tapú Tetuanúi que era quien se encontraba a su derecha. — ¡Haz un nudo! — pidió. El aludido obedeció. Maiana se volvió ahora a Vetea Pitó y al fascinado Chimé. — Tú el segundo — musitó quedamente —. Y tú el tercero. — Aguardó a que hubiesen cumplido su deseo, y tras dirigirles la más arrebatadora e inolvidable de las sonrisas, añadió —: Yo, Maiana Hokulea, juro ante el gran dios Oró que nadie desatará estos nudos hasta que sean vuestras manos las que lo hagan. Que él me fulmine si permito que un hombre me toque. Quedó de ese modo rubricado el compromiso entre la más bella criatura de Bora Bora y los más jóvenes componentes de la tripulación del Marara, y ninguno de ellos abrigó a partir de esa noche la más mínima duda sobre la fidelidad de la apasionada Maiana. Pasaron el resto de la noche hablando, cantando y riendo como si en lugar de tres enamorados y una exuberante mujer se tratase de cuatro buenos camaradas, y con la primera claridad del día se introdujeron en el agua para nadar sin prisas hasta el arrecife de coral desde el que contemplar un último amanecer sobre la isla en la que habían nacido, en la que siempre habían vivido, y a la que, tal vez, jamás regresarían. A media mañana Tapú Tetuanúi acudió a despedirse del venerable Hiro Tavaeárii, que aparecía envejecido, triste y sin duda profundamente preocupado por la marcha de los acontecimientos, pero que aun así sonrió levemente al observar la expresión de orgullo y satisfacción del espigado muchacho. — Vengo a que me otorgues tu bendición, maestro — fue lo primero que dijo Tapú al arrodillarse ante él —. Sé que sin ti jamás hubiera conseguido embarcar. — ¿Conque lo sabes…? — fue la respuesta que pretendía ser severa pero no alcanzaba en absoluto su objetivo —. Abusaste de mi confianza seguro de que muertos el Rey y el Sumo Sacerdote, yo era el único que estaba en condiciones de rebatir tus teorías, puesto que el «Hombre-Memoria» no está muy ducho en materia de leyes. — Con ello contaba, maestro — musitó Tapú Tetuanúi con humildad —. Con tu benevolencia, y con tu convencimiento de que puedo ser de utilidad en este difícil trance. — Sí — admitió el anciano —. Lo sé. Te conozco y me consta que tu astucia puede servir de mucho, pero hay algo que debe quedar claro: emplea esa astucia en luchar contra los enemigos de tu pueblo, no para medrar entre los tuyos. — Le amenazó con el dedo —. Si me entero de que vuelves a pasarte de listo, yo mismo me encargaré de castigarte. — Jamás lo haré, señor. Te lo prometo. — ¡Bien…! — admitió Hiro Tavaeárii sabedor de que no mentía —. Hay otra cosa que quiero advertirte: Me consta que en el Marara viajan varios miembros destacados de los «Arioi». — Bajó la voz como si temiera que alguien pudiera escucharle —. ¡No te dejes convencer por sus promesas! — suplicó —. ¡No aceptes nunca unirte a ellos! Tapú Tetuanúi permaneció unos instantes desconcertado, como temiendo haber entendido mal, y al fin, casi con miedo, señaló: — Mi padre asegura que eres «Arioi». Y muy importante. — Lo soy — admitió el anciano con disgusto —. Me afilié siendo muy joven, y cuando en verdad comprendí lo que significaba, ya no era posible echarse atrás. Me hubiera costado la vida. — ¿Es por eso por lo que no tienes hijos varones? — quiso saber Tapú Tetuanúi. El otro lanzó un hondo suspiro de tristeza y resignación: — Me obligaron a matarlos a medida que iban naciendo con la excusa de que un auténtico «Arioi» no debe tener hijos varones porque corre el riesgo de dedicarles más amor que a la secta. — Sus ojos se cubrieron de lágrimas —. ¡Pero yo tenía tanto amor que dar, y la secta tan poco que recibir…! — Le acarició el cabello con infinita ternura —. Por eso te dediqué tanta atención y tanto cariño. Has sido para mí como esos hijos que vi morir. ¡No me traiciones! — suplicó —. No pretendas ser poderoso a base de engaños, porque eso es lo único que pretenden quienes se afilian a una sociedad secreta. La verdad tan sólo vive y crece a la luz y al descubierto. Tapú Tetuanúi recordaría siempre las horas que pasó sentado a los pies de su maestro como las más importantes de su vida, y aquella última entrevista quedó de igual modo marcada para siempre en su memoria, puesto que aunque en su ánimo jamás había anidado la idea de entrar en la todopoderosa secta de los «Arioi», si alguna duda abrigaba quedó definitivamente desechada al advertir la amargura que destilaba el corazón de una de las personas más buenas, dulces e inteligentes que había conocido. Tenía conciencia de que de ese modo le resultaría mucho más difícil conseguir el ansiado título de «Gran Navegante», pero resultaba evidente que «Miti Matái» lo había obtenido, y allí estaban sus cuatro hijos varones para demostrar que jamás aceptó formar parte de los temibles «Arioi». Una hora más tarde tuvo que asistir pacientemente a la larga y complicada ceremonia de trasladar a bordo del «Pez Volador» una de las piedras sagradas del gran «Marae», puesto que podía darse el caso de que la nave no consiguiese regresar a Bora Bora y su tripulación se viese en la necesidad de establecer una colonia en cualquier remota isla perdida. En ese caso, aquella piedra se convertiría en el altar del nuevo «Marae», lo que vendría a significar que aun estando más allá del «Quinto Círculo», los descendientes de aquellos arriesgados navegantes seguirían siendo por los siglos de los siglos súbditos de Bora Bora y su corazón continuaría perteneciendo a «La Primera Isla Nacida». Ya las mujeres habían desparasitado concienzudamente a todos los animales que irían a bordo, empleando para ello la savia de un arbusto que crecía en las más altas cumbres, y de igual modo todos los tripulantes del Marara se habían sometido a tan imprescindible ritual, pues sabían por experiencia que nada existía más terrible durante una agotadora travesía, que una plaga de chinches, pulgas o piojos. A las moscas y mosquitos los arrastrarían muy lejos los primeros vientos de alta mar, y un viaje sin insectos resultaba sin duda muchísimo más confortable que con ellos a bordo. Una treintena de personas y dos docenas de animales conviviendo en menos de trescientos metros cuadrados durante meses presentaba de por sí los suficientes problemas como para aumentarlos estúpidamente. Nadie dudaba de que «Miti Matái» sabría imponer su autoridad sobre cuantos se encontraban bajo su mando, pero el propio «Navegante Mayor» era el primero en reconocer que una tripulación comida por los piojos acaba por volverse inquieta, rebelde e ingobernable. Al atardecer llegó el momento de embarcar, no sólo por el hecho de que la puesta de sol era un momento mágico y por tradición las grandes naves partían siempre a esa hora para sus largas travesías, sino que en esta ocasión se debía, además, a la necesidad de que ningún pescador de la vecina, y casi siempre hostil, Rairatea, pudiese descubrir que una gran nave, con los mejores guerreros a bordo, abandonaba Bora Bora con rumbo desconocido. Todo el pueblo aguardaba en la playa adornado con sus mejores galas, y eran varias las muchachas que lucían sobre la corta falda un cinturón fuertemente anudado, lo que venía a indicar a los hombres que quedaban en tierra que estaban prometidas con quienes iban a jugarse la vida por el honor de todos los presentes. Aquel que osase insinuarse a una de ellas sería desterrado, pues era obligación de cuantos no se embarcaban proteger a su vez el honor de quienes se lanzaban a tan incierta aventura. Tapú Tetuanúi se arrodilló para recibir con humildad la bendición de su orgulloso aunque entristecido padre, mientras su madre lloraba a moco tendido, y tras abrazarla fue a decirle adiós a la hermosa Maiana, que parecía una diosa con su ancho cinturón de tres nudos y su corona de flores. Se miraron sin necesidad de decirse nada, pues todo estaba ya más que dicho, y con un nudo en la garganta pero feliz como jamás se había sentido, Tapú Tetuanúi se introdujo en el agua para trepar a la nave sagrada. Cuando ya todos se encontraban a bordo, y en el momento de soltar las amarras, el venerable Hiro Tavaeárii avanzó hasta que el tranquilo mar le lamió los pies, y alzando la mano gritó roncamente: — Yo os bendigo en nombre de todos nuestros dioses. Que Taaroa, el Creador, os proteja; que Tané, dueño del mar, os guíe; y que Oró, amo de la guerra, os conceda la victoria. También en su nombre os libero de la prohibición de comer tortuga. Desde hoy, y hasta el día de vuestro feliz regreso, ni la carne ni los huevos de «honú» serán tabú para ninguno de vosotros. Hizo un gesto para que los hombres de tierra empujaran la nave aguas adentro, los remeros comenzaron a bogar, y el Marara se alejó rumbo al sol que rozaba ya el horizonte, mientras todo el pueblo comenzaba a cantar la sagrada canción de despedida: Protege, ¡oh gran Taaroa! a nuestros hijos. Guía, ¡oh gran Tané! a nuestros esposos. Concede la victoria, ¡oh gran Oró! a, nuestros padres. Haced volver, ¡oh dioses! a nuestros héroes. Y nosotros, los viejos y cansados, las esposas y las madres, los hijos y las hijas, os adoraremos, ¡oh gran Taaroa! ¡oh gran Tané! ¡oh gran Oró! hasta que la negra muerte enmudezca, para siempre, nuestros labios… ¡Que así sea! ¡Que así sea! ¡Que así sea! — ¡No miréis hacia atrás! — gritó «Miti Matái» en cuanto hubieron cruzado el estrecho paso entre los arrecifes —. Bora Bora ya no existe. Ahora lo único que existe es el mar y la misión que debemos cumplir. Era su primera orden como capitán del Marara y todos comprendieron que debían obedecer, porque aquellas palabras eran mucho más que una orden, pasando a convertirse en toda una filosofía de lo que debía ser su vida a partir de aquel momento. El océano, bajo la quilla, era ya azul añil que indicaba que se había vuelto profundo, puesto que la volcánica isla surgía desde miles de metros y a menos de media milla de la costa, el abismo cortado a pico contrastaba con las transparentes aguas de la laguna, lo que les obligaba a tener la sensación de que se habían lanzado a volar desde un alto risco y ya tan sólo el vacío se abría bajo ellos. Mar y mar, y mar. Y más allá, el mar. Y luego otra vez el mar, que acaba allí donde empezaba de nuevo el mar. Miles de millas de mar sobre el que una frágil embarcación cosida con cien pedazos de madera debía deslizarse empujada por persistentes vientos que soplaban del sudeste, y que continuarían soplando de igual modo cuando llegara el momento de virar en redondo. Sabían que ese viento, ese alisio constante, el temible «mara'amú» tan deseado en tantas ocasiones, les alejaría de sus hogares hasta que de esos hogares no quedara más que un borroso recuerdo en la memoria, que es lo único que, por desgracia, jamás se agota en el hombre. — ¡No miréis hacia atrás! — había ordenado «Miti Matái», y nadie miró hacia atrás hasta que la noche cayó sobre el mundo, y las tinieblas borraron la agreste cumbre del monte a cuya sombra se habían despertado todos los días de su vida, y en cuyo regazo habían hecho por primera vez el amor. Pronto acudieron a su eterna cita las estrellas; los miles de millones de estrellas de un cielo inimitable, y Tapú Tetuanúi buscó entre todas ellas a las que mejor conocía: aquellas que le enseñarían «las negras rutas del agua», que habían hecho de los de su raza los más geniales peregrinos del mar. — Si te diriges a un punto del oeste, elige una estrella y síguela en su viaje hacia poniente — decían los navegantes —. Y cuando tu estrella se oculte en el horizonte, busca a su enamorada, porque toda estrella tiene una enamorada que va tras ella. Y a ésta la perseguirá otra, y a ésa, otra… Y así hasta el infinito, porque Taaroa creó las estrellas para que los hombres del mar escojan correctamente sus destinos. Diez estrellas debían bastar a un buen marino para no errar el rumbo en el transcurso de una noche, y ese conjunto recibía desde antiguo el sagrado nombre de «Avei'á». «Miti Matái» había decidido que su «Camino de Estrellas» de esa noche comenzase con «La Danza del Dios Oró» que se ocultaría justo en el noroeste media hora más tarde, pero sabía que para entonces ya tendría «La Cola de la Fragata» sobre la proa del balancín de estribor, mientras que atrás, justo entre ambos cascos, debía estar haciendo su aparición la primera luz del «Anzuelo de Maui». Girando la cabeza sobre su hombro izquierdo distinguiría con total nitidez «La Cruz del Sur», al tiempo que alzándose sobre su hombro derecho bailarían titilando sin freno «Las Siete Viudas Locas». Cuando se encontrase en ese punto exacto del océano, un buen navegante sabría con toda exactitud que en aquella época del año tenía que estar cruzando justamente entre las diminutas islas de Maupiti y Tupai. No hubiera necesitado distinguir sus faros — que jamás los tuvieron — ni que se encontraran perfectamente emplazadas en minuciosas cartas marinas; «sabía» que estaban allí, porque generaciones de marinos polinesios lo habían sabido antes que él, y generaciones de marinos polinesios lo sabrían también en el futuro. La oscuridad era, por tanto, la gran aliada de aquel pueblo, y al contrario de lo que le ocurría a los restantes pueblos del planeta, era en las más oscuras noches donde los polinesios jamás se perdían, porque era en las más oscuras noches donde sus amigas, las estrellas, mejor podían mostrarles los caminos. Tapú Tetuanúi se sintió por tanto el muchacho más feliz del mundo cuando al poco rato el gran «Miti Matái» le hizo un leve gesto para que se aproximara. — Si en verdad quieres ser un auténtico marino — fue lo primero que le dijo —, tendrás que acostumbrarte a dormir de día. Pasarás la noche aquí. ¿Qué más podía desear un aprendiz de navegante que pasar la noche a los pies del mítico héroe que volvió por sí solo del lugar en el que hasta el agua se vuelve sólida? ¿Dónde se podría aprender más que de las palabras que salieran de aquellos labios tan poco dados a las palabras? ¿Quién le negaría el derecho a un título a quien había pasado meses — o tal vez años — viendo por los ojos de quien tantas cosas había visto? Tapú Tetuanúi aspiró a fondo un aire salado y húmedo en el que flotaban aromas de triunfo, puesto que ya empezaba a ser algo más que un general; algo más que un príncipe, y casi algo más que un semidiós. Ya empezaba a ser un auténtico navegante de Bora Bora. Sus ojos, hechos a las tinieblas, no perdían un solo detalle de cada gesto de «Miti Matái», consciente como estaba de que algún día, cuando comandase su propia embarcación, tendría que saber impartir, casi sin necesidad de palabras, las órdenes que harían que la nave progresara dulcemente en la dirección correcta. El leve ademán de la mano izquierda que indicaba al timonel cómo debía corregir el rumbo; la imperativa señal a los gavieros para que cazasen un punto las velas; la forma de ladear la cabeza alzando un ojo para tener siempre presente hacia qué lugar se inclinaban los plumones que colgaban de los obenques, y sobre todo, el modo de asentar las piernas, tan firme, que se podría creer que se encontraban atornilladas a la cubierta. «Miti Matái» había nacido sobre una piragua un poco menor que aquélla durante uno de los largos viajes que su padre, también «Gran Navegante», realizara al archipiélago de las Tonga — donde había conocido a su joven esposa —, y la mejor manera de lavar la sangre que le cubría en el momento de llegar a este mundo fue introduciéndolo en el mar. A los tres años, muerta su madre de un mal parto en tierra, «Miti Matái» acompañó a su padre en sus largos periplos, y no resultaba extraño, por tanto, que teniendo más agua salada que sangre en las venas, fuera el hombre que era y pisase una cubierta tal como la pisaba. A su lado se tenía la sensación de que aquella remendada cáscara de nuez se convertía de inmediato en el lugar más seguro del mundo, y que el mayor y más temible océano del planeta le amaba y respetaba como a su propio hijo. «Quien nace en una piragua morirá en una piragua», rezaba la tradición, y resultaba evidente que «Miti Matái» tenía perfectamente asumido su destino y no parecía en absoluto descontento con él. Para la inmensa mayoría de los polinesios, el hecho de lanzarse a navegar en una embarcación como el Marara, no constituía tan sólo una forma de trasladarse de un lugar a otro, sino que se convertía casi en una forma de vivir a la que se adaptaban con absoluta naturalidad, puesto que ni tan siquiera la precariedad de espacio parecía afectarles de un modo negativo. Contraponían a la falta de privacidad un ancestral respeto hacia la privacidad ajena, y conjuraban los peligros del excesivo contacto con una exquisita cortesía en el trato diario. La segunda ley a bordo era que todos debían ser amables con todos. La primera había sido siempre, naturalmente, la obediencia ciega al capitán. Incluso el agresivo Roonuí-Roonuí, tan áspero y desagradable en tierra firme, cambió de actitud en cuanto embarcó; en primer lugar por una tradición de afabilidad marinera que se remontaba a siglos, y en segundo lugar porque tenía plena conciencia de que hasta que llegara el momento de enfrentarse con las armas en la mano al enemigo, tanto él como sus hombres no eran más que simples pasajeros en una nave en la que los que en verdad importaban eran los tripulantes. Por ello, incluso aquel descarado rapaz que tanto le irritaba allá en la isla, pasó a ser de improviso un personaje considerado y respetable, puesto que, por lo que podía deducir de la actitud de «Miti Matái», era alguien que, en verdad, parecía tener aptitudes de futuro navegante. Lejos de Bora Bora todos tenían la obligación de echarse una mano, no sólo en las duras tareas de la navegación, sino especialmente en la difícil empresa de no dejarse abatir por la aparente imposibilidad de llevar a buen fin su arriesgada misión, ya que les constaba que el desaliento, la nostalgia, la depresión e incluso el aburrimiento se convertirían con el transcurso de las semanas y los meses en sus peores enemigos; aquellos a los que tan sólo podrían combatir manteniéndose sinceramente unidos. Aun a sabiendas de que tales eran las costumbres a bordo, a Tapú Tetuanúi no dejó sin embargo de sorprenderle el hecho de que poco antes de irse a dormir, el siempre hostil Roonuí-Roonuí se le aproximase portando una nuez de coco repleta de «popoi», que era una especie de «paté» hecho a base de pulpa del fruto del árbol del pan. — ¡Toma! — dijo —. La noche será larga y te tendrán en pie hasta que la última estrella diga adiós. Eres joven y necesitas alimentarte. Se alejó para ir a tumbarse sobre una de las esterillas de proa, y a los pocos instantes la quietud se adueñó de una nave en la que salvo el capitán, el timonel, un gaviero y los «achicadores» de guardia, todos dormían. Lógicamente, Tapú Tetuanúi también velaba en la que sería sin lugar a dudas una de las noches más inolvidables de su vida, ya que era la primera en que en verdad podía considerarse auténtico «navegante». Poco más tarde, «Miti Matái» le golpeó levemente en el hombro y le hizo un gesto para que saltara con él a la gruesa red que se extendía a sus espaldas, y que nacía a ras de agua bajo cubierta para ir a terminar en la parte más alta de las dos popas gemelas. La utilidad de esta red cuyos cabos tenían el grueso de un dedo pulgar era múltiple y de gran importancia en la vida a bordo, puesto que en primer lugar servía para impedir que en un golpe de mar alguien cayera hacia atrás para desaparecer en el océano antes de que pudieran rescatarle. En segundo lugar, y ésa era sin duda su principal misión, constituía el «excusado» común; el más cómodo y práctico que se pudiese imaginar, ya que quien tuviera que hacer sus necesidades no tenía más que saltar a la red, aferrarse a ella con los pies y las manos, y acomodar el trasero en uno de los huecos, que solían tener unos veinte centímetros de lado. Cuando había terminado, descendía poco más de un metro y permitía que el agua le lavara a conciencia. Si además tenía calor, podía darse un chapuzón en el mar, sin necesidad de que hubiera que detener por ello el barco. Servía de igual modo como escala, y para izar a bordo los grandes peces, que quedaban sobre la red para ser descuartizados sin ensuciar la cubierta, y a veces se utilizaba también para mantener largas conversaciones sin necesidad de molestar a quienes dormían. Esto último era lo que al parecer «Miti Matái» deseaba, pues aun sabiendo que resultaba prácticamente imposible que les oyeran, bajó mucho la voz al señalar: — Ya es hora de que empieces tu aprendizaje… — Hizo una corta pausa y giró la mano a su alrededor —. Y como supongo que ya debes saber, el horizonte se divide en cuatro puntos cardinales y entre cada dos de ellos existen ocho subdivisiones que forman, en su conjunto, los treinta y dos puntos básicos del «Compás de Estrellas». — Le mostró el antebrazo —. ¿Te has fijado alguna vez en mis tatuajes? — ¡Son preciosos! — exclamó el muchacho. — Que sean bonitos o feos carece de importancia para un marino — le hizo notar el otro —. Lo esencial es que sean útiles, y para mí lo son. Si junto las puntas de mis dedos y formo un círculo con mis brazos, al tapar con esos dedos «La Cruz del Sur», mi codo izquierdo caerá justo al este, el derecho al oeste y mi nuca al norte. Mis tatuajes me indicarán entonces las diferentes subdivisiones, y los otros dibujos que aparecen junto a ellos me recordarán cuál es la «estrella guía» con la que debo iniciar mi «Avei'á» — ¿Quieres decir con eso que eres una especie de «Compás Viviente»? — «Viviente»… — admitió el otro —. Pero también pensante. Si no eres capaz de recordar por qué punto saldrán las siguientes estrellas, corregir el rumbo o calcular la deriva según la fuerza del viento y las corrientes, de poco vale el resto. Ser un «Compás Viviente» sirve para saber dónde estás, pero no hacia adónde te diriges. — ¿Quieres que empiece a tatuarme? — ¡En absoluto! — fue la seca respuesta —. No deberás hacerlo hasta que estés seguro de que llegarás a ser un buen navegante. Cuando sepas todo lo que hay que saber, podrás convertirte en un «Compás Viviente». Antes resultaría un esfuerzo inútil y una estúpida presunción que no puedes permitirte. — ¿Qué debo hacer entonces? — De momento, aprenderte todos los caminos de estrellas posibles entre el oeste y el noroeste durante los próximos tres meses. Cuando lo sepas volveremos a hablar. Regresó a su puesto de la plataforma de popa dejando al pobre muchacho desalentado y casi estupefacto, pues la cascada de estrellas que descendían del firmamento entre los cuatro puntos que separaban «ainé» de «pafa'ité» aparecía tan compacta e inacabable, que al primer golpe de vista obligaba a pensar que no existiría ojo humano capaz de diferenciarías entre sí, ni memoria alguna capaz de retenerlas. — ¡Tané me asista! — masculló por lo bajo —. ¡Cogeré una indigestión de estrellas! Pese a ello comenzó a estudiarlas hasta que el alba se las llevó muy lejos, momento en que al fin se fue a acostar al chamizo de proa que estaba reservado a los miembros de la tripulación del turno de noche, cuyo sueño era celosamente respetado hasta pasado el mediodía. Sin embargo, cuando el agotado Tapú despertó, «Miti Matái» llevaba ya más de una hora en su puesto de mando, y se le advertía tan fresco como si hubiese dormido plácidamente toda la noche. Chimé de Farepíti y una docena de hombres remaban rítmicamente, tanto para impulsar con mayor rapidez la nave, como para desentumecer los músculos y mantenerse en forma para cuando llegasen las calmas, y Vetea Pitó achicaba agua en el patín de la banda de estribor con el resignado gesto de quien cumple una molesta condena. Unos cascos construidos con tan rudimentarios elementos filtraban lógicamente una considerable cantidad de agua por muy a conciencia que hubieran sido calafateados, por lo que cada uno de los dos balancines había sido diseñado de forma que su fondo fuese descendiendo desde los extremos hacia el centro, en el que un «achicador», debía estar continuamente extrayendo agua con una especie de gran zapato de madera provisto de asa. Era aquélla una labor fastidiosa y poco gratificante, pero que no quedaba más remedio que llevar a cabo si aspiraban a mantenerse a flote, por lo que todos los miembros de la expedición se veían obligados a realizarla al menos un par de horas diarias. Tras saludarlos con una sonrisa y un leve gesto de la mano, Tapú Tetuanúi se encaminó al gran recipiente de arena que ocupaba el centro de la piragua y en cuyo centro ardía día y noche un fuego atendido por las mujeres de a bordo. «Vahíne Tiaré» le recibió con una deslumbrante sonrisa: — ¡Buenos días! — saludó alegremente — ¿Tienes hambre? Los pescadores han capturado tres hermosos «Mahi Mahi» y seis atunes. ¿Qué prefieres? — «Mahi Mahi». — ¿Crudo o asado? — Asado. — En un momento estará listo. Le preparó el almuerzo a base de un gran pedazo de pescado asado a la brasa y guarnecido con abundantes frutas frescas, porque «Miti Matái» había ordenado que se consumiesen frutas y verduras siempre que fuera posible, ya que le constaba que aquélla era la mejor forma de mantener sana a la tripulación. Mientras el muchacho comía, «Vahíne Tiaré» le partió un coco para que bebiese el sabroso jugo, y por fin se acuclilló frente a él, para sonreírle con afecto, y comentar: — Maiana me pidió que os cuidara con especial cuidado. A los tres. — ¿A los tres? — A los tres — puntualizó con intención para añadir con una nueva sonrisa —: ¿Sabías que es mi sobrina? — No — se sorprendió el muchacho —. No tenía ni la menor idea. — Bueno — puntualizó la otra —. En realidad su tío era mi marido, y desde que murió no nos tratábamos mucho, pero el otro día vino a pedirme que os cuidara, os vigilara, y, si ello era posible, que fuera yo quien os complaciera cuando lo desearais. — Se encogió de hombros con un cierto humor —. Naturalmente, le hice comprender que ese punto ya no dependía de mí. «Vahíne Aute» y «Vahíne Tipanié» son muy hermosas. — Tú también eres muy hermosa — señaló Tapú Tetuanúi. — ¡Oh, vamos! ¡No me hagas reír! — le reprendió ella burlona —. Tengo casi veinticinco años, y para alguien acostumbrado a hacer el amor con Maiana debo parecer una especie de vieja bruja. — Yo nunca me acostumbré a hacer el amor con Maiana — replicó el muchacho con absoluta sinceridad —. Nunca. — Eso suena muy romántico — puntualizó «Vahíne Tiaré» —. ¿La quieres mucho? — No aguardó respuesta, sino que le interrumpió alzando la mano —. ¡No! — pidió —. ¡No me lo digas! Primero debo saber si te apetece que te hable de ella o preferirías que no te la recordara. Sé por experiencia que a veces duele. — Aún no lo sé — fue la respuesta —. Pensar en ella me produce un dulce placer, pero la sola idea de que vamos a permanecer tanto tiempo separados me hace profundamente infeliz. — Lo entiendo — admitió la buena mujer —. A mí me ocurría lo mismo cuando enviudé… — Le golpeó con afecto la mano —. De todos modos sabes que estoy aquí para atenderte de un modo muy especial. — Le hizo un pícaro gesto para recalcar con intención —: «En todo…» Se alejó balanceando sus poderosas caderas y su agresivo trasero, y Tapú Tetuanúi no pudo por menos que preguntarse si entraba dentro de lo posible que al cabo de ocho años la escultural Maiana se hubiese «desbaratado» de aquel modo. Aún recordaba que la antaño prodigiosa «Vahíne Tiaré» fue una de las primeras mujeres que le hizo soñar cuando comenzaban a despertar sus deseos sexuales, y aún le costaba entender que aquella provocativa criatura se hubiese transformado en tan corto espacio de tiempo en una robusta matrona aún apetecible pero que en nada recordaba a la espléndida belleza que fue en su día. Navegaron lejos de tierra durante once días y once noches. «Miti Matái» conocía perfectamente aquellas aguas, y no necesitaba ni tan siquiera consultar su tosca y primitiva «Carta Marina» tejida a base de hojas de palma y en la que se incrustaban conchas y plumas de colores, para saber en qué punto exacto se alzaba cada atolón y cada isla, y dónde podrían abastecerse de agua y frutas frescas sin temor a un encuentro desagradable. Pese a ello, cuando comenzó a crecer la luna y decidió que había llegado el momento de desembarcar en un islote que suponía deshabitado, convocó a la tripulación para señalar con su pausada voz de siempre: — Espero no tropezar con ningún extraño, pero por si así fuera, tened siempre presente que de ahora en adelante no somos ya gente de Bora Bora, sino gente del Marara. — Hizo una corta pausa y los observó con atención, como para cerciorarse de que tomaban plena conciencia de la importancia de lo que estaba diciendo —. Nadie — añadió —, nadie, bajo ningún concepto, debe saber nunca cuál es nuestro lugar de procedencia, puesto que si lo averiguaran, sabrían de inmediato que Bora Bora es ahora una isla muy vulnerable… — Sonrió levemente —. Y por estos lugares las noticias vuelan sobre las olas con mucha mayor rapidez que la más veloz gaviota. A continuación hizo un gesto al timonel para que pusiera proa a una tranquila bahía circundada por una hermosa playa coralina abarrotada de palmeras, y tras mantenerse largo rato al pairo, cerciorándose de que no se distinguía presencia humana alguna, aproximó el barco a la arena y permitió que los guerreros de Roonuí-Roonuí desembarcaran para tomar posiciones contra una eventual agresión. Dos hombres se internaron en la espesura, y nadie se movió de su puesto hasta que los exploradores regresaron con el firme convencimiento de que la isla se encontraba deshabitada. A partir de ese momento, «Miti Matái» le traspasó el mando a Roonuí-Roonuí, siguiendo una antiquísima costumbre que establecía que en cada circunstancia el poder estuviera en manos de aquel que se encontrase en mejor disposición para ejercerlo. Una vez más se ponía así de manifiesto que la «especialización» constituía una de las claves de la capacidad de supervivencia y expansión de los primitivos habitantes del Pacífico Sur, ya que siendo el suyo un difícil entorno en el que agua, cielo y tierra tenían casi idénticas valoraciones, nunca se debía confiar en quien creyese que lo sabía todo sobre todo. Hasta el llorado rey Pamáu, prudente y sabio entre los reyes sabios y prudentes, acataba a menudo las órdenes del «Gran Pescador», el «Gran Agricultor» o el «Gran Navegante» — porque su padre, el prudente entre los prudentes rey Matuá — le había enseñado — porque también lo había aprendido de su padre — que mejor gobierna quien mejor escucha que quien mejor habla. Y más sabía de seguridad en tierra Roonuí-Roonuí, que «Miti Matái» aunque a Tapú Tetuanúi, que estaba convencido de que el valiente «Jefe de los Guerreros» pertenecía a la cúpula dirigente de la secta secreta de los «Arioi», no le agradó en absoluto la idea de que un «Arioi» fuera dueño de su destino ni aun durante el corto período de tiempo que durase su estancia en aquella isla. Afiliarse o no a la más poderosa secta secreta — nacida originariamente con la propia Bora Bora, aunque con importantes ramificaciones en casi todas las islas situadas a sotavento de Tahití — constituía desde antiguo uno de los principales quebraderos de cabeza de la mayoría de los adolescentes de la región, ya que a la hora de plantearse su futuro se veían en la obligación de aquilatar con sumo cuidado los pros y los contras de tan determinante decisión. Subirse al carro de los «Arioi» significaba avanzar mucho más cómodamente por el duro camino del éxito, pero el costoso precio que a menudo se veían obligados a pagar quienes lo hacían, desanimaba a cuantos opinaban que la libertad era una moneda demasiado valiosa como para malgastarla comprando éxito. Chimé era de los pocos muchachos que jamás se habían detenido a plantearse semejante dilema — tal vez debido al hecho de que tampoco los «Arioi» se habían planteado la conveniencia de contar en sus filas con alguien de las peculiares características del tosco «Gigante de Farepíti» — pero Tapú Tetuanúi acostumbraba a mantener con el juicioso Vetea Pitó acaloradas discusiones sobre el tema. Las jornadas de descanso en aquella tranquila isla deshabitada, y el hecho de que se supieran a las órdenes directas de un destacado miembro de los «Arioi», reavivó por tanto una cuestión que especialmente Tapú Tetuanúi tenía a flor de piel a raíz de su última conversación con Hiro Tavaeárii. — Imagínate que un día consiguieras casarte con Maiana — le argumentó a su amigo —. Y que cuando os naciera el primer hijo varón, le dijeras que lo tienes que matar porque así te lo exige la secta. — Le observó con especial detenimiento —. ¿Crees que te lo perdonaría? — Pocas veces se da el caso de que te obliguen a matar a un hijo — fue la respuesta —. Y es ésa una horrenda costumbre que cada día se practica menos. — Pero forma parte de sus ritos — le hizo notar —. Si esperan hacer de ti un personaje importante, esperan también grandes sacrificios, y dudo que haya nada por lo que merezca la pena sacrificar a un hijo. Agradece que tus padres no fueran «Arioi», porque de lo contrario tal vez no estarías ahora aquí… — Eso es muy cierto — admitió Vetea Pitó que había sufrido a menudo el acoso de los «reclutadores» de la secta —. Pero lo que en verdad importa entre los «Arioi» no es lo que te puedan pedir en un cierto momento, sino el espíritu de camaradería que preside sus actos, y el hecho de que son como una gran familia en la que todo pertenece a todos. — Nunca vi a Roonuí-Roonuí compartir su casa con un «manahune»,[4 - Hombre de clase inferior. (N. del A.)] ni creo que por afiliarte llegues a bucear más profundo — le refutó su amigo —. Si un día consigues una gran perla, será porque Tané la puso allí para ti, no los «Arioi». — Lo sé — admitió el otro —. Pero aun así siento curiosidad por lo que hacen. — La curiosidad mata al pulpo, y es la curiosidad la que obliga a sacar la cabeza a la morena. Ningún curioso vivió jamás cien años. — Ningún buceador aspira a vivir cien años — señaló divertido Vetea Pitó —. Si lo pretendiera, elegiría otro oficio. Quedaron así las cosas, pero Tapú Tetuanúi no conseguía evitar sentirse inquieto ante la posibilidad de que alguien a quien se sentía tan unido no consiguiese evitar caer en las redes de quienes acabarían por apartarle de sus antiguas amistades, puesto que los «Arioi» se iban convirtiendo poco a poco en un cáncer que carcomía el tejido social de Bora Bora, y se corría el peligro de que sus habitantes acabaran por dividirse en dos facciones difícilmente conciliables. El tiempo que la tripulación del Marara permaneció en la isla lo dedicó preferentemente a comer mucha fruta, pescar en la laguna, recoger agua y provisiones y hacer el amor con las «vahínes», que fueron las únicas que no consiguieron disfrutar de un solo minuto de descanso, pues se diría que el hecho de poder dar rienda suelta a sus apetitos sexuales lejos del diminuto habitáculo de la nave, había despertado de improviso la líbido de los hombres, que se dedicaban al divertido deporte de acosar a las tres mujeres desde el amanecer hasta la madrugada. «Miti Matái» era el único que se mantenía al margen de tal actividad, en gran medida debido a que era un hombre acostumbrado a largas temporadas de abstinencia, y en parte por el hecho de que, como capitán, debía dar ejemplo al resto de la tripulación. Para Tapú Tetuanúi el mítico «Navegante Mayor» se iba transformando día a día en una especie de semidiós adornado con todas las virtudes, pues a su reconocido valor e innegable talento de marino, añadía una profunda humanidad y un dominio de sus pasiones que obligaban a considerarle un superhombre. Dormía poco, comía menos y era siempre el primero a la hora de cazar velas, achicar agua o izar a bordo un peligroso tiburón de más de trescientos kilos. Ahora, en la isla, dedicaba su tiempo a revisar con ayuda del carpintero cada juntura de la nave, calafatear uniones o recoger cocos y frutos del árbol del pan con los que abarrotar las despensas, y Tapú Tetuanúi no pudo por menos que preguntarse si se sentía capacitado para llegar a convertirse en la mitad de hombre de lo que demostraba ser su héroe. El tercer día, uno de los guerreros llegó con la noticia de que había descubierto restos humanos entre unas rocas de la playa de poniente, y aunque acudieron a verlos, se encontraban en tan avanzado estado de descomposición y devorados por los cangrejos, que resultaba imposible dilucidar si pertenecían a uno de los salvajes o a un pescador de cualquier isla vecina. «Miti Matái» permaneció no obstante largo rato en silencio, observando con profunda atención el mar y la línea de la costa, y por último señaló convencido: — Fuera quien fuera, murió en este mismo lugar, puesto que ni la resaca ni las corrientes pudieron empujarle hasta aquí. Si hubiera estado flotando, el mar lo habría depositado en la punta de barlovento. Pese a la aparente inutilidad del descubrimiento, el «Navegante Mayor» pareció considerar que tan macabro hallazgo podía esconder algún oscuro significado, por lo que ordenó al «Oripo» u «Hombre-Memoria» que lo tuviese muy en cuenta a la hora de hacer el relato de la expedición, y le pidió al tatuador que comenzase a trabajar ya sobre el «Hombre-Regreso». Fue por ello por lo que esa misma tarde el tembloroso Vetea Pitó aparecía tendido sobre la cubierta del Marara, y tras reunir en torno suyo a los miembros de la tripulación, «Miti Matái» colocó con firmeza el dedo sobre el ombligo del muchacho para señalar: — Quiero que tengáis muy presente, por si se diera la circunstancia de que algo me ocurriera, que vamos a iniciar los tatuajes de regreso a partir de esta isla, que como sabéis se encuentra a once días al noroeste de Bora Bora. — Advirtió su extrañeza y añadió —: Lo prefiero así, porque si Vetea Pitó cayera en manos del enemigo, éste no estaría en condiciones de seguir nuestra pista más que hasta aquí. Su ombligo representará, por tanto, «La Isla del Muerto», y si alguien viniese no encontraría más que un lugar deshabitado. — Se volvió al tatuador —. Quiero que le dibujes una calavera junto al ombligo. Fue así como el infeliz Vetea Pitó se convirtió en el primer polinesio en torno a cuyo ombligo se distinguía el tatuaje de una calavera humana, cosa que si bien en un principio le avergonzó, acabó por llenarle de orgullo, puesto que ese extraño tatuaje simbolizaba que había comenzado a ser un hombre importante. La realidad era, sin embargo, que había comenzado a convertirse en un auténtico mapa humano que el día de mañana serviría para que la tripulación del «Pez Volador» encontrara sin dificultad el camino que les devolviera a su hogar. A «Miti Matái» le disgustaba navegar con la luna en su máximo apogeo, ya que la violenta luz que se reflejaba en un cielo tan límpido como el del Pacífico Sur le impedía distinguir con claridad las estrellas de su particular «Avei'á», por lo que en cuanto los gigantescos ratones de las tinieblas comenzaron a roer los bordes de esa luna consideró que había llegado la hora de hacerse de nuevo a la mar. — Huye de la luna llena — le había advertido a su nuevo discípulo —. Es muy hermosa, pero esa hermosura opaca la belleza de quienes realmente importan, que son las estrellas. La luna es como una novia joven y caprichosa, mientras que las estrellas son como la fiel esposa que nunca te falla. Están siempre donde tienen que estar, y te dicen siempre lo que tienes que hacer. — ¿Y cuando hay nubes? — Las nubes viajan sobre el mar y tan sólo se detienen sobre las cumbres de las islas. En eso — como en todo cuanto se relacionase con la observación de la naturaleza —, «Miti Matái» tenía una vez más razón, puesto que los fieles alisios hacían correr las nubes sobre el océano, pero esas nubes tan sólo se agolpaban cuando encontraban una alta montaña en su camino. Pocas veces solía darse el caso de que la masa de nubes que cruzaba el Pacífico fuese tan extensa y tupida que impidiese la visión de las estrellas durante toda una noche, y cuando así sucedía, lo normal era que descargasen en forma de violentos aguaceros que dejaban la atmósfera mucho más limpia y transparente. La luna llena seguía siendo por tanto el peor enemigo de un piloto de altura, y era por ello por lo que los «Grandes Navegantes» solían aprovechar los cuatro o cinco días de su mayor luminosidad para buscar tierra y tomarse un merecido descanso. El rumbo seguía siendo el mismo, aunque durante la cuarta noche «Miti Matái» eligió un nuevo «Avei'á» que le desviaba hacia el oeste, sabiendo como sabía por experiencia que era en aquella dirección donde encontraría islas cuyos habitantes tal vez pudieran proporcionarle alguna pista sobre sus salvajes agresores. Al día siguiente el «Navegante Mayor» ordenó a las «Pahí-Vahínes» que preparasen una pequeña fiesta que tendría lugar a la caída de la tarde, ya que había llegado el momento de celebrar el hecho de que casi la mitad de los que iban a bordo se hubiesen adentrado por primera vez en su vida en los límites del inquietante «Segundo Círculo». Cada neófito recibió el tatuaje de un pequeño aro junto al nacimiento del dedo pulgar de su mano izquierda, aunque antes tuvieron que soportar toda clase de bromas, la más molesta de las cuales estribaba en que se les amarrase un cabo al tobillo para lanzarlos por la borda y llevarlos a remolque, tragando agua durante más de diez minutos. Había que estar, eso sí, muy atentos a los grandes tiburones, pero como ninguno hizo acto de presencia, el día transcurrió entre cantos y risas, lo cual vino muy bien a unos hombres que por lo general llevaban una existencia harto monótona. El océano Pacífico había hecho honor hasta el presente a su sonoro nombre, y aunque a menudo hacían subir y bajar a la frágil nave de cumbres de seis metros a valles de otros seis, solía tratarse de largas ondas sin peligro que obligaban a pensar en lejanas tormentas o pequeños maremotos que enviaban de ese modo sus señales a través de miles de millas de aguas profundas. Para «Miti Matái» cada ola, e incluso cada color del mar, parecía ser portador de un mensaje muy concreto que le hablaba de cuanto estaba ocurriendo o podía ocurrir más allá del último horizonte, y observándole mientras permanecía absorto, analizando el agua, el cielo, el viento y las aves marinas acababa por creerse que su mente iba ordenando pacientemente cada pieza de un complicado rompecabezas. Una calurosa tarde en la que ni la más leve brisa agitaba los plumones que colgaban de los obenques, el «Navegante Mayor» mandó llamar a Tapú Tetuanúi, y haciendo un gesto para que el resto de los miembros de la tripulación guardara absoluto silencio, señaló la banda de babor e inquirió: — Observa esas olas y escucha cómo resuenan contra el casco. ¿Qué significan? El desconcertado muchacho dedicó varios minutos a estudiar con toda la atención del mundo las diminutas olas que iban a estrellarse contra la aleta de babor, aguzó el oído intentando distinguir un sonido que se diferenciase en lo más mínimo del monótono golpeteo del mar, y concluyó por encogerse de hombros aceptando su ignorancia. — No tengo ni la menor idea — admitió. «Miti Matái» afirmó varias veces con la cabeza como si aquélla fuera la respuesta que temía, y al poco inquirió de nuevo: — ¿Qué viento sopla? — Ninguno. — ¿Qué viento soplaba esta mañana? — El «Mara'amú», del sudeste. — Eso quiere decir que esta mañana las olas venían del sudeste, y nos entraban por la popa, ¿no es cierto? — Así es — admitió el confundido muchacho. El exigente maestro le dirigió una severa mirada, como si se sorprendiera por su ignorancia, y añadió reticente: — ¿Y cómo se explica que unas olas que nos entraban por la popa, nos golpeen ahora por la aleta de babor? — Habrá cambiado el viento — aventuró con timidez el abochornado Tapú Tetuanúi. El otro alzó de nuevo la cabeza hacia los mustios plumones: — ¿Qué viento? — inquirió. Se diría que al aprendiz de navegante estaban a punto de saltársele las lágrimas y tuvo necesidad de morderse los labios para no demostrar hasta qué punto se sentía avergonzado y abatido. «Miti Matái» pareció comprender su estado de ánimo, por lo que dejó de presionarle, y señalando una vez más el costado de la nave, puntualizó con suavidad: — Si el viento está en calma, y las olas que llegaban de un lado te golpean de otro sin razón lógica alguna, y si además ese golpear es rítmico, suave y profundo, significa que esas olas han chocado contra una isla que está fuera de tu vista, y ahora vienen de regreso… — Le observó con atención —. ¿Lo has entendido? Tapú Tetuanúi se tomó unos minutos para analizar cuanto acababa de decirle, observó las olas, escuchó el eco que subía del casco de babor, y que en efecto ahora se le antojó rítmico, suave y profundo, y acabó por asentir con el aire de quien acaba de ser testigo de un sorprendente milagro. — Creo que sí — balbuceó apenas —. Creo que lo he comprendido. — ¡Bien! ¿Serías capaz de calcular a qué distancia se encuentra esa isla? El muchacho quedó tan estupefacto como si le hubieran preguntado la distancia a la luna y, tras rascarse cómicamente la ceja, concluyó por negar en redondo: — ¡En absoluto! — reconoció. — Te falta mucho, ¡muchísimo! para que puedas empezar a considerarte un navegante — comentó «Miti Matái» levemente burlón —. Pero por algo hay que empezar… ¿No se te ocurre nada? — Nada. — Lo suponía… — Hizo una nueva pausa —. Hace unas cuatro horas que dejó de soplar el «Mara'amú», y un poco menos que las olas que venían de popa dejaron por tanto de correr hacia adelante. ¿Estás de acuerdo? — Si tú lo dices… — Lo digo porque estaba atento al mar y el viento, y no perdía mi tiempo de cháchara con los amigos — fue la seca respuesta —. Hace poco más de tres horas que nos adelantó la última ola, lo cual viene a decirnos que cuando esa última ola nos golpee por la aleta de babor sabremos el tiempo que ha tardado en ir y volver a la isla… ¿Estás de acuerdo? — Supongo que sí — fue todo lo que se atrevió a replicar el apabullado chicuelo. — No es que lo supongas — remachó su «verdugo» —. ¡Es que es así! — Se diría que «Miti Matái» se armaba de la infinita paciencia que necesita un maestro para meter los más sencillos conceptos de física o matemáticas en la mollera de un alumno no demasiado brillante —. Cuando sepamos ese tiempo, nos bastará con calcular la velocidad que llevaba esa ola a la ida, y la que trae a la vuelta, sumarlas, y dividir por dos. — Abrió las manos como un prestidigitador tras un brillante ejercicio de escamoteo —. De ese modo habrás conseguido hacerte una idea bastante aproximada de a qué distancia se encuentra esa isla. Durante dos días y dos noches Tapú Tetuanúi vagó como alma en pena por la cubierta del Marara, tan cabizbajo y meditabundo que se le diría a punto de renunciar a sus sueños, puesto que la sofisticada lección que acababa de recibir le había servido para tomar conciencia de la monstruosidad de su ignorancia en cuanto se refería al difícil arte de la navegación. Resulta conveniente tener en cuenta, además, que al desconocer la escritura, un navegante polinesio no estaba en condiciones de tomar notas, hacer apuntes, o calcular tiempos y velocidades con ayuda de lápiz y papel, por lo que se veía obligado a confiarlo todo a la memoria, la experiencia, y ese inexplicable sexto sentido que hacía de los primitivos habitantes del Pacífico una especie de compleja mezcla de ser humano y alcatraz. Reconocer que una ola podía chocar contra una lejana isla y regresar entraba dentro de una lógica aceptable, pero determinar a qué distancia se encontraba ese obstáculo, se le antojaba a Tapú Tetuanúi algo más propio de auténtica brujería, que de ciencia de la navegación. Su actitud durante aquellos días podría compararse, en cierto modo, a la del bachiller que ingresa en la universidad para caer bruscamente en la cuenta de que la tarea que se presenta ante él a la hora de conseguir un doctorado supera en exceso sus cálculos más pesimistas. — El mar, las estrellas, el viento, las nubes, las aves e incluso los peces nos hablan a todas horas — le repetía una y otra vez «Miti Matái» —. Y nuestro trabajo consiste en interpretar correctamente lo que dicen. Pero era aquél un lenguaje que cada día se antojaba más confuso, en especial porque exigía una casi sobrehumana capacidad de concentración. Fue la comprensiva «Vahíne Tiaré» quien más positivamente le ayudó a superar tan difícil trance, y con su infinita paciencia y su inagotable buen humor consiguió al fin que el atribulado muchacho decidiera enfrentarse nuevamente a las infinitas dificultades que parecía ofrecer la dura profesión que había elegido. — Si resultara fácil — le dijo —, hasta el último pescador de atunes se consideraría navegante, y hasta el último cortador de cocos podría aspirar a la mano de la hermosa Maiana. — Le acarició con afecto la mejilla —. ¡Piensa en ella! — rogó —. Recuerda sus ojos, su pecho y el olor de su piel, y ten por seguro que si a la hora de volver te conceden el título de «Gran Navegante», será tuya para siempre. — ¡Nunca lo conseguiré…! — se lamentó él —. ¡Son tantas las estrellas…! Ni en diez vidas que viviera aprendería la mitad de cuanto sabe «Miti Matái», y creo que aunque lo aprendiera, no sabría luego cómo aplicarlo… — Señaló el casco izquierdo del catamarán e inquirió casi agresivo —: ¿Acaso te suenan distintas esas olas? La buena mujer prestó atención, esforzándose por advertir algún matiz diferente en el monótono resonar de la madera, y al fin se encogió de hombros admitiendo su ignorancia. — Para mí una ola no es más que una ola — replicó al fin —. Pero yo no sueño con convertirme en el padre de los hijos de Maiana. Si así fuera — añadió —, lo más probable es que me esforzara hasta el punto de conseguir averiguar en qué se diferencia esa ola de la que golpeaba ayer o hace una semana. Tapú Tetuanúi trató de encontrar palabras que expresaran hasta qué punto agradecía el interés que se tomaba por su caso, pero alguien susurró muy quedamente aunque de forma perentoria: ¡«Teatea-Maó»! ¡«Teatea-Maó»! por lo que casi instintivamente extendió el brazo, aferró a la mujer por el cuello y la aplastó contra la cubierta sobre la que se tumbó a su vez luchando por dominar el violento temblor que acababa de apoderarse de sus cuerpos. ¡«Teatea-Maó»! ¡Tané les ayudará! ¡Oró les protegerá! ¡Taaroa acudirá en su auxilio! Al poco se atrevió a ladear apenas la cabeza para otear sobre la tranquila superficie de las aguas hasta alcanzar a distinguir con claridad la amenazante aleta dorsal del gigantesco escualo que se dirigía directamente hacia ellos, y que de un solo mordisco podía quebrar el casco del altivo catamarán como si se tratase de un simple mondadientes. Era en efecto «Teatea-Maó», el feroz «Tiburón Blanco», la bestia más sanguinaria que habitaba el planeta, terror de los navegantes del Pacífico, que preferían enfrentarse al más rugiente de los ciclones que a la silenciosa fiera de los mil dientes como cuchillos. Allí estaba, girando muy lentamente en torno a una frágil embarcación que podía enviar al fondo del océano de una sola embestida, e intentando averiguar si se trataba de un pedazo de madera sin el menor valor nutritivo, o contenía algún ser viviente que llevarse a la boca. Ni un alma se movía sobre el Marara. Podría creerse que su treintena de ocupantes se había convertido en estatuas de piedra o se había diluido en el aire desapareciendo de la vista, por lo que, perdido el rumbo, la embarcación comenzó a virar a estribor siguiendo los caprichos del viento y de las olas. Pasaron, infinitamente largos y angustiosos, los minutos. Tapú Tetuanúi temblaba. «Vahíne Tiaré» lloraba mansamente mordiéndose los labios para no gritar. «Miti Matái» comenzó a arrastrarse milímetro a milímetro hacia el cobertizo de popa. El «Miedo», el «Terror Más Profundo», se adueñó de la nave porque todos a bordo advirtieron que «Teatea-Maó» iba estrechando el radio de sus círculos, lo cual quería decir que algo llamaba su atención sobre cubierta y en cualquier momento se lanzaría al ataque. «Miti Matái» desapareció por completo en el interior del cobertizo, y una vez allí buscó ansiosamente tres gruesas estacas afiladas por ambos extremos en forma de punta de lanza, y con ayuda de un grueso cabo de fibra de coco las unió hábilmente por el centro formando una especie de estrella. Cuando tuvo la certeza de que no se separarían, tomó una calabaza que aparecía sellada con barro, rompió la tapa y empapó cada una de las puntas en el negruzco líquido que contenía, y que no era otra cosa que veneno de «Nohú», el más mortífero de los peces del arrecife coralino. Luego, todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, pues de un salto salió al exterior, abrió la jaula del mayor de los cerdos, lo rajó de arriba abajo de un solo tajo, y le introdujo en las tripas las estacas. El animal comenzó a chillar agónicamente, lo que alertó de inmediato al tiburón, que de un solo coletazo se aproximó hasta rozar la amura de estribor, pero sin darle tiempo a comprender lo que ocurría. «Miti Matái» lanzó el cerdo a unos tres metros de distancia. El agua se tiñó de inmediato de sangre, y una décima de segundo más tarde el animal había desaparecido en las fauces del gigantesco escualo, que lo engulló como quien se traga un huevo duro. Durante casi medio minuto pareció que no iba a ocurrir nada, puesto que la inmensa fiera de más de seis metros de longitud se volvió muy despacio para permanecer a la expectativa aguardando una nueva presa, pero al cabo de ese tiempo, cuando las firmes y afiladas estacas de durísima madera de «aito» comenzaron a rasgarle las entrañas introduciéndole en la sangre el corrosivo veneno de «Nohú», se estremeció de punta a punta, lanzó un violento resoplido, y de un brusco coletazo se sumergió en las oscuras aguas para perderse de inmediato en las tinieblas del abismo. Tan sólo entonces «Vahíne Tiaré» dio rienda suelta a su llanto. El hecho de que «Teatea-Maó» hubiese desaparecido momentáneamente en las profundidades del océano, no significaba en absoluto que no pudiese volver en cualquier momento, puesto que el cáustico veneno del «Nohú», por muy concentrado que se encontrase, no bastaba en modo alguno para acabar con una bestia semejante. «Miti Matái» advirtió a su gente que en cualquier momento podía resurgir más furioso que nunca, y en el caso de que atacase desde abajo estaba en condiciones de lanzar por los aires al Marara, convirtiéndolo en astillas de un brutal encontronazo. Ordenó por tanto que todo el mundo se mantuviera inmóvil y en silencio, que se cubrieran las jaulas de los animales y se encerrara a los perros para que no hiciesen el más mínimo ruido, y tras otear largo rato el horizonte y observar el cielo con obsesiva fijeza, concluyó por indicar al timonel que virase noventa grados a babor, al tiempo que desplegaba las velas en su máxima extensión. — Debemos encontrar tierra cuanto antes — dijo —. «Teatea-Maó» no es de los que se dan por vencidos fácilmente. Prohibió luego que se arrojase nada al agua, ni aun las necesidades más perentorias, haciendo hincapié en el hecho de que quien no pudiese aguantar lo hiciera en calabazas que se vaciarían una vez pasado el peligro. — Algunos tiburones pueden seguir el rastro de una presa a enormes distancias — musitó —. Y lo mejor que podemos hacer es no dejar huella alguna de nuestro paso. Por último, cerró de nuevo la calabaza que contenía los restos del veneno de «Nohú», la ató a una tabla, colocó sobre esa tabla una gallina, y lo depositó todo cuidadosamente sobre el agua. — ¿Por qué haces eso? — quiso saber Tapú Tetuanúi. — Cuando el tiburón suba de nuevo, si es que lo hace, lo primero que llamará su atención será el cacareo y el agitarse de la gallina — dijo —. Pasará un largo rato girando en torno a ella, ya que su primera experiencia ha sido mala. — Observó la rudimentaria balsa que iba quedando lentamente a popa —. Pero si al fin decide tragársela, el resto del veneno volverá a hacerle daño en las heridas. — Se encogió de hombros —. Tal vez eso le impulse a desistir, y aunque no sea así, al menos nos habrá proporcionado una cierta ventaja, que buena falta nos hace si pretendemos llegar a tierra. — ¿Estás seguro de que hay tierra cerca? — insistió el muchacho. — A unas sesenta millas a babor — aseguró el otro, convencido. — ¿Cómo puedes saberlo? — Había dos alcatraces, allá, a lo lejos — dijo —. Giraban en círculo, buscando comida, lo cual quiere decir que deben tener su nido a menos de esas sesenta millas de distancia. — ¿Pero cómo puedes saber que se encuentra a babor? — se asombró Tapú Tetuanúi. — Simple deducción — fue la razonada respuesta —. A nuestra espalda no hay ninguna isla porque la habríamos visto. A proa tampoco, porque hacia allí sopló el viento esta mañana y los alcatraces no vuelan contra el viento, más que durante la época de emigraciones. Me consta que a estribor no hay tierra alguna en miles de millas de distancia. — Sonrió apenas —. El único lugar posible, está a babor. ¿Qué podía hacer un simple aprendiz de navegante, más que abrir la boca de estupor y reafirmarse en la idea de que la inmensidad de su ignorancia del mundo del mar tan sólo era comparable con la inmensidad de ese mismo mar? Si «Miti Matái» se le antojaba ya un semidiós cuando lo veía en Bora Bora, ahora esa grandeza aumentaba a medida que le veía actuar demostrando, en la práctica, la profundidad de sus ilimitados conocimientos. Al atardecer, tras largas horas de silenciosa y rápida navegación en la que todos los ojos permanecían fijos en la superficie del mar temiendo ver aparecer en cualquier momento la terrorífica aleta del gigantesco tiburón, «Miti Matái» se alzó sobre las puntas de los pies, trepó luego al mástil de proa, y tras permanecer allí unos instantes, apuntó frente a él y sonrió a su tripulación que le observaba expectante. — ¡Tierra! — dijo —. En cuanto oscurezca habrá pasado el peligro porque «Teatea-Maó» casi nunca ataca de noche. Pese a ello fue una noche larga, angustiosa y llena de sobresaltos, en la que nadie consiguió conciliar el sueño. Poco antes del amanecer una extraña serpiente abisal de poco más de metro y medio de largo pareció querer contribuir al clima de terror que reinaba en el Marara saltando a cubierta y sembrando el desconcierto entre sus pasajeros, que quisieron ver en sus inmensos ojos oscuros y su viscosa y delicada piel que se deshacía en pedazos al tocarla, a un enviado del demonio en forma de tiburón que debía estar rondando por las proximidades. La primera luz del día les sorprendió a menos de ocho millas de una costa verde y baja que se perdía de vista hacia el norte, y fueron tal vez aquellas millas las más largas que jamás hubieran recorrido por más que el catamarán se deslizara sobre el tranquilo mar a casi siete nudos. Pronto pudieron distinguir columnas de humo, cabañas y piraguas en la arena, y cuando al fin fondearon en el interior de una ancha laguna poco profunda lanzaron un suspiro de alivio al comprender que al fin habían conseguido escapar de la amenaza que significaba el terrorífico tiburón blanco. Ahora lo único que quedaba era rogarle a los dioses que los habitantes de aquella isla providencial fueran gente pacífica y acogedora. «Miti Matái» ordenó abatir las velas tras hacer sonar tres veces la caracola desmontando los palos en señal de que no tenían intención de atacar por sorpresa, por lo que al cabo de poco más de una hora una larga piragua tripulada por una docena de remeros y en cuya proa se erguía un anciano que lucía una larga capa de plumas rojas, se destacó de la playa y acudió a su encuentro manteniéndose al pairo a pocos metros de distancia. — ¿Quiénes sois y qué es lo que queréis? — fue lo primero que inquirió el anciano con voz grave. — Somos gente de paz y buscamos protección contra los ataques de «Teatea-Maó» — replicó «Miti Matái» haciendo una leve inclinación de cabeza —. Humildemente solicitamos vuestra hospitalidad hasta que pase el peligro. — ¡«Teatea-Maó»! — se alarmó el otro cambiando de color —. ¿Cuándo os atacó? — Ayer al mediodía — fue la respuesta —. No hemos vuelto a verle, pero con él todo es posible. — Lo sé — admitió el anciano —. ¿De dónde venís? — De Marara. Somos una expedición de castigo en busca de unos salvajes que asaltaron nuestra isla. — El «Navegante Mayor» observó con profunda atención a su interlocutor intentando descubrir la más mínima reacción ante sus palabras —. ¿Habéis sufrido alguna agresión en los últimos tiempos? El viejo de la capa roja permaneció unos instantes pensativo, estudiando con idéntica atención a los tripulantes de la enorme nave como si quisiera descubrir sus auténticas intenciones, y por último negó con un gesto. — No. Nadie nos ha atacado — replicó —. Pero hace un mes cuatro muchachas desaparecieron una noche sin que se haya vuelto a saber de ellas. — Agitó la cabeza como desechando la idea —. Llegamos a pensar que algún extraño pudo llevárselas, pero no habíamos visto aproximarse ninguna nave. — Tampoco nosotros — le hizo notar «Miti Matái» —. Sin embargo, nos sorprendieron de improviso a medianoche. El anciano meditó de nuevo, pareció convencerse de la sinceridad de los recién llegados, y concluyó por hacer un leve gesto de asentimiento al tiempo que indicaba la playa. — Podéis quedaros — dijo —. Os brindaremos nuestra hospitalidad y juntos intentaremos ahuyentar a «Kauhúhu». «Kauhúhu» — el «Dios-Tiburón» — estaba considerado como la más pura representación del mal en su más cruel acepción, puesto que los antiguos polinesios vivían convencidos de que en el interior de los más agresivos escualos — y de todos ellos el peor era sin duda «Teatea-Maó» — habitaban los vengativos espíritus de todos aquellos seres humanos que habían sido condenados a la maldición eterna a causa de sus horribles crímenes. Los habitantes de aquella isla — que formaba parte del pequeño archipiélago de las Tokelau, al norte de Samoa eran gente amable — aunque no excesivamente acogedora — que aceptaron la presencia de una treintena de hombres llegados de muy lejos como si se tratara de una de esas molestas cargas que nos impone a veces la vida sin que lleguemos a entender por qué tenemos la obligación de soportarla. Los únicos que parecieron alegrarse por la llegada del Marara fueron los niños, que nunca antes habían tenido ocasión de ver una embarcación tan impresionante, y los pescadores de mar adentro, que agradecieron en el alma tener conocimiento a través de terceros de la terrible amenaza que significaba para ellos la presencia de un tiburón blanco. También se excitaron bastante, aunque sin expresarlo en público, las muchachas solteras de la isla que vieron en los jóvenes navegantes una inesperada fuente de diversión para cuando cerrara la noche. Tuvieron que contener no obstante sus ímpetus, puesto que un esquelético y malhumorado «Tahúa» decidió que se hacía necesario llevar a cabo cuanto antes la complicada ceremonia de ahuyentar al temible dios «Kauhúhu». Ni Tapú Tetuanúi ni ninguno de sus amigos había conocido nunca un Sumo Sacerdote tan engreído, pesado y ceremonioso, pues ofició los sacrificios con tanta seriedad y tanta parafernalia, que a mitad de la interminable ceremonia la mayor parte de los asistentes roncaban plácidamente. En primer lugar colocó en lo alto de una piedra sagrada, muy cerca de la orilla del mar, la pequeña estatua de madera que representaba a un hombre con cabeza de tiburón sentado en un taburete — que era la imagen del dios «Kauhúhu» según la conocían la mayor parte de los pueblos polinesios — y tras arrodillarse ante ella y canturrearle monótonamente durante más de una hora, procedió a cortarle el cuello a toda clase de animales domésticos, embadurnándose de su sangre hasta el punto de que al concluir podría llegar a creerse que se había degollado a sí mismo. Por último se introdujo en el agua, se lavó a conciencia y desde allí clamó durante otra hora llamando a «Teatea-Maó» aun a sabiendas — o más bien porque sabía a ciencia cierta — que un gigantesco tiburón blanco jamás se aventuraría en las aguas poco profundas de una cerrada laguna. Cuando al fin los agotados asistentes pudieron irse a dormir, ni tan siquiera el gigantesco Chimé de Farepíti — al que le tenía echado el ojo una linda chiquilla que le había estado haciendo gestos lascivos durante toda la noche — se sintió con fuerzas como para alejarse con ella playa abajo, optando por tumbarse junto al fuego, dejando la prometedora aventura sexual para ocasión más propicia. Al fin y al cabo, el día y la noche anteriores habían sido de gran tensión y constante vigilia, y no estaban los cuerpos, ni aun el suyo, para grandes excesos. A la mañana siguiente, «Miti Matái» mandó traer del Marara la piel del salvaje, y fue la primera vez, desde que Hinói Teatáu se la llevara el día de la botadura del barco, que Tapú Tetuanúi tenía ocasión de verla. Seguía conservando intactos los tatuajes, pero constituía a todas luces un macabro espectáculo verla así, tan lejos de su dueño, y como no había sido curtida con demasiado tiempo ni cuidado, expelía un desagradable olor a carroña que obligaba a taparse las narices cuando se la observaba de cerca. Los hombres de la isla la estudiaron con especial detenimiento para acabar por reconocer que jamás habían visto anteriormente dibujos semejantes, aunque su «Navegante Mayor» — un decrépito anciano que probablemente no se embarcaba desde hacía décadas — insinuó que en su ya muy lejana juventud, y en el transcurso de un largo viaje hacia el oeste había oído hablar de unos seres abominables que — mucho más al oeste aún — se cubrían el cuerpo con horrendos tatuajes. — Yo nunca los vi — admitió con loable sinceridad —. Pero estuve en lugares en los que se les temía como al mismísimo demonio. Al parecer, se comen a la gente. No había mucho más que obtener de aquellos hoscos isleños, salvo agua, víveres y las caricias de sus más apasionadas muchachas, por lo que dos días más tarde «Miti Matái» ordenó hacerse a la mar a la caída de la tarde. — Si «Teatea-Maó» continúa por los alrededores, la noche y el «Mara'amú» que comenzará a soplar cuando se ponga el sol nos darán la oportunidad de alejarnos. — Lanzó un hondo suspiro —. Y si no es así, que Tané nos ampare como viene haciendo hasta el presente. Cualquier otra tripulación habría abandonado a regañadientes un lugar en el que disponían de todos los placeres y todas las comodidades para verse obligados a acinarse de nuevo en el pequeño espacio de una embarcación, pero los hombres y mujeres del «Pez Volador» no eran en absoluto una tripulación cualquiera, y se diría que su único deseo se centraba en alcanzar cuanto antes el lugar en que se ocultaban los causantes de todas sus desgracias. El hecho de que cuatro mujeres hubieran desaparecido sin dejar rastro de una isla que se encontraba en la ruta que iban siguiendo, reafirmaba a «Miti Matái» en el convencimiento de que también sus bárbaros enemigos se estaban dejando empujar por los alisios del sudeste, y el tiempo transcurrido desde entonces le impulsaban a sospechar que el Marara avanzaba con mayor rapidez que los cuatro grandes catamaranes. — Para llevar a cabo un viaje tan largo sus naves deben ser muy pesadas — le había hecho entender a Roonuí-Roonuí en presencia de la mayoría de los miembros de la tripulación —. Y además se van deteniendo aquí y allá para atacar un poblado o raptar mujeres. — Hizo una corta pausa y añadió convencido —: Y eso representa un grave peligro para nosotros. — ¿Un peligro? — se asombró el estupefacto Roonuí-Roonuí —. ¿A qué clase de peligro te refieres? Cuanto antes los alcancemos, antes podremos volver. — ¿Volver? — repitió con intención el «Navegante Mayor» —. ¿Qué posibilidades de victoria tendríamos si nos enfrentáramos en mar abierto con cuatro piraguas que por lo menos nos doblan en número de guerreros? — Negó convencido —. Ninguna — añadió —. Nuestra única esperanza de éxito se centra en atacarles por sorpresa en su propia isla, tal como nos atacaron a nosotros. — ¡Pero ese viejo navegante asegura que esa isla debe estar lejísimos…! — se lamentó Roonuí-Roonuí —. Y no tenemos ni idea de cuánta gente encontraremos en ella. — He meditado mucho sobre eso — señaló su interlocutor —. Y me preocupa — admitió —. El Marara está demostrando ser un barco muy rápido, pero me consta que no soportaría el embate de la proa de una piragua de guerra. — Hizo una corta pausa y resultaba evidente que le había dado muchas vueltas al tema y lo tenía muy bien estudiado —. Esos bestias podrían permitirse el lujo de perder un navío lanzado abiertamente contra nosotros, puesto que aún les quedarían tres para recuperar a los náufragos. Pero en cuanto nos abrieran la más mínima vía de agua estaríamos a su merced. No — negó —. No podemos arriesgarnos a un enfrentamiento en alta mar. — ¿Cuál es tu plan entonces? — Aprovechar nuestra velocidad e intentar encontrar su isla antes de que lleguen a ella. — Observó a todos los presentes como tratando de calibrar qué efecto hacían sus palabras —. Si no es muy grande, estará casi desguarnecida, puesto que sus mejores guerreros seguirán a bordo de las naves. En ese caso tal vez podríamos adueñarnos de la situación y estar en condiciones de negociar. Les ofreceríamos sus mujeres a cambio de las nuestras. Se hizo un silencio en el que la casi totalidad de los presentes pareció reflexionar sobre lo que su capitán acababa de proponer y que no se les antojaba en absoluto descabellado, puesto que constituía un plan que presentaba, entre otras cosas, la notoria ventaja de no obligarles a enfrentarse al numeroso grupo de hombres fuertemente armados que tripulaban las cuatro embarcaciones. Al fin fue Roonuí-Roonuí el que expresó el sentir general al comentar al tiempo que asentía: — Como «Jefe de los Guerreros» lo apruebo sin reservas. — Le observó con fijeza —. ¿Qué tenemos que hacer ahora? — Desplegar todo el velamen, remar hasta que se nos rompan los brazos cuando falle el viento, y conseguir que este «Pez Volador» vuele efectivamente — sentenció «Miti Matái» —. Lo último que podrían imaginar esos canallas es que estuviéramos esperándoles en el momento de volver a sus casas… — ¡Pues manos a la obra! Como si los dioses aceptaran de igual modo que aquélla era la mejor forma de triunfar, esa misma tarde el «Mara'amú» aumentó de forma notable su fuerza, el mar se alzó en grandes olas que parecían empujarles hacia la victoria, y el Marara, comenzó a deslizarse hacia el noroeste a tal velocidad que podría creerse que estaba participando en una prodigiosa regata. Se hizo necesario colocar a dos hombres en la espadilla de popa para mantener fijo el rumbo, y una vez más el «Navegante Mayor» dejó de manifiesto la magnitud de su ciencia a la hora de corregir la deriva impidiendo que la frágil embarcación se apartara ni un metro del rumbo previamente marcado. Día y noche se turnaban los hombres remando y las mujeres achicando agua, por lo que durante más de cinco semanas surcaron el océano como una gigantesca flecha disparada por el poderoso arco del dios Oró, y Tapú Tetuanúi y sus amigos vivieron como en un sueño, atrapados por el vértigo de un enloquecido torbellino que parecía conducirles directamente al confín del universo. Ni chubascos, ni corrientes, ni aun las pesadas calmas de los más calurosos mediodías conseguían frenar el ímpetu de un catamarán que navegaba a veces durante horas sobre uno solo de sus cascos, y era cosa de ver cómo el inconcebible «Miti Matái» se las ingeniaba para mantenerlo en tan precario equilibrio a lo largo de millas y más millas, para abatirlo de improviso, llevar a cabo con indescriptible habilidad una complicada maniobra y alzarse sobre el otro patín como si en verdad se tratara de un desconcertante malabarista capaz de sostener un objeto en el aire pese a los vientos y las olas. Tapú Tetuanúi aprendía. Aprendía desde que abría los ojos tras una agitada mañana en la que había tenido que dormir rodando de uno a otro lado por el chamizo de proa, hasta que con la primera claridad del alba se retiraba con esos mismos ojos enrojecidos de tanto mirar las estrellas. A menudo se sentía absolutamente destrozado, pero no hubiera cambiado aquella fabulosa experiencia por diez años de monótona paz en Bora Bora. Sentir de noche el viento en el rostro y observar cómo las afiladas proas gemelas abrían un ancho surco fosforescente en las negras aguas del océano, sabiendo que milla tras milla le iban ganando terreno a sus enemigos, constituía a su modo de ver una experiencia de la que ningún muchacho de su edad había disfrutado anteriormente, y en más de una ocasión se dijo a sí mismo que aunque al final de aquel inolvidable viaje el Consejo no le otorgase el ansiado título de navegante, habría valido la pena tomar parte en tan magnífica aventura, puesto que le proporcionaría recuerdos que habrían de perdurar hasta el fin de sus días. Cuando la vista se le nublaba de tanto estudiar el firmamento, cerraba unos instantes los ojos para evocar de inmediato la espléndida figura de Maiana, y el simple hecho de pensar en ella abrigando el convencimiento de que todos sus sacrificios tendrían como recompensa el amor de la criatura más prodigiosa que el Gran Taaroa hubiese creado, le daba fuerzas para volver con renovados bríos a la difícil tarea de aprenderse el camino de todas las estrellas del universo en su avance por la curva bóveda del cielo. El cachazudo y glotón «Hombre-Memoria» le dedicaba un par de horas cada tarde, recitando con su monótona voz de siempre la lista de todos los «Avei'á» posibles entre el norte y el este, lo cual contribuía en gran manera a que cuando llegaban las tinieblas Tapú Tetuanúi supiese reconocer con mayor rapidez las diferentes constelaciones. Una de aquellas oscuras noches que el muchacho dedicaba al estudio y la evocación ocurrió un desgraciado incidente que le afectó sobremanera, pues de improviso tuvo la extraña sensación de que algo le rozaba la mejilla, casi al instante escuchó un seco golpe seguido de un alarido de dolor y cuando acudieron algunos hombres con antorchas, fue para descubrir, horrorizados, que en su alocado vuelo huyendo de los depredadores, un gran pez volador se había incrustado violentamente en el ojo derecho del primer timonel. El pobre Moeteráuri había caído hacia atrás de resultas del brutal impacto y tan sólo la red de protección de popa le había salvado de precipitarse al mar para pasar a ser pasto de los pequeños tiburones que solían seguir la estela de la nave. Por lo general, tales tiburones no solían constituir un peligro demasiado grave para los tripulantes, pero un hombre ensangrentado y semiinconsciente hubiese significado una presa fácil, aunque más bien cabía suponer que no hubieran sido los escualos, sino cualquiera de los misteriosos visitantes nocturnos que ascendían desde las profundidades, los que hubieran dado buena cuenta del desgraciado timonel. Tapú Tetuanúi había advertido tiempo atrás que a medida que se alejaban de las islas, adentrándose en aguas cada vez más oscuras, la cantidad de tan inquietantes huéspedes aumentaba, en especial en las noches en las que alguna nube ocultaba por completo las estrellas. La superficie del mar parecía plagarse entonces de fosforescentes fantasmas que inducían a imaginar que se estaban abriendo paso por entre espíritus y demonios. Si agitaba junto a la borda de sotavento un ascua de la hoguera, al instante un par de enormes ojos del tamaño de un coco le devolvían una luz verdosa y fosforescente, y aunque en un principio lo achacó a seres sobrenaturales, «Miti Matái» le aseguró que se trataba de gigantescos calamares que se aventuraban a ascender desde los abismos cuando imperaban por completo las tinieblas. En otras ocasiones, y siempre con el mar en calma, las manchas fosforescentes se deslizaban a pocos metros por debajo de la nave adoptando caprichosas formas inconcretas, como si se tratara de un curioso transformista que de improviso se dividiera en dos o más trozos para volver a unirse nuevamente a su antojo. Cabía suponer que se trataba de bancos de diminutos peces o masas de plancton, pero resultaba evidente que no era así, puesto que cuando alguna vez tropezaba con uno de los cascos del catamarán el ruido era seco, como si éste hubiese chocado con un cuerpo duro y compacto. — El océano está plagado de misterios que ni aun yo sabría desvelarte — admitió el «Navegante Mayor» durante una de aquellas ocasiones en que un gigantesco fantasma fosforescente danzaba en torno a ellos sin aparentes intenciones agresivas —. Y en eso estriba su mayor atractivo. Por mucho que los estudiemos, y por mucho que nos traslademos conocimientos de generación en generación, a diez metros bajo nosotros comienza un auténtico «Quinto Círculo» que jamás conseguiremos conquistar. Y puedes jurar que de ése sí que jamás regresó nadie. — Vetea Pitó es capaz de bucear hasta casi veinte metros — le hizo notar el muchacho. — En la laguna o en los arrecifes de coral — replicó el otro con sorna —. Pero pídele que se sumerja a veinte metros aquí, en mar abierto, y verás lo que te contesta. No… — señaló convencido —. Todo cuanto se encuentra bajo las quillas pertenece al dios Tané, que acostumbra a castigar muy duramente a quien se atreve a husmear en sus dominios. — ¿Lo has visto alguna vez? — quiso saber Tapú Tetuanúi. — ¿A Tané? — repitió el otro —. ¡Naturalmente! ¿Acaso tú no? El muchacho negó desconcertado. — ¿Dónde podría verle? — quiso saber. — ¿Al Dios del Mar? En el mar — fue la respuesta —. Al amanecer, cuando los tonos grises se adueñan de las olas, y en los atardeceres, cuando el agua toma el color y la textura del mango maduro. — Abrió las manos como queriendo abarcarlo todo a su alrededor —. Tané está en el sabor del aire que respiramos y en el olor que se nos mete en la piel, y quien no sepa verlo así y respetarle por ello, jamás podrá conducir su embarcación más allá del «Segundo Círculo». — ¿Llegaremos en este viaje al «Quinto Círculo», allí donde las aguas se solidifican convirtiéndose en enormes montañas blancas? — inquirió excitado Tapú Tetuanúi para el que el legendario viaje de su capitán constituía casi una obsesión. — Desde luego que no — negó el «Navegante Mayor», seguro de lo que decía —. Ese lugar queda muy al sur, mientras que ahora nos dirigimos al nordeste, por lo que muy pronto el calor se volverá tan insoportable que las aves no alzarán el vuelo al mediodía, y las aguas se quedarán muy quietas porque ni tan siquiera el «Mara'amú» se atreve a penetrar en tal infierno. — ¿Qué haremos entonces? — quiso saber el muchacho. — Remar. Pasaremos las noches remando y los días al pairo, y te garantizo que llegará un momento en que te odiarás a ti mismo por haber puesto tanto empeño en embarcar. «Miti Matái» sabía muy bien de qué hablaba, puesto que dos semanas más tarde los alisios comenzaron a perder su intensidad al tiempo que la fuerte corriente subecuatorial les empujaba con violencia por el costado de estribor, obligando a la nave a derivar hacia el oeste con tal ímpetu que a menudo ni siquiera se hacía necesario bogar para advertir que progresaban con sorprendente rapidez. — No debemos dejarnos engañar por esta corriente — puntualizó sin embargo el «Navegante Mayor» —. Es cierto que ahora nos conduce hacia poniente, pero en cuanto nos descuidemos comenzará a derivar hacia el sur y en ese caso jamás podríamos aproximarnos a un objetivo que por lo que sabemos debe estar al noroeste. Dentro de unos días deberemos empezar a remar con fuerza, o será ya demasiado tarde y no habrá forma de volver. Pese a que se encontraban muy cerca ya de los límites del «Cuarto Círculo», a punto por tanto de penetrar en aquel «Quinto Círculo» del que los habitantes de Bora Bora lo desconocían todo, «Miti Matái» tenía plena conciencia de que navegaban por regiones en las que las corrientes tenían mucha más importancia que los propios vientos, dado que sobre la línea del ecuador viajaba una de esas fuertes corrientes en dirección este, mientras que tanto a diez grados al sur como a diez grados al norte su dirección se invertía. Debía permanecer muy atento por tanto a dejarse llevar por una sin correr el riesgo de que al abandonarla, la opuesta le obligara a desandar lo andado, en un auténtico juego de estrategia en el que lo más importante era aprovechar los restos del alisio y la fuerza de los brazos para intentar continuar su largo viaje hacia «El Infinito Mar de las Infinitas Islas». Para los antiguos polinesios, «El Infinito Mar de las Infinitas Islas» no era otra cosa que la región que más tarde los europeos denominarían Micronesia, y no cabe duda de que tanto unos como otros supieron bautizar aquel curioso mundo, puesto que la casi desconocida Micronesia se extiende a todo lo largo y lo ancho de un océano del tamaño de Estados Unidos, por el que se desparraman dos mil ochocientos islotes cuyas tierras emergidas apenas superan los tres mil kilómetros cuadrados de extensión. Qué resultaría de dividir la isla de Mallorca en dos mil ochocientos pedazos y distribuirlos caprichosamente por un mar tres veces mayor que el Mediterráneo es algo harto difícil de imaginar, pero si se tiene en cuenta que la inmensa mayoría de tales islotes no alcanzan por lo general más altura que la de una simple palmera, se comprenderá que resulta sumamente sencillo navegar por la Micronesia sin divisar nunca más que agua. De hecho, durante el primer viaje alrededor del mundo, Fernando de Magallanes pasó de largo por la región sin tropezar — y esto lo hizo en el último momento — más que con Guam, a la que denominó «Isla de los Ladrones» por encontrarla plagada de bandidos y piratas, y más tarde, tanto Alvaro de Mendaña como su viuda, Isabel Barrete, o Pedro Fernández de Quirós navegaron de igual modo por la región sin avistar unas tierras que a menudo llegaban a convertirse en invisibles. Los archipiélagos de las Carolinas, las Marianas o las Marshall, no son a decir verdad más que puñados de diminutos atolones o pequeñas cumbres volcánicas que apenas afloran sobre la superficie del océano, tan separadas a menudo las unas de las otras, que no se entiende muy bien por qué extraña razón se les ha llegado a considerar auténticos archipiélagos. Nadie sabe — ni probablemente sabrá nunca — cuántos son esos islotes ni en qué punto exacto se encuentran, y no resultaría aventurado afirmar que hoy en día se conocen mucho mejor los cráteres de la luna, que las tierras emergidas de Micronesia. No obstante, el Marara, había puesto proa hacia allí con la loca esperanza de encontrar en tan gigantesco pajar la aguja en la que se refugiaban los salvajes que habían arrasado Bora Bora aun a sabiendas de que todo ello se encontraba ya en el corazón del tan temido «Quinto Círculo». Fue por ello por lo que una mañana en la que el mar parecía una balsa de aceite y el calor de las primeras horas auguraba una sofocante jornada en la que el sol convertiría la cubierta del catamarán en una plancha de cocina, «Miti Matái» reunió a su agobiada tripulación para puntualizar sin más preámbulos: — Sobre la medianoche de ayer atravesamos los límites de nuestro «Cuarto Círculo», por lo que ni yo, ni nadie que haya nacido en las islas de Sotavento tiene la más mínima idea de lo que podemos encontrar de aquí en adelante. Es como si se hubiera acabado nuestro mundo. — Carraspeó porque tenía conciencia de la importancia del momento, y con voz más severa aún que de costumbre, añadió —: Lo advierto para que tengáis muy claro cuáles son mis limitaciones, porque cuanto haga a partir de hoy tendrá que estar basado únicamente en el instinto. Resultaba evidente que tanto para Tapú Tetuanúi como para el resto de los presentes, el instinto del «Navegante Mayor» de Bora Bora era lo más valioso que habían poseído desde el momento mismo en que atravesaron el Paso de Teavanuí, y por lo tanto nadie pareció sorprenderse cuando Roonuí-Roonuí alzó la voz para replicar con absoluta calma: — Nos has traído hasta aquí, y ni por un solo instante hemos abrigado la más mínima duda sobre tu capacidad como capitán de esta nave. — Sonrió por primera vez en mucho tiempo —. De igual modo, tampoco ponemos en duda que sabrás tomar la decisión más correcta en cada momento. No tienes más que decir lo que tenemos que hacer y te obedeceremos. Se escuchó un murmullo de aprobación y aunque estaba claro que «Miti Matái» esperaba una respuesta semejante, esa unanimidad pareció reconfortarle. — ¡Bien…! — añadió a los pocos instantes —. Si todos estáis de acuerdo, mi recomendación es que a partir de hoy los hombres más fuertes dediquen las horas más calurosas del día a dormir y las noches a remar, mientras las mujeres y un pequeño retén de los más débiles se ocupan de la guardia de día para aprovechar el poco viento que soplará de ahora en adelante… ¿Alguna pregunta? El obeso y siempre sudoroso «oripo» alzó la mano y su voz temblaba ligeramente al inquirir: — ¿Me consideras fuerte o débil? — Siempre has sido fuerte — le hizo notar el «Navegante Mayor» sin poder evitar una leve sonrisa —. Pero si encajas tu enorme trasero en uno de los cascos, jamás podremos sacarte de allí, o sea que lo mejor que puedes hacer es dedicarte a pescar y a tratar de recordar cuanto sepas sobre «El Infinito Mar de las Infinitas Islas». — Poco sé — fue la sincera respuesta —. Pero haré cuanto esté en mi mano por refrescarme la memoria. Por desgracia, aquel grasiento gigantón era ya un hombre agotado al que la excesiva gula parecía haber hecho perder las prodigiosas facultades que hicieran de él, muchos años atrás, el «oripo» más respetado de las islas, al que venían a consultar desde Rairatea e incluso la lejana Tahití sobre cuanto se refiriese a la historia de los antepasados comunes, acciones de guerra, o árboles genealógicos. Su portentosa memoria le había convertido de igual modo en uno de los más fiables consultores sobre estrellas y constelaciones, pero podía llegar a creerse que su desmedida afición a comer como un cerdo y atiborrarse de toda clase de bebidas fermentadas había acabado por embotarle cuerpo y mente, hasta el punto de que sus ahora vacilantes respuestas comenzaban a ser puestas con frecuencia en entredicho. El tiempo que llevaba a bordo de una nave en la que no podía dar sus diarios paseos en los que recorría bamboleante la totalidad del perímetro de la isla, parecía haber precipitado su decadencia, pasando a convertirse de una casi imprescindible ayuda, a una muy pesada carga. El hecho de que hubiesen alcanzado la noche antes las fronteras del fatídico «Quinto Círculo» lo relegaba además a la función de trasto inútil respecto a posibles consultas sobre el «Compás de Estrellas», dado que en aquel punto geométrico — casi a caballo sobre la línea del ecuador — el paisaje celeste comenzaba a variar radicalmente. También a «Miti Matái» le afectaba de forma notable el cambio de hemisferio, puesto que de su vista habían ido desapareciendo los «Avei'á» que tan bien conocía, y nuevas constelaciones sobre las que sabía muy poco se adueñaban noche tras noche de la bóveda del cielo. — ¿Qué he de hacer ahora? — quiso saber el desconcertado Tapú Tetuanúi, al que se le antojaba absurdo observar a unas estrellas que de poco le servirían ya —. ¿Continúo estudiándolas o espero a que regresemos al «Cuarto Círculo»? — Espera a que volvamos, si es que volvemos — le replicó con calma el «Navegante Mayor» —. Ahora de lo único que tenemos que preocuparnos es de encontrar la forma de regresar a este mismo punto. Si ésta ha sido nuestra puerta de salida, ésta deberá ser nuestra puerta de entrada. El resto del día, con un mar que semejaba una versión infinita de la laguna de Bora Bora, pues ni la más minúscula ola ni un soplo de viento alteraba su superficie, transcurrió en absoluta calma y casi absoluto silencio, pues se podría pensar que aquella treintena de hombres y mujeres necesitaban ese silencio para hacerse a la idea de que acababan de atravesar el umbral de lo desconocido. El mar seguía siendo el mismo, pacífico y amable, pero el cielo era ya otro, y para los navegantes de una isla polinésica, ese cielo tenía mucha más importancia que el propio mar o la propia tierra. Por si todo ello no bastara, esa misma noche ocurrió algo que acabó de impresionarles, pues de improviso, y cuando una luna en creciente que no bastaba para romper por completo las tinieblas se había alzado apenas sobre la línea del horizonte, dos brillantes luces hicieron su aparición surgiendo de levante, y se fueron aproximando hasta rebasarles a poco más de media milla por la banda de estribor. Eran como los ojos de un monstruo de los más profundos abismos, pero aguzando la vista, los tripulantes del Marara, llegaron a la conclusión de que no se trataba de una bestia marina, sino de la más gigantesca y extraña nave que hubieran visto nunca, puesto que calcularon que debía tener más de cincuenta metros de eslora por seis de puntal, coronada por altísimos palos de los que colgaban enormes velas blancas que parecían montañas capaces de atrapar hasta el menor hálito de viento que pudiese soplar sobre el océano. ¿Qué embarcación era aquélla — si es que se trataba de una embarcación — y qué clase de gigantes la tripularían? Por supuesto nadie a bordo del catamarán había visto — ni tan siquiera había oído hablar — de la existencia de semejante tipo de embarcación, y aunque algunos sostuvieron que se trataba de una simple alucinación o un efecto óptico, «Miti Matái» concluyó por ordenar al «Hombre-Memoria» que registrase el hecho de que un inmenso buque de origen desconocido les había sobrepasado limpiamente a poco de penetrar en el «Quinto Círculo». El desconcertante episodio quedó inscrito de igual modo al día siguiente sobre la piel del vientre de Vetea Pitó, cuyo cuerpo comenzaba a aparecer ya cubierto de complejos tatuajes que se suponía que les habrían de servir para encontrar el camino de regreso a casa cuando llegara el momento de virar en redondo. El más negro pesimismo se adueñó por aquel entonces del «Pez Volador», y aunque nadie se atrevió a mencionar siquiera la posibilidad de retornar a Bora Bora, en el ánimo de algunos anidaba la idea de que la tarea que se habían propuesto rebasaba con mucho sus posibilidades de victoria. Las «Pahí-Vahínes» se esforzaban por hacer lo más agradable posible la vida de los hombres, cantando, bailando y esmerándose a la hora de convertir las cenas en auténticos banquetes, y a los postres el «Hombre-Memoria» solía contar viejas historias en las que procuraba hacer hincapié sobre las más heroicas hazañas de sus antepasados. Como si comprendiera que había llegado el momento de levantar el ánimo de su decaída tripulación, el propio «Miti Matái» tomó al fin una tarde la palabra, para hacer un detallado relato del fabuloso viaje que todos los presentes habían estado deseando escuchar de sus labios desde el ya muy lejano día en que lo llevara a cabo. El día que el anciano rey Matuá comprendió que muy pronto Taaroa lo llamaría a su presencia, decidió que había llegado el momento de abdicar en su hijo Pamáu, por lo que ordenó que se enviaran embajadores a las islas del «Primer Círculo» para que sus dignatarios tuvieran ocasión de acudir a la proclamación, circunstancia que aprovecharían para sellar nuevos lazos de amistad entre pueblos que llevaban años en paz. — Recuerdo aquella ceremonia — señaló el «oripo» —. Fue muy hermosa y tuve que aprenderme infinidad de nombres nuevos. — ¡Dichoso tú que la viste…! — replicó «Miti Matái» —. Yo no estuve presente, porque mi padre, que era por aquel entonces «Navegante Mayor» de Bora Bora, recibió el encargo de dirigirse al sur, al archipiélago de las Tubuai, cuyo rey era tío segundo de Pamáu. — Hizo una corta pausa, pues le agradaba que quienes se sentaban a su alrededor tuvieran oportunidad de ir captando hasta el último detalle de la historia —. Recuerdo — añadió al fin — que a mi padre aquel viaje se le antojó terriblemente inoportuno por la época del año y los vientos contrarios, pero como sabido es que la muerte no admite esperas ni depende de viento alguno, nos hicimos a la mar tal como nos habían ordenado. — El rey murió sin tiempo de ver proclamado a su hijo — confirmó el «Hombre-Memoria» seguro de sí mismo —. Expiró en el momento justo en que «La Gran Dama Solitaria» hacía su aparición por Punta Matira y fue la estrella que inició su «Avei'á» hacia el paraíso. — Sí — admitió el «Navegante Mayor» —. Y debió ser esa muerte la que desencadenó todas las fuerzas de los abismos, porque cuando nos encontrábamos navegando por entre las Tubuai, la pequeña isla que acabábamos de dejar a popa estalló de improviso como si el mundo entero se hubiese hecho pedazos, piedras y bolas de fuego cayeron sobre cubierta matando a dos nombres, y a los pocos instantes una ola más alta que el mismísimo monte Otemanu nos alzó sobre su cresta y nos arrastró a tal velocidad, que ni un delfín hubiera conseguido darnos alcance. — ¿Entonces no fue un ciclón como siempre se ha dicho? — se sorprendió Tapú Tetuanúi —. Fue el «tsunami».[5 - Palabra de origen japonйs que designa la marejada provocada por un temblor de tierra submarino o la explosiуn de un volcбn. (N. del A.)] — Los ciclones, aunque en realidad no creo que fueran auténticos ciclones, sino más bien tormentas propias de aquellas latitudes, llegaron más tarde — admitió el otro —. En un principio fue el «tsunami», pero lo que en verdad importa es que habíamos perdido el control de la nave, y que durante días y noches aquellas inconcebibles olas que se seguían como se siguen los atunes en verano nos fueron empujando hacia el sur sin que jamás entendiéramos cómo era posible que continuáramos a flote. — Debió ser una experiencia terrible — musitó «Vahíne Tipanié» con voz temblorosa —. Mi tío Mai fue uno de los que murió a bordo de aquella nave. — Recuerdo a Mai — replicó «Miti Matái» —. Era un hombre valiente, aunque ignoro por qué extraña razón una mañana amaneció con todo el cabello blanco. Un mes después murió de frío. — ¿Cómo puede nadie morir de frío? — quiso saber la propia «Vahíne Tipanié» —. Es algo que jamás he conseguido explicarme. ¿Cómo puede ser tan intenso ese frío? — Tampoco yo conseguiría explicártelo — admitió su interlocutor agitando negativamente la cabeza —. Y aún hoy, que tanto tiempo ha pasado, me pregunto si fue verdad que lo sufrí en propia carne, o se trató de una pesadilla y jamás viví nada de todo aquello… — Hizo una nueva pausa, pero resultaba evidente que ahora no lo hacía por los demás, sino que era él mismo quien estaba absorto en sus amargos recuerdos —. Algunas noches, cuando al amanecer el viento sopla con fuerza metiendo la humedad en los huesos, me empapo el cuerpo con la intención de volver a sentir lo que sentí en aquella ocasión, pero es como tratar de comparar el brillo de una estrella con la luz del sol. Cuantos le escuchaban guardaron silencio, como si se esforzaran por imaginar lo que sería un frío capaz de matar a una persona, y al cabo de un largo rato «Miti Matái» decidió retomar el hilo de su relato allí donde lo había dejado. — Como os digo — añadió —, una vez que las inmensas olas cesaron, comenzó a soplar un violento «Pafa'ité» del noroeste, que como sabéis es un viento totalmente opuesto al «Mara'amú», pero tan insistente como él, y que es el que domina con fuerza en todos los mares que se extienden al sur de las Tubuai. — ¿Y los remos? — quiso saber Chimé de Farepíti —. ¿Por qué no remabais? — ¿Remar? — se asombró el otro —. Apenas nos quedaban fuerzas para achicar hora tras hora un agua que penetraba por todas las junturas… Éramos como una brizna de hierba con la que el viento y el mar jugaban a su antojo, y os aseguro que sin que pudiera explicar la razón, el frío nos agarrotaba las manos dejándonos los dedos como garfios. — ¡No es posible! — exclamó en tercera fila una voz anónima. — ¡Lo es! — insistió el «Navegante Mayor» —. El frío provoca reacciones muy extrañas, como paralizarte los miembros, obligarte a temblar y castañetear los dientes sin conseguir evitarlo por más que lo intentes. — ¡Debió ser espantoso! — Tanto… — admitió — que si «Teatea-Maó» hubiese hecho su aparición habríamos agradecido que nos devorara. — Sonrió con amargura —. Pero ni siquiera los tiburones se atreven a adentrarse en aquellas aguas. Tan sólo las ballenas y las focas resisten el frío, y pronto descubrimos que hasta los «Mahi-Mahi» habían dejado de acompañarnos, por lo que ni siquiera teníamos nada ya con lo que alimentarnos. Todos los presentes parecieron estar intentando imaginar lo absurdo que sería un mar del que incluso los fieles «Mahi-Mahi» que les seguían a todas partes hubieran decidido alejarse, aunque para la mayoría aquélla era una hipótesis fuera de toda consideración. — ¿Crees que ése es el infierno que Tané reserva a los malvados? — inquirió de improviso «Vahíne Áute», que siempre había mostrado un profundo interés por el destino de las almas. — Si lo creyera estaría admitiendo que mi padre, y todos mis compañeros de aquel viaje, están en el infierno — le hizo notar «Miti Matái» —. Y no puede ser así ya que eran hombres buenos y justos. — ¿Qué significado tiene entonces la existencia de semejante lugar? — quiso saber la buena mujer, que era de las que creían que todo en este mundo debe tener una justificación sobrenatural. — ¿Significado? — repitió confuso «Miti Matái» —. No tiene por qué tener ningún significado, del mismo modo que no lo tiene el hecho de que ahora, aquí, haga un calor agobiante. — Abrió las manos como para indicar que era un hecho natural al añadir —: En el norte siempre hace más calor, y en el sur, más frío. — ¿Por qué? — ¿Cómo que… «por qué»? — intervino impaciente el obeso «Hombre-Memoria» —. Porque nadie concebiría un mundo en el que hiciera frío en el norte y calor en el sur. Son leyes de la naturaleza. — Sin embargo — le interrumpió el «Navegante Mayor» —, tal vez a «Vahíne Aute» no le falte razón a la hora de plantear esa pregunta. Por lo que me contaba mi padre, ahora estamos llegando al punto de máximo calor, que luego comienza a amainar. — Se diría que aquélla era una cuestión que nunca se hubiera planteado con anterioridad —. Podría darse el caso de que navegando hacia el norte encontráramos otra vez el frío. — Resultaría absurdo — puntualizó Roonuí-Roonuí —. Sería como admitir que existe un mundo al revés del nuestro, donde lo de arriba está abajo, y lo de abajo, arriba. No era ni el lugar ni el momento idóneo para que unos hombres que ni siquiera sabían con exactitud lo que era el auténtico frío, resolvieran complejas cuestiones geográficas, en especial si se tiene en cuenta que a ningún polinesio se le había pasado por la mente la posibilidad de que la Tierra fuera redonda, por lo que al poco «Miti Matái» decidió recuperar el hilo de su historia, que era lo que en verdad importaba. — Mis compañeros comenzaron a morir de hambre y frío, y cuando un amanecer apareció ante nosotros una gigantesca isla blanca gritamos de alegría imaginando que al fin habíamos encontrado un lugar en el que buscar refugio y alimento. — Guardó silencio como si a él mismo le costara aceptar que aquello había ocurrido —. Sin embargo, cuando pusimos el pie en ella descubrimos que no se trataba de tierra, sino de agua, tan fría, que se había solidificado. — ¿Cómo se entiende…? — se vio obligado a inquirir Vetea Pitó —. He oído esa historia anteriormente, pero por más que le he dado vueltas no concibo cómo el agua se pueda convertir en una isla sólida, blanca y, además, fría… ¿Es cosa de brujería? — Es cosa de los dioses — replicó el «Navegante Mayor» con absoluta calma —. El sol, el mar, el día, la noche y las estrellas existen porque Taaroa los creó así, y de igual modo allá, al sur, se complació en crear tales prodigios. — Se encogió de hombros —. Ni siquiera yo, que soy el único sobreviviente de aquel nefasto viaje, puedo explicar la razón, pero de lo que debéis estar seguros es de que no miento en lo más mínimo. — Nadie insinúa que mientas — se apresuró a responder el buceador —. Estoy convencido que todo lo que cuentas es cierto, pero es que no consigo asimilarlo… ¡Continúa, por favor! — ¡Bien…! — fue la respuesta —. Aquello significó un duro golpe, y algunos hombres se dejaron morir sobre la isla. — Agitó la cabeza repetidas veces —. Debía ser una muerte agradable puesto que todos sonreían… — Lanzó un hondo suspiro —. Pero lo más curioso, lo que acabó de desconcertarnos, fue el hecho de que a los dos o tres días no comenzaron a descomponerse y oler mal, sino que seguían intactos, como si en realidad estuviesen dormidos. Aquello colmaba la credulidad de unos seres acostumbrados a que en el calor tropical de Bora Bora un cadáver comenzase a pudrirse a las pocas horas, por lo que se hizo un silencio que podría interpretarse como que el más hondo escepticismo acababa de adueñarse del Marara. — ¿No se descomponían? — repitió Roonuí-Roonuí —. ¿Y estaban muertos? — ¡Totalmente…! — Los observó y no pudo por menos que sonreír con amargura —. ¿Comprendéis por qué me resisto tanto a contar cuanto ocurrió? Al final todos ponen esa misma cara. — ¡Es que son cosas muy raras! — le hizo notar «Vahíne Tiaré». — ¡Y tan raras! — admitió el otro, convencido —. Llegamos a creer que tan sólo estaban dormidos, por lo que los colocamos bajo el cobertizo de proa y seguimos viaje… — Suspiró de nuevo y esta vez mucho más profundamente —. Mi padre fue de los últimos en caer — musitó con voz quebrada —. Se quedó muy quieto, aferrado con tanta fuerza al timón, que cuando intenté abrirle la mano uno de sus dedos se partió como si se hubiese tratado de una rama seca. Se le habían saltado las lágrimas y sus tripulantes permanecieron muy quietos, respetando el dolor de un hombre al que todos amaban y admiraban. Cuando habló de nuevo, un nudo le atenazaba la garganta. — Le recé a Taaroa y a Tané para que estuviese efectivamente dormido, pero dos días más tarde mejoró el tiempo y comenzamos a alejarnos de aquel infierno abominable. — Su voz se quebró —. Y en cuanto calentó el sol los cuerpos dejaron de ser como de piedra y al poco tiempo comenzaron a descomponerse. — ¿Cuántos continuabais aún con vida? — quiso saber Tapú Tetuanúi. — Tres, pero en tan mal estado, que éramos como cadáveres ambulantes, pues a Tamasese Tefaatáu se le habían agarrotado las manos y los pies, y a su hermano, que era muy fuerte, ya no le regía el cerebro. Me ayudó a devolver los cuerpos al mar, pero cuando advirtió que a Tamasese se le iban poniendo cada vez más negros los brazos y las piernas, y que al final también moría entre horribles dolores, se quedó como alelado, incapaz de responder cuando le hablaba o entender las más sencillas órdenes. — ¿Como «El loco de Aponapu»? — quiso saber «Vahíne Tiaré». — Más pacífico. Era sólo una cosa sentada en proa con las piernas colgando sobre el agua y la vista fija en el horizonte. Una mañana ya no estaba allí. Era algo como para reflexionar, y todos los presentes guardaron una vez más silencio, hasta que la misma «Vahíne Tiaré» se decidió a preguntar: — ¿Qué se siente al quedarse completamente solo en una nave más allá del «Quinto Círculo»? — Nada — murmuró casi entre dientes el capitán del Marara —. No sientes más que un profundo vacío y un desesperante deseo de morir. Durante todo un día me asaltó la tentación de lanzarme al agua y acabar de una vez, pero el sol brillaba con fuerza, el mar estaba en calma, comprendí que lo peor había pasado ya que los vientos y las corrientes me empujaban de nuevo hacia el norte, y decidí que regresaría a Bora Bora costase lo que costase. Fue Tapú Tetuanúi quien de nuevo inquirió señalando cuanto le rodeaba. — ¿Pero cómo? — insistió —. ¿Cómo puede un hombre solo manejar una nave casi tan grande como ésta? — Era bastante más pequeña — puntualizó el «Navegante Mayor» —. Pero aun así comprendí que no conseguiría gobernarla y la desmonté. La convertí en una embarcación de un solo casco con un corto patín que me ayudaba a equilibrarla aprovechando la mitad del palo y lo que quedaba de las velas. El resto lo abandoné. Lo observaron con admiración. — ¿Fuiste capaz de transformar un catamarán en una piragua, tú solo y en alta mar? — Mi vida dependía de ello — fue la respuesta —. Y nadie sabe de lo que es capaz hasta que se enfrenta a la muerte. — Sonrió como si se hubiera tratado de una travesura infantil —. Al fin y al cabo siempre ha sido más fácil destruir algo que construirlo. — Cambió el tono de voz —. Con la nueva embarcación las cosas resultaron mucho más fáciles. Navegaba de noche y dormía de día. La lluvia me proporcionaba agua dulce y pronto comenzaron a hacer de nuevo su aparición los «Mahi-Mahi», con lo que nunca me faltó alimento. — Agitó la cabeza como burlándose de sí mismo —. Fue entonces cuando alcancé «La Tierra Infinita».[6 - Las costas de Sudamйrica. (N. del A.)] — ¿Pero existe realmente? — se sorprendió Roonuí-Roonuí, como si le costara dar crédito a semejante fantasía —. Los viejos relatos hablan de ella, pero jamás creí que fueran ciertos. — Pues lo son — insistió «Miti Matái» en un tono que obligaba a pensar que estaba diciendo la verdad —. Yo la vi, aunque no llegué a desembarcar en ella. — ¿Por qué? — Era una costa muy agreste, con olas enormes y una fuerte corriente que me arrastraba hacia el norte, siempre paralela a tierra, y sin permitirme maniobrar. A lo lejos se divisaban montañas enormes, todas blancas. Chimé de Farepíti alzó la mano casi con timidez e inquirió desconcertado: — ¿Cómo es posible que ante nosotros se extienda «El Infinito Mar de las Infinitas Islas», y sin embargo, en dirección contraria se levante una «Tierra Infinita»? — En realidad «La Tierra Infinita» se alza en todas direcciones — le hizo notar el «Navegante Mayor» —. Deben ser esas tierras altas las que configuran el confín del mundo impidiendo que el agua del mar se derrame. — Tomó una calabaza de las que las mujeres utilizaban para preparar la comida y la colocó ante él —. El mundo es como este recipiente, que está provisto de bordes para mantener dentro el agua. — Marcó un punto —. Hace miles de años nuestros antepasados salieron de aquí, del borde que está más al oeste, y en aquella ocasión yo llegué al otro lado; es decir, al borde que está más al este. — ¿Quiere eso decir que estuviste en el confín del universo? — Imagino que sí — admitió con absoluta naturalidad. — ¿Y que si atravesáramos «El Infinito Mar de las Infinitas Islas» también llegaríamos al otro confín? — Quiero pensar que es posible. — Se encogió de hombros como aceptando que todo eran suposiciones —. Está claro que el mundo tiene que acabar en alguna parte, y ése puede que sea el lugar. — ¿Y por qué tiene que acabar? — quiso saber Vetea Pitó —. ¿Por qué no puede ser «Realmente Infinito»? — Porque cada día el sol sale por levante, cruza sobre nosotros, se oculta por poniente, pasa por debajo, y vuelve a salir otra vez por levante. Si el mundo fuera «Realmente Infinito», está claro que no podría hacerlo. — Hizo una nueva pausa —. Lo mismo ocurriría con la luna y las estrellas. — Si tú llegaste al confín por el este, ¿cómo crees que es de grande el mundo? — se interesó en esta ocasión Roonuí-Roonuí. — No lo sé — fue la sincera respuesta —. Las más antiguas tradiciones cuentan que nuestros antepasados tardaron años en llegar, desde el este, a Bora Bora, pero yo tardé únicamente ocho meses en volver de «La Tierra Infinita». A mi modo de ver eso quiere decir que Bora Bora está más cerca del confín situado al este, que del situado al oeste. — Pero Bora Bora es el ombligo del mundo — protestó Chimé de Farepíti. — Todas las islas se consideran el ombligo del mundo — le hizo notar el capitán del Marara —. Y en realidad todas lo son para sus habitantes, pero eso no quiere decir que estén exactamente en el centro. He viajado mucho — añadió sin petulancia alguna —. Y he llegado a la conclusión de que el verdadero centro del universo debe encontrarse en algún lugar del océano que en nada se diferencia de cuanto le rodea. Cuando al fin conseguí abandonar la fuerte corriente que me empujaba al norte, y emproar de nuevo hacia adonde yo calculaba que debía quedar Bora Bora, los vientos me condujeron a una perdida y solitaria isla; el lugar más desolado que Taaroa creó jamás en un momento de desidia, pero sus habitantes también opinaban que la suya era una tierra hermosa, y también la consideraban «EН Ombligo del Mundo». — ¿Era la famosa isla de los gigantes de piedra? — Exactamente. Sus antiguos habitantes la llamaban «Te Henúa», que en su dialecto significa literalmente «El Ombligo del Mundo», o «Mate Ki te Rangi», que también significa «Los Ojos que Miran al Cielo», porque los cráteres de sus volcanes parecen estar siempre observando las estrellas, pero su auténtico nombre es «Rapa-Nui»,[7 - Isla de Pascua. (N. del A.)] o «Gran Rapa», porque se parece mucho a una pequeña isla, también llamada Rapa, del archipiélago de las Tabuai, de la que al parecer provienen sus primeros pobladores. — ¿Y cómo son? — Como nosotros, aunque viven en un constante terror a sufrir invasiones, por lo que han levantado enormes estatuas de piedra a todo lo largo de la costa, lo cual obliga a pensar a los que llegan que quienes han sido capaces de construir semejantes monumentos, deben ser gente muy poderosa. — «Miti Matái» lanzó un resoplido y guiñó un ojo a «Vahíne Áute» que era quien tenía más cerca —. No puedo negar que yo también me asusté cuando descubrí aquellos monstruos, pero como hacía meses que no había puesto pie en tierra más que para pisar la isla blanca y fría, me armé de valor y decidí desembarcar pasara lo que pasara. — ¿Y qué pasó? — quiso saber de inmediato Tapú Tetuanúi, que seguía, fascinado, el relato de su ídolo. — En un primer momento creí que iban a matarme — fue la tranquila respuesta —. Aquella gente imagina que todo el que llega es un espía, o el adelantado de una expedición armada. Luego — añadió —, cuando les hice un relato detallado de mi viaje, cambiaron de opinión. — ¿Fueron amables? — Amables no es la palabra apropiada. Se limitaron a ser corteses, convencidos de que yo daba por concluido mi viaje, y mi intención era quedarme entre ellos para siempre. — Chasqueó la lengua y movió repetidamente la cabeza como si a él mismo le asombraba semejante actitud —. Supongo que el lamentable estado de mi embarcación, que se caía a pedazos, les impulsó a creer que a nadie se le pasaría por la cabeza la idea de intentar atravesar con ella las más de dos mil millas de océano que me separaban de Bora Bora. — Una conclusión muy lógica — le hizo notar «Vahíne Tipanié». — Para ellos, que con el tiempo han perdido su amor al mar. Pero no para el hijo del «Navegante Mayor» de Bora Bora, que lo único que deseaba era regresar a casa. — Sonrió a sus recuerdos —. Dejé que creyeran lo que quisieran, tomé por esposa a la hija de uno de sus caciques,iy pasé varios meses recuperando fuerzas y acostumbrándome a lo que significaba moverme fuera del diminuto espacio de una piragua. No puedo negar que fueron hermosos tiempos — concluyó —. Muy hermosos. — ¿Y por qué no te quedaste? — insistió la buena mujer —. ¿Acaso no amabas a tu esposa? — La amaba — admitió él —. Pero mi corazón seguía perteneciendo a Bora Bora. «Rapa-Nui» es una isla inhóspita, barrida por el viento y en la que la gente vive atemorizada, pues ni siquiera están en paz consigo mismos. Cada clan quiere imponer su ley, por lo que todo son odios y rencores, y mi padre me enseñó que cuando el odio se apodera del corazón, es como si las chinches se apoderaran de tu cama. Nunca vuelves a dormir en paz. Por ello una noche le supliqué a mi esposa que le asegurase a su pueblo que jamás le contaría a nadie dónde estaba su isla y me marché. — ¿Cómo? — En mi piragua. — ¡Pero si estaba destrozada…! — Lo estaba, pero yo había ido recogiendo resina y fabricando cabos a base de una planta que ellos llaman «hauhau», por lo que los primeros días me mantuve al pairo, taponando las principales vías de agua. Luego, cuando llegué al convencimiento de que no me buscaban, regresé para esconderme en uno de los islotes que se alzan al sudeste de «Rapa-Nui», y allí permanecí un mes, concluyendo las reparaciones y aprovisionándome de huevos. Cuando todo estuvo listo, me hice de nuevo a la mar, y cuatro meses más tarde desembarqué en Bora Bora. — Recuerdo muy bien el día de tu regreso — musitó el «Hombre-Memoria» —, y recuerdo muy bien la canción que cantábamos en tu honor. — ¡Oh, vamos! — protestó «Miti Matái» que pareció sospechar sus intenciones —. ¡Era una soberana estupidez! No irás a ponerte a cantarla ahora. — ¿Por qué no? — fue la respuesta —. Tú la aborreces, pero a mí siempre me gustó. El gordinflón se aclaró la voz, dejó escapar una risita de conejo y comenzó a cantar desafinadamente: ¡Vuelve el héroe!  — grita el pueblo, el hijo más amado de Bora Bora. ¡Vuelve el héroe! — grita el pueblo, el que venció al mar, y venció al viento. Tané le dio sabiduría, Taaroa le dio fuerza, Oró le dio valor. ¡Ahí llega el elegido de los dioses! «El Navegante Mayor», hijo de Navegante. ¡Vuelve el héroe! — grita el pueblo. Y en Bora Bora jamás nacerá ni un héroe más grande, ni un navegante mejor. Su nombre pasará a la historia, y todos los «oripo» lo recordarán: ¡«Miti Matái»! ¡«Miti Matái»! El valiente que sin ayuda, se apoderó del viento y se adueñó del mar. — Me sigue pareciendo absolutamente estúpida, y el día que la compusiste deberían haberte cortado la lengua — sentenció convencido el capitán del Marara, al tiempo que se ponía en pie dando dos imperiosas palmadas para ordenar —: ¡Y ahora ha llegado el momento de ponerse a remar! Remaron toda la noche. Y la siguiente. Y la tercera noche. Y la novena. Y remaron hasta perder la noción del tiempo, adentrándose palada a palada en el más remoto, vacío y desconocido de los océanos — también el más profundo — y el que más temor infundía a unos hombres que habían nacido amando a los océanos. De tanto en tanto, y cuando más impenetrables resultaban las tinieblas por culpa de las nubes o una ligera lluvia que no alcanzaba a alterar la superficie del agua, «Miti Matái» pedía a su gente que permaneciera muy quieta, y trepado al mástil de proa, dejaba transcurrir largas horas contemplando con fijeza las aguas, como si pretendiera leer en ellas un mensaje secreto. — ¿Por qué haces eso? — quiso saber Tapú Tetuanúi, que continuaba, ansiando aprender cuanto pudiera enseñarle su maestro. — En estas noches oscuras — fue la respuesta —, sobre todo si llueve, a veces se distingue bajo el agua un rayo luminoso que se mueve muy lentamente. Son olas profundas, que han chocado contra un arrecife, y que al regresar provocan esa luminosidad fosforescente. Si encontramos esa luz, nos bastará con seguirla en dirección opuesta para llegar a tierra. — ¿Tan perdidos estamos? — Más de lo que imaginas — admitió el «Navegante Mayor» —. Como la cosa siga así tendré que tirar al agua un cochino, aunque ese sistema no sea de mi agrado. Hacía referencia al último y más desesperado recurso de los antiguos polinesios, que cuando se sentían totalmente desorientados lanzaban un cerdo al agua, pues sin que se sepa exactamente la razón, un puerco nunca opta por regresar a la nave de la que ha sido expulsado, sino que tras unos momentos de duda comienza a nadar directamente hacia tierra, aunque dicha tierra se encuentre a cientos de millas de distancia. Ese inexplicable y portentoso sentido de orientación de los cerdos permitía a los capitanes elegir el rumbo correcto, pero presentaba el notorio inconveniente de que la mayoría de las veces los tiburones que rondaban por las proximidades o incluso las temibles barracudas, no le daban tiempo al pobre bicho a decidir hacia adónde se dirigía, pasando a formar parte de un suculento almuerzo antes de haber sido de utilidad a sus dueños. Resultaba bastante infrecuente, no obstante, que un buen navegante tuviese que recurrir a tales argucias, puesto que, por lo general, un océano tan extenso como el Pacífico Sur, que para la mayoría de los marinos de otras latitudes no era más que aguas vacías, para los polinesios constituía, en circunstancias normales, un lugar en el que podían orientarse con relativa facilidad. Esto se explica por el hecho de que mientras para cualquier marino una isla no es más que un pedazo de tierra y su tamaño únicamente depende de su superficie emergida, para los polinesios cualquier isla ofrecía una serie de elementos reconocibles a más de cuarenta millas de sus costas. El vuelo de las aves, el choque de las olas, el reflejo en las nubes, el tipo de peces, o la vegetación que flotaba en una u otra dirección — sin contar con el misterioso rayo nocturno de las profundidades o el instinto de los cerdos — indicaban a un «Gran Navegante» que a esas cuarenta millas encontraría tierra, lo cual significa que si se traza un círculo con un radio de cuarenta millas en torno a cada isla del Pacífico Sur, la extensión de aguas auténticamente vacías se reduce de forma considerable. Pero resultaba evidente que el Marara, ya no se encontraba en el Pacífico Sur, sino en «El Infinito Mar de las Infinitas Islas», a más de cinco grados al norte de la raya del ecuador, a punto de recibir por popa la contracorriente ecuatorial, y a punto también de recibir los alisios del hemisferio norte; el temido «Ha'apiti Fa'arúa», un viento racheado y caprichoso con el que los habitantes de Bora Bora no estaban acostumbrados a navegar. Y las islas eran tan escasas, tan diminutas, y se encontraban tan desparramadas, que se diría que no había forma humana de localizarlas. Por fortuna, chubascos intermitentes les abastecían de agua dulce, y a su alrededor pululaban los peces voladores, los atunes, los bonitos y sobre todo los «Mahi-Mahi» en tal portentosa cantidad, que ni aun por lo más remoto les cruzaba por la mente la idea de que pudieran llegar a pasar dificultades en cuanto a la subsistencia se refería. Los sabrosos «Mahi-Mahi» constituían desde siempre un «maná» que les permitía pasar meses en alta mar, ya que son muy ricos en proteínas, dado que pertenecen a la familia de lo que los europeos llaman «dorados», pese a que su cabeza sea mucho más redondeada, con una gruesa frente muy dura y prominente. Pueden alcanzar los dos metros de longitud y cincuenta kilos de peso, y aunque suelen dedicar sus esfuerzos a la tarea de capturar «peces voladores», se diría que su mayor placer estriba en vagabundear en torno a cualquier objeto flotante para dejarse atrapar con suma facilidad en cuanto se les ofrece un trozo de carnada en la punta de un anzuelo. Curiosamente, en el momento de ser izados a bordo cambian su hermoso color plateado por otro de un dorado sucio salpicado — de manchas azules, aunque en cuanto finaliza la agonía recuperan su primitivo aspecto. Los hombres del Marara los capturaban con arpones, o por medio de anzuelos de nácar, hueso y madera que fabricaban pacientemente con ayuda de rudimentarias limas de coral, para empatarlos más tarde al extremo de una fina pero resistente liña que las mujeres trenzaban a partir de fibra de «roa», un arbusto de los altos valles húmedos. Esas liñas y esos anzuelos era cuanto los eternos viajeros del Pacífico necesitaban para sobrevivir, y como para ellos una gran piragua meciéndose en medio del océano constituía un «hábitat» en el que se sentían tan a gusto como un campesino en su casa de piedra cuando llega el invierno, nada tiene de sorprendente que los tripulantes del catamarán no experimentasen la más mínima preocupación por su supervivencia, y si alguna necesidad tenían de pisar tierra, estaba relacionada únicamente con su deseo de encontrar una pista que les condujera a la lejana isla de sus brutales agresores. Por fin, una de aquellas oscuras noches en las que el «Navegante Mayor» pasaba horas en el mástil, se dejó deslizar ágilmente hasta cubierta para ordenar de inmediato al timonel que pusiera rumbo al norte. Al mediodía siguiente fue el gordo «oripo» el que se apresuró a anunciar a pleno pulmón que había visto tierra. A decir verdad no era más que un atolón de poco menos de un kilómetro de diámetro, dominado por una enorme laguna central, pero era al fin y al cabo un lugar en el que hacer reparaciones, atiborrarse de toda clase de frutas, y mejorar por unos días la dieta a base de cangrejos, ostras, pulpos, langostas y pequeños peces de aguas poco profundas. Pero lo más importante de su estancia en el deshabitado atolón no fue el reposo ni las reparaciones, sino el hecho de que de inmediato advirtieron síntomas de que era aquél un lugar visitado con una cierta frecuencia, lo que indicaba que debía vivir gente a poca distancia. Tres días más tarde «Miti Matái» decidió reemprender viaje hacia el norte, y en poco más de una jornada avistaron una «auténtica» isla provista de una «auténtica» montaña con «auténticos» habitantes que no se mostraron sin embargo en absoluto felices al ver aparecer una nave que tenía todo el aspecto de venir de muy lejos. El «Pez Volador» fondeó a tiro de piedra de la costa, abatió palos y velas, hizo sonar la caracola en señal de paz, y envió por último dos parlamentarios que mantuvieron un largo y difícil diálogo con unas gentes de enrevesado lenguaje que presentaban todo el aspecto de desconfiar profundamente de cuantos se aproximaran a sus dominios. Tenían razones sobradas para ello, puesto que en total apenas superaban el centenar de personas, incluidos ancianos y niños. Su capacidad de defensa ante un ataque foráneo resultaba por tanto casi nula, y por lo que los tripulantes del catamarán pudieron averiguar más tarde, tales ataques solían tener lugar con harta y desagradable frecuencia. Los míseros pobladores de «Jailali» — que así aseguraron que se llamaba la isla — no tenían en tales circunstancias más opción que ocultarse en las cuevas de la montaña, donde se veían obligados a aguardar pacientemente a que sus agresores arrasaran con cuanto quisieran. Cuando se les mostró la piel del salvaje admitieron que en alguna ocasión habían sufrido — muchos años atrás — el asalto de individuos que lucían tatuajes bastante parecidos, pero reconocieron que no podían asegurar si se trataba de la misma gente, y no tenían tampoco la más mínima idea de quiénes eran, ni de dónde provenían. — Probablemente del oeste — fue cuanto se comprometieron a asegurar —. Todo lo malo llega siempre del oeste. Puntualizaron, no obstante, que en los últimos tiempos sus pescadores habían avistado — siempre mar adentro — enormes naves que provenían del este, altas como montañas y que exhibían blancas velas que semejaban monstruosas alas de gaviota. — También nosotros vimos una — puntualizó «Miti Matái» —. Y pese a que era de noche y no se distinguía bien, debo reconocer que jamás imaginé que pudieran construirse piraguas de ese tamaño. ¿Cómo pueden navegar sin balancín y con tanta carga en los palos? Aquélla era una pregunta que al parecer los hombres de «Jailali» se habían hecho a menudo, por lo que de inmediato se entabló una acalorada discusión de tipo más bien filosófico. Para los pescadores que las habían visto más de cerca, se trataba de simples naves tripuladas por hombres, mientras que para el Sumo Sacerdote y algunos de los más escépticos navegantes, debía tratarse del «Carro del Dios Tané», que, según las más antiguas tradiciones, un día se haría a la mar para anunciar a los humanos que un nuevo «Gran Diluvio» estaba a punto de producirse. En ese inmenso carro recogería a los justos, a los que pondría a salvo sobre la cumbre de una montaña el día en que volviera a lucir el arco iris. Fuera como fuese, el hecho indiscutible era que existía, lo cual mantenía muy inquietos, por una y otra razón, a unos nativos a los que siempre parecían sobrar razones para sentirse inquietos. Como a su escaso sentido de la hospitalidad, su enrevesado dialecto, y su falta de colaboración, se unía el hecho evidente de que ni siquiera las muchachas parecían tener interés en establecer relaciones íntimas con los recién llegados, «Miti Matái» llegó muy pronto a la conclusión de que lo único que obtendría en caso de permanecer en la isla era quizá una desagradable sorpresa en forma de inesperada agresión, por lo que en cuanto advirtió que comenzaba a oscurecer, dio orden de hacerse de nuevo a la mar. Siempre sabía lo que se podía esperar de ese mar, pero no siempre lo que se podía esperar de los hombres. Once días más tarde apareció ante las proas gemelas un nuevo atolón que apenas se alzaba una decena de metros sobre la superficie de las aguas, y en esta ocasión el concepto del mundo tal como siempre lo habían conocido las gentes de Bora Bora sí que cambió de forma harto notable. La corriente nordecuatorial sobre la que se deslizaban les empujaba directamente hacia la isla, por lo que si la suerte hubiera querido que se la toparan de noche habrían acabado por naufragar en las traicioneras aristas de sus arrecifes de coral, aunque por fortuna el sol brillaba muy alto cuando apareció de improviso como mágicamente emergida del fondo del océano y «Vahíne Áute» alcanzó a distinguirla a tiempo de dar la voz de alarma para que los remeros tomaran los canaletes y empeñaran todas sus energías en conjurar el manifiesto peligro. Otros no habían corrido, no obstante, la misma suerte, puesto que cuando bordeaban la costa de sotavento descubrieron de improviso que casi una docena de personas les hacían desesperadas señas desde tierra. Eran sin duda personas, ¿pero qué clase de personas? Tapú Tetuanúi jamás olvidaría — al igual que el resto de sus compañeros de aventura — la impresión que le produjeron aquellos míseros náufragos que gritaban y agitaban los brazos, puesto que incluso desde tan lejos se advertía que nada tenían que ver con el resto de los seres humanos que hubieran visto hasta el presente. Al muchacho le sorprendió en primer lugar que fueran cubiertos de los pies a la cabeza con largas túnicas de múltiples tonalidades, y cuando los observó más de cerca se quedó boquiabierto al advertir que los cabellos de lo que probablemente era una mujer, aparecían de color amarillo, como de paja seca, enmarcando un rostro de piel blanquísima en el que destacaban unos redondos ojos azules que recordaban a los de un ciego. — ¿Qué es eso? — se horrorizó «Vahíne Tipanié» —. Parecen fantasmas. Le asistía tanta razón, que incluso el valeroso «Miti Matái» permaneció un largo rato como desconcertado y sin atreverse a ordenar a los remeros que se aproximaran a tierra. Se mantuvieron por tanto a la expectativa, atemorizados por el aspecto de aquellos seres que se movían agitando al viento sus absurdos vestidos y portando algunos de ellos a la cintura una especie de larguísimos cuchillos que lanzaban destellos al sol, y era todo tan confuso, tan fuera de todo conocimiento y toda lógica, que al fin el «Navegante Mayor» optó por volverse al «Jefe de los Guerreros», como solicitando su opinión o dejando en sus manos la decisión de acudir en ayuda de aquellos desgraciados o continuar hacia el oeste ignorando su presencia. Fue Vetea Pitó el que indicó con un gesto unos arrecifes que se alzaban como a media milla de distancia, y entre los que a medida que derivaban hacia el norte comenzaban a distinguirse los restos de un enorme navío que había quedado allí atrapado, y que con sus gigantescos palos y su único casco ahora destrozado, les hizo comprender que se trataba de la misteriosa embarcación que les adelantara una oscura noche tanto tiempo atrás. Nada parecía aprovechable en ella, más que la madera, y la atención de los tripulantes del Marara se volvió de nuevo hacia quienes aullaban en tierra haciendo angustiosos aspavientos, gritando frases incomprensibles, y mostrando, con inequívocos gestos, que tenían la imperiosa necesidad de beber. — ¡Mala cosa la sed! — masculló al fin «Miti Matái» —. Creo que deberíamos ayudarles. — Puede ser peligroso — señaló Roonuí-Roonuí no demasiado convencido de sus propias palabras —. Recuerda que lo único que importa es nuestra misión. — ¡Pero hay niños! — protestó «Vahíne Tiaré» —. No podemos dejar que esas pobres — criaturas mueran de sed. Había, en efecto, dos niños semidesnudos, y los cabellos de uno de ellos aparecían también muy claros mientras sus ojos recordaban de igual modo los de un ciego. Aquel detalle pareció decidir al «Navegante Mayor», que hizo un gesto a Tapú Tetuanúi y Chimé de Farepíti. — Llevadles agua y tratad de averiguar si son hostiles — les apuntó severamente con el dedo —. ¡Y no corráis riesgos inútiles! Los muchachos se apresuraron a lanzarse al mar para empujar ante ellos una rudimentaria balsa en la que las mujeres habían colocado varias calabazas y una docena de cocos, y a medida que se aproximaba a la playa el corazón de Tapú Tetuanúi comenzó a latir con más y más violencia, como si en lugar de estar a punto de poner el pie en una isla fuese a ponerlo en las mismísimas puertas del infierno. Dos de los extranjeros se habían introducido en el mar para acudir a recoger la balsa, y en cuanto la dejaron en sus manos regresaron rápidamente a tierra, donde el resto de sus acompañantes se abalanzaron sobre las calabazas y los cocos, bebiendo con tal ansia que resultaba evidente que a punto estaban de perecer, y que sin la milagrosa llegada del catamarán probablemente no hubieran resistido mucho tiempo. Tapú Tetuanúi y Chimé de Farepíti observaban la escena, incapaces de decidirse a continuar su avance, pero incapaces también de dar media vuelta y regresar a bordo, como si se tratase de simples peces deslumbrados por una luz demasiado brillante. Al fin, cuando resultó evidente que habían satisfecho sus más perentorias necesidades, los monstruosos seres se volvieron a ellos parloteando lo que en apariencia eran frases de agradecimiento, al tiempo que hacían amistosos gestos para que se aproximaran, dando a entender que no tenían la más mínima intención de hacerles daño. Los dos muchachos se volvieron al Marara, como pidiendo instrucciones, pues aunque el pánico les impulsaba a escapar, la curiosidad vencía cualquier otro sentimiento, y al fin permitieron que uno de los niños llegara hasta ellos, y tomando al «Gigante de Farepíti» de la mano, le condujera mansamente hacia la playa. Tapú les siguió, y apenas pusieron los pies sobre la arena las mujeres se arrodillaron besándoles las manos, mientras los hombres les daban afectuosas palmaditas en la espalda intentando hacerse entender en un lenguaje seco, gutural y absolutamente incomprensible. No obstante, lo primero que llamó la atención a los polinesios fue el descubrir que aquella gente — en especial las mujeres — apestaban a tripas de tiburón, con un hedor profundo y ácido que provenía al parecer de las pesadas vestimentas con las que se cubrían, aunque hubo, eso sí, otras muchas cosas en ellos que les fascinaron al instante, en especial una serie de objetos que se colgaban al pecho y que eran como dos palitos cruzados, de un material tan brillante que lanzaba violentos destellos que casi herían los ojos al reflejar los rayos del sol. Ni Tapú Tetuanúi, ni Chimé de Farepíti habían visto nunca nada semejante, al igual que ni siquiera habían oído hablar del material con que estaban fabricados los largos y afiladísimos cuchillos que algunos hombres portaban a la cintura. Para alguien que, como ellos, no había tenido el más mínimo contacto con ninguna clase de metal, se trataba de una experiencia fascinante, ya que una espada toledana se convertía a sus ojos en lo más duro, reluciente y mortífero que existiera sobre la faz de la tierra. Cruces de oro, espadas de acero y cacerolas de cobre, constituían objetos ajenos a la mentalidad de los nativos de Bora Bora, y el simple hecho de rozarlos con la punta de los dedos les produjo la misma sensación que hubieran experimentado de haber conseguido tocar de improviso las estrellas. Al advertir su asombro y desconcierto, uno de los hombres — tan barbudo que apenas se le distinguían en el rostro más que los ojos — les colocó sobre la palma de la mano pequeñas piedras amarillas, planas y redondas, y sobre las que podía distinguirse con toda nitidez un rostro humano y extraños signos, y al contemplarlas Tapú Tetuanúi abrigó la casi absoluta seguridad de que le habían hecho donación de un mágico talismán que abría todas las puertas. ¿Pero cómo era posible que unos seres que poseían objetos tan fascinantes, cuchillos tan mortíferos y vestidos tan prodigiosos, pudiesen estarse muriendo de sed en un perdido islote en mitad del océano? ¿Y cómo era posible que tales semidioses apestaran de forma tan hedionda? Tapú Tetuanúi se sentía totalmente aturdido, y otro tanto le ocurría a Chimé de Farepíti, y era el suyo un desconcierto comprensible si se tiene en cuenta el hecho de que jamás, en miles de años de historia, ningún miembro de su raza se había enfrentado con anterioridad a seres humanos llegados del otro extremo del planeta. No podían ni tan siquiera imaginarlo, pero la suerte había querido que el Marara fuese a encontrar en su largo camino a los supervivientes del San Juan Nepomuceno, un pesado galeón que habiendo zarpado del Perú en la primavera de 1663 rumbo a Manila, jamás llegará — como tantos otros que siguieron idéntica ruta — a su destino en las Filipinas. La compasión venció al temor, visto sobre todo que aquella pobre gente más parecían cadáveres ambulantes que agresivos piratas, por lo que al fin el catamarán se aproximó a la playa, y las «Pahí-Vahínes» pudieron dar rienda suelta a sus sentimientos atendiendo a unos pobres desgraciados que ofrecían todo el aspecto de tener ya un pie en la tumba. De hecho, un extremo de la playa aparecía sembrado de sencillas tumbas sobre las que habían clavado dos palos en forma de cruz, y en una especie de choza que habían alzado con algunos restos del naufragio, una mujer y dos hombres agonizaban. Debía hacer más de un mes que el San Juan Nepomuceno había topado en plena noche con aquel islote perdido en mitad del océano, y en verdad que había navegado con mala estrella, pues podría creerse que no existía a todo lo largo y lo ancho del Pacífico un lugar más desolado y sin recursos para la supervivencia. Arenas, rocas y matojos era cuanto ofrecía, amén de arrecifes de coral capaces de rajar un grueso casco de madera como si se tratara de una simple hoja de platanera, pero muy pronto los hombres y mujeres del «Pez Volador» descubrieron, espantados, que en aquel perdido atolón de la Micronesia proliferaban por millones unos odiados enemigos… ¡Piojos! Aquellos semidioses, dueños de infinidad de objetos maravillosos que aparecían regados por todas partes, dueños también de pedazos de sol con rostro humano que regalaban como quien regala una concha marina, y dueños de gigantescas velas fabricadas con la más resistente, flexible y sorprendente «tapa»[8 - Tejido típico polinesio fabricado preferentemente a base de corteza de «бrbol del pan», alisada, mojada y batida hasta convertirla en finas lбminas con las que se confeccionan largos ponchos. (N. del A.)] que nadie hubiese imaginado, se encontraban no obstante invadidos por pulgas, chinches, piojos y una feroz sarna que les dibujaba túneles bajo la piel, y que les obligaba a rascarse desaforadamente a todas horas del día y de la noche. Estaban tan sucios pese a tener el mar tan cerca, que resultaba de todo punto inconcebible que prefirieran mantenerse dentro de aquellas pesadas y calurosas vestimentas a introducirse en el agua y refrescarse librándose al propio tiempo de tanta mugre y tanto parásito, por lo que en cuanto advirtió el estado en que se encontraban, «Miti Matái» dio orden de que no se les permitiera aproximarse bajo ningún concepto al Marara, que hizo fondear a un centenar de metros de la costa manteniendo siempre una guardia de seis hombres a bordo. — ¡Alejaos de ellos! — fue su perentoria orden —. Si permitimos que nos transmitan sus piojos, el resto del viaje se convertirá en un infierno. ¿Pero cómo evitar que alguno de aquellos millones de parásitos les asaltase, y cómo librarse de ellos si en aquel perdido islote no existía la planta de la que las mujeres extraían la savia que los aniquilaba? Causaba espanto advertir cómo aquellas hediondas gentes convivían con la más inconcebible miseria corporal sin hacer el más mínimo esfuerzo por librarse de ella, como si se tratara de simples animales que no tuviesen la suficiente capacidad de raciocinio como para comprender que la existencia diaria resultaba mucho más agradable sin verse obligados a rascarse a todas horas, y sin tener que soportar una pestilencia que casi obligaba a vomitar. Un viejo cerco de sudor agrio se les concentraba en las telas a la altura de las axilas, y se podría asegurar sin miedo a equivocarse que cada costura de esas telas se había convertido en nido de liendres, al igual que lo eran unos largos cabellos que parecían no haber sido lavados en meses y aun en años. Pero todo ello, con ser malo, pasó a un segundo lugar cuando a las pocas horas de haber puesto el pie en la isla, los asombrados polinesios descubrieron estupefactos, que amén de lo anterior, los extranjeros habían traído consigo una ingente cantidad de repelentes roedores de casi medio metro de largo y aire agresivo, que solían aprovechar la oscuridad de la noche para lanzarse en manada sobre los alimentos que acababan de desembarcar. — «Ratas» — fue la primera palabra que aprendieron de los desconocidos semidioses — y fue en verdad una palabra odiosa que les obligaba a estremecerse. Habían surgido del casco varado en el arrecife, nadando hasta la costa para adueñarse al instante de la isla, y cuando en la oscuridad sus ojos brillaban reflejando el fuego de las hogueras, obligaban a pensar en seres demoníacos, capaces, si el hambre les acuciaba, de lanzarse al unísono sobre cualquier ser viviente y destrozarle. Tanto «Miti Matái» como Roonuí-Roonuí coincidieron en señalar que no se podía consentir que unos seres humanos en semejantes condiciones les acompañasen en su larga travesía, por lo que se planteó de inmediato el dilema de abandonarlos a su suerte, conscientes de que no conseguirían sobrevivir en la isla, o proporcionarles su propio medio de transporte confiando en que supieran encontrar el camino de vuelta a sus hogares. Por fortuna, habían descubierto entre los arrecifes una especie de pequeña embarcación desfondada que debía servir de lancha auxiliar del buque naufragado, y el carpintero del Marara fue de la opinión de que con un poco de suerte estaría en condiciones de repararla utilizando para ello la gran cantidad de excelente madera del casco del galeón. Le había sorprendido, no obstante, que las junturas de ambas naves no estuvieran «cosidas» al estilo polinesio, sino que se mantuvieran unidas entre sí por medio de «largas agujas» de un durísimo material semejante al parecer al de los cuchillos, las cruces o las monedas que con tanta generosidad les habían regalado. — No cabe duda de que con ese sistema se facilita mucho la tarea, y las uniones resultan más firmes — admitió el carpintero —. Pero no tengo ni la menor idea de cómo se las ingenian para introducirlas tan profundamente en la madera. Al día siguiente, el propio «Miti Matái» se esforzó por explicar por gestos al más anciano de los náufragos que su única esperanza de salvación se centraba en la recuperación de la lancha, pese a que el otro insistía una y otra vez en trasladarse — junto a su gente — a bordo del Marara. La decisión del «Navegante Mayor» — que negaba una y otra vez con la cabeza — acabó por obligarle a aceptar la solución propuesta, por lo que al mediodía, españoles y polinesios unieron sus esfuerzos con el fin de arrastrar lo que quedaba del bote hasta la playa. Era una fuerte chalupa de unos siete metros de eslora por dos de manga, provista de un corto mástil al que podría adaptar uno de los foques del galeón, y aunque se encontraba en bastante mal estado a causa de las afiladas puntas de los corales, resultaba evidente que no constituiría empresa imposible ponerla de nuevo a flote. Cuando uno de los niños apareció con un martillo y un serrucho mostrándole al asombrado carpintero cómo se manejaban, éste quedó tan maravillado, que durante más de tres horas no hizo otra cosa que serrar tablones y repartir martillazos. Sin embargo, el choque de las mujeres de Bora Bora con los objetos metálicos y de cristal fue mucho más impactante, puesto que el hecho de descubrir que existían cuchillos que cortaban casi sin presionar, cacerolas que podían colocarse directamente sobre el fuego y espejos en los que reflejarse, las fascinó a tal punto que cabía imaginar que ya su vida giraría eternamente en torno a tales cuchillos, espejos y cacerolas, que por fortuna para ellas abundaban en los restos del galeón y entre los arrecifes de las proximidades. Para el joven Tapú Tetuanúi la auténtica revelación fue una ballesta. El día que observó cómo uno de aquellos hombres malolientes, montaba una pesada ballesta, le ajustaba una flecha y atravesaba con ella un grueso madero colocado a más de treinta pasos de distancia, llegó a la conclusión de que acababa de ser testigo del más extraordinario milagro que pudiera tener lugar sobre la tierra. Que un pesado dardo con punta de metal fuese capaz de cruzar el aire más rápido que la vista para impactar con tal violencia que hubiera sido capaz de matar a dos hombres a la vez, era cosa que tan sólo podía atribuirse a la inconcebible magia de unos seres que, pese a sus miserias, deberían provenir a buen seguro de algún lugar situado más allá de las más lejanas estrellas. No obstante, cuando por gestos se les preguntaba de dónde venían, nunca miraban al cielo, sino que tomando un coco se limitaban a marcar un punto, indicando al parecer que era allí donde estaban ahora, para hacerlo girar y señalar el lado opuesto, en un absurdo y ridículo intento de invitarles a creer que la Tierra era redonda y ellos habían nacido al otro lado. — ¿Por qué dicen eso? — quiso saber Vetea Pitó, que no concebía las razones de tal engaño —. Nadie admitirá que viven en un coco por grande que sea. — Quizá lo hagan por la misma razón por la que nosotros no queremos confesar que provenimos de Bora Bora — le hizo notar «Miti Matái» —. Su isla, o su estrella, si es que provienen de una estrella, debe haber quedado desguarnecida y no desean que nadie pueda averiguar dónde se encuentra. — ¿Quién podría subir a una estrella si es que viven en una de ellas? — argumentó el «oripo» —. ¿O quién soñaría con llegar a una isla tan lejana? — Lo ignoro — admitió con humildad el «Navegante Mayor» —. Pero no debemos descartar que exista más gente de su especie que también disponga de barcos enormes con los que llegar a todas partes. — Se encogió de hombros admitiendo su ignorancia —. Tal vez sea de ellos de quienes tratan de ocultarse. — ¿Crees que son dioses? — No entiendo mucho de dioses — fue la respuesta —. Únicamente el «tahúa» estaría capacitado para decidir si lo son o no, pero por desgracia a los Sumos Sacerdotes no suele gustarles pronunciarse sobre casi nada. Nunca conocí a ninguno que dijera lo que realmente piensa. — ¿Y tú qué piensas? El capitán del Marara meditó largo rato, como si él mismo tratara de convencerse de algo que no tenía muy claro, y por último, puntualizó: — Creo que en muchas cosas son superiores a nosotros, pero en otras muchas, también, notablemente inferiores. — Hizo un amplio gesto a su alrededor señalando la isla —. Si no hubiéramos llegado tan a tiempo, ya estarían muertos, y eso demuestra que son humanos. — ¿Y todo lo que tienen? — Sólo son cosas. — Se han adueñado del sol y de la luna. — Chimé de Farepíti mostró la brillante moneda de oro que le habían regalado —. ¿Acaso no es esto un pedazo de sol, y no está hecho de luna ese cuchillo? — Puede que se trate de trozos de luna y sol que cayeron sobre su isla — aventuró «Miti Matái» —. Los recogieron y los convirtieron en cuchillos y cacerolas. Tenía todos los visos de ser una hipótesis bastante razonable, teniendo en cuenta, además, que el «oripo» registraba en su memoria el curioso acontecimiento — ocurrido generaciones atrás — de la caída de un enorme pedazo de sol que alzó enormes nubes de vapor en el momento de impactar contra el océano muy cerca de Bora Bora. — Tal vez si hubiese chocado directamente contra la isla, a estas alturas también nosotros tendríamos cuchillos y cacerolas — argumentó el cada día más seboso gordinflón. — O tal vez la hubiera destruido — puntualizó irónicamente Roonuí-Roonuí —. Estoy de acuerdo con «Miti Matái», y creo que no tienen nada de dioses. Son simple gente, y gente muy sucia. Lo único que debemos hacer es ayudarles y seguir nuestro camino. Decidieron por tanto de común acuerdo que así lo harían, pero resultaba evidente que por muy mugrientos y apestosos que se les antojasen, los pasajeros del San Juan Nepomuceno ejercían una irresistible fascinación sobre los tripulantes del Marara. Y viceversa. Se trataba de dos culturas que muy poco tenían en común, pero que habían coincidido en el limitadísimo espacio de un desolado islote de Micronesia, y al igual que los nativos se asombraban ante los adelantos de los españoles, éstos no podían dejar de admirar la sorprendente capacidad de adaptarse a un medio tan hostil, de sus «salvajes» amigos. Lo que para ellos no había sido más que un desierto de arena y roca en el que ir pereciendo uno tras otro, aquellos primitivos seres semidesnudos lo convertían con absoluta naturalidad en un lugar casi paradisíaco merced a su desconcertante habilidad a la hora de aprovechar recursos. Durante días y semanas los españoles habían padecido el insoportable tormento de la sed, que se había llevado a la tumba a muchos de sus compañeros y sin embargo, las gentes del «Pez Volador» les demostraron, en el simple transcurso de una noche, que habían tenido al alcance de la mano agua suficiente para mantener con vida a una población cuatro veces superior. La sencilla solución consistía en levantarse una hora antes del amanecer, e ir sacudiendo en el interior de una gran calabaza los millones de gotas de rocío que el relente de la noche había ido depositando sobre las hojas de los arbustos, sin dar tiempo a los primeros rayos del sol a evaporarlas. Si aun así ese agua no bastaba, la segunda opción era pescar cualquiera de los millones de peces que pululaban entre los arrecifes, prensarlos entre dos piedras y recoger el líquido que soltaban, que aunque amargo y poco apetecible, bastaba no obstante para calmar la sed en momentos de apuro. Luego, el resto de ese pez se empapaba bien de agua de mar y se asaba a fuego muy lento, con lo que no había perdido apenas, ni su primitiva textura, ni su característico sabor. Dada la riqueza del océano que les rodeaba y la abundancia de «miki-mikis», unos achaparrados arbustos de hojas lanceoladas que crecían casi sobre el mar, no sólo el pasaje del San Juan Nepomuceno, sino incluso el de toda una escuadra, habría conseguido sobrevivir allí durante meses, por lo que al habilidoso Tapú Tetuanúi le resultaba de todo punto incomprensible que unos seres a los que instintivamente continuaba considerando superiores, pudieran resultar, no obstante, tan ineptos y vulnerables frente a lo que no se le antojaban más que sencillos avatares de la subsistencia cotidiana. Le desconcertaba, sobre todo, el miedo que emanaba de cada poro de su cuerpo, y que no parecía responder al hecho de que no hubiesen conseguido reponerse aún de los horrores del naufragio, sino más bien una especie de íntimo convencimiento de que jamás conseguirían regresar a sus lejanísimos hogares del otro extremo del planeta. Europeos en su mayoría — aunque había también una mujer y un niño nacidos ya en las colonias — los pasajeros del San Juan Nepomuceno sabían que se encontraban casi en las antípodas de su lugar de origen, a miles de millas de Manila, que seguía siendo el único lugar mínimamente «civilizado» de aquella parte del mundo, y donde ni siquiera tenían noticias de su posible arribada. Desde el momento en que zarparon del Perú tenían plena conciencia de que no dependían más que de sí mismos, y que si el mar se los tragaba pasarían años antes de que sus parientes comenzasen a preocuparse por su ausencia. Estaba previsto que desde Manila el galeón continuase viaje a Sevilla bordeando África y el Cabo de Buena Esperanza, aunque lo más probable sería que tampoco en Sevilla tuviesen puntual información de si habían partido o no del puerto de El Callao. ¿Cómo no estar asustados, si sus vidas dependían de un puñado de «salvajes» que se mantenían a distancia y ni siquiera les permitían poner los pies en su nave? Por lo que los nativos les habían dado a entender, su intención era repararles la chalupa para que pudiesen continuar viaje en ella, y no cabía por menos que preguntarse qué remotas posibilidades tenían de llegar a Filipinas en tan frágil embarcación si incluso las burdas cartas marinas de que disponían en un principio habían ido a parar al fondo del océano. Su miedo se hallaba por tanto plenamente justificado, aunque muy alejado de la capacidad de comprensión de aquellos que, como Tapú Tetuanúi, consideraban el islote y su entorno un «hábitat» casi idóneo para la supervivencia. El muchacho comprendía, no obstante, que tuviesen un lógico deseo de volver a sus casas — tal como lo tenía él mismo en muchos malos momentos — y hubiese dado cualquier cosa por entender su complicado lenguaje con el fin de darles ánimos inculcándoles el convencimiento de que en cuanto el carpintero hubiese concluido la reparación de la chalupa dotándola de un balancín lateral y una hermosa vela, estarían en condiciones de navegar hasta el mismísimo confín del universo. Pero aparte de «ratas», «oro», «espada» y «cacerola», muy pocas palabras más le resultaban comprensibles, aunque hubo una que, muy pronto, vino a amargarle de modo harto notable la existencia. La aprendió el día en que Vetea Pitó surgió del agua asegurando que había descubierto un enorme pedazo de sol brillando en el fondo del arrecife, justo en el punto en el que el galeón se partiera en dos, y cuando trasladaron allí el Marara y con sumo esfuerzo consiguieron extraer del agua el pesado objeto de extraño aspecto, todos los presentes quedaron estupefactos en el momento en que el grueso badajo que colgaba en su interior golpeó contra las relucientes paredes. El primer tañido casi dejó sordos a unos seres que jamás habían escuchado el sonido de un instrumento metálico cuyas notas eran cien veces más potentes que las de la más gigantesca caracola. ¡«Campana»! ¡Qué palabra tan nefasta! La campana del San Juan Nepomuceno se convirtió de inmediato en el objeto más prodigioso que los tripulantes del catamarán hubiesen admirado nunca, puesto que aparte de ser sin ninguna clase de dudas el mayor pedazo de metal que habían visto, tenía la virtud de producir las más hermosas notas que cupiera imaginar. Esa noche nadie consiguió pegar ojo en la isla. Siempre había alguien, incluido el circunspecto Roonuí-Roonuí o las tres deslumbradas «Vahínes», que no pudiese resistir la tentación de agitar repetidamente el badajo, hasta el punto de que llegó un momento en que el «Navegante Mayor» tuvo que echar mano de toda su autoridad para evitar que más de uno acabara volviéndose loco. En especial Vetea Pitó no cabía en sí de gozo, ya que, en buena lógica, la campana era suya, y tanto Tapú Tetuanúi como el bueno de Chimé de Farepíti advirtieron que el corazón se les encogía cuando el buceador señaló en voz alta que en cuanto regresara a Bora Bora la colgaría a la puerta de su casa para que la hermosa Maiana la pudiera tocar a todas horas. La suerte estaba echada. ¿Quién podría competir por el amor de una mujer, cuando lo que ofrecía su rival era un gigantesco pedazo de sol que además cantaba? Por unas horas Tapú Tetuanúi odió con todas sus fuerzas a los apestosos seres capaces de adueñarse del sol y de la luna. La siempre solícita «Vahíne Tiaré» pareció comprender su angustia y acudió a consolarle, aunque escaso era el consuelo que podía proporcionarle, y pobres los argumentos con los que levantarle el ánimo. — Tal vez a Maiana no le guste — fue cuanto se le ocurrió decir. El desconsolado muchacho la observó de medio lado y sin necesidad de abrir los labios le hizo comprender la magnitud de semejante estupidez. — ¡Está bien! — admitió la otra —. Seguro que le gusta, pero tú puedes ofrecerle otras muchas cosas: «cacerolas», «espadas», «espejos»… — Vetea Pitó le ofrecerá «cacerolas», «espadas», «espejos», y además… una «campana». ¡La única que existe! De momento, y visto que los malolientes extranjeros no parecían experimentar el más mínimo interés por recuperar tan prodigioso tesoro, la campana quedó colgando del palo de popa del «Pez Volador», aunque su capitán se vio obligado a puntualizar que nadie tenía derecho a tocarla más de tres veces al día, y siempre a horas en las que no alteraran el descanso de los restantes miembros del pasaje. Mientras tanto, en tierra, la reparación de la falúa continuaba a buen ritmo, y el carpintero — que había sido elegido entre los discípulos predilectos de Tevé Salmón — consideró de magnífico augurio el hecho de que el día en que al fin se disponía a botarla comenzara a llover a cántaros. Fue una hermosa jornada de bailes, cantos y rezos, en el que hasta el más pequeño de los niños se afanó recogiendo agua en cuanto recipiente resultaba apto para contenerla. Ese agua, y el hecho de que desde el momento en que se puso a flote la chalupa provista ahora de un largo balancín demostrara ser una embarcación segura y fiable, pareció serenar los ánimos de los españoles, contribuyendo a espantar a la mayoría de sus más terroríficos fantasmas. La sed y la incapacidad de abandonar aquel árido pedazo de tierra les había mantenido hasta el presente como agarrotados, por lo que descubrir que tenían agua dulce más que suficiente y disponían de una razonable embarcación, les tranquilizó al punto de comenzar a pensar seriamente en la partida. Era muy poco lo que estaban en condiciones de llevarse, visto que era muy escaso el espacio del que disponían, por lo que no dudaron a la hora de regalar a sus nuevos amigos cientos de objetos que les resultaban inservibles, incluidos tres juegos de soberbias velas de fuerte lona, que era sin sombra de duda lo que más llamaba la atención de «Miti Matái». Aquel flexible aparejo de tan escaso peso y fácil maniobrabilidad le permitiría aumentar sensiblemente la altura de los palos apresando una cantidad de viento como jamás soñara anteriormente ningún «Navegante Mayor» de Bora Bora. El Marara se convertiría a partir de aquel instante en la nave más veloz que hubiera surcado jamás la Micronesia, y tras cerciorarse de que no llevaban a bordo ratas, pulgas, chinches o piojos, los satisfechos polinesios dijeron adiós a los malolientes náufragos españoles para poner proa, una vez más, a mar abierto. — ¡Al fin una isla alta! — exclamó «Miti Matái» catorce días más tarde. — ¿Dónde? — se sorprendió el desconcertado Tapú Tetuanúi, cuya magnífica vista no distinguía más que la monotonía de un mar y un cielo uniformemente azules salpicados en el horizonte por pequeñas nubes blancas. Su maestro le indicó con gesto desganado una de aquellas lejanas nubes que se encontraba situada a la altura de la amura de babor. — Allí. — ¡Pues yo no veo más que una nube! — protestó el muchacho. El «Navegante Mayor» le dedicó una larga mirada de reconvención. — ¿Te has fijado bien en ella? — inquirió. El otro aguzó la vista, se esforzó estrujándose el cerebro para tratar de diferenciarla de cualquier otra nube de este mundo, y por último negó convencido. — No noto ninguna diferencia — confesó. — No la notas, porque no te has fijado en ella — fue la respuesta —. Pero si hubieras estado atento, te habrías dado cuenta de que a pesar de que sopla una ligera brisa del nordeste, esa nube lleva en el mismo lugar mucho rato, lo cual indica que algo le impide avanzar… — Le dio un cariñoso coscorrón que le obligó a rascarse, más dolido por su estupidez que por el golpe —. ¿Y qué es lo que puede impedir el avance de una nube en pleno mar? — Una isla — admitió Tapú Tetuanúi con el tono de quien reconoce su profunda ignorancia. — Y una isla de por lo menos ochocientos metros de altura — le observó de nuevo —. ¿Qué conclusión sacas de todo ello? — ¿Conclusión? — repitió —. ¿A qué tipo de conclusión te refieres? — Al tipo de isla. ¿Qué clase de isla debe ser? — Una isla de más de ochocientos metros de altura. — ¡Eso ya lo he dicho yo! — le propinó un nuevo coscorrón —. ¿Qué más? Resultaba desesperante, y si no se considerara tan hombre y hubiese pasado ya por tantas vicisitudes, a Tapú Tetuanúi se le hubieran saltado de nuevo las lágrimas ante la impotencia que experimentaba al no conseguir hallar respuesta alguna a las preguntas de aquel a quien tanto admiraba. — No se me ocurre nada — admitió al fin. — Lo suponía — fue el socarrón comentario —. Se trata de un volcán. — ¿Cómo lo sabes? — Piensa. El pobre chico podría haberse pasado cuatro días pensando, pero a no ser que hubiese distinguido un penacho de humo sobresaliendo de la nube, no hubiera conseguido establecer por qué demonios la isla que se escondía bajo aquella pequeña nube — si es que en verdad se escondía alguna — tenía que ser volcánica. Cuando al cabo de un rato el capitán del Marara, llegó a la conclusión de que su torpe alumno se mantenía en la inopia, se armó una vez más de paciencia y señaló: — Una isla «normal», que alcanzase los ochocientos metros de altura sobre el nivel del mar necesitaría una base muy amplia ya que tendría que ir ascendiendo paulatinamente desde el fondo del océano, que aquí tiene miles de brazas de profundidad. — Hizo una corta pausa para que captara bien lo que quería decirle —. Y de ser así, ya tendríamos que estar navegando sobre la parte sumergida de esa base, con lo que habríamos advertido un cambio en el color y el movimiento del agua. — Abrió las manos queriendo demostrar que el razonamiento era en realidad muy simple —. Como aún no hemos notado nada, debemos entender que la base de la isla es relativamente pequeña, lo que constituye un síntoma inequívoco de que surgió del fondo a causa de una violenta erupción. Se trata, por tanto, de un volcán que se hunde abruptamente. ¡La madre que te parió! Tapú se libró muy mucho de dejar escapar la expresión en voz alta, pero no pudo evitar exclamarlo para sus adentros al tiempo que apretaba con rabia los dientes, puesto que resultaba del todo punto descorazonador caer en la cuenta una vez más de que no era más que un pobre imbécil cuya ignorancia tan sólo resultaba comparable a su petulancia al imaginar que alguien se atrevería a concederle algún día el título de «Gran Navegante». Y lo peor de todo, lo más desesperante y que acababa por sacarle de quicio obligándole a dar vueltas más tarde en la cama llamándose imbécil una y otra vez, se centraba en el hecho indiscutible de que todo cuanto «Miti Matái» solía explicarle respondía a una sencilla lógica, aunque se tratase de una lógica que exigía, eso sí, una gran experiencia y una casi inhumana capacidad de observación. ¿Cómo podía un ser «normal» caer en la cuenta de que entre las incontables nubes que se deslizaban por el horizonte había una en concreto que llevaba largo rato detenida en el mismo punto? ¿Y cómo podía un ser «normal» darse cuenta de que la profundidad y el movimiento del mar bajo la nave no habían sufrido alteraciones? ¡Era cosa de brujos! O era más bien cosa de «magia»; la magia que permitió a los antiguos navegantes polinesios convertirse en los dueños absolutos de una tercera parte del planeta. La circunferencia de ese planeta en torno al ecuador es de trescientos sesenta grados, y de esos trescientos sesenta grados, exactamente ciento veinte corresponden a la distancia que separa las costas de Nueva Guinea del Perú. Los polinesios reinaron por tanto sobre un tercio del mundo, y lo hicieron por medio de aquella «magia» que tanto obsesionaba a un Tapú Tetuanúi, que soñaba con convertirse también él en un «brujo», que al igual que el fabuloso «Miti Matái» supiese descubrir islas ocultas tras las nubes, adivinar de qué clase de isla se trataba, o captar en el rumor de una ola que le susurraba al oído que existía tierra a setenta millas de distancia. Pero pese a que aquella supuesta isla se encontrase a menos de esas setenta millas, el capitán del Marara no ordenó poner proa hacia ella, sino que prefirió seguir el mismo rumbo, hasta sobrepasarla por el norte. Sólo entonces, y a punto ya de oscurecer, giró noventa grados y permitió que el viento los tomara por popa. Sobre la medianoche hizo arriar unas velas que sólo se izaron nuevamente cuando faltaban menos de dos horas para el amanecer, por lo que la primera claridad les sorprendió a menos de media milla de lo que era en verdad un cono volcánico que parecía emerger abruptamente de las profundidades del océano, con laderas cortadas a cuchillo sobre el mar, excepto en la costa de sotavento, en la que se abría una abrigada playa de arena muy negra protegida por un pequeño promontorio que se adentraba como un sucio dedo de grandes rocas en el azul océano. El sol rozaba todavía el horizonte cuando ya habían circunnavegado la isla en todo su perímetro, cerciorándose de que no se distinguían grandes catamaranes que indicasen que desde allí habían partido sus salvajes atacantes, y pronto pudieron darse cuanta de que ni siquiera se encontraba habitada por gente marinera, puesto que curiosamente las viviendas no se alzaban junto al agua, sino que se ocultaban en el interior de la espesura, fuera del alcance de la mirada de los extraños. «Miti Matái» maniobró con habilidad hasta aproximarse a unos cien metros de la negra playa, aunque manteniendo siempre la proa cara al océano y todos los hombres en los remos por si se hacía necesario emprender de improviso una rápida huida. A la media hora escasa se demostró una vez más que su instinto no solía fallarle, visto que poco a poco fueron surgiendo de la espesura hasta medio centenar de guerreros fuertemente armados que comenzaron a aullar blandiendo amenazadoramente sus lanzas con la aparente intención de obligarles a alejarse de aquellas aguas, y resultó inútil que desde la embarcación indicaran por gestos que venían en son de paz, se hiciera resonar infinidad de veces la caracola, e incluso — como postrer recurso — se repicara con violencia la campana. Lo único que se obtuvo por este último procedimiento fue que durante unos minutos los hostiles nativos permaneciesen como atontados, para lanzar de inmediato sobre la nave una auténtica lluvia de piedras y alguna que otra lanza que no alcanzaron, por fortuna, su objetivo. — ¿Qué hacemos ahora? — inquirió «Vahíne Áute» —. Por lo visto no quieren saber nada de nosotros. — Eso está claro — admitió «Miti Matái» —. Pero lo que también está claro es que no tienen nada que ver con los salvajes que nos atacaron. Son más oscuros y sus tatuajes parecen muy simples. Efectivamente, por lo que se distinguía a aquella distancia, los furibundos guerreros apenas mostraban más que suaves tatuajes azulados en brazos y piernas, que poco o nada tenían en común con los recargados y casi geométricos dibujos de «la bestia». Tras una paciente espera en la que resultó evidente que bajo ningún concepto se les permitiría desembarcar en la isla, el «Navegante Mayor» tomó una decisión, y ordenando que trajeran la piel humana que guardaba en un cesto, la hizo extender sobre dos palos cruzados. — Necesito un voluntario que la lleve hasta el promontorio y la clave entre las rocas — pidió. — ¡Iré yo! — se ofreció de inmediato Roonuí-Roonuí —. Es mi obligación. — No — le atajó secamente «Miti Matái» —. Tú eres el jefe de los guerreros y tu obligación es dirigirles en la batalla. — Hizo un gesto a un mozarrón que había alzado también la mano —. Ve con cuidado — pidió —. Y si se aproximan demasiado, vuelve. El aludido se introdujo en el agua tomando la piel como si se tratara de un estandarte, nadó manteniéndola en alto para que los de tierra pudieran observarla, llegó al punto indicado sin que los guerreros le acosasen, clavó la estaca entre dos rocas, y regresó de inmediato. Los nativos tardaron en aproximarse a la piel, pero cuando al fin lo hicieron su primera reacción fue de incontenible alegría, pasando de inmediato a gritarle mil incomprensibles insultos para acabar escupiéndole con rabia. Al poco se reunieron en conciliábulo y llegaron sin duda a la conclusión que el capitán del Marara había supuesto que llegarían: alguien que llevaba a bordo la piel de un enemigo, tenía que ser considerado amigo. Uno tras otro los guerreros se fueron retirando en silencio para tomar asiento bajo los cocoteros de la playa, hasta que junto a la piel tan sólo quedó el que parecía ser su jefe y que se encontraba visiblemente desarmado. Sólo entonces hizo gestos a los del catamarán para que se aproximaran. En esta ocasión Roonuí-Roonuí no permitió que nadie ocupara su puesto, y lanzándose al agua nadó con vigorosas brazadas hasta el punto en el que el otro aguardaba. La conversación fue larga y sobre todo laboriosa, puesto que el dialecto de aquellas primitivas gentes se diferenciaba notablemente del de los habitantes del Pacífico Sur, aunque conservaran las suficientes palabras comunes como para hacer posible un sencillo intercambio de ideas. Roonuí-Roonuí explicó la razón del viaje del Marara y el deseo de venganza que anidaba en el corazón de cuantos iban a bordo, y su interlocutor consiguió de igual modo hacerle entender que los hombres que lucían tan horrendos tatuajes habían sido desde siempre sus más encarnizados enemigos, crueles asesinos que cada seis o siete años les asaltaban por sorpresa, llevándose a sus mujeres y a sus hijos y degollando sin compasión a quien trataba de oponérseles. Los conocían por el apelativo de «Te-Onó» («Barracudas»), porque al igual que dicho pez, atacaban siempre en manada, a traición, y sin ningún tipo de compasión ni aun para con los más débiles. Añadió también que en determinadas ceremonias practicaban el canibalismo aunque más como rito religioso que por auténtica necesidad de alimentarse. Cuando Roonuí-Roonuí quiso saber dónde se encontraba su isla, el otro respondió que poco más de veinte días de navegación hacia el sudoeste, en un punto que personalmente no se sentía capaz de determinar con exactitud, aunque de inmediato puntualizó que quien sí sabría hacerlo sería su «Navegante Mayor» que sin lugar a dudas estaría encantado de mostrarle al capitán del Marara el «Avei'á» que debía seguir para encontrar a tan odiados enemigos. Se llegó por tanto al acuerdo de que Roonuí-Roonuí permaneciese en tierra en calidad de rehén, mientras el «Navegante Mayor» de la isla embarcaba en el catamarán, para pasar la noche en alta mar indicándole a «Miti Matái» el rumbo que debía seguir para conseguir arribar sin pérdida posible a las costas de los sanguinarios «Te-Onó». Tapú Tetuanúi fue testigo de primera fila durante la larga conversación que mantuvieron los dos pilotos, y pese a que desde un primer momento resultó evidente que los limitados recursos del indígena, poco o nada tenían que ver con los vastísimos conocimientos astronómicos de «Miti Matái», el buen hombre sabía lo suficiente como para que su colaboración resultase a la postre inestimable. El principal problema se circunscribía al hecho de que, por lógica, los nombres de las estrellas y constelaciones no coincidían en ambos dialectos, por lo que los dos hombres tuvieron que pasarse desde el oscurecer al alba marcando puntos en el cielo e intercambiándose información sobre los distintos «Avei'á» que se podían elegir para llegar sin pérdida posible a su destino. Sin embargo, cuando ya a plena luz del día retornaron a la negra playa, el capitán del Marara, parecía tener muy claro hacia adónde tenía que dirigirse, y cómo era en líneas generales la isla que encontrarían al llegar. Roonuí-Roonuí le sorprendió no obstante con la noticia de que cuatro guerreros locales a los que los «Te-Onó» habían diezmado a sus familiares tiempo atrás, solicitaban unirse a la expedición, para lo cual, amén de sus armas y su capacidad de lucha, aportarían una pequeña canoa que el catamarán podría llevar a remolque, así como abundante provisión de carne y frutas frescas. «Miti Matái» aceptó la propuesta, no sólo por el hecho de que tenía conciencia de que la fruta resultaba imprescindible si no quería que la tripulación comenzara a debilitarse por culpa de una dieta limitada desde hacía demasiado tiempo en exclusiva al pescado, sino en especial porque consideró que aquella embarcación auxiliar sería muy útil a la hora de aproximarse sigilosamente a una isla enemiga. Como los cuatro guerreros se comprometían a regresar por su cuenta en el momento mismo en que la acción hubiera finalizado, el resto del día se dedicó a la tarea de cargar víveres, por lo que — en cuanto las primeras estrellas hicieron su aparición — el «Navegante Mayor» se encontraba en disposición de elegir aquellas que habrían de conducirle hasta las playas de los aborrecidos «Te-Onó». A pesar de que el mapa celeste fuese distinto, y lo fueran también el nombre de las constelaciones, su infalible instinto y su ilimitada capacidad de observación le habían permitido hacerse ya una clara idea de cómo era el mundo en el temido «Quinto Círculo» y cómo tenía que comandar su embarcación para no errar el camino. Por su parte, los miembros de su tripulación se sentían cada vez más excitados, puesto que habían pasado once meses desde la terrible noche en que Bora Bora fuera saqueada, y por primera vez todo parecía indicar que el día de la ansiada venganza estaba cerca. Los hombres afilaban una y otra vez sus armas, las «Pahí-Vahínes» ofrecían sacrificios a Oró, dios de la guerra, y la mayor parte de las conversaciones giraban en torno a la princesa Anuanúa y las nueve muchachas. La suerte que pudieran haber corrido — y el ansia de venganza — era lo único que en realidad les preocupaba, ya que habían llegado a la conclusión de que el cinturón real de plumas amarillas podía volver a tejerse, y la «Gran Perla Negra» no era más que un símbolo que habría perdido gran parte de su valor al pasar por las manos de unos impíos salvajes. Además, por grande que fuera una perla, nunca sería más que algo vulgar e insignificante frente a la hermosa campana que fascinaba a cuantos navegaban en el catamarán y que casi la veneraban, aunque también en cierto modo la odiaran. Nadie se sentía capaz de rechazar la tentación de hacerla repicar, pero tampoco nadie conseguía evitar sentirse molesto por el hecho de que otro la tocara, y podría asegurarse que su agudo tintineo les enervaba siempre que no fueran ellos los que lo produjeran, como si tal sonido pudiera compararse a los ansiosos jadeos de una mujer en el momento de hacer el amor, que irritan a cuantos lo escuchan con excepción de aquel que los provoca. La obsesión general con el escandaloso instrumento había llegado a tales extremos, que «Miti Matái» se veía obligado a cortar de raíz continuas disputas, y no hacía falta conocerle demasiado como para comprender que hubiese preferido no tener que viajar con tan molesta compañía. Pero pese a detentar un poder dictatorial a bordo de la nave, era demasiado justo como para tomar decisiones sobre un objeto que moralmente pertenecía a Vetea Pitó, quien desde el día que encontrara «El Sol que Canta», se había convertido a los ojos de todos en el hombre más rico del planeta. Nadie dudaba ya de que se trataba, en efecto, de un pedazo de sol, puesto que cuando sus rayos lo golpeaban, refulgía hasta cegar los ojos, y se calentaba a tal punto que resultaba imposible tocarlo sin abrasarse. Los habitantes de Bora Bora jamás habían poseído nada que tuviese tan portentosa capacidad de «capturar» la luz y el calor, por lo que resultaba imposible convencerles de que todos aquellos maravillosos objetos que los españoles les habían regalado no estaban efectivamente fabricados con un material caído de los cielos. Debido a ello, la mayoría de los tripulantes quedaron estupefactos la tórrida mañana de calma chicha y asfixiante bochorno en que Vetea Pitó surgió de pronto del tingladillo de proa, para cortar de un solo tajo el grueso cabo que mantenía la campana sujeta al palo, para arrojarla a un océano en el que desapareció de inmediato. — ¿Por qué has hecho eso? — quiso saber «Miti Matái», en cuyo tono de voz no se advertía reconvención, sino tan sólo simple curiosidad. — Estaba harto de ella — fue la sencilla respuesta —. Y a ti tampoco te gustaba. El «Navegante Mayor» le observó de medio lado para acabar por responder con socarronería: — Si tuvieras que tirar por la borda todo lo que no me gusta, acabarías rendido. — Le hizo un gesto para que tomara asiento a su lado —. Y ahora dame una explicación que en verdad me convenza — pidió. El buceador se acomodó junto al «Navegante Mayor» de Bora Bora, y tras meditar unos instantes, como si intentara llegar a lo más hondo de sus sentimientos, acabó por encogerse de hombros con aire de fastidio. — Ya nadie me quería — musitó al fin. — ¿Qué pretendes decir con eso? — Que todos me miraban como si me odiaran. — Hizo un gesto hacia Tapú Tetuanúi que se encontraba en proa estudiando con atención el horizonte —. Creo que hasta él, que siempre ha sido mi mejor amigo, tenía la sensación de que le había traicionado. — Alzó la vista como si mirándole a los ojos su interlocutor pudiera comprenderle mejor —. Yo sueño con Maiana — añadió —. Pero no quiero que se case conmigo tan sólo porque por casualidad encontré un «Sol que Canta». No sería justo. — Hizo una nueva pausa para continuar serenamente —. Dentro de unos días habrá lucha y no me gustaría que Tapú y Chimé se enfrentaran a la muerte teniendo la impresión de que les hice trampas… ¿Lo entiendes? — Lo entiendo… — admitió convencido «Miti Matái». — Ahora que ya los tres somos de nuevo iguales podremos volver a hablar de Maiana, de lo mucho que la queremos, y de lo que ocurrirá el día que regresemos a Bora Bora… — Vetea Pitó sonrió con timidez —. Siempre es mejor que sea su corazón el que decida. La isla estaba justo en el lugar indicado, aunque dada la extraordinaria velocidad que conseguía alcanzar el Marara con las nuevas velas, llegaron a ella cuatro días antes de lo previsto. Como resulta lógico imaginar, «Miti Matái» supo que se encontraban frente a ella mucho antes de que hiciera su aparición en el horizonte, por lo que nadie se extrañó cuando en un momento dado ordenó abatir los mástiles y continuar el resto del camino a remo. Una hora más tarde la oscura línea de una costa alta y cubierta de espesa vegetación fue surgiendo lentamente ante la proa, para desaparecer poco tiempo después con la caída de la noche. Sólo entonces el «Navegante Mayor» ordenó alzar de nuevo palos y desplegar velas, para continuar aproximándose al amparo de la oscuridad hasta que pudieron distinguir la blanca línea de espuma que formaban las olas al romper contra los arrecifes de coral que rodeaban la isla en la casi totalidad de su perímetro. — ¡Bien! — señaló el capitán del Marara —. Al parecer esa laguna tan sólo tiene dos entradas que podrían estar vigiladas, por lo que los exploradores deberán cruzarla a nado tras atravesar a pie el arrecife. — Se volvió a Roonuí-Roonuí —. ¿Has elegido a tus hombres? — quiso saber. — Iremos tres — replicó de inmediato el «Jefe de los Guerreros» —. La isla es grande y necesitaremos por lo menos un par de días para explorarla, así que volved a recogernos pasado mañana por la noche. Tapú Tetuanúi hubiera dado años de vida por haber sido elegido para tan arriesgada misión, pero sabía con toda certeza que aquélla era una empresa reservada a los mejores guerreros; hombres entrenados para deslizarse por la espesura sin agitar ni una hoja, o para degollar a un enemigo sin que les temblara el pulso. No sintió envidia, sin embargo, de Chimé de Farepíti, que fue uno de los escogidos para remar en la pequeña canoa hasta los arrecifes, aunque durante las horas que ésta tardó en ir y volver permaneció tan en tensión, que en el momento en que Vetea Pitó tomó asiento a su lado dio un salto como si acabaran de quemarle con una brasa al rojo vivo. — ¡Tranquilo…! — le susurró su amigo —. Todo saldrá bien. — ¿No tienes miedo? — se sorprendió. — Ya habrá tiempo de tenerlo — fue la socarrona respuesta —. De momento estamos seguros a bordo del barco más rápido que existe… ¿Te has fijado en cómo vuela con esas velas? ¿De qué estarán hechas? — No tengo ni idea, pero son mil veces más ligeras y flexibles que las nuestras. — Las he estudiado de cerca y son como millones de sedales entrelazados entre sí. — El buceador agitó la cabeza con incredulidad al añadir —: No sé cómo diablos se las arreglan para apretarlos de ese modo, pero si aprendiéramos a hacerlo, nuestros barcos serían siempre los más veloces del océano. Tapú hizo un gesto para que guardara silencio porque le había parecido escuchar el falso canto de una gaviota, «Miti Matái» respondió en el acto a lo que debía ser una contraseña preestablecida, y a los pocos instantes la proa de la piragua surgió de las tinieblas para arbolearse por la banda de sotavento. El «Gigante de Farepíti» y otros cuatro remeros saltaron ágilmente a la nave mayor al tiempo que exclamaban. — ¡Ya podemos irnos! Los dos días siguientes los pasaron al pairo haciendo conjeturas sobre lo que ocurriría en el futuro, o escuchando los picantes relatos de las «Pahí-Vahínes», que una vez más echaban mano de todos sus recursos en sus deseos de aliviar la tensión de unos hombres que estaban a punto de entrar en combate a miles de millas de sus hogares. Nadie a bordo del Marara había tomado parte anteriormente en una aventura semejante. Nadie había matado nunca a nadie. Durante los treinta últimos años Bora Bora había vivido en paz con sus vecinos, y pese a haber recibido un duro entrenamiento teórico, ni siquiera Roonuí-Roonuí y sus exploradores contaban con una experiencia real de lo que significaba acabar con una vida humana. Tan sólo la noche del trágico asalto se habían visto obligados a empuñar las armas para algo más que «jugar a la guerra», y todos tenían plena conciencia de que la nefasta experiencia no podía haber sido más negativa. Salvo «la bestia» que Tapú Tetuanúi hiriera casi por accidente, el resto de sus agresores habían conseguido regresar a sus naves sin sufrir ni el más leve rasguño. Y ahora pretendían no obstante derrotarles en su propio feudo, siendo como eran, además, muy superiores en número. Tumbado sobre cubierta, cara al cielo, Tapú Tetuanúi no pudo por menos que preguntarse si en el fondo todo aquello no constituía más que una gigantesca insensatez producto de la ira de todo un pueblo herido en su orgullo, y si en verdad había valido la pena que lo más escogido de la juventud de Bora Bora corriese el riesgo de desaparecer por culpa de un absurdo deseo de venganza. Por otra parte, nadie podía asegurar que a aquellas alturas la princesa Anuanúa y la mayoría de las muchachas siguieran con vida, con lo que, aun en el caso de triunfar en el enfrentamiento armado, lo único que habrían conseguido los hombres del Marara sería emprender un largo viaje de regreso con las manos vacías. Aun así, allí estaban, achicharrándose al sol, pero dispuestos a seguir adelante costase lo que costase. Al segundo día calmó el escaso viento y el bochorno aumentó hasta límites insoportables mientras el océano se tornaba de un gris que imitaba las hojas de las espadas, contribuyendo a dar la sensación de que en lugar de sobre agua, el Marara flotaba sobre un mar de mercurio. Hasta el último pasajero del catamarán permaneció durante horas como en estado cataléptico, hasta que de improviso «Miti Matái» introdujo la mano en el mar, calculó su temperatura, observó el cielo, aspiró profundo y acabó por susurrar como para sí aunque la mayoría pudieron oírle: — Tifón. — ¿Tifón? — repitió alarmada «Vahíne Áute» irguiéndose de un salto —. ¿Dónde? ¿Cuándo? El «Navegante Mayor» agitó la cabeza y sonrió apenas con la manifiesta intención de tranquilizarla. — En ninguna parte… ¡Aún! — ¿Qué pretendes? ¿Asustarnos? — intervino de inmediato el «Oripo» al que habían comenzado a temblarle las flácidas carnes. — En absoluto — fue la respuesta —. Pero como el mar continúe calentándose, entra dentro de lo posible que se forme un tifón. — Sonrió de nuevo al tiempo que hacía un gesto hacia el horizonte —. Pero tampoco es seguro. — Por desgracia, tus sospechas casi siempre suelen cumplirse — le hizo notar Tapú Tetuanúi —. ¿Has soportado muchos tifones? — Más de los que hubiera deseado — admitió el otro —. Y lo único que puedo decir de ellos es que siempre les precedió este bochorno y este mar que parece convertirse en una sopa. — Tenía entendido que los tifones se presentaban de improviso; como surgidos de la nada. El «Navegante Mayor» le dirigió una severa mirada con la que parecía sorprenderse por su ignorancia. — Nada que se relacione con la naturaleza sucede de improviso — puntualizó —. Siempre avisa de sus intenciones con suficiente antelación… — Abrió las manos en un cómico ademán de impotencia —. Lo que ocurre es que la mayoría de las veces no sabemos escuchar lo que dice o interpretar sus señales. — ¿Y ahora están claras? — quiso saber «Vahíne Áute». — No del todo — admitió el capitán del Marara —. Tan sólo he dicho que si el mar continúa calentándose, se puede formar un tifón. — Hizo una seña con la cabeza hacia adelante para añadir con humor —: Por fortuna, tenemos una isla cerca. — ¿Una isla? — protestó el «Oripo» —. ¡Vaya una isla! La isla de nuestros peores enemigos. — Nuestro peor enemigo sigue siendo «Teatea-Maó» — le hizo notar «Miti Matái» —. Y luego, un tifón. — Chasqueó la lengua en son de burla —. Pero son, al propio tiempo, los peores enemigos de los «Te-Onó» y lo mejor que podemos hacer es aliarnos con los unos, contra los otros. — ¿Aliarnos con los «Te-Onó»? — se asombró un incrédulo «Hombre-Memoria» —. ¡Pero si son unos salvajes! — ¡Tané me libre! — rió el otro —. ¡Jamás se me ocurriría aliarme con los «Te-Onó» contra un tifón. Prefiero aliarme con un tifón contra los «Te-Onó». — ¡No te entiendo! — protestó su seboso interlocutor —. ¿De qué demonios estás hablando? — Tampoco es necesario que me entiendas — fue la respuesta —. Lo más probable es que todo sean imaginaciones mías y ni siquiera se forme ese tifón. — ¿Y cuándo podremos saberlo? — Mañana… — sonrió de nuevo el otro —. O al amanecer se alza la brisa, o al oscurecer se abrirá la caja de los vientos. Esa noche, y bajo un calor tan agobiante que casi impedía bogar a los remeros, se aproximaron de nuevo a las costas de la isla, donde recogieron a Roonuí-Roonuí y sus exploradores que aparecían tan excitados que casi les costaba trabajo hacerse entender dada la velocidad con que pretendían explicar cuanto habían visto. — ¡Son ellos, no cabe duda! — exclamaron atropelladamente —. Los mismos tatuajes, la misma cabeza rapada con dos muñones a los lados, y el mismo tipo de mazas… ¡Qué gente tan horrenda! — ¿Y Anuanúa? — quiso saber de inmediato «Miti Matái». — No la hemos visto — se apresuró a responder el «Jefe de los Guerreros» —. Ni a las restantes muchachas… — Hizo una pausa —. Tampoco hay grandes embarcaciones. — Señaló con el dedo a «Miti Matái» —. Tenías razón y hemos sido más rápidos. — ¿Estás seguro? — Por lo menos en la isla no están — confirmó Roonuí-Roonuí —. Sólo hemos visto piraguas de pesca. — ¿Y si nos hubiéramos equivocado de isla? — hizo notar el «Navegante Mayor» —. Puede que existan muchas otras con gente de la misma raza. Roonuí-Roonuí negó con un brusco movimiento de cabeza. — ¡Es ésta! — insistió. — ¿Cómo lo sabes? — Porque lo presiento — replicó con naturalidad —. Y porque no hemos visto ni una sola nave de guerra en una isla de guerreros… — Hizo una corta pausa para añadir como si con ello dejara zanjado el tema —: Y porque tampoco hemos visto guerreros. — ¿Que no habéis visto guerreros? — repitió el «Oripo», tan feliz como si le acabaran de hacer un espléndido regalo —. ¿Cómo es eso? — No en la cantidad que debería haber teniendo en cuenta el tamaño de la isla — fue la respuesta —. Y los que hay, o son demasiado jóvenes, o demasiado viejos. La mayoría de los hombres en edad de luchar deben estar ausentes. — Hizo una significativa pausa para concluir con intención —: Con los barcos… — En ese caso, ¿cuántos guerreros quedarán? — quiso saber «Miti Matái». — Unos cincuenta. — ¡Cincuenta! — no pudo evitar exclamar Vetea Pitó —. Eso quiere decir que casi nos duplican en número… — Lanzó un sonoro silbido —. Sin contar lo que puedan ayudarles los muchachos, las mujeres e incluso los viejos… — Tenemos a nuestro favor el factor sorpresa — replicó Roonuí-Roonuí —. Por lo que nos han contado sobre ellos, se consideran desde siempre el pueblo más fuerte de «El Infinito Mar de las Infinitas Islas», e imponen su ley asaltando, matando y robando porque están convencidos de que sus vecinos de los dos primeros «Círculos» no se atreverán a tomar represalias… — Sonrió mostrando amenazadoramente los dientes —. Pero en esta ocasión han ido demasiado lejos; han atacado Bora Bora, y Bora Bora no perdona. — ¿Tienes algún plan? — Pasarles a cuchillo esta misma noche… — Se volvió a «Miti Matái» —. Eso era lo que habías propuesto, ¿no es cierto? — Lo es… — admitió el aludido —. Aunque no sé si contamos con suficientes fuerzas como para lograrlo. ¿Cuántos son entre todos? — quiso saber —. ¿Contando ancianos y niños? — Unos cuatrocientos. — Muchos me parecen. — Pero no hemos llegado hasta aquí para echarnos atrás — protestó Roonuí-Roonuí —. Al menos yo. — Ni tú, ni nadie — convino «Miti Matái» —. Pero lo que en verdad importa es asegurar la victoria, y si, como sospecho, se confirma la formación de un tifón, las cosas resultarían mucho más cómodas. Propongo esperar a ver si en verdad llega o no ese tifón. Esperaron de nuevo en mar abierto, y con la aparición del sol resultó evidente que la jornada iba a ser tan agobiante o más que la anterior, por lo que en cuanto advirtieron que el mar se calentaba hasta un punto en que incluso los fieles «Mahi-Mahi» desaparecían en las profundidades y ni un alcatraz ni aun la más humilde gaviota abandonaba la distante isla, el «Navegante Mayor» se reafirmó en su convencimiento de que al anochecer «La Caja de los Vientos» se abriría de par en par. La treintena de hombres y mujeres del «Pez Volador» pasó el resto del día a la sombra de unas velas colocadas ahora en forma de toldo, repasando punto por punto su estrategia, y determinando con notable precisión cuál sería el cometido de cada cual en cuanto pusieran el pie en tierra. Cuando las primeras rachas de viento y unas deshilachadas nubes rojas confirmaron que el violento ciclón tomaba cuerpo, se pusieron una vez más en marcha, y era ya noche cerrada en el momento de aproximarse al paso que se abría al norte, mientras ese mismo viento lloraba entre las jarcias como si se estuviera lamentando por los desastres que iba a provocar. El mar, fuera del arrecife, comenzaba a encresparse, pero en cuanto penetraron en la inmensa laguna tan sólo tuvieron que preocuparse de que los traidores bajíos y de que el temporal no les arrojase violentamente contra la costa. A fuerza de remos alcanzaron en la oscuridad el punto elegido: una aislada bahía resguardada a los vientos de levante, pues «Miti Matái» sabía por experiencia que en aquella parte del océano los tifones se dirigían siempre del sudeste al noroeste. En proa, dos hombres sondeaban continuamente la profundidad, y cuando se supo sobre un fondo de arena de unos cinco metros, el «Navegante Mayor» ordenó fondear. Diez guerreros saltaron al agua con las armas a punto, para distribuirse rápidamente por la playa dispuestos a repeler cualquier improbable ataque en las tinieblas de una noche inclemente, y minutos después, la canoa auxiliar comenzó a desembarcar cuanto se encontraba a bordo: desde los ya escasos animales domésticos, a velas y mástiles, pasando por los víveres y los objetos de uso personal. En cada viaje regresaban con pesadas rocas que iban depositando en el fondo de los cascos. El viento arreciaba por momentos y las primeras hojas de palmera volaban libremente por los aires. Cuando del Marara no quedó más que el puro esqueleto tal como había salido de las manos de Tevé Salmón, «Miti Matái» dio orden de que se llenaran de agua los cascos, con lo que a los pocos minutos el catamarán desapareció de la superficie de la laguna, para ir a reposar sobre un fondo de arena. Aunque en un principio pareciese una maniobra absurda, su capitán sabía muy bien que aquél era el lugar en que se encontraría más seguro durante las próximas horas. Ningún viento, por violento que fuera, conseguiría estrellarlo contra la costa, y en el interior de una laguna protegida por anchos arrecifes de coral las olas jamás tendrían ocasión de dañarle a cinco metros de profundidad. Ya en tierra, alzaron la canoa, hasta adentrarla en la maleza, enterrándola en una fosa poco profunda, con lo que tampoco el huracán conseguiría afectarla, y concluida la tarea fueron a buscar refugio a la minúscula cueva en que Roonuí-Roonuí y sus exploradores habían permanecido ocultos los dos días anteriores. — ¡Bien! — señaló entonces el «Jefe de los Guerreros» que tomaba a partir de aquel instante el mando del grupo —. Ahora lo que importa es descansar porque mañana nos espera un día muy duro. Resultaba, no obstante, muy difícil soportar la tensión de cuanto sabían que se les avecinaba teniendo que escuchar cómo un viento de más de ciento cincuenta kilómetros por hora parecía pretender llevarse la isla por delante, por lo que cuando los árboles comenzaron a quebrarse con violentos chasquidos, y el rugir del océano rompiendo contra el arrecife se convirtió en un estruendo que rebotaba contra el fondo de la caverna, ni tan siquiera el cachazudo «Hombre-Memoria» consiguió conciliar el sueño. Tapú Tetuanúi llevaba semanas preparándose anímicamente para luchar contra salvajes, pero no lo estaba en absoluto para enfrentarse a las desatadas fuerzas de una naturaleza que parecía dispuesta a destruir de un solo golpe todo cuanto había ido construyendo a lo largo de siglos, por lo que la medianoche le sorprendió suplicando al dios Tané que aquél fuera su primer y último tifón, puesto que no se sentía con fuerzas como para enfrentarse por segunda vez a una experiencia tan traumática. Desde donde se encontraba, acurrucado a escasos metros de la entrada de la caverna, distinguía con toda claridad los terroríficos rayos que surcaban el cielo como lanzas de destrucción y muerte para ir a estrellarse contra las copas de las palmeras que saltaban hechas añicos, o se precipitaban sobre gigantescas olas cuyas crestas refulgían con una luz verdosa que les confería un aspecto casi sobrenatural. La isla — y sus gentes — estaba siendo rigurosa y sistemáticamente machacada por el viento, el mar, los rayos y una lluvia torrencial que muy pronto convirtió las laderas de las colinas en un lodoso tobogán por el que se deslizaban rocas y árboles en dirección a la laguna, mientras las chozas se derrumbaban, el techo del gran «Marae» se hundía, y las piraguas varadas en la playa eran arrastradas mar afuera al igual que la media docena de hombres que intentaron salvarlas. De los graneros ya no quedaba nada, y la mayoría de los animales huían alocadamente de una muerte que la mayor parte de las veces les estaba aguardando al final del camino. Por más que lo hubieran buscado, los hombres de Bora Bora jamás hubieran conseguido encontrar un aliado más eficaz y destructivo. Poco antes del amanecer el viento decayó hasta alcanzar, con la primera claridad del día, una calma casi total, pero cuando Roonuí-Roonuí hizo ademán de alertar a sus hombres para que se aprestaran a la lucha, «Miti Matái» se apresuró a tranquilizarle haciéndole ver que tan sólo se trataba del paréntesis del ojo de un huracán que volvería muy pronto, con igual o más fuerza, aunque esta vez sin previo aviso. Así fue en efecto, y cuando lo hizo el «Navegante Mayor» estaba ya en condiciones de calcular su duración, al extremo de que, pasado el mediodía, ordenó que se encendiese una pequeña hoguera en la que pusieron a quemar delgadas ramas de afiladas puntas. Con ellas, los guerreros se dedicaron a pintarse unos a otros negros dibujos que imitaban toscamente los tatuajes de la piel de «la bestia», al tiempo que las «Vahínes» les rapaban la cabeza dejándoles tan sólo dos cortos mechones en los parietales, consiguiendo de esa forma que al concluir su tarea la mayoría de los hombres de Bora Bora pudieran pasar muy bien por auténticos «Te-Onó», siempre que no se les observara de cerca. Aunque se veían obligados a esperar, eso sí, a que dejara de llover. Lo hizo a media tarde, el viento se marchó en pos de la lluvia, y cuando un tímido sol que parecía abrumado por cuanto había visto ese día, hizo su aparición, Roonuí-Roonuí se puso al frente de sus hombres, decidido a tomar cumplida venganza por las infinitas ofensas recibidas. En la cueva tan sólo quedaron las mujeres, el seboso «Oripo», Vetea Pitó, que no tenía derecho a exponerse puesto que llevaba tatuado en su cuerpo el camino de regreso a casa, y «Miti Matái», cuya vida era sagrada puesto que de él dependían las vidas de todos. El resto, Tapú Tetuanúi incluido, iniciaron su sigiloso avance por entre la espesura con una orden muy clara y muy concisa: ¡Matar! Y mataron. Pese a que ninguno de ellos lo hubiera hecho anteriormente, en esta ocasión lo hicieron a conciencia, pues sabían que de su eficacia a la hora de aprovechar la confusión dependía el éxito o el fracaso de su empresa. Ni un solo «Te-Onó» podía imaginar que tras el paso de un terrorífico tifón que había arrasado por completo sus hogares, hicieran su aparición unos vengativos guerreros llegados de una lejana isla de la que ni siquiera habían oído hablar, y menos aún que de pronto surgieran de la espesura con sus propios tatuajes. Su sorpresa y desconcierto alcanzaron tales proporciones, que cuando consiguieron darse cuenta del engaño se encontraban ya con un cuchillo en la garganta o un pedazo de acero en el corazón. Las dagas y espadas españolas causaron terribles estragos entre quienes no contaban más que con pesadas mazas o lanzas con punta de hueso para defenderse, y a decir verdad, la desigual «batalla» se convirtió a la larga en una feroz masacre en la que en especial los cuatro guerreros llegados de la isla volcánica, dieron muestras de una crueldad y un sadismo aberrantes. Al caer la noche, ni un solo «Te-Onó» en edad de empuñar un arma seguía con vida, al tiempo que las mujeres, los ancianos y los niños se agolpaban temblorosos en las ruinas de lo que había sido un espléndido «Marae». Jamás un pueblo perdió tanto en tan poco tiempo. Jamás una venganza fue tan completa. Jamás la destrucción y la muerte se apoderaron de toda una isla con tanta impunidad. Cuando «Miti Matái» se enfrentó a las miradas de aquellas mujeres y aquellos niños pareció experimentar por primera vez en su vida vergьenza de sí mismo, apresurándose a señalar que si se volvía a atentar contra cualquiera de aquellos desgraciados, se negaría, como capitán del Marara, a que un solo guerrero volviera a subir a bordo. — Os quedaréis aquí a hacerle frente a sus hombres cuando vuelvan — señaló con firmeza —. Hemos venido a recuperar lo que es nuestro, no a demostrar que somos más crueles que nadie. Roonuí-Roonuí, que por unas horas parecía haberse emborrachado de sangre y sed de venganza, recuperó de inmediato el control sobre sí mismo ordenando que quien causara algún nuevo desmán fuera ejecutado en el acto, con lo que con la llegada de las tinieblas la paz pareció volver al fin a la maltratada isla. Tapú Tetuanúi pasó la noche enfermo. Sentía unos incontenibles deseos de vomitar cada vez que recordaba el horror que había experimentado al atravesar con su espada el pecho de un adolescente, y aún resonaban en sus oídos los estertores de agonía de una víctima cuyos desorbitados ojos mostraban todo el asombro que le producía una muerte que llegaba en forma de arma desconocida y reluciente empuñada por alguien que, hasta segundos antes, había considerado amigo. El muchacho tuvo que hacer un gran esfuerzo y remontarse a la nefasta noche del ataque a su propia isla para conseguir de algún modo serenar su ánimo y justificar su acción, puesto que por profundo que fuera su odio hacia aquellos salvajes, más profunda era su repulsa a causar un daño tan irreparable. Soñar con una sangrienta venganza era una cosa, y llevarla a cabo otra muy diferente que por desgracia poco o nada tenía que ver con lo que había imaginado. Venir desde tan lejos y pasar tantas dificultades para atravesarle el corazón a un chicuelo que apenas alcanzaría su edad, era algo que comenzaba a antojársele absurdo, sobre todo si, como suponía, ya la princesa Anuanúa y el resto de las muchachas estaban muertas. Y quedaba por último la cuestión, aún no del todo aclarada, de que fuera aquélla en verdad la isla de la que habían partido sus asaltantes. El simple hecho de pensar que tal vez hubieran cometido un trágico error y toda aquella pobre gente nada tuviera que ver con «la bestia», le erizaba hasta el último cabello, y tan sólo cuando al amanecer Roonuí-Roonuí consiguió que una de las mujeres admitiese que el grueso de los guerreros habían partido hacía ya dos años a bordo de cinco gigantescos catamaranes, se sintió en cierto modo aliviado. Vetea Pitó, que había tenido suerte al no participar directamente en la masacre, hizo cuanto estuvo en su mano por consolar a su amigo obligándole a entender que si los «Te-Onó» no fueran la clase de asesinos que siempre fueron, a nadie se le hubiera ocurrido venir a acosarles a su propia guarida. — Puede que el que mataste aún fuera muy joven — señaló —. Pero seguro que hubiera tomado parte en la próxima expedición, y quizá hubiera raptado y violado a la mismísima Maiana… ¿Te imaginas a «nuestra Maiana» en manos de esa gente? — inquirió para negar una y otra vez con la cabeza —. Son alimañas — concluyó —. Hay que acabar con ellas antes de que acaben con nosotros. — Me hizo tanto daño… — se lamentó Tapú. — ¿A ti…? — se asombró el buceador —. ¡Daño el que le han hecho a Puní, que ha perdido un brazo, o a los tres guerreros que han muerto tan lejos de Bora Bora…! ¡Y daño el del pobre Tupaia que soñaba con recuperar a su hija y ha descubierto que no está aquí…! Eso es auténtico «daño». Lo otro tan sólo es un mal trago al que tienes que acostumbrarte. ¡Ojalá me hubieran dejado partirle el corazón a una docena de esos hijos de perra! — ¡No sabes lo que dices! — protestó su amigo —. ¡No tienes ni idea de lo mal que se pasa…! El pobre chico abría la boca buscando aire y me miraba… ¡Cómo, cómo me miraba! — Probablemente de la misma manera que el rey Pamáu miró a quienes lo asesinaron en su propia cama… — le hizo notar el otro —. ¡Oh, vamos, Tapú! — concluyó impaciente —. Luchamos por embarcarnos porque nos considerábamos hombres… ¡Compórtate como un hombre! Tapú Tetuanúi hubiera deseado responder que quien se enfrenta durante meses al océano, o quien sufre, sin rechistar, los embates de un tifón, se está comportando evidentemente como un hombre sin necesidad de matar adolescentes, pero tenía plena conciencia de que había llegado hasta allí para llevar a cabo una misión, y no era cuestión de lamentarse sobre el papel que le había tocado desempeñar en ella. Sin duda las cosas hubieran sido muy diferentes, si en lugar de un chiquillo hubiera sido un gigantesco guerrero el que se hubiera cruzado en su camino, pero también entraba dentro de lo posible, que en ese caso hubiera sido él quien llevara la peor parte. No le dejaron tampoco demasiado tiempo para meditar sobre ello, puesto que a media mañana el gordo «Oripo» apareció degollado de oreja a oreja entre unos matojos, y poco más tarde fue uno de los cuatro guerreros de la isla volcánica el que resultó apuñalado por la espalda. Roonuí-Roonuí se apresuró a convocar una asamblea general que tuvo lugar en la playa, justo frente al «Marae» en que se amontonaban los prisioneros. — Resulta evidente que hemos dejado algunos «Te-Onó» sueltos por la isla — señaló —. Y que nos pueden ir cazando uno por uno. ¿Qué hacemos? — Tú tienes el mando — le recordó «Miti Matái» —. Y debes ser tú quien decida. — Es que no se trata de una simple cuestión militar — le hizo notar el otro —. Es mucho más delicado, porque tan sólo podemos hacer dos cosas: o ejecutar públicamente tres prisioneros por cada uno de los nuestros que caiga asesinado, o internarnos en la espesura a intentar cazar a esos fugitivos. — Me repugna la idea de ejecutar mujeres y niños — replicó agriamente el «Navegante Mayor» volviéndose al resto de los asistentes cuya expresión demostraba que estaban de acuerdo con él —. La historia de Bora Bora no debe contar con la mancha de una acción semejante. — ¿Y crees que es preferible que nos asesinen un par de hombres cada noche? — Desde luego que no, y por lo tanto no nos queda más remedio que ir a buscarlos. — ¿Adónde? — quiso saber Roonuí-Roonuí —. Ya no contamos con el factor sorpresa, y nos esperarán en cada recodo del camino para irnos aniquilando uno por uno impunemente. No le faltaba razón, puesto que aunque la isla no fuera demasiado grande: unos veinte kilómetros de largo por doce de ancho, ofrecía no obstante infinidad de quebradas, cuevas, ensenadas y espesos bosques de vegetación selvática que constituían un seguro refugio para un número muy considerable de emboscados. Se daba por tanto la paradójica situación de que los hombres de Bora Bora se habían convertido al propio tiempo en guardianes de todo un pueblo, y virtuales cautivos de algunos de sus miembros. — ¿Qué hacemos? — insistió Roonuí-Roonuí —. Por lo que a mí respecta no estoy dispuesto a enviar a mis hombres tierra adentro para que los vayan cazando tontamente uno tras otro. — Pues por lo que a mí respecta, no estoy dispuesto a que se tomen represalias — replicó seguro de sí mismo «Miti Matái» —. No pretendo discutir tu autoridad, pero deberías pensártelo antes de hacer algo de lo que te avergonzarías toda la vida. — Ofréceme alguna otra opción… — pidió el «Jefe de los Guerreros». — Lo haré en cuanto la encuentre. Déjame pensarlo. Estuvieron de acuerdo en aplazar un par de días la decisión, aunque procurando que a partir de aquel momento nadie corriese riesgos innecesarios, al tiempo que dedicaban el resto del día a la delicada tarea de rescatar el Marara del fondo de la laguna. Para conseguirlo se desenterró en primer lugar la canoa, que no había sufrido daños apreciables al paso del tifón, y en ella se dirigieron al punto exacto en que había sido hundido el catamarán con el fin de que Vetea Pitó y los mejores buceadores fueran extrayendo una tras otra las piedras con que se habían rellenado sus cascos. Una vez libre de la pesada carga, la embarcación emergió por sí misma lo suficiente como para que se pudiera achicar el agua que contenían los cascos, con lo que a media tarde, el «Pez Volador» se encontraba de nuevo en disposición de iniciar una larga y difícil singladura, y Tapú Tetuanúi no pudo por menos que admirarse una vez más por la increíble sabiduría del «Navegante Mayor». Se hacía necesario tener un extraordinario conocimiento de cuanto se refiere al mar para llegar a la conclusión de que donde más segura se encontraba una embarcación durante un tifón, era en el fondo de ese mismo mar, siempre que se tratase de una cerrada laguna. Cuando a la caída de la tarde el Marara se aproximó a un «Marae» repleto de prisioneros, éstos parecieron no dar crédito a sus ojos al descubrir un altivo catamarán que surgía como caído de los cielos, sin alcanzar a sospechar siquiera que había surgido, por el contrario, del fondo del océano. Comprendían ahora cómo habían llegado a la isla sus brutales enemigos, pero seguían sin explicarse dónde diablos había estado oculta su enorme nave el día de la tormenta. Roonuí-Roonuí y la mayoría de sus hombres habían despejado una amplia extensión de terreno en torno al «Marae», acumulando leña con la que encender hogueras en cada esquina, de tal forma que en cuanto oscureció, las «Vahínes» y la tripulación se trasladaron a bordo para pasar allí la noche, mientras que los mejores guerreros montaban guardia en tierra corriendo escaso riesgo de ser sorprendidos desde las tinieblas. Tapú Tetuanúi hubiera deseado formar parte de este último grupo, pero «Miti Matái» se lo impidió: — Eres demasiado importante como para permitir que te maten — dijo —. Al faltar el «Hombre — Memoria», entre los tatuajes de Vetea Pitó, la habilidad del timonel y tus rudimentarios conocimientos sobre las estrellas podríais conducir la nave de regreso a Bora Bora si me ocurriese algo. — Sonrió con intención —. No es que te considere ya un auténtico navegante, pero empiezas a ser un aceptable marino. A Tapú Tetuanúi le llenó de orgullo el hecho de que el «Navegante Mayor» le diera tal muestra de confianza pese a que él mismo no se considerase aún más que un simple aprendiz, y por primera vez desde que saliera de Bora Bora dio por buenas las interminables horas que había pasado al relente estudiando las estrellas hasta que se le nublaban los ojos. No pudo evitar preguntarse, no obstante, si se consideraba en verdad capacitado como para encontrar el camino de regreso a través de aquel infinito océano, y mentalmente le rezó al dios Taaroa para que no le ocurriese nada a quien sí sabría conducir la nave a buen puerto. Tapú Tetuanúi había conseguido hacerse una idea bastante aproximada de qué estrellas cruzaban sobre Bora Bora en cada época del año, pero dudaba mucho de su habilidad para conseguir que las proas gemelas del «Pez Volador» le obedecieran a la hora de intentar seguir un rumbo exacto, puesto que determinar dónde estaba su isla, era una cosa, pero saber llegar a ella, otra muy diferente. Durante las tres noches que siguieron no ocurrió nada digno de mención, pero pese a las precauciones que se habían tomado, al amanecer del cuarto día les horrorizó descubrir que la pobre «Vahíne Áute» había sido degollada mientras dormía plácidamente junto a la banda de estribor del Marara. Alguien se había deslizado aprovechando la oscuridad, nadando en silencio hasta alcanzar la nave, para limitarse a alzar el brazo y cortarle el cuello a quien encontró a mano, sin detenerse a comprobar que su víctima era una mujer indefensa. La primera reacción de Roonuí-Roonuí fue degollar de igual forma a tres rehenes arrojando sus cadáveres a la espesura, por lo que «Miti Matái» se vio obligado a emplear toda su habilidad para explicarle al más anciano de los cautivos que si volvía a ocurrir un hecho semejante se tomarían sangrientas represalias. A continuación le dejó en libertad para que fuera a reunirse con los suyos pese a que no se le advertía demasiado convencido de que tal decisión solucionara los problemas. Por si acaso, esa noche ordenó encender antorchas y montar guardia a bordo del Marara. La situación se iba haciendo no obstante cada vez más tensa y en cierto modo insostenible, puesto que no existía forma humana de alimentar a todo un pueblo durante días y semanas, teniendo en cuenta, además, que el tifón había destruido la práctica totalidad de sus provisiones, así como las piraguas con las que solían pescar fuera del arrecife. El agua potable tampoco abundaba junto al «Marae», por lo que se veían obligados a permitir que las mujeres fueran a buscarla a un lejano manantial pese a que de tanto en tanto alguna decidiera no regresar. Se diría que a las «Te-Onó» no les importaba abandonar a sus hijos que se pasaban luego las horas llorando, lo cual contribuía a poner cada vez más nerviosos a sus guardianes. ¿Cuánto tiempo podrían resistir en semejantes condiciones? Habían partido de Bora Bora con la intención de participar en una rápida y aseada operación de rescate, para descubrirse cada vez más empantanados en una absurda labor de carceleros de unos repelentes seres que parecían vivir pendientes del más mínimo descuido para lanzarse a su garganta. Trepados a las más altas palmeras, los vigías se mantenían atentos al horizonte, ansiando distinguir las naves enemigas, pero se diría que el océano — o tal vez el tifón — se las habían tragado definitivamente. — ¿Qué haremos si no vuelven? — quiso saber Chimé de Farepíti expresando lo que empezaba a ser ya una preocupación que asaltaba a la mayoría de los componentes de la expedición, una tarde en que se encontraba sentado junto a sus dos amigos en la popa del catamarán —. No me apetece la idea de quedarme aquí el resto de mi vida. — Supongo que llegará un momento en que «Miti Matái» nos ordenara zarpar — señaló Vetea Pitó —. Él es el único que puede forzar a Roonuí-Roonuí a emprender el regreso. — Si Roonuí-Roonuí no quiere irse, no nos iremos — argumentó Tapú Tetuanúi seguro de lo que decía —. Más de la mitad de los tripulantes son «Arioi». — A bordo todos obedecen a «Miti Matái» — le recordó Chimé. — Cuando están navegando — puntualizó Tapú —. Pero hasta que Roonuí-Roonuí no se decida a embarcar, él es quien manda. — Lanzó un sonoro resoplido —. No me gustaría asistir a un enfrentamiento entre ambos. — Se respetan demasiado para enfrentarse — le hizo notar Chimé de Farepíti. — Lo sé, pero temo que Roonuí-Roonuí se niegue a regresar con las manos vacías. Vino a por la princesa Anuanúa y no volverá sin ella porque imagina que si consigue salvarla, le nombrará regente hasta su mayoría de edad. — Probablemente no sería un mal regente — le hizo notar Vetea Pitó —. No peor que cualquier otro. — Lo sería si no fuese también uno de los principales líderes de la Secta — replicó Tapú Tetuanúi —. Cinco o seis años bajo la regencia de un fanático «Arioi» podrían llevar a Bora Bora a una guerra civil. El rey Pamáu, y su padre, el rey Matua gobernaron con mucha inteligencia, sin prohibir la Secta, pero sin permitirle acceder a los más altos cargos porque estaban conscientes del peligro que representa. Los «Arioi» se consideran los elegidos de los dioses, pero son muchos los que opinan que los dioses están demasiado ocupados como para perder su tiempo eligiendo a nadie. — Pues yo cada día pienso más seriamente en unirme a ellos — masculló Vetea Pitó casi entre dientes. — ¿Tú…? — inquirió Chimé de Farepíti dejando escapar una escandalosa carcajada —. ¿Tú «Arioi»…? ¡No me hagas reír! Tú eres el último tipo de este mundo que podría ser «Arioi». — ¿Por qué? — se ofendió visiblemente amoscado el buceador. — Porque como bien ha dicho Tapú, los que se afilian a la Secta son gente ambiciosa o que se considera superior. — Abrió las manos como si la explicación fuera evidente —. Y tú, que eras el único dueño de una portentosa campana, — no dudaste en arrojarla al mar porque te molestaba sentirte diferente… — Dejó escapar una nueva carcajada —. ¡Ese día el indignado Roonuí-Roonuí estuvo a punto de estrangularte, mientras que por el contrario «Miti Matái» aplaudió tu gesto — le apuntó con el dedo —. Eso es lo que marca al diferencia entre ser o no ser un «Arioi», y tú no lo eres. Podría creerse que el descubrimiento de las peculiaridades de su propio carácter por parte de uno de sus mejores amigos desconcertaba a Vetea Pitó, quien se sumió de improviso en un hosco silencio del que tuvo que sacarle Tapú Tetuanúi. — ¡Vamos! — dijo golpeándole con fuerza el antebrazo —. ¡Anima esa cara! El mundo no se acaba con los «Arioi». Hasta ahora te ha ido bastante bien. — Me hacía ilusión. — ¡Tú eres tonto! — le recriminó —. ¿Cómo puede hacerte ilusión que alguien como Roonuí-Roonuí te ordene lo que tienes que hacer? Tu vida es tuya. Dos días más tarde ocurrió algo que vino a encrespar aún más los ánimos de los «Te-Onó», puesto que aprovechando que se encontraban de guardia, los tres guerreros de la isla volcánica desaparecieron llevándose con ellos a seis muchachitas de entre diez y doce años. Debían tenerlo todo muy bien planeado, ya que habían escondido agua y víveres en algún islote del arrecife, eligiendo con sumo cuidado a sus víctimas de forma que una hora antes del amanecer las obligaron a subir a bordo de su canoa para poner proa al mar y perderse de vista antes de que las gentes de Bora Bora tuvieran ocasión de caer en la cuenta de lo que había ocurrido. Tal deserción aumentaba de forma considerable los problemas de Roonuí-Roonuí, visto que le quedaban ahora menos de una docena de hombres útiles, para mantener el orden entre unos rehenes que se encontraban visiblemente soliviantados a causa del secuestro de las muchachas. — Si deciden lanzarse contra nosotros aunque tan sólo sea con palos y piedras nos costará mucho trabajo dominarlos — le hizo notar «Miti Matái» —. Y no me veo asesinando mujeres y niños. — ¿Y qué pretendes que hagamos? — quiso saber Roonuí-Roonuí con acritud —. ¿Huir? ¿Qué diríamos en Bora Bora? ¿Que tuvimos miedo de un puñado de viejos, mujeres y niños? — Jamás me avergonzaría aceptar que tuve miedo a provocar una masacre. — Puede que tú no, pero yo sí. Al salir juré que si la princesa Anuanúa seguía con vida, regresaría con ella, y aún nadie me ha demostrado que haya muerto. — Le miró con fijeza a los ojos al añadir —: Si quieres puedes marcharte, pero mis hombres y yo nos quedaremos, ocurra lo que ocurra. — Sabes bien que no me iré — fue la respuesta —. Pero sabes también que nuestra posición resulta insostenible. — ¿Se te ocurre algo mejor? — Podríamos llevarnos a los rehenes más importantes a la pequeña península del norte, donde nos haríamos fuertes a la espera de la llegada de las naves… ¡Si es que llegan! El «Jefe de los Guerreros» no necesitó más que un par de minutos de reflexión para aceptar la idea, por lo que los días que siguieron fueron de una febril actividad, ya que había que almacenar agua y víveres en la diminuta península, a la que se accedía por un estrecho istmo de blanquísima arena que se alzaba en el extremo menos poblado de la isla. Cuando todo estuvo listo, Roonuí-Roonuí eligió una veintena de mujeres y niños a los que trasladó a la península dejando al resto de los prisioneros en libertad, no sin haberse cerciorado de que estaban conscientes de que cualquier intento de agresión significaría la ejecución de los rehenes, amén de una terrible represalia sobre el resto de la isla. A Tapú Tetuanúi los tiempos que siguieron se le antojaron en verdad nauseabundos, pues fueron días y semanas de otear el horizonte, consciente de que se perdía la vida tontamente bajo la continua mirada hostil de veinte pares de ojos que parecían seguirles a todas partes, y de otros muchos ojos más que, desde el otro lado del istmo, también parecían estar atentos al más mínimo error que cometiesen. Eran de nuevo prisioneros de sus propios prisioneros, pero ahora lo eran en un espacio tan minúsculo que a menudo se descubrían los unos a los otros dando vueltas y más vueltas como bestias enjauladas. Los días se hacían interminables. Las noches, infinitas. Ya ni siquiera los bailes y los chistes de las «Vahínes» les divertían, pues de tan repetidos acababan por volverse insoportables, sobre todo ahora que — al faltar una de ellas — las otras dos parecían haber perdido las ganas de reír y cantar. Se echaban de menos los hermosos relatos del obeso «Hombre-Memoria», y la forzada inactividad consiguió que la nostalgia se fuera apoderando, sutil y silenciosamente, de todos los corazones. Aburrimiento. El aburrimiento puede minar el espíritu, deteriorándolo mucho más profundamente que los más fuertes embates de la adversidad, puesto que existen mil formas de hacer frente a esa adversidad, pero existen muy pocas de encarar el aburrimiento cuando alcanza los límites que estaba alcanzando en aquel calcinado rincón del Pacífico. Se supone que los hombres de mar están acostumbrados a la monotonía de una vida en la que cada día es igual o semejante al anterior o al que habrá de venir, pero poco o nada tenía que ver la rutina de a bordo, en la que casi todo estaba previsto y existía un tiempo marcado para realizar cada labor, con la vaciedad de la vida en un lugar en el que no había absolutamente nada que hacer. La mayoría de los viejos marinos aman ese tipo de monotonía que acaba por convertirse en un ritual, tanto más apreciado cuanto más minucioso, con mil pequeños trabajos que se ejecutan de forma casi automática, pero que sirven para tomar conciencia de que aquél es el oficio elegido y debe llevarse a cabo con la precisión que exige. Calcular la posición del barco, su velocidad y su deriva, estudiar los cambios del mar y el cielo; revisar cada detalle de la nave; hacer la guardia, comer a unas horas determinadas, pescar, descansar…: cada cosa tiene su tiempo, y el empleo preciso de ese tiempo ahuyenta el aburrimiento, pero aquella desolada península era como una balsa de arena encallada al sol del trópico, y lo único que se podía hacer era buscar la sombra de una palmera bajo la que amodorrarse observando el vuelo de las gaviotas. Tapú Tetuanúi se convirtió, no obstante, en el miembro de la tripulación del Marara que menos tiempo tenía para aburrirse, visto que «Miti Matái» parecía decidido a depositar en sus manos la responsabilidad de devolver la nave a Bora Bora. — Presiento que no concluiré este viaje — le confesó un día en que se sentaban a solas frente al tranquilo océano —. Y Moeteráuri, que por lógica debería sustituirme en el mando, no está en condiciones de hacerlo desde que aquel pez volador le dejó tuerto. Sufre terribles dolores de cabeza, a veces pierde la visión del otro ojo, y sospecho que ya ni siquiera distingue bien las estrellas… — Lanzó un hondo suspiro evidenciando que lamentaba sinceramente la desgracia del que había sido durante años su hombre de confianza —. Te puede ser de mucha utilidad a la hora de dirigir la embarcación hacia el punto que pretendas llevarla, pero no creo que lo sea a la hora de elegir tu destino. — Hablas como si estuvieses muerto — le hizo notar el muchacho —. Y no creo que exista razón para hacerlo. — Existe — fue la respuesta —. Tané me condujo hasta el confín del universo y me permitió regresar, pero tiene una norma muy estricta: nadie vuelve por segunda vez del «Quinto Círculo». — Al fin y al cabo eso no es más que una leyenda — protestó Tapú. — Una leyenda que se ha cumplido durante más de dos mil años acaba por convertirse en realidad — «Miti Matái» le golpeó con afecto la pierna —. Pero no tienes por qué apenarte por mí — añadió —. Mi destino ha sido el más maravilloso que hombre alguno haya tenido, y he visto lo que nadie vio. Éste es un buen momento para ponerle punto final, siempre que me vaya con el convencimiento de que mi nave regresa a puerto. — Le sonrió con dulzura —. Y serás tú quien la conduzca. — ¿Cómo? — se asombró el atemorizado muchacho —. Aún no sé nada de nada. — ¡Eso es muy cierto! — admitió el otro, burlón —. Pero precisamente porque sabes que no sabes, lo único que tendrás que hacer se seguir fielmente mis instrucciones… Tales instrucciones se hallaban recogidas en tres lugares: el cuerpo de Vetea Pitó, sobre cuya piel aparecían infinidad de signos que servían de recordatorio de lo que había sido el viaje de ida; una gran carta marina tejida a base de hojas de palma, en la que pequeñas conchas representaban las islas, mientras que ramas y plumas de colores marcaban los vientos y las corrientes, y, por último, la cubierta del catamarán, en la que «Miti Matái» había ido grabando a fuego infinidad de estrellas y constelaciones, de forma que el muchacho pudiera «leer» de proa a popa todos los «Avei'á» posibles en ruta hacia el este o hacia el este-sudeste, que serían las que lógicamente tendría que seguir para conseguir avistar las costas de Bora Bora. — Pero recuerda que estos «Avei'á» tan sólo te serán de utilidad cuando hayas abandonado el «Quinto Círculo» y estés de nuevo en el hemisferio sur, donde las estrellas son ya «Las Nuestras» — le hizo notar el «Navegante Mayor» —. A partir de ese momento, lo que tienes que hacer es elegir la primera estrella que aparezca en el horizonte, procurar que coincida con la marca que he grabado en cubierta y seguirla. — Le llevó a otro punto del barco —. Aquí, a estribor, te he marcado cuál será la situación exacta de Bora Bora según el «Compás de Estrellas» durante los próximos ocho meses… ¿Serás capaz de interpretarlo? — Supongo que sí — señaló el muchacho con cierta timidez. — Con que lo supongas no basta — fue la severa respuesta —. Tienes que saberlo tal como te sabes el nombre de Maiana, porque de ello dependerá la vida de todos. — Golpeó repetidamente la cubierta con el dedo —. Te pasarás las horas estudiando hasta que estés en condiciones de decirme, sin la menor vacilación, qué significa cada una de estas marcas, y en qué posición se encontrará Bora Bora en cada momento de tu viaje… ¿Está claro? ¡Dioses Misericordiosos! Se le secaría el cerebro… Se le fundirían las ideas… Se quedaría ciego antes de conseguir desentrañar aquel complejo galimatías de marcas y pequeñas quemaduras que pretendían representar estrellas y constelaciones en su progresión por los cielos siempre en relación con la posición de Bora Bora. Por suerte, Vetea Pitó y Chimé de Farepíti — tal vez porque no tenían otra cosa mejor que hacer — acudieron en su ayuda, y juntos dedicaban la mayor parte de la jornada a la paciente labor de ir desentrañando el complejo mapa celeste en que se había convertido gran parte de la cubierta del catamarán. «Miti Matái» le aclaraba todas las dudas, aunque algunas veces se advertía que estaba a punto de perder la paciencia ante la magnitud de la ignorancia del muchacho y Moeteráuri, el tuerto timonel que también solía tomar parte en las reuniones, se veía obligado a hacerle notar que en realidad no se trataba tanto del hecho de que Tapú fuera demasiado torpe, sino que más bien era excesivo el volumen de información que pretendía hacerle asimilar de un solo golpe. — Llevas casi cuarenta años siguiendo noche tras noche los «Avei'á» — le recordó —, Y te resulta demasiado familiar todo cuanto tratas de explicar. Para ti es como andar por los senderos de Bora Bora. Pero a alguien que nunca hubiera puesto los pies en la isla no le podrías indicar que detrás del astillero de Tevé Salmón encontrará una quebrada que le llevará a la plantación de «pandanus» de los Tefaatáu, y que a cinco minutos de marcha estará en casa de Hiro Tavaeárii — negó convencido —. No es tan sencillo. Estás hablando de miles de estrellas que se mueven cada noche de este a oeste y que además varían de posición continuamente. — Lo sé — era siempre su respuesta —. Entiendo que es muy difícil, pero no le queda más remedio que aprenderlo. — ¡Si al menos viviera el «Hombre-Memoria»…! — se lamentaba Tapú Tetuanúi. — En este caso me alegro de que no esté — sentenció el capitán del Marara. — ¡No digas eso! Sé que le apreciabas. — Mucho, pero en la situación a que había llegado hubiera acabado por empujarte contra la «Tierra. Infinita». En lo que a estrellas se refiere, es preferible no saber nada, a saberlo mal, porque si no tienes idea de hacia adónde se dirige una estrella, no se te ocurre seguirla, pero si la sigues erróneamente puedes ir a parar al fin del mundo. — ¡Ahí vienen…! La noticia les cogió por sorpresa pese a llevar más de un mes esperándola y de inmediato Tapú Tetuanúi y sus amigos treparon a sendas palmeras para observar cómo, en efecto, tres enormes catamaranes acababan de hacer su aparición en el horizonte. Tres de los cinco que partieran de aquel mismo lugar dos años antes, y de los cuatro que asaltaran Bora Bora hacía ya catorce meses. Hasta el último tripulante del Marara sabía de antemano lo que tenía que hacer, por lo que media hora más tarde, los víveres, el agua y los rehenes se encontraban a bordo, lo que permitió largar amarras para que los remeros comenzaran a bogar con fuerza saliendo a mar abierto por el paso de poniente, fuera del campo de visión de quienes llegaban por levante. A unas cuatro millas de la costa «Miti Matái» ordenó a sus hombres que cesasen de remar para ponerse al pairo. Tapú Tetuanúi hubiera dado cualquier cosa por ver la cara de los «Te-Onó» al descubrir que por su isla había pasado un huracán en forma de tifón, y otro aún peor en forma de guerreros sedientos de venganza, así como por ser testigo de cómo se les agriaba la expresión de alegría por el triunfante regreso, al advertir que durante su ausencia lo habían perdido prácticamente todo. Era el dulce momento de la venganza. El momento de regodearse con la ira de quienes llegaban cargados con un botín que no les compensaría después de tanto esfuerzo. El momento de sentarse a esperar. A media tarde, y siguiendo unas instrucciones que Roonuí-Roonuí había dejado muy claras al más anciano de los «Te-Onó», una de las grandes embarcaciones hizo su aparición en el paso de poniente y se aproximó muy despacio impulsada únicamente por seis remeros. «Miti Matái» ordenó avanzar hacia ella conservando una prudente distancia hasta cerciorarse de que no había guerreros a bordo, y que aparte de los remeros tan sólo se encontraba ocupada por un puñado de mujeres, la mayoría de las cuales les saludaban felices. La princesa Anuanúa parecía erguida en proa, luciendo el «Maro'urá» — el amarillo cinturón real — e incluso desde tan lejos Tapú Tetuanúi abrigó la sensación de que había cambiado, pasando de ser una escuálida adolescente sin apenas formas, a una hermosa mujer hierática y altiva. A medida que se iban aproximando descubrieron que de las nueve muchachas de Bora Bora sólo quedaban siete, aunque distinguieron tres más que les resultaban absolutamente desconocidas. Arbolearse a la nave enemiga resultó sumamente delicado, y los primeros que la abordaron fueron Roonuí-Roonuí y sus hombres que se apresuraron a colocarse junto a los remeros, amenazándoles con largas espadas y afiladas dagas españolas que les producían un visible desconcierto pese a que se trataba sin duda de auténticos guerreros, fuertes, curtidos por el sol y cubiertos de horrendos tatuajes. Tapú Tetuanúi no pudo evitar sentirse fascinado por la proximidad de los «Te-Onó», los piratas más temidos del Pacífico desde las costas de Nueva Guinea a las de América, asesinos sin entrañas cuyos desfigurados rostros mostraban ahora una profunda impotencia mientras sus ojos refulgían de odio y en ocasiones enseñaban los amarillos dientes como dando a entender a sus enemigos que pronto o tarde acabarían por devorarles. El intercambio de rehenes se hizo de forma rápida y eficaz; Roonuí-Roonuí ordenó luego a los remeros que lanzaran al agua sus «pagayas» para que tardasen en recuperarlas y comenzar a bogar de nuevo, y en cuanto saltó a la cubierta del «Pez Volador», «Miti Matái» viró en redondo para alejarse cuanto antes de la isla. Tan sólo entonces los tripulantes del Marara lanzaron lo que parecía ser un alarido de victoria, motivado por el hecho de que la princesa Anuanúa, siete de las muchachas, el cinturón real, e incluso la «Gran Perla Sagrada» estaban a salvo. Había sido un viaje largo y duro, pero había valido la pena. Su alegría duró, sin embargo, tan sólo unos minutos; justo el tiempo que la princesa Anuanúa tardó en plantarse ante el sonriente «Miti Matái», para espetarle directamente y sin preámbulos: — Muerto mi padre, te ordeno, como Reina de Bora Bora, que me devuelvas a tierra, junto a mi esposo, el rey Octar. Si el mundo se hubiese detenido; si el océano se hubiese solidificado, o si el sol hubiese comenzado a correr de oeste a este, ni el capitán del Marara ni ninguno de sus hombres hubiesen quedado más petrificados por el asombro de lo que se quedaron en aquel inolvidable momento. — ¿Cómo has dicho? — alcanzó a balbucear al fin el «Navegante Mayor» de Bora Bora. — Te he «ordenado» que me devuelvas junto al padre de mi hijo. Un niño debe nacer en la isla de la que va a ser Rey. Se hizo un largo y tenso silencio; quizá el más largo, o al menos el más tenso, de que Tapú Tetuanúi hubiera sido nunca testigo, pues al igual que el resto de sus compañeros, el muchacho contemplaba a la princesa Anuanúa como si se tratara de un ser caído de otro planeta. Era la misma, no cabía duda; con los mismos ojos y el mismo rostro que habían visto un millón de veces jugando frente al «palacio» del rey Pamáu, pero salvo por esos rasgos nada más hubiera hecho pensar que aquella odiosa mujer que se encaraba retadora al gran «Miti Matái» tenía algo en común con la encantadora criatura que todos amaban y respetaban como futura reina de Bora Bora. Al fin, el capitán del Marara se volvió a Ihona, la mayor de las muchachas recién liberadas, e inquirió con acritud: — ¿De qué demonios está hablando? — De Octar; el rey de los «Te-Onó». Un gigante con un pene inmenso que desgarró a mi hermana Purúa causándole la muerte y casi nos destroza a todas. — Hizo una corta pausa para añadir con gesto de asco —: Es una especie de monstruo grasiento y maloliente, pero a ella le gusta. — Octar te arrancará la lengua — masculló Anuanúa mordiendo con ira las palabras —. Y te sacará el corazón para comérselo. — No sería el primero… — fue la seca respuesta —. Y me consta que tomaste parte en la fiesta en que se comieron a Purúa. ¡Maldita hija de perra! — ¡Calla! — le reprendió autoritario Roonuí-Roonuí —. ¿Cómo te atreves a hablarle así a la Reina de Bora Bora. — ¿«Reina de Bora Bora»? — repitió Ihona — ¡«Reina de los caníbales», más bien! Aun me resuenan en los oídos sus aullidos de placer mientras se revolcaba con ese cerdo en el mismo momento en que mi pobre hermana agonizaba. Si este bicho es la «Reina de Bora Bora», prefiero no volver a poner los pies en la isla. Ni yo, ni ninguna de nosotras. Bastó una mirada para comprender, sin necesidad de que pronunciaran una sola palabra, que el resto de las mujeres estaban de acuerdo con lo que había dicho, puesto que instintivamente se habían apartado de Anuanúa como quien se aleja de un peligroso «nohú» cargado de veneno. Se diría que por primera y única vez en su vida «Miti Matái» se encontraba tan desconcertado que no sabía qué actitud adoptar, ni a quién solicitar ayuda, y por último inquirió roncamente: — ¿Es eso cierto? ¿Hacías el amor con el asesino de tu padre mientras Purúa agonizaba? — No tengo por qué dar cuenta de mis actos — fue la helada respuesta —. La ley especifica que soy la Reina. — Sonrió cínicamente —. De otro modo jamás hubiera permitido que me cambiaran por esos rehenes. ¡Devuélveme a la isla! — Pero la ley de igual modo especifica que a bordo de una nave la autoridad del capitán está por encima de la del Rey — intervino de improviso un exaltado Tapú Tetuanúi que ante la feroz mirada con que Anuanúa le fulminaba añadió visiblemente atemorizado —: Lo dice la ley… — ¿Qué absurda ley es ésa? — inquirió agresivamente la princesa —. ¡Que venga el «Hombre-Memoria» y me la aclare! — El viejo «Oripo» murió. Lo degollaron los «Te-Onó» — replicó con desconcertante calma Vetea Pitó al tiempo que apuntaba con el dedo hacia su amigo —. Ahora es Tapú quien más sabe de leyes, y lo que él diga, es lo que cuenta. — Abrió las manos con un ademán que parecía querer explicarlo todo —. Era el discípulo predilecto de Hiro Tavaeárii… — Pues yo no acepto esta ley — sentenció impasible Anuanúa. En esta ocasión Tapú Tetuanúi necesitó pensárselo dos veces, consultar con la mirada a sus compañeros, y armarse de todo el valor de que disponía, para balbucear como si se estuviera disculpando: — Pues esa ley forma parte del conjunto de decretos que se refieren a la gobernabilidad de la isla, el sexto de los cuales especifica que la monarquía debe ser hereditaria. — Hizo una corta pausa —. Pero si no aceptas la primera ley, significa que tampoco aceptas la sexta, y en ese caso dejas de ser la legítima heredera del rey Pamáu. Podría creerse que estaban a punto de enzarzarse en una absurda discusión de tipo legal en mitad del océano, y tal vez hubiera sido realmente así de no darse el caso de que en ese momento uno de los vigías dio la voz de alarma indicando la punta de la isla en la que acababan de hacer su aparición dos enormes catamaranes que avanzaban rápidamente hacia ellos. La nave que había servido para hacer el intercambio de prisioneros regresaba lentamente hacia tierra, pero las dos restantes presentaban ahora un aspecto impresionante debido al hecho de que más de cuarenta guerreros remaban con increíble brío en cada una de ellas, por lo que «Miti Matái» apartó sin contemplaciones a la princesa para concentrarse en estudiar la nueva situación y calibrar la verdadera magnitud del peligro que se cernía sobre el Marara. Faltaba poco más de una hora para el oscurecer, pero resultaba evidente que al increíble ritmo que progresaban sus enemigos caerían sobre ellos mucho antes de que la noche acudiera a protegerles, ya que apenas soplaba una ligera brisa en dirección a tierra, y el mar aparecía en calma, como si los elementos hubieran optado por aliarse a los sanguinarios «Te-Onó». Cundió el pánico. Las muchachas rompieron a llorar ante el temor de que su recién recuperada libertad fuera tan sólo un espejismo, los hombres advirtieron que el corazón se les encogía, y un nerviosísimo Roonuí-Roonuí comenzó a dar apresuradas órdenes aprestando a los guerreros para la desigual contienda. Tapú Tetuanúi desenvainó al instante la larga espada regalo de sus amigos españoles, pero ni siquiera su acerado filo fue capaz de cortar el nudo de terror que se le había instalado en la garganta al advertir cómo las altas y agresivas proas se iban aproximando. A bordo del «Pez Volador» reinó por unos instantes un indescriptible caos en el que únicamente dos personas parecían conservar la calma: el meditabundo «Navegante Mayor», cuyos ojos no perdían detalle de cuanto ocurría a su alrededor, y la ahora sonriente Anuanúa, mientras que a Tapú Tetuanúi le acudían de inmediato a la mente,las palabras que el «Navegante Mayor» pronunciara tiempo atrás: «El Marara es un barco muy rápido, pero jamás resistiría el abordaje de una nave de guerra.» Durante el intercambio de rehenes el muchacho había tenido ocasión de estudiar el barco de los «Te-Onó», por lo que se veía obligado a admitir que, efectivamente, los cascos del catamarán se quebrarían como un huevo ante el embate de unas altas, afiladas y poderosas proas que parecían diseñadas expresamente para causar destrozos. ¿Qué posibilidades de sobrevivir tendrían en mitad del océano, habiendo quedado a merced de semejantes asesinos? Se volvió a sus amigos. Vetea Pitó aparecía muy pálido, pero empuñando también con firmeza su arma, mientras que por su parte el forzudo Chimé de Farepíti apretaba los dientes mientras aferraba con las dos manos una enorme maza con la que parecía dispuesto a aplastar el cráneo de quien intentara aproximársele. «Vahíne Tiaré» y «Vahíne Tipanié» se esforzaban por calmar a las aterrorizadas muchachas. Los catamaranes continuaban su implacable avance cada vez más veloces. «Miti Matái» decidió al fin impartir órdenes, y eran órdenes escuetas y muy precisas que en un principio desconcertaron a su gente, pese a lo cual se apresuraron a ejecutar sin aventurar inútiles preguntas. El sol declinaba a punto ya de ocultarse tras una rojiza nube… Los «Te-Onó» se encontraban tan cerca que casi se podían distinguir sus horrendos tatuajes. El Marara viró en redondo para ofrecerles las proas, como si estuviera dispuesto a atacar en el momento de ser atacado. Tapú Tetuanúi clavó la vista, fascinado, en el «Navegante Mayor», que tenía el rostro alzado, pendiente de los plumones que colgaban de los obenques. Era el rostro más sereno y seguro de sí mismo que hubiera visto nunca, por lo que instintivamente aflojó la presión que ejercía sobre la empuñadura de la espada. Pasaron, interminables, los minutos. Se escucharon con absoluta nitidez las voces provenientes de las naves enemigas. El sol decidió ocultarse por completo tras la roja nube, y casi al instante una leve ráfaga de viento agitó los plumones. — ¡Largar velas! Los hombres obedecieron, y Tapú Tetuanúi fue testigo de algo que jamás hubiera imaginado: dos blancas, fuertes y flexibles velas españolas se desplegaron de lado a lado de la embarcación, desde la punta de los mástiles al extremo de los balancines, formando enormes triángulos atravesados sobre la cubierta de tal forma que capturaban hasta el menor soplo de brisa que le llegara por popa. La nave dio un salto. — ¡Todos a popa! — ordenó de nuevo «Miti Matái». Corrieron a obedecer, y en cuanto lo hicieron las dos proas gemelas se elevaron casi un metro sobre el agua, de tal modo que ahora eran las afiladas quillas en forma de «uve» las que cortaban el agua como cuchillas. El Marara crujió amenazadoramente, pero comenzó a ganar velocidad. Con la puesta del sol el viento arreciaba. — ¡Reforzar los obenques! ' — aulló el «Navegante Mayor» —. ¡Que no cedan los mástiles! Eran marinos; los mejores que existían sobre la faz de los océanos, y dos de ellos treparon ágilmente a los mástiles que temblaban bajo la tremenda tensión de las velas para tensar sendos cabos que se sujetaron a las popas. Los cascos también se estremecían, lamentándose por el esfuerzo que se les exigía, pero resistían. El «Pez Volador» comenzó, realmente, a «volar». Metro a metro ganó velocidad, aproximándose, como una gigantesca gaviota que rozase apenas la superficie del agua, a unos barcos cuyos asombrados remeros habían dejado de bogar. «Miti Matái» hizo un gesto a Tapú para que fuese a echarle una mano al timonel, que se las veía y deseaba para mantener la caña en posición. Fue un espectáculo irrepetible, sobrecogedor y fascinante. A menos de cien metros del enemigo, el «Navegante Mayor» gritó de nuevo: — ¡Todo a estribor! ¡Tensad por la banda de babor…! El catamarán comenzó a virar en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Perdía velocidad a ojos vista, pero conservaba el suficiente impulso como para cruzar como una exhalación ante los enfurecidos «Te-Onó» que se negaban a dar crédito a lo que veían. Cuando se encontraba a unos setenta metros de su banda de babor, y a unos cuarenta por delante de sus proas, el capitán del Marara ordenó de nuevo: — ¡Todo a babor! ¡Velas a la primera posición! La nave trazó un prodigioso zigzag y pareció frenarse en seco, pero cuando de nuevo el viento la alcanzó por la popa tensando el trapo, reanudó su andadura y comenzó a dejar atrás a las embarcaciones enemigas, cuyos burlados tripulantes hacían inútiles esfuerzos por virar en redondo intentando seguirla. Tapú Tetuanúi pudo distinguir con toda claridad la horrenda figura de un gigante cubierto de tatuajes que gritaba amenazas blandiendo una larga lanza, y no necesitó que nadie se lo aclarase para saber que aquel espantoso individuo no era otro que el sádico Rey de los temibles «Barracudas». Fue en ese momento cuando la princesa Anuanúa hizo ademán de lanzarse al agua, pero «Miti Matái» — que permanecía atento a sus más mínimos movimientos — la aferró por un brazo para arrojarla sobre cubierta y pisarle el estómago manteniéndola inmóvil pese a que trataba de zafarse aullando insultos. Cuando el sol concluyó de ocultarse tras la línea del horizonte, los «Te-Onó» no eran más que pequeños puntos que se perdían en la distancia. El «Pez Volador» seguía volando. Con el amanecer cesó el viento. Pero no se advertía ya rastro alguno de los «Te-Onó», ni de su isla, que había quedado muy atrás, al noroeste. Lo único que había preocupado hasta el momento al capitán del Marara era poner la mayor cantidad de agua posible entre su barco y los de sus perseguidores, aprovechando al máximo ese viento, aunque viéndose obligado, eso sí, a disminuir de forma notable la superficie del velamen, ya que ni los mástiles ni las «costuras» del navío hubieran soportado durante mucho tiempo la enorme presión a que se habían visto sometidos en un primer momento. De hecho, el casco de estribor se había resentido, dos hombres tenían que achicar agua continuamente, y al hábil carpintero le resultaba prácticamente imposible cerrar las anchas grietas mientras se encontraran navegando. Cuando al cabo de un largo rato los vigías confirmaron que no se distinguía rastro alguno de embarcaciones en cuanto abarcaba la vista, el «Navegante Mayor» ordenó poner el «Pez Volador» al pairo para que en la quietud de un océano que parecía ahora una balsa de aceite se le pudiesen reparar los desperfectos. Para lograrlo, sus tripulantes se fueron desplazando paulatinamente hacia la banda de babor, permitiendo así que el patín derecho se elevara lo suficiente como para dejar al aire la zona afectada, aunque procurando siempre mantener un delicado equilibrio que no pusiera en peligro la embarcación. El carpintero comenzó a moverse entonces con la agilidad de un mono, colgándose por el costado con ayuda de un grueso cabo, y «remendando» las junturas por medio de una larga aguja de hueso que uno de sus ayudantes le devolvía de inmediato desde el interior del casco. Un observador ajeno a la cultura de aquel pueblo nacido para la vida en alta mar, no hubiera conseguido dar crédito a una maniobra que se estaba desarrollando a más de sesenta millas de la costa y con cuatro mil metros de agua bajo la quilla, y que constituía, sin género de dudas, la máxima demostración de hasta qué punto el ser humano está capacitado para adaptarse a cualquier medio. Reparar con la única ayuda de cabos hechos con fibra de coco una nave de treinta metros de longitud manteniéndola en equilibrio sobre uno de sus cascos constituía, evidentemente, una hazaña que ningún marino occidental se hubiera sentido capaz de realizar, pero los hombres y mujeres del Marara, lo llevaban a cabo con la naturalidad de un hecho cotidiano, y mientras el carpintero y sus ayudantes trabajaban, el resto se concentraba en escuchar en respetuoso silencio el amargo relato que de su cautiverio estaban haciendo las muchachas, ya que constituía una horrenda historia que les obligaba a arrepentirse por no haber pasado a cuchillo a toda una raza de seres abominables, acostumbrados a cometer las más inhumanas aberraciones. — El primer día — comenzó Ihona —, el rey Octar, que ejerce un dominio tiránico sobre sus hombres, nos violó a cuatro, y a mi hermana Purúa la desgarró de tal forma que acabó muriendo desangrada. Octar no es un hombre normal, sino una especie de loco enorme que se vanagloria de poseer el pene más gigantesco que nadie haya tenido jamás y de estar dispuesto a utilizarlo a cualquier hora del día y de la noche. Se hizo un incómodo silencio, en el que los hombres del Marara, parecieron estar intentando hacerse una ligera idea de la magnitud y la potencia de un miembro capaz de destrozar a alguien que, como Purúa, había hecho en su día el amor con la mayoría de los presentes, y tras darles tiempo para reflexionar, otra de las muchachas añadió roncamente: — Fue como una pesadilla porque además nos obligaba a ser testigos de lo que hacía con nuestras compañeras, sabiendo como sabíamos que a continuación nos tocaría a nosotras. Por mi parte, puedo jurar que si no hubiera estado atada me habría arrojado al mar, prefiriendo ser pasto de las auténticas barracudas a tener que pasar por semejante prueba y tan terrible humillación. — ¡Hijo de perra! — masculló un indignado Vetea Pitó. — El resto de los hombres, e incluso la veintena de mujeres que iban con ellos, también miraban y se reían por que ver a su jefe actuar de aquella forma les excitaba hasta el punto de que al poco comenzó una asquerosa orgía que nada tenía de humana, y en la que nosotras llevábamos siempre la peor parte. — La muchacha dejó escapar un corto sollozo para añadir con un esfuerzo —: ¡Me duele tan sólo recordarlo…! «Vahíne Tiaré» le acarició dulcemente el cabello, intentando consolarla, al tiempo que señalaba: — Si no quieres, no sigas. — Quiero seguir — replicó con serenidad —. Quiero que todos sepan lo que nos hicieron sufrir, para que si alguno de esos monstruos se cruza en su camino, no tenga el menor remordimiento a la hora de aplastarle la cabeza. La voz se le quebró, y fue de nuevo Ihona la que recuperó el hilo del relato. — Cuando nos hubo violado a todas, Octar nos entregó a sus hombres, y aunque después de haber pasado por sus manos cualquier cosa parecía soportable, fueron tantos y de igual modo tan brutales, que prefiero no extenderme en detalles. — ¿Cómo se comportaba Anuanúa? — quiso saber «Miti Matái» — No lo sé — fue la sincera respuesta —. No teníamos tiempo de pensar o darnos cuenta de cuanto ocurría a nuestro alrededor, pero lo que resulta evidente es el hecho de que Octar había decidido no tocarla de momento, tal vez por considerarla demasiado niña, o tal vez porque, vista su fragilidad, temía matarla al igual que había matado a Purúa, y la reservaba para más adelante. Además, una noche asaltaron una isla y raptaron a estas tres, y a otra más que también ha muerto, y se dedicaron a divertirse de igual modo con ellas. — ¡Taaroa sea loado! — exclamó «Vahíne Tipanié». — Taaroa no existe — replicó Ihona mordiendo las palabras —. Mil veces le llamamos rogando que acudiera en nuestra ayuda, y jamás acudió. Para mí ha muerto. Todos los dioses han muerto para nosotras. Resultaba sumamente doloroso escuchar semejante afirmación de labios de una criatura que apenas comenzaba a vivir, pero se hacía necesario ponerse en su lugar para captar el auténtico significado de sus palabras, teniendo en cuenta, además, que la tristeza de sus ojos y el amargo rictus de su rostro mostraban, mejor que cualquier discurso, la auténtica naturaleza de sus padecimientos. Por su parte, la princesa había desaparecido desde el momento mismo en que «Miti Matái» dejó de mantenerla inmóvil contra cubierta, ocultándose en un rincón del tingladillo de proa, de donde no había salido ni para beber agua, como si de improviso hubiera decidido borrarse a sí misma de la faz del planeta. — Un día — recomenzó otra de las muchachas —, y mientras nos encontrábamos en una pequeña isla deshabitada, a Anuanúa le bajó de improviso su primera menstruación, y Octar pareció captarlo al instante, puesto que comenzó a olfatear como un perro en celo, para agarrarla por un brazo y desaparecer con ella, que ni siquiera hizo la menor intención de rebelarse. — Lanzó un resoplido, como si le costara aceptar la realidad de su relato —. No les vimos durante dos días y dos noches, pero cuando empezábamos a temer que también la hubiera destrozado, hicieron su aparición como dos enamorados, y resultó evidente que a partir de aquel instante Anuanúa había pasado de ser Reina de Bora Bora, a convertirse en Reina de los «Te-Onó». — ¡Que Oró la fulmine…! — ¡Y que Tané la condene a morar eternamente en las profundidades del océano! — fue la inmediata respuesta —. Jamás nadie fue tan maligno, ni se vanaglorió tan ostentosamente de esa maldad delante de quienes habían sido hasta aquel momento sus amigas y compañeras de martirio. — ¡Cuesta trabajo aceptarlo! ¡La hija del bondadoso rey Pamáu y la tierna Tana…! — ¡La hija del dios «Kauhúhu» y una serpiente de mar…! Aún no había cumplido los trece años pero ya disfrutaba acariciando y besando en público aquella «cosa» inmunda que había matado a Purúa y nos había causado tanto dolor y tanta vergьenza. ¡Que los demonios la confundan! — ¡No es posible! — masculló Roonuí-Roonuí, que aún parecía dudar de la sinceridad de cuanto estaba oyendo —. Yo la tuve en mis brazos a poco de nacer y la he visto crecer… Siempre fue una chiquilla dulce y cariñosa… — Pues en esos dos días se convirtió en el ser más pervertido que haya existido en todas las islas del océano — le contestaron —. Una bestia de mente enferma que encontró su alma gemela en otra bestia igualmente enferma. — ¡¡Octar…!! Como si hubiera presentido que hablaban de ella y de su amante, el alarido resonó como el aullido de una bestia herida de muerte, consiguiendo que el vello de más de uno se erízase, y obligando a todos, incluido el atareado carpintero, a clavar la vista en el tingladillo de proa. — ¡¡Octar…!! — ¡Oídla…! No es un ser humano. Es un demonio que merece mil muertes, pues no sólo no movió un dedo por mitigar nuestros sufrimientos, sino que, por el contrario, se regocijó con ellos tanto como se regocijaban aquellos animales. — Sigue siendo la Reina… — masculló agriamente Roonuí-Roonuí. — ¿Y qué ocurrirá cuando ejerza el poder? La noche y las tinieblas más profundas se abatirán sobre Bora Bora como un manto de muerte. De muerte, de horror y de vergьenza. ¿Qué dirán el día de mañana los «Oripos» sobre esa encarnación del mal que además lleva en sus entrañas al hijo de un monstruo que se convertirá a su vez en el heredero del trono? ¿Es ése el futuro que nos aguarda? ¿Tendremos que someternos a la tiranía de semejante estirpe de locos? — No podemos consentirlo — replicó de inmediato Chimé de Farepíti —. ¡No sería justo! — Es la ley — puntualizó Roonuí-Roonuí con un visible esfuerzo —. Puede que no nos guste, pero hemos convivido con esas leyes miles de años, y todo nuestro mundo se derrumbaría si comenzáramos a despreciarlas. — Más se derrumbará si las acatamos — señaló Vetea Pitó. — Eso está por ver — fue la respuesta del «Jefe de los Guerreros» —. Y en todo caso deberá ser el Consejo el que decida. — En cuanto Anuanúa desembarque en Bora Bora, nadie, ni siquiera el Consejo, se atreverá a poner en entredicho su autoridad — argumentó serenamente Tapú Tetuanúi, para añadir con manifiesta intención —: Y los «Arioi» menos que nadie. — No mezcles a los «Arioi» en esto — replicó Roonuí-Roonuí en un tono de voz en el que flotaba un leve tono amenazante —. No creo que tampoco les agrade la situación. — ¡Tú sabrás! — fue la rápida e intencionada respuesta —. Pero yo no pienso vivir bajo el poder de alguien que ha cometido tal cúmulo de aberraciones. — Siempre te queda el recurso de exiliarte — le recordó el otro. — En ese caso serán muchos los que se exilien — intervino «Miti Matái» con su calma de siempre —. Y lo que me preocupa, es que todo esto pueda degenerar en un enfrentamiento entre dos bandos. — ¿Y cuál sería la solución según tú? — quiso saber Roonuí-Roonuí —. ¿Matar a Anuanúa? ¿Quién de nosotros osaría ensuciarse las manos con sangre real? ¿Sabéis qué castigo reservan los dioses a quien comete semejante crimen? Lo convierten en tiburón blanco por el resto de la eternidad. — Los miró uno por uno —. ¿Quién se arriesgaría a ser un «Teatea-Maó» hasta el fin de los tiempos? Resultó evidente que ninguno de los presentes parecía dispuesto a asumir tal riesgo, y fueron por tanto mayoría los que lanzaron un suspiro de alivio en el momento en que el carpintero señaló que la avería había sido reparada y los remeros podían ocupar sus puestos para reiniciar la marcha. Aquélla era una espinosa discusión que a nada conducía, más que a inquietar los espíritus e impedir a más de uno conciliar el sueño cuando llegase el momento. Lo que sí estaba claro era el hecho de que en la nave no reinaba el clima de alegría y felicidad que cabría esperar tras una laboriosa e indiscutible victoria, ni aun tan siquiera el espíritu de amistad y camaradería que había sido normal hasta el día anterior. La absoluta convicción de que la dulce e inocente princesa «Arco Iris», por quien en realidad se habían hecho a la mar dispuestos a afrontar mil riesgos, se había convertido en el ser más repugnante y despreciable del que jamás oyeran hablar, había tenido la virtud de amargar todos los corazones y destrozar todas las ilusiones. Los esfuerzos de tantos hombres, mujeres, ancianos y niños trabajando día y noche para construir la nave más veloz que nadie hubiese soñado; los sacrificios de cuantos la habían tripulado a través de los mares, y en especial las vidas de aquellos que habían caído en la arriesgada empresa, pasaban a convertirse de la noche a la mañana en un empeño inútil que nada significaba frente a la fascinación que ejercía sobre aquella despreciable criatura el desorbitado pene del asesino de su propio padre. — ¡Qué vergьenza, oh, dios Tané! ¡Qué horror! Tapú Tetuanúi no había conseguido encontrar palabras que expresaran mejor cuanto sentía, y tras pasar más de dos horas repitiéndolas furiosamente mientras achicaba agua en un vano intento de agotarse y no pensar en cuanto había sucedido, fue a tomar asiento junto a su mejor amigo, que al igual que él, parecía no hallar paz ni consuelo. — ¡Deberíamos arrojarla al mar! — fue el saludo del indignado Vetea Pitó —. Tirarla por la borda y que fueran los tiburones los que se ocuparan de ella. — Trató de sonreír irónicamente —. ¡Al fin y al cabo ellos ya son tiburones! — Arrojarla al mar sería tanto como matarla — le hizo notar Tapú Tetuanúi —. ¿Y quién se atrevería a darle el último empujón? — Yo lo haría con sumo gusto si el castigo fuera otro. Pero la sola idea de convertirme en tiburón blanco me horroriza. — Igual que a todos — señaló su amigo —. Al fin y al cabo, ¿quién, más que los propios reyes, pueden saber lo que significa llevar sangre real en las venas? Taaroa les concedió el poder, y únicamente él puede quitárselo. El buceador le dedicó una larga mirada escrutadora. — ¿De verdad crees eso? — quiso saber. — Es lo que siempre me han dicho. Y habiendo conocido a Pamáu nunca tuve por qué dudarlo. — ¿Y a quién ha salido ella? — No lo sé — admitió el muchacho —. Pero recuerdo que Hiro Tavaeárii aseguraba que el sexo de las mujeres es oscuro, misterioso y lleno de recovecos. Por lo visto, cuando un hombre consigue penetrar en el último de sus rincones, acaba por apoderarse de su alma. — Hizo una brevísima pausa —. Algunas mujeres guardan allí el alma. — Maiana no. — Maiana no, desde luego. Pero Anuanúa es distinta, o quizá el que sea distinto es ese tal Octar… — No — negó Vetea Pitó convencido —. Él no es distinto, puesto que si lo fuera, las otras muchachas también le hubieran entregado su alma, y tan sólo de nombrarle tiemblan. ¡Es ella! Una perra en celo y sin entrañas… ¿Por qué no la destrozaría como a Purúa? Se habría convertido en un hermoso recuerdo y no tendríamos esta odiosa sensación de haber hecho el ridículo. — ¿Es así como te sientes? ¿Ridículo? — ¿Acaso tú no? — Es posible — admitió Tapú Tetuanúi —. Aunque tal vez sería mejor decir que me siento impotente… Deberíamos hacer algo para librarnos de ella, pero no se me ocurre qué. — Algo se nos ocurrirá — musitó Vetea Pitó con intención —. Tenemos mucho tiempo y mucho mar por delante. — ¡¡Octar…!! El desgarrador alarido les obligó a dar un respingo, y por un instante incluso los remeros perdieron el ritmo, puesto que cada vez que aquel inhumano aullido resonaba sobre la cubierta del «Pez Volador» podría creerse que un feroz alarido de igual modo inhumano le respondía desde más allá del horizonte, porque cuantos se hallaban a bordo «sabían», sin necesidad de que nadie se lo dijera, que el sanguinario Rey de los «Te-Onó» acudía en busca de quien así le llamaba. Y es que era sin duda el suyo un amor loco; una pasión desenfrenada propia tan sólo de seres desquiciados; de enfermos a los que una violenta hoguera parecía estar abrasando interiormente a todas horas; una hambrienta necesidad de devorarse el uno al otro que no se aplacaba nunca. Para los asombrados pasajeros del Marara, acostumbrados desde antiguo al hecho de que el amor y el sexo constituían algo hermoso, sencillo y natural, que había sido creado por el bondadoso dios Taaroa para que sus criaturas disfrutaran, aquella absurda relación entre un monstruoso gigante tatuado y una frágil adolescente, se les antojaba tan aberrante e incomprensible como si se hubiera tratado de la unión de una tortuga marina y un delicado «a'á», el tímido pajarillo de plumas rojas, que se consideraba la representación viviente del dios Oró. Tapú Tetuanúi evocaba sus apasionados encuentros en la playa con Maiana, a la que adoraba tanto o más de lo que cualquier hombre pudiera amar a cualquier mujer, pero por mucho que lo intentaba no lograba concebir cómo se podía transformar aquella maravillosa relación repleta de ternura, en un devastador encelamiento capaz de aniquilar la dignidad de una reina. — Necesitamos viento. Alzó el rostro hacia «Miti Matái» que con su escueto comentario había venido a interrumpir sus pensamientos, y le inquietó advertir la preocupación que se leía en el rostro del marino que observaba insistentemente el horizonte, a sus espaldas. — Crees que nos siguen — inquirió. — Supongo que sí. — Pero saben que somos mucho más rápidos — argumentó el muchacho. — Con viento… — fue la respuesta —. Pero en cuanto nos adentremos en la zona de las calmas, y estamos a punto de hacerlo, ellos serán mucho más rápidos. Recuerda que cargan veinte excelentes remeros por casco, mientras que nosotros no llegamos ni a la mitad. — Tal vez hayan decidido regresar a su isla — señaló un esperanzado Tapú Tetuanúi. — Lo dudo — sentenció el «Navegante Mayor» —. Los «Te-Onó» conocen muy bien estas aguas, y saben mucho más que nosotros sobre sus corrientes y sus calmas porque al fin y al cabo ellos están aún en su «Primer Círculo», mientras nosotros nos encontramos en el «Quinto». — Se rascó pensativo la ceja, lo que solía significar que no las tenía todas consigo —. Habrá que estar muy atentos a los más mínimos detalles — concluyó —. Muy, muy atentos. La manifiesta inquietud de su capitán parecía plenamente justificada por el hecho de que el Marara se encontraba de nuevo muy cerca de la línea del ecuador, con lo que una fuerte corriente les empujaba hacia el este al tiempo que los vientos alisios — tanto los del norte como los del sur — habían ido perdiendo su fuerza para acabar por convertirse en una densa calima bochornosa. Al caer la tarde se levantó una ligerísima brisa que se mantuvo apenas una hora para caer de nuevo al oscurecer, dejando el océano sumido en una quietud de muerte en la que todo era silencio, ya que ni siquiera el agua rumoreaba haciéndole la corte a los cascos del navío. Subieron, de lo más profundo, los fantasmas, y pasada la medianoche Tapú Tetuanúi advirtió cómo la diminuta figura de la princesa surgía de su refugio para trepar a la proa de babor y permanecer allí durante más de tres horas, espiando la oscuridad a sus espaldas. ¿En qué estaría pensando? «Miti Matái» la observaba de igual modo y el muchacho distinguió en el rostro de su héroe idéntico desconcierto, como si también a él le resultara imposible aceptar que la niña que había visto crecer correteando entre sus piernas pudiese ser víctima de una pasión tan enfermiza. — ¡Tuve que pisotearla! — susurró de improviso — ¡Tané me asista! ¡Pisoteé a mi propia reina…! — Se volvió a su discípulo que pudo percibir con toda nitidez la angustia que se había adueñado de su espíritu —. ¿Qué castigo me reservará Taaroa cuando me llame a su presencia? Si ya la aborrecía, descubrir hasta qué punto su comportamiento atormentaba a aquel a quien más quería, acabó por convertir ese aborrecimiento en odio, y Tapú Tetuanúi se sorprendió a sí mismo al comprender que toda la animadversión que había experimentado hasta aquel momento contra los crueles «Te-Onó» se había trasladado de improviso a la princesa, puesto que al fin y al cabo los «Te-Onó» siempre fueron salvajes que no habían aprendido a vivir de otra manera, mientras que la pequeña «Arco Iris» había sido educada en el amor y el respeto a los demás. Un pestilente manto de amargura y decepción parecía extenderse como un sudario sobre el catamarán, y ya ni siquiera las fieles estrellas les acompañaban, puesto que las que ahora brillaban sobre sus cabezas poco tenían que ver con las que tantas veces consolaron sus penas. Estaban solos. Solos con su absurda tragedia en mitad de un mar desconocido. Cuando muy cerca ya del amanecer Anuanúa se retiró de nuevo a su escondite, el «Navegante Mayor» la siguió con la vista, y aferrando con inusitada fuerza el brazo de su discípulo suplicó en voz muy baja: — ¡No permitas que llegue a Bora Bora! — Conmovía descubrir a un hombre tan íntegro sumido de aquel modo en la desgracia —. Sé que no terminaré este viaje — continuó —. Pero por favor, no permitas que ella tampoco lo haga, porque si consigue desembarcar se convertirá en la eterna deshonra de Bora Bora. Al mediodía siguiente una solitaria gaviota sobrevoló la nave, y «Miti Matái» ordenó que se lanzara al agua un sedal con un anzuelo cebado. De inmediato el ave se precipitó a atraparlo para resultar ella la atrapada, y en cuanto la izaron a bordo el «Navegante Mayor» le retorció el pescuezo y la abrió en dos con un afilado cuchillo para depositar sobre cubierta el contenido de su buche. Tapú Tetuanúi intercambió una mirada de extrañeza con Chimé de Farepíti, puesto que, lógicamente, el buche de aquel pobre bicho no contenía más que una cabeza de pez volador, y una larga ristra de tripas de pescado a medio digerir. No obstante, y tras observar los hediondos despojos como si le fuera en ello la vida, palparlos, olerlos y meditar largamente, «Miti Matái» comentó en voz alta: — Nos vienen siguiendo, y no estarán a más de veinte millas de distancia. Aquello era, una vez más, cosa de brujería. La brujería de los navegantes polinesios llevada a sus últimos extremos de sofisticación, y el perplejo Tapú Tetuanúi tuvo la desagradable sensación de que se mareaba. — ¿Cómo puedes saberlo? — acertó a barbotear al fin. El capitán del Marara se limitó a señalar lo que había estado estudiando. — ¿Qué ves ahí? — inquirió. — Una cabeza de pez volador, y un montón de tripas. — ¿Y dónde está el resto del pez volador? — No tengo ni idea. — ¿Y de qué son las tripas? — No lo sé. — Las tripas pertenecían a un «Mahi-Mahi» de unos doce kilos, y la cabeza a un pez también demasiado grande como para que una gaviota lo haya capturado por sí misma. ¿Qué te dice eso? — Que se trata de despojos que alguien arrojó al mar. — ¡Al fin empiezas a pensar…! — se congratuló su maestro —. Nos encontramos a más de ochenta millas de la costa más cercana, y ninguna gaviota se adentraría tanto en el océano a no ser que fuera siguiendo a una embarcación de cuyos despojos se alimenta… ¿Lo entiendes ahora? — Lo entiendo — admitió el muchacho —. Pero lo que aún no entiendo es cómo puedes calcular a qué distancia se encuentra. — Puedo hacerme una idea porque aún no ha digerido por completo, lo cual significa que debe hacer poco más de una hora que comió. — Y veinte millas es lo que una gaviota acostumbra a volar en una hora si no tiene excesiva prisa… — concluyó el timonel que había permanecido atento a la lección —. Milla más, milla menos. — ¿Y cómo es que sabía que estábamos aquí? — quiso saber Chimé de Farepíti. — Porque nos distinguió desde las alturas — replicó «Miti Matái», para añadir meditabundo —: Con lo cual ha conseguido que los «Te-Onó» nos «hayan visto» también y sepan ahora dónde estamos. — ¿Por qué? — Porque si son tan buenos marinos como para llevar a feliz término tan largas travesías, se habrán percatado de que esa gaviota les ha abandonado para dirigirse hacia un punto en el que ellos saben muy bien que no existe isla alguna. — Abrió las manos con el clásico ademán con el que siempre daba a entender que las cosas estaban muy claras —. Conclusión… — añadió —: Imaginan que si se marchó fue porque vio una nave que ellos no pueden distinguir desde abajo, pero que se encuentra al alcance de la vista de una gaviota: es decir, a unas veinte o treinta millas de distancia. ¡Le quedaban aún tantas cosas por aprender de aquel hombre! Tapú Tetuanúi comenzaba a abrigar el convencimiento de que ni en cien años que viviera junto a su mentor sería capaz de asimilar todo cuanto sabía sobre el mar y sus secretos, y por ello, cuando a veces le daba a entender que pronto le abandonaría, sentía un invencible deseo de echarse a llorar inconsolablemente. — ¿Y qué vamos a hacer ahora? — inquirió cuando al fin recuperó el aliento que había perdido ante tan desconcertantes explicaciones —. Si saben que estamos aquí y seguimos sin viento, pronto nos alcanzarán. — No será antes de que amanezca — sentenció el «Navegante Mayor» —. Pero al amanecer ya no estaremos aquí. — ¿Y dónde estaremos? — Donde menos se lo imaginen — replicó el capitán del Marara sonriente —. Lo único que tenemos que hacer, es obligarles a seguir un rumbo equivocado. Ordenó que le trajeran la mayor calabaza que hubiera a bordo, y tras mediarla de aceite de coco la cerró herméticamente, sellándola con la resina que el carpintero usaba para calafatear la nave. Por último, le ató en lo alto una gran cabeza de pescado, y uno de los pequeños espejos que habían obtenido de los españoles. Cuando faltaba menos de media hora para el oscurecer clavó en el fondo de la improvisada boya una delgada espina, y pidió a Tapú Tetuanúi que la colocara con cuidado en el agua. Lentamente, la calabaza comenzó a desplazarse hacia el este, empujada por una fuerte corriente que la movía con mucha más rapidez que al pesado catamarán, y al cerciorarse de que seguía el rumbo que había supuesto, «Miti Matái» ordenó sonriente: — ¡Todos a los remos! ¡Proa al sur! — ¿Para qué has hecho eso? — inquirió de inmediato Tapú Tetuanúi, cuya sed de conocimientos no se saciaba nunca. — Para que los «Te-Onó» vayan tras ella — fue la respuesta —. ¡Y para obligarles a remar hasta que se les rompan los brazos! — añadió divertido —. Con su flotabilidad y la velocidad de la corriente, esa calabaza va a correr como loca, y cuando la alcancen, si es que la alcanzan, estarán medio muertos. — ¿Y para qué sirve el aceite de coco? — quiso saber de nuevo Tapú Tetuanúi. — Al rezumar lentamente a lo largo de la espina, irá dejando manchas que en este mar tan inmóvil resultarán claramente visibles — sonrió burlón —. Los «Te-Onó» creerán que somos tan estúpidos que no nos hemos dado cuenta de que nuestra cocina deja filtrar la grasa. — Entiendo… — admitió el muchacho —. ¿Y la cabeza de pescado? — Por si aparece otra gaviota. Acudirá a comérsela y nuestros perseguidores la seguirán. Casi le daba vergьenza hacerlo, pero quería saberlo todo, y Tapú Tetuanúi insistió machaconamente: — ¿Y el espejo? — Constituirá un magnífico reclamo… — sentenció divertido el «Navegante Mayor» —. ¿Te has fijado en cómo devuelve los rayos del sol lanzando reflejos que se advierten desde muy lejos…? De tanto en tanto, cuando la calabaza gire, lanzará esos destellos, y los «Te-Onó» creerán que se trata de nuestras espadas, que ya han tenido ocasión de ver. — Una vez más abrió las manos con su eterna lógica de siempre —. Ellos saben que nadie más que nosotros posee objetos fabricados con pedazos de sol y luna, por lo que serán capaces de ir tras ese espejo hasta la mismísima «Tierra Infinita». Tapú Tetuanúi le observó estupefacto y al cabo de unos instantes agitó la cabeza como si regresara de un largo sueño para inquirir muy serio: — ¡Qué cosas se te ocurren! ¿Cómo diablos puedes ser tan listo? — No es que sea listo — fue la sencilla respuesta —. Y no es que se me ocurran a mí. Forman parte de la vida de un navegante. Salvo el truco del espejo, que sí es idea mía, el resto lo aprendí de mi padre. — Pues entonces tu padre era muy listo. — Él lo aprendió a su vez de su padre, y éste del suyo, y así a lo largo de treinta generaciones. — Le golpeó con afecto la pierna, como le gustaba hacer de vez en cuando —. Si nuestro pueblo ha conseguido sobrevivir más de dos mil años en el mar, es gracias a que ha aprendido a conocerlo a base de observación. Y si te insisto tanto en que te fijes en los detalles, es porque en la naturaleza nada ocurre por capricho. Todo tiene una razón de ser, y todo está relacionado entre sí. — Le sonrió con afecto —. Por eso, si ves una gaviota a más de ochenta millas de la costa, no puedes limitarte a comentar: «¡Oh, qué bien. Una gaviota!» No; tienes que preguntarte la razón por la que está allí, y buscarle una respuesta lógica a esa pregunta. Lo mismo ocurre cuando una nube se detiene, una ola entra por donde no debería entrar, o el cielo cambia de color. Si estás atento siempre sabrás que algo ha ocurrido, o algo está a punto de ocurrir. — ¿Crees que algún día llegaré a saber tanto como tú? «Miti Matái» le observó de medio lado como si él mismo estuviese haciéndose la misma pregunta, y al fin optó por encogerse de hombros mostrando su ignorancia. — Eres muy listo — dijo —. Y has aprendido mucho en estos meses, pero aún te falta concentración. — Hizo un leve gesto que tal vez pretendía ser de fatalidad —. Si continuara a tu lado probablemente llegarías a ser un auténtico gran navegante, pero por desgracia presiento que no voy a durar mucho… — ¿Por qué insistes en asegurar semejante tontería? — se lamentó el muchacho —. Estás más sano que cualquiera de nosotros. — Es posible — admitió el capitán del Marara —. Pero algo ocurrirá porque nadie, y yo menos que nadie, puede ir contra los designios de Tané. — Su tono era ahora de profundo pesar —. Lo único que le pido es que me permita conducir la nave hasta que entremos de nuevo en el «Cuarto Círculo». Una vez allí la pondré en tus manos, porque estoy convencido de que sabrás conducirla a casa. — ¡Odio que hables así! — También yo, pero no tengo intención de llamarme a engaño. Los dioses tienen sus leyes, y nuestro deber es respetarlas. — Es una ley estúpida. — Te equivocas. Es una ley muy inteligente, que impide que los hombres nos creamos superiores a lo que en realidad somos. Nos da libertad para ir y volver al «Quinto Círculo» demostrando así nuestro valor, pero nos recuerda cuáles son nuestros límites frente a la magnificencia de los designios de los dioses. «Eres pequeño, nos dice, pero por una vez puedes ser grande.» — Si no continúas enseñándome jamás conseguiré convertirme en un verdadero navegante. — Hay otros buenos maestros — le hizo notar «Miti Matái» con naturalidad —. Yo aprendí mucho con el gran Vatau de Moorea, que es uno de los hombres más sabios que conozco. Debe ser ya muy anciano, pero estoy seguro de que si vas de mi parte te aceptará como discípulo. — Le guiñó un ojo con picardía —. Al fin y al cabo, serás alguien que ya ha conseguido regresar del «Quinto Círculo». — ¿Cuánto tiempo tendré que estudiar? — quiso saber el muchacho. — Tres años. Tal vez cuatro — fue la respuesta —. Eso dependerá de lo que te apliques. — Maiana no esperará tanto tiempo. «Miti Matái» lanzó un resoplido que en cierto modo venía a significar que estaba harto de aquel nombre. — ¡Maiana! — exclamó —. ¡Siempre Maiana! Alguien que aspira a convertirse en «Gran Navegante» y, tal vez, algún día en el «Navegante Mayor» de Bora Bora, no puede estar tan obsesionado por lo que guarda una mujer entre las piernas. Ser Navegante no es como ser Rey, para lo cual tan sólo necesitas buen juicio, o como ser Sumo Sacerdote, al que le basta con la fe. El Navegante lo tiene que saber todo sobre el océano, y el océano es demasiado grande y demasiado profundo. Tus ojos, tus oídos, tu olfato, tu tacto, tu inteligencia y tu memoria deben estar únicamente consagrados a lo que haces, y si algo te distrae, tienes que apartarlo. — ¿Acaso tú no amas a tu mujer? — Mucho — admitió el otro —. Tanto como puedas amar tú a Maiana, pero me he acostumbrado a la idea de no pensar en ella más que en mis momentos de descanso. — Jamás he visto que tengas un solo momento de descanso. — Tal vez no lo tenga mientras de mí dependan más de treinta vidas — admitió el capitán del Marara —. Pero cuando estoy en tierra le dedico la totalidad de mi tiempo. Debes entender que en el momento de navegar tan sólo estás casado con el mar, pues de lo contrario corres el peligro de que te traicione. — Hizo un leve ademán con la barbilla indicando las tranquilas aguas —. Ahora, por ejemplo, parece manso e inofensivo, pero me temo que está intentando jugarnos una mala pasada. Tapú Tetuanúi dedicó un largo rato a observar un océano que parecía casi solidificado, y a estudiar un cielo que no se diferenciaba en nada del cielo de cualquier otro atardecer, y tras reflexionar buscando algún oscuro peligro acabó por admitir su ignorancia. — No veo nada que pueda inquietarnos — dijo. — Pues está ahí — fue la respuesta —. De momento es invisible, pero si no sabes descubrirlo a tiempo mandará tu barco al fondo del mar en poco tiempo. — ¿Quién? — inquirió el ansioso muchacho. — «Niho-Nuí» — fue la desconcertante respuesta —. «El Gran Diente».[9 - Teredo navalis. Molusco lamelibranquio muy abundante en ciertas regiones del Pacífico. (N. del A.)] — ¿Un tiburón gigante? — se inquieto Tapú —. ¿Una ballena? — ¡Oh, no! — rió el otro casi ofensivamente —. En estos momentos «El Gran Diente» apenas tiene el tamaño de un piojo, y cuando alcance su máximo desarrollo no será mayor que mi dedo, pero suelen ser tantos y trabajan con tanta eficacia que pueden convertir el Marara en un trasto inútil. — ¿Cómo? — Comiéndoselo. Los «Niho-Nuí» se alimentan de madera, cualquier clase de madera por dura que sea siempre que se encuentre dentro del agua. Y ésta es la época en que acostumbran a reproducirse. Cuando el agua está tan caliente y encalmada como ahora, los «Niho-Nuí» sueltan millones de crías que flotan en grandes colonias hasta fijarse en un pedazo de madera. Suelen estar muy hambrientas, por lo que en muy poco tiempo perforan un casco. — ¡Mierda! — Tú lo has dicho — corroboró el «Navegante Mayor» —. Son una auténtica mierda que nos puede causar muchos problemas. — ¿Y estás seguro de que nos atacarán? El otro señaló un pedazo de tabla que arrastraban atada a un corto cabo y en la que el muchacho apenas había reparado. — Pronto lo comprobaremos — puntualizó —. Si se han fijado ya en esa madera, quiere decir que también se han fijado al fondo del barco. — ¿Qué haremos entonces? — Lo sabrás a su tiempo… Ahora concéntrate en las estrellas que pronto empezarán a hacer su aparición, porque o mucho me equivoco, o «nuestro cielo» debe encontrarse ya muy cerca. Tapú Tetuanúi estaba acostumbrado al hecho de que cuando su maestro solía decir: «o mucho me equivoco», significaba que no se equivocaba en absoluto, por lo que no le sorprendió descubrir que horas más tarde el paisaje celeste empezaba a parecerse nuevamente a aquel que tan bien conocía, y eso venía a corroborar que se encontraban justamente sobre la raya del ecuador, empujados hacia el este por una mansa pero firme corriente que obligaba a la embarcación a derivar continuamente hacia babor en su intento de progresar hacia el sur. Los hombres bogaban sin descanso con aquellas paladas profundas y silenciosas — «a la Rama» — que habían hecho famosos a los remeros de Bora Bora, que cuando se lo proponían, eran capaces de hacer avanzar una embarcación sin que se sintiera un rumor ni se alzara una gota de agua. En realidad no hacían ruido ni promovían espuma, porque cabría asegurar que prácticamente jamás sacaban la «pagaya»[10 - Remo o canalete polinesio. (N. del A.)] del agua, ya que al tener ésta la pala muy ancha pero muy afilada por los bordes, con un mango largo, redondo y resistente, lo confiaban todo a un peculiar juego de muñecas en el que empujaban la nave con la «pagaya» plana, que de inmediato volvía a su primera posición cortando el agua con el borde afilado. Este sistema exigía, por lógica, un doble esfuerzo y un duro entrenamiento que obligaba a girar brazos y muñecas de una forma automática y en perfecta sincronización con sus compañeros, pues de lo contrario el efecto que se produciría resultaba absolutamente negativo, ya que el avance de la embarcación se veía frenado una y otra vez. Pero «Navegar a la Rama» era una asignatura obligatoria para todos los muchachos de Bora Bora desde el día en que trepaban por primera vez a una piragua — a menudo incluso antes de haber aprendido a caminar — y por lo tanto no resultaba sorprendente que los tripulantes del Marara fuesen capaces de pasarse toda la noche bogando así con la intención de desviarse sigilosamente de la ruta que habrían de seguir sus implacables perseguidores. «Miti Matái» había sabido elegir bien a sus hombres, y entre ellos el hercúleo Chimé de Farepíti no desentonaba en absoluto, aunque en más de una ocasión le vinieran a la mente las palabras del «Navegante Mayor» en el momento de aceptarle: «Remarás hasta que te sangren las manos…», pues pese a que sus manos siempre habían sido fuertes y callosas, no necesitaba que llegase la luz del día para comprobar que las ampollas que se le habían formado empezaban a supurar. Poco antes de amanecer, el capitán obligó a detener la nave y desmontar los palos, ordenando a cuantos se encontraban a bordo que permaneciesen tendidos sobre cubierta hasta que los vigías se cerciorasen de que el enemigo no se hallaba a la vista. — Cuanta menos altura tengamos y menos nos movamos, más difícil será localizarnos. Y sobre todo, que nadie saque de los chamizos ningún objeto que pueda reflejar el sol. Toda precaución parecía poca, pero en esta ocasión resultó innecesaria, puesto que los vigías no advirtieron rastro alguno de vida en todo cuanto alcanzaba la vista en cualquier dirección. «Miti Matái» pidió entonces a los hombres que descansaran durante las horas más calientes del día, y en verdad que se trataba de otra jornada auténticamente bochornosa, que obligaba a temer que pudiese llegar a formarse un nuevo tifón. — No es época — sentenció el «Navegante Mayor», seguro de sí mismo ante la pregunta de Tapú Tetuanúi —. Es tiempo de «Niho-Nuí», no de tifones. Al muchacho le hubiera gustado saber qué diferencia existía, ya que las circunstancias se le antojaban idénticas a cuando se gestó el tifón, pero se diría que en esta ocasión su mentor no tenía el más mínimo deseo de darle explicaciones, dejando pasar la mayor parte del día contemplando absorto la inmensidad de un mar que parecía fundirse bajo un sol de fuego. Tapú Tetuanúi había advertido que desde que salieran de la isla de los «Te-Onó» su héroe apenas descansaba, por lo que no podía por menos que preguntarse cuánto tiempo resistiría sin caer enfermo, teniendo en cuenta la continua tensión emocional a que se encontraba sometido. Ya no le cabía duda de que se trataba de un superhombre capaz de captar detalles que escapaban a todos, pensar por todos, o tomar decisiones que afectaban a todos, pero empezaba a preocuparse por su estado de salud, temiendo que un día cayese víctima del agotamiento. Tapú no se cansaba de mirarle como si quisieran arrebatárselo, y cuando le invadía tan odiosa sensación experimentaba una profunda ansiedad y una indescriptible amargura, puesto que en lo más íntimo de su ser anidaba el convencimiento de que una vida sin «Miti Matái» se transformaría en una vida carente de sentido. Y es que la esencia de treinta generaciones de marinos se había concentrado en el espíritu de Tapú Tetuanúi, que necesitaba de su maestro para llegar a convertirse en el «Gran Navegante» que la sangre de tantos antepasados reclamaba. Los conocimientos que se habían ido acumulando siglo tras siglo tenían que cambiar de manos, pero para que eso ocurriera se necesitaba tanto del donante como del receptor. Tapú Tetuanúi se mostraba cada vez más ansioso por recibir y a menudo comenzaba a temer que su maestro le fallara. Durante todo el resto del día no se vislumbró rastro alguno de las naves enemigas, ni aun de un ave lejana que pudiese estar alimentándose de sus despojos, lo cual contribuyó a aliviar la inquietud que reinaba a bordo, pese a lo cual a media tarde ocurrió algo que vino a deprimir aún más los ánimos. Una de las muchachas rescatadas dio a luz a un niño. Todos habían advertido desde el primer momento que se encontraba embarazada, aunque por una elemental delicadeza fingieron no darse por enterados, comprendiendo que bastante dolor y vergьenza sufría como para recordarle que llevaba en las entrañas el hijo de un salvaje violador y asesino. Pese a tratarse de una primeriza, durante el difícil parto no lanzó un solo lamento ni aun tan siquiera un suspiro que demostrase lo que estaba sufriendo, limitándose a morderse los labios hasta sangrar, cerrar los ojos y expulsar la criatura como quien se libera de una carga insoportable. «Vahíne Tipanié» recogió el niño aún empapado en sangre y con el cordón umbilical colgando, y fue a presentárselo al capitán de la nave, que continuaba contemplando el horizonte. No pronunciaron ni una sola palabra. La mujer hizo un leve gesto como queriendo saber qué hacía con «aquello», y el «Navegante Mayor» se limitó a indicar el agua con un imperceptible ademán de cabeza. Se escuchó un leve chapoteo, un cortísimo llanto, y de inmediato un pequeño tiburón de fríos ojos se apoderó de la ensangrentada presa para desaparecer con ella en las oscuras profundidades del océano. Esa noche nadie tuvo ánimos para pronunciar ni una sola palabra. Tan sólo, casi al amanecer, se escuchó un nuevo alarido: — ¡¡Octar…!! Cuando dos días más tarde «Miti Matái» extrajo la tabla del agua, el corazón de todos los presentes pareció encogerse, e incluso alguna de las mujeres palidecieron visiblemente. Docenas de pequeños gusanos del largo de una uña anidaban ya en la madera, horadándola con implacable constancia mientras iban recubriendo las paredes de las galerías con una resistente capa calcárea, lo que las convertía en tubos perfectos e indestructibles por los que penetraba un agua que ablandaba la madera con el fin de que el «Gran Diente» pudiese continuar avanzando con su continuo girar de una cabeza provista de dos minúsculas pero durísimas conchas. La capacidad destructora del Teredo navalis del Pacífico Ecuatorial supera en proporciones inimaginables a las del Teredo megolara o el Teredo noruégica de aguas frías, y su velocidad de crecimiento hasta alcanzar el tamaño y el grosor de un dedo meñique, asombra casi tanto como repugna su viscosa apariencia. Ni siquiera la famosa «Broma» del Caribe, que antaño destruyera escuadras enteras, incluida la última de Cristóbal Colón, que tuvo que ver cómo sus naves se deshacían como papel mojado frente a las costas de Jamaica, admite punto de comparación frente al temible «Niho-Nuí» o «Gran Diente», que derrite los barcos como si fueran de cera. — ¡Tané nos asista! — exclamó de inmediato un atemorizado Vetea Pitó al que los gusanos parecían asustar aún más que los propios «Te-Onó» —. Da la impresión de que nos estén devorando los pies para llegarnos a las tripas. — Lo malo no es que agujereen la madera… — puntualizó el «Navegante Mayor» —. Por suerte Tevé Salmón empleó el mejor «tamanú», que aún aguantará un par de semanas. El verdadero peligro estriba en que cuando tropiecen en su camino con las ligaduras las destrozarán fácilmente, con lo que provocarán enormes vías de agua que nos mandarán al fondo en poco tiempo. — ¿Y qué podemos hacer? — Buscar tierra — fue la serena respuesta —. Lo único que acaba con estos malnacidos es el aire. Necesitamos varar la nave cuarenta y ocho horas, o de lo contrario serán ellos los que acaben con nosotros. — ¿Y hay tierra cerca? — ¡Más vale que la haya…! — fue la espontánea respuesta matizada por un cierto sentido del humor —. Si no la encontramos pronto nos veremos con el culo en remojo. A partir de aquel momento, hasta el último pasajero de la nave dedicó la mayor parte de su tiempo a intentar descubrir la más mínima pista que indicase la posibilidad de una isla, y cada mañana lo primero que hacía «Miti Matái» era sacar del agua la tabla para estudiar los progresos que habían hecho los tenaces «teredo» en su incansable labor, calculando de ese modo los daños que podían estar sufriendo los cascos del «Pez Volador». — La quilla no me preocupa — le hizo notar a su alumno durante una de aquellas diarias inspecciones —. Es gruesa y está perfectamente ensamblada. Pero el tablazón de las bandas apenas tiene dos dedos de espesor, y sobre todo los cabos deben encontrarse ya muy reblandecidos por el agua. — Dejó escapar una leve sonrisa no exenta de amargura —. Resultaría muy triste que hubiésemos vencido a los «Te-Onó», a un tiburón blanco, e incluso a un violento tifón, para caer derrotados por unas repugnantes babosas que se pueden aplastar con un dedo. — Tané no lo consentirá — exclamó el muchacho seguro de sí mismo. — Los dioses pueden llegar a ser muy crueles — fue la respuesta —. Y muy retorcidos. Se divierten permitiendo que les venzamos en grandes batallas para acabar por derrotarnos en vergonzosas escaramuzas. — Encontrarás tierra — sentenció Tapú Tetuanúi con su inquebrantable fe de siempre. — Las cosas sólo se encuentran cuando existen — le hizo notar su maestro —. Y lo que no sabemos es si existe una isla lo suficientemente cerca como para llegar a tiempo. Continuaban fuera de los límites del «Cuarto Círculo», por lo que ni aun en la memoria del viejo «Oripo» — en caso de que viviese — se hallaba registrado ningún dato que permitiese abrigar la esperanza de que en tan lejanas latitudes se alzasen islas en las que recalar para sacar el catamarán a tierra, y la preocupación del «Navegante Mayor» llegó a tales extremos, que en los momentos de absoluta calma, cuando ni siquiera el rumor de un agua que seguía caliente y como muerta alcanzaba a romper el angustioso silencio, se tumbaba cuan largo era en el fondo de uno de los cascos, para pegar el oído a su costado tratando de captar el levísimo rumor que producían los destructivos gusanos en su persistente avance. Por su parte, el carpintero había comenzado a afilar pequeñas estacas que tendría que ir introduciendo en los agujeros a medida que se fueran produciendo, aunque parecía plenamente convencido de que semejante remedio no serviría de nada a partir del momento en que los cascos se convirtiesen en auténticos coladores que muy pronto no serían capaces de resistir el embate de las olas. Dos días más tarde empezó a llover como si a los cielos se les hubiese ocurrido la idea de que el océano estaba descendiendo de nivel, y era tal la cantidad de agua que caía, que a veces resultaba difícil decidir dónde comenzaba la superficie del mar y dónde el aire. Como pollos empapados, los tripulantes del Marara resistían impertérritos el interminable chaparrón, preguntándose la razón de aquel nuevo castigo que les imponían unos dioses que tan hostiles se mostraban últimamente, y comenzaba a circular el rumor de que era la odiosa actitud de Anuanúa la que provocaba semejante cúmulo de desgracias. Oculta durante el día en un rincón del chamizo de proa, la princesa únicamente soportaba la presencia de «Vahíne Tiaré», a la que insistía para que intercediese cerca de «Miti Matái» con el objeto de que la devolviesen a la isla de los «Te-Onó». — Si no lo hace — argumentaba —, Octar me seguirá hasta la mismísima Bora Bora y pasará a cuchillo a todo el que se interponga en su camino. Soy su mujer, llevo en el vientre a su hijo, y no es hombre que acepte que le arrebaten a su familia. — Y «Miti Matái» no es hombre que se vuelve atrás — le hacía notar la «Vahíne» —. Ha tomado una determinación y seguirá hasta el fin. — Pues le haré ejecutar en cuanto lleguemos a Bora Bora — fue la respuesta. — Él sabe muy bien que jamás llegará a Bora Bora. — En ese caso, haré que ejecuten a todos cuantos le han obedecido. ¿Qué se podía responder ante semejante barbaridad? Cuando se encontraba a solas con su íntima amiga, «Vahíne Tipanié», «Vahíne Tiaré» era también de la opinión de que lo mejor que se podía hacer era librarse de una vez por todas de una repugnante criatura que se había convertido en una obsesa sexual, y a la que creía muy capaz de sacrificar a su propia madre con tal de regresar junto al hombre que la mantenía hechizada. — Lo suyo no es amor — decía —. Es como si estuviera poseída por un demonio que se ha adueñado de su cuerpo, su voluntad y su alma. — Tal vez el Sumo Sacerdote pueda conjurar el hechizo. — El Sumo Sacerdote ha muerto. Y aunque viviera, dudo que hubiera sido capaz de hacer algo en este caso. ¿Qué podían sentir una treintena de hombres y mujeres que se sabían en peligro de muerte, conviviendo en tan limitado espacio con un ser que no hubiera dudado a la hora de aniquilarlos con tal de acostarse con un monstruo? Para contribuir a exacerbar los ánimos, seguía lloviendo y el asfixiante calor alzaba una espesísima niebla que limitaba la visibilidad a un centenar escaso de metros, por lo que la mayoría de los pasajeros del «Pez Volador» empezaban a abrigar la impresión de que estaban condenados a vagar eternamente por un océano que había pasado a convertirse en la antesala del infierno. Aquél era el auténtico «Quinto Círculo»; el lugar del que nadie regresaba. Incluso el animoso Tapú Tetuanúi comenzó a advertir que su entereza se derrumbaba y en algún momento llegó a pensar que lo mejor que podía ocurrir era que los «Niho-Nuí» devorasen la nave concluyendo así con tan insoportable situación. — Saldremos de ésta — le señaló sin embargo un día «Miti Matái» —. Peor estaban las cosas cuando el agua se volvía sólida y mis compañeros morían de frío… — Lanzó una triste mirada a sus abatidos hombres y añadió con amargura —: Malo es ver cómo tu barco se hunde, pero peor es ver cómo se hunde tu tripulación mientras la nave aún se mantiene a flote. Sin embargo — añadió —, debes tener confianza porque me consta que yo no lo conseguiré, pero estoy convencido de que Tané se apiadará de vosotros y regresaréis a casa. Transcurrió toda una semana sin que nada cambiara, pero Tané comenzó a apiadarse del Marara a partir del momento en que el vigía de proa distinguió una enorme tortuga que nadaba cansinamente a ras de agua, por lo que de inmediato «Miti Matái» ordenó seguirla en silencio con el fin de comprobar si mantenía un rumbo fijo y cerciorarse de cuál era exactamente ese rumbo. Por último ordenó desmontar la parte alta de la red de popa, virar en redondo, y avanzar bogando sigilosamente hacia atrás, hasta conseguir que la red pasara por debajo de la tortuga antes de que tuviera ocasión de percatarse de la maniobra. — ¡Izadla! — gritó entonces. Sus hombres obedecieron y en cuanto el animal se encontró pateando de espaldas sobre cubierta, el «Navegante Mayor» introdujo la mano por la parte posterior del caparazón, tanteó a ciegas y al poco sonrió tan abiertamente como jamás lo había hecho hasta el presente. — Lo que supuse al ver la forma en que nadaba — dijo —. Se trata de una hembra repleta de huevos. Va en busca de una playa para desovar, y ella sabe por instinto dónde se encuentra por mucha niebla que exista… — Señaló el punto hacia el que se dirigía la tortuga —. ¡Todos a los remos y atentos a la deriva! Los hombres obedecieron bogando ahora con redoblado entusiasmo, entrada la noche escucharon innumerables graznidos de aves que revoloteaban sobre sus cabezas, casi a las tres de la mañana les llegó, inconfundible, un dulce aroma a tierra empapada, y poco más tarde surgió ante ellos la familiar silueta de un largo arrecife de coral. «Miti Matái» decidió esperar a que llegara el amanecer para tratar de encontrar una entrada a la laguna que se vislumbraba al otro lado de la rompiente, y tras cerciorarse de que todo estaba en orden, recostó la cabeza en el mástil de popa, cerró los ojos y por primera vez en muchos días durmió profundamente y sin sobresaltos hasta que por levante hizo su aparición el primer aviso del alba. La isla a la que en esta ocasión habían accedido, era un típico cono volcánico erosionado por el paso de los siglos, que poco a poco se había ido hundiendo en el mar al tiempo que los corales formaban una amplia barrera protectora a su alrededor. En cierto modo recordaba a Bora Bora, aunque era desde luego mucho más pequeña, gran parte del cráter había desaparecido siglos atrás bajo las aguas, y su máxima cumbre, cubierta en su totalidad por una espesa vegetación selvática, apenas alcanzaría los cuatrocientos metros de altitud. No se advertía rastro alguno de vida humana, pero el «Navegante Mayor» parecía decidido a extremar precauciones, puesto que tras casi dos horas de paciente observación, ordenó que se lanzara de nuevo al agua la tortuga que continuaba sobre cubierta. — ¡Fijaos bien hacia adónde se dirige! — rogó a todos —. Se hundirá en el acto, pero pronto reaparecerá. Si nada directamente hacia la playa, quiere decir que la isla está deshabitada, pero si se queda en mar abierto significa que hay gente en tierra y tan sólo se acercará cuando caiga la noche. Aguardaron, atentos y casi con el alma en vilo, hasta que Vetea Pitó, que había trepado a lo alto del mástil delantero, señaló la diminuta cabeza que había encontrado un paso en el arrecife de coral y nadaba plácidamente por el interior de la laguna en dirección a una hermosa playa cuya caliente arena incubaría sus huevos y protegería sus crías de los depredadores. Pese a que también confiaba ciegamente en el instinto de «Honú», el animal más amado y respetado por los polinesios, Roonuí-Roonuí envió cuatro exploradores a tierra ordenando a dos de ellos que permanecieran de vigía en la más alta cumbre. — Y procurad no dejar huellas de vuestro paso — concluyó —. «Miti Matái» cree que es muy probable que los «Te-Onó» recalen aquí, y no conviene que descubran que hemos estado. — ¿Por qué supones que vendrán? — quiso saber Chimé de Farepíti, volviéndose al «Navegante Mayor» —. Esto no es más que un islote perdido… — Para ti puede que lo sea — fue la respuesta —. Pero estoy seguro de que los «Te-Onó» lo conocen muy bien. — ¿Qué te hace pensarlo? «Miti Matái» señaló el gran número de marcas que se distinguían en la arena de la playa, y que iban desde el borde del agua hasta unos ocho o diez metros tierra adentro. — ¡Fíjate en esas huellas! — dijo —. Las han hecho las tortugas que vienen a desovar. Hay muchísimas, ¿no es cierto? ¿Qué te indica eso? — Que no deben tener demasiadas islas por aquí cerca a las que acudir a desovar. — ¡Exactamente! — corroboró el capitán del Marara —. Ésta es de las pocas, y los «Te-Onó» deben saberlo, puesto que aún se encuentra casi en los límites de su «Primer Círculo». — Abrió como siempre las manos al sacar sus conclusiones —. Visto que han demostrado ser unos excelentes navegantes, ya sabrán que necesitan poner sus barcos a secar si no quieren que los «Niho-Nuí» los manden al fondo dentro de unos días. — Chasqueó la lengua en lo que pretendía ser un gesto fatalista —. ¡Así que no debe sorprenderos verles aparecer en cualquier momento! — Y lo dices tan tranquilo… — se horrorizó «Vahíne Tipanié» —. ¡Se trata de auténticos monstruos! ¡De caníbales! — Lo sé — admitió el otro —. Y lo penúltimo que desearía en este mundo es enfrentarme a ellos. — Hizo un significativo gesto hacia los cascos del catamarán —. Pero lo último que deseo en este mundo, es que esos repugnantes gusanos me coman el barco. — ¿Y qué haremos si llegan mientras la nave está en tierra? — inquirió un impresionado Tapú Tetuanúi —. ¡Son muchos más que nosotros! — Tendré que pensarlo — fue la humorística respuesta —. Pero mientras sigáis parloteando no podré hacerlo. Le permitieron por tanto que «pensara», y tras bajar a tierra y recorrer muy despacio todo el perímetro de la isla, el «Navegante Mayor» señaló al fin un islote de no más de setenta metros de diámetro que se alzaba en una de las más alejadas esquinas del arrecife. — Nos esconderemos allí — dijo. — ¿En ese islote? — se asombró Roonuí-Roonuí —. Ahí casi no cabe el Marara, y si cupiera, se vería. — Eso es justamente lo que quiero que piensen — fue la respuesta —. Los «Te-Onó» nunca sospecharán que en un lugar tan pequeño se oculta un barco tan grande. — ¿Y cómo esperas conseguirlo? — inquirió irónico el otro. — Desarmándolo — puntualizó «Miti Matáí» —. Ellos buscan un gran catamarán, pero nosotros ocultaremos un casco en una parte y otro en otra. Pusieron manos a la obra y se afanaron como quizá nunca lo habían hecho, varando la embarcación en la playa del islote para que el carpintero y sus ayudantes separaran cada uno de los cascos de la gran cubierta superpuesta entre ambos. Entretanto, el resto de los hombres se habían dedicado a cavar dos largas zanjas de casi cuatro metros de ancho por dos de profundidad, de forma que cuando se trasladaron allí los cascos, apenas sobresalían metro y medio sobre la arena. Por último excavaron un amplio escondite que techaron con la cubierta, camuflándola con arena, hojarasca, palmeras y los pequeños arbustos que proliferaban por doquier, de tal forma que cuando al fin se dieron por satisfechos, cabría asegurar que el gigantesco catamarán y sus treinta y tantos pasajeros habían desaparecido como por arte de magia de la faz de la tierra. Tan sólo una persona que cruzase a nado la amplia laguna y se adentrase en el islote estaría en condiciones de descubrir — a condición de tropezar con uno de los cascos — que allí se ocultaba un navío. Su tripulación había tenido al propio tiempo oportunidad de calibrar los daños causados por los temibles «Teredo», y que si bien no eran aún catastróficos, lo hubieran sido de continuar un par de semanas más en mar abierto. Las repugnantes babosas habían alcanzado ya los cuatro centímetros de longitud por uno de diámetro, e introduciendo una ramita en cualquier orificio resultaba sencillo comprobar que algunas de sus galerías alcanzaban los ocho centímetros de profundidad. Tan sólo media docena de ellas habían desembocado en la cara interior del casco provocando diminutas vías de agua casi inapreciables, pero la ingente cantidad de huecos de entrada que se observaban en el exterior permitían hacerse una clara idea de hasta qué punto habían corrido serio peligro de naufragar en mitad del océano. «Miti Matái» sabía muy bien, no obstante, que el aire, el calor, y la falta de humedad se convertían en los enemigos mortales de los «Niho-Nuí», que en poco más de veinticuatro horas comenzaron a caer como fruta madura para ser pasto de bandadas de pájaros que parecían sentir una desaforada afición por tan repelente bocado. De hecho, una nutrida familia de pinzones de largo y afilado pico que introducían en la madera con especial habilidad acudió de inmediato a tomar posesión del navío, y era tal su afán por librarle de tan incómodos huéspedes, que ni siquiera parecían inquietarse por la proximidad de sus agradecidos pasajeros. Por su parte, el carpintero iba taponando las galerías con diminutos conos de madera, para que a continuación sus ayudantes embadurnaran los cascos con una mezcla de resina de «pandanús» y veneno de los espinosos «nohús» que las mujeres pescaban en la laguna. Tal protección impediría que durante casi un mes nuevas larvas de Teredo navalis se fijasen al Marara, y para esas fechas su capitán confiaba en haber alcanzado aguas en las que tan destructivo enemigo fuese mucho menos abundante. El resto de la tripulación, excepto los guerreros que se encontraban de vigilancia, se dedicaban a la tarea de abastecer la nave de frutas, ostras, cangrejos y sobre todo langostas, ya que estas últimas — que se ocultaban por centenares entre los arrecifes — se encerrarían luego en una especie de enorme cesto que colgaría bajo cubierta, a una altura exacta que permitiría que el mar las bañara intermitentemente sin recibir no obstante el ataque de los tiburones. Tales «viveros» se convertían en una cómoda y práctica despensa de la que las «Pahí-Vahínes» echarían mano en todo momento. Al comprender que su gente atravesaba por una situación anímica un tanto anómala, «Miti Matái» dio permiso a las mujeres para que se aprovisionaran también de carne y huevos de tortuga, visto que el venerable Hiro Tavaeárii les había exonerado de la prohibición que pesaba sobre todos aquellos por cuyas venas no corriera sangre real, o no hubieran alcanzado el rango de Sumo Sacerdote. Por una férrea tradición que se remontaba a la noche de los tiempos, la sagrada «Honú» constituían un estricto tabú para la inmensa mayoría de los polinesios, y tan arraigada se encontraba tal prohibición, que algunos de quienes tenían la posibilidad de transgredirla sin castigo prefirieron continuar respetándola, pese a la expresa bula de la máxima autoridad civil y religiosa de la isla. Según aseguraban los entendidos, la sabiduría, fuerza, capacidad sexual y resistencia al dolor de que hacían gala unas tortugas que conseguían alcanzar a menudo los doscientos años de edad, se transmitía a quien comía sus huevos y su carne, y por lo tanto se había hecho necesario vetar su consumo a todos cuantos no perteneciesen a las clases más privilegiadas, ya que de lo contrario se corría el riesgo de acabar con la especie. Debido a ello, en el momento en que «Vahíne Tiaré» colocó ante Tapú Tetuanúi un cuenco de madera en el que seis huevos y un gran pedazo de carne flotaban en una apetitosa salsa de leche de coco y vainilla, el corazón y el estómago del muchacho dieron un vuelco al unísono, puesto que por un lado sentían la irresistible tentación de dar buena cuenta de tan fastuoso banquete, mientras que por el otro experimentaba el lógico rechazo hacia algo contra lo que se le había estado previniendo desde que tenía uso de razón. Al fin venció el estómago; en parte por hambre, y en parte porque Tapú Tetuanúi confiaba tanto en su maestro Hiro Tavaeárii, que estaba convencido de que si éste afirmaba que lo que iba a hacer estaba bien, era porque — de momento — estaba bien. En conjunto, una notable mayoría de los pasajeros del Marara acabó por sucumbir a unos manjares que venían a romper con la monotonía de meses de un menú basado casi exclusivamente en el pescado, y pese a que nadie tuvo ocasión de comprobar si con ello llegarían a ser más viejos, más sabios o más resistentes al dolor, lo que sí resultó evidente es que esa noche se desarrolló una incesante y ruidosa actividad amorosa en el minúsculo islote. Las «Pahí-Vahínes» apenas dieron abasto para cumplir con sus excesivas «obligaciones» pese a que Ihona y tres de las muchachas recién liberadas no pusieron reparos a la hora de aliviarlas de tanta carga, ya que tras haber pasado por un durísimo trance en el que habían sido tratadas como meros pedazos de carne que pasaba de mano en mano, parecían tener necesidad de un poco de ternura, cariño y comprensión. Las demás rechazaron de plano cualquier intento de aproximación por parte de los hombres, y «Miti Matái» dejó muy claro, y sin posibilidad alguna de discusión, que nadie debía molestar en lo más mínimo a aquellas que demostrasen no querer ser molestadas. Por su parte, la princesa Anuanúa se había retirado al más apartado rincón del islote, de cara a mar abierto, y allí pasaba las horas a la sombra de una palmera, contemplando el océano como si esperase ver aparecer en cualquier momento la salvadora nave de su adorado Octar. Parecía haber envejecido diez años, con los ojos hinchados, enrojecidos, e inyectados en sangre, y se diría que de improviso su vientre hubiera comenzado a crecer espectacularmente, como si el hijo que llevaba en su interior se estuviera desarrollando a marchas forzadas. Ya apenas hablaba con «Vahíne Tiaré» cuando ésta le llevaba la comida, pero se pasaba las horas mascullando por lo bajo a un niño al que probablemente le estaba llenando el corazón y la cabeza de ansias de sangre y sed de venganza. — Tal vez «Miti Matái» debiera dejarla aquí — señaló Vetea Pitó con manifiesto rencor —. Abandonarla en la isla y que se muera de asco. — ¿Y si en verdad vienen los «Te-Onó» y la encuentran? — quiso saber Tapú. — ¡Por mí que se la queden…! — fue la agria respuesta. — Sería un peligro — le hizo notar su amigo serenamente —. No sólo para nosotros, sino sobre todo para Bora Bora. Anuanúa está como hechizada por el tal Octar, que la ha convertido en una especie de esclava. — Hizo un gesto que se parecía sospechosamente a los que solía hacer el «Navegante Mayor» —. ¿Te imaginas lo que significaría dejar en manos de aquellos a quienes hemos destrozado la isla, matando a tantos de sus parientes, a alguien que conoce tan bien Bora Bora? — Negó una y otra vez con la cabeza —. Nunca podríamos volver a dormir en paz. — No había pensado en ello — admitió meditabundo el buceador —. Y es posible que tengas razón. — La tengo — insistió Tapú Tetuanúi —. Hiro Tavaeárii me enseñó que tu peor enemigo suele ser casi siempre el de tu propia sangre, y Bora Bora se encontraría de improviso con que su peor enemigo era su propia reina. — Negó de nuevo —. Resultaría no sólo peligroso, sino, sobre todo, desmoralizante. — ¿Y qué piensa hacer «Miti Matái» con ella? — No lo sé — admitió honradamente el muchacho —. Ni tampoco creo que él lo sepa en realidad. Lo único que sé es que me ha pedido que no le permita regresar a Bora Bora. El otro le observó como si le estuviera dando vueltas a la respuesta, y al fin replicó malhumorado: — Pues si no podemos llevarla a Bora Bora, no podemos devolvérsela a los «Te-Onó», y no podemos tirarla al mar, ¿qué demonios podemos hacer con ella? — Confiársela a Tané. — ¿Qué quieres decir con eso? — inquirió Vetea Pitó algo amoscado —. A Tané únicamente se le «confían» los muertos. — Anuanúa está muerta — fue la desconcertante respuesta —. Tan muerta como si llevara una semana pudriéndose… Al tercer día, el Marara se encontraba libre ya de «Teredos», puesto que los que no habían caído o habían sido extraídos por los pájaros, habían muerto en el interior de sus galerías, pese a lo cual el carpintero fue de la opinión de que se necesitarían al menos cuarenta y ocho horas para que la capa de resina que se le había aplicado a los cascos secara y estuviera en disposición de emprender la marcha. — Pero cada momento que pasamos en la isla corremos peligro — protestó Roonuí-Roonuí —. Y sería absurdo intentar hacerle frente a cien guerreros. — Peor sería volver a sufrir el asalto del «Gran Diente» — le hizo notar «Miti Matái» —. Los cascos se encuentran muy debilitados y pasarán muchos meses hasta que lleguemos a Bora Bora. Por unos instantes, Tapú Tetuanúi temió que fuese a producirse una confrontación entre la autoridad del «Jefe de los Guerreros» y la del capitán del Marara, pero el primero demostró ser consciente de que si insistía en hacer prevalecer sus derechos corría el riesgo de que quien en realidad reclamase el poder fuese Anuanúa, optando por aceptar que en teoría seguían en el mar, y el mando continuaba por tanto en manos del «Navegante Mayor», que era quien mejor sabía lo que cabía esperar de la nave. A medianoche del día siguiente se alejaron las últimas nubes, cesó la espesa niebla que había estado limitando la visión, y una tímida luna en creciente hizo su aparición en un cielo límpido y esplendoroso. Se celebró una fiesta con cantos y bailes, se cenó opíparamente a la luz de una hoguera cuyo resplandor no podía distinguirse desde el mar, y por primera vez en mucho tiempo los hombres y mujeres de Bora Bora abrigaron la ilusión de que los dioses estaban dispuestos a ayudarles a regresar a casa sanos y salvos. Tapú Tetuanúi, advirtió, no obstante, que «Miti Matái» apenas participaba del entusiasmo general, ya que muy pronto se retiró a un rincón de la playa que daba a una laguna que brillaba como si los corales devolvieran multiplicada la luz de las estrellas. Era aquél un espectáculo sereno y prodigioso, pero que no obstante parecía inquietar el ánimo del «Navegante Mayor» de Bora Bora. A la mañana siguiente, «Miti Matái» convocó una asamblea general y cuando todos — excepto la princesa Anuanúa — hubieron tomado asiento en la arena, señaló con su calma de siempre: — Anoche estuve reflexionando sobre nuestra situación, y lo que ocurrirá si nos hacemos de nuevo a la mar para continuar huyendo de los «Te-Onó». — Se interrumpió y se diría que trataba de analizar la reacción que provocaban sus palabras —. Y llegué a una preocupante conclusión — añadió —. Entra dentro de lo posible que nos alcancen en mitad de una de estas interminables calmas, con lo cual acabarían con nosotros en un abrir y cerrar de ojos, o que nos sigan hasta Bora Bora para atacarnos allí provocando una masacre de proporciones incalculables… Dejó a propósito en suspenso la última frase, para volverse hacia Roonuí-Roonuí, como esperando que fuera éste el que interviniera, cosa que el «Jefe de los Guerreros» hizo en efecto a los pocos instantes: — Son riesgos que tenemos que correr — señaló —. ¿Qué otra opción nos queda? — Plantarles cara donde menos se lo imaginan — fue la firme respuesta —. No más persecuciones. No más «Te-Onó». No más terror. — ¿Plantarles cara? — repitió el otro —. ¿Dónde? — Aquí mismo. En la isla. — ¿Aquí…? — se asombró Roonuí-Roonuí —. ¿Es que te has vuelto loco? ¡No tendríamos la más mínima oportunidad de derrotarles! ¡Seríamos cuatro contra uno…! — Lo sé — admitió el «Navegante Mayor» haciendo un significativo gesto con las manos —. ¡Pero se me ha ocurrido una idea que borraría a esa raza maldita de la faz de la tierra…! ¡La aniquilaríamos…! Siguieron días excitantes. Los más excitantes en la vida de unos seres que llevaban más de un año de continuas emociones y que creían tener derecho a imaginar que al fin habían conseguido superar las infinitas calamidades que el destino se había empeñado en proporcionarles. No era así. Ni construir un fabuloso barco, vencer al océano, alcanzar el confín del «Quinto Círculo», burlar a un tifón, o derrotar a sus enemigos y recuperar lo que era suyo a costa de la vida de compañeros muy queridos, parecía haber satisfecho a unos dioses que a cada nuevo paso disfrutaban colocando una piedra aún mayor en su camino. ¡Taaroa! ¡Oró! ¡Tané! ¡Qué poco caso habían hecho a las plegarias de todo un pueblo que les confió a sus hijos en el momento de emprender tan difícil aventura…! ¡Qué crueles se habían mostrado…! ¡Cuánto les habían exigido…! — Todo se arreglará cuando yo muera — le señaló una noche «Miti Matái» a su discípulo predilecto en un descanso de su observación de un firmamento en el que una vez más estaba tratando de mostrarle los caminos de regreso a Bora Bora como si se los dibujara sobre una carta marina —. A partir de ese momento se habrá cumplido su más antigua ley, y Tané volverá a sonreír y a mostrarse complaciente… — Pasó con afecto el dedo por el antebrazo del muchacho y añadió —: De regreso a casa podrás exigir que te tatúen estrellas y constelaciones. Las necesitarás para saber dónde te encuentras cuando seas un gran navegante. ¡Pero recuerda…!: Procura no volver a salir jamás del «Cuarto Círculo» para que no caiga sobre tu nave la furia de Tané. — Tú volverás… — replicó una vez más Tapú Tetuanúi ansiando creer en sus propias palabras —. Eres tan grande y tan sabio, que ni siquiera Tané se atreverá a destruir al mejor marino que jamás surcó los mares. — Un buen marino tan sólo llega a serlo cuando acepta todas las leyes del mar… — fue la respuesta —. ¡Grábate eso en la mente! El océano es un dios al que si le entregas tu vida jurándole obediencia, permite que sobrevivas sobre su piel hasta el día en que decide que pases a formar parte de él… — El capitán del Marara, sonrió con extraña dulzura —. Si está satisfecho con tu comportamiento te lleva directamente a su corazón, por el que navegarás feliz hasta el fin de los tiempos. Si no lo está, te enviará a lo más profundo de sus frías entrañas, junto a los pulpos gigantes y las enormes serpientes… — Abrió una vez más las manos dejando claras sus conclusiones —. Lo que importa no es cómo, ni cuándo mueras, sino adónde vas a ir a parar cuando hayas muerto… — ¿Y no tienes miedo? — se sorprendió Tapú. — ¿Miedo? — se sorprendió a su vez su interlocutor —. ¿Por qué habría de tener miedo? — Porque estás sano, aún eres fuerte y en Bora Bora te esperan tu mujer y tus hijos… — Ellos ya no me esperan — fue la tranquila respuesta —. Desde el momento en que zarpamos saben que jamás regresaré y lo aceptan porque también saben que ése es el destino que Tané me tiene reservado… ¿Cómo se puede ir contra los deseos de los dioses? — quiso saber —. ¿Quién se atrevería a rebelarse contra ellos…? — Hizo un gesto de fastidio, como si pretendiese apartar una mosca que le molestase —. Pero no hablemos más de mí, sino de ti… — añadió —. ¿Qué piensas hacer cuando llegues a Bora Bora? — Irme a estudiar con el Gran Vatau de Moorea, si es que aún vive y me acepta como discípulo. — ¿Y Maiana…? — No lo sé — admitió Tapú Tetuanúi con absoluta sinceridad —. Entra dentro de lo posible que en el momento de verla me tiemblen de nuevo las piernas, olvide mis propósitos y decida luchar por ella, pero hoy por hoy creo que es preferible olvidarla. Vetea Pitó sería un buen marido y se la merece más que nadie. — Si yo fuera Maiana te elegiría a ti. — No creo que a una mujer le importe mucho lo que un hombre consiga saber sobre estrellas, sino lo que consiga saber sobre ella misma. Y tanto Vetea Pitó como Chimé, le dedicarían muchísima más atención de la que yo podría dedicarle. — Hizo un gesto hacia el poblado firmamento —. Tendría demasiadas rivales… ¡Millones de ellas! — Puedo entenderte mejor que nadie, puesto que a mí me ha ocurrido lo mismo — admitió el capitán del Marara —. Creo que en el fondo nunca le dediqué a Tupaia toda la atención que merecía, porque pretender ser demasiado sabio sobre lo que está lejos, nos vuelve a menudo demasiado ignorantes sobre lo que tenemos cerca. No quiero influirte — concluyó —. Pero si como parece, pretendes seguir mis pasos, intenta al menos no cometer mis mismos errores. No te cases hasta que no lo sepas ya todo sobre el mar. — Jamás conseguiré saberlo todo sobre el mar — sentenció el muchacho. — En ese caso, no te cases jamás — le aconsejó su mentor. Aquélla fue la última vez que Tapú Tetuanúi y «Miti Matái» hablaron a solas, y tal vez debido a ello fue una charla que el muchacho siempre recordaría y que en cierto modo habría de marcar su destino, aunque, en realidad, su destino estuvo marcado por el «Navegante Mayor» desde aquella primera noche en que le ordenó que se aprendiera todos los «Avei'á» posibles en un rumbo nordeste. Fue en aquel mágico momento cuando Tapú Tetuanúi se enamoró realmente de las estrellas y el océano, y era aquél un amor que superaba cualquier otra pasión, puesto que la sensación de serenidad y grandeza que el muchacho experimentaba al contemplar durante horas el estrellado cielo que se reflejaba en un mar infinito, no admitía la más remota comparación con el corto placer que le producía el poseer a una mujer, aunque esa mujer fuese la hermosa y apasionada Maiana. Bora Bora tenía ya un nuevo «Navegante Mayor», aunque aún faltaran años para que pudiera exhibir dicho título con entera propiedad, y él mismo supiera que nunca conseguiría alcanzar la fama y los conocimientos de su mítico maestro y predecesor. Tres días antes «Miti Matái» se había limitado a indicar a sus hombres lo que tenían que hacer, aunque por el tono de su voz más parecían simples sugerencias que verdaderas órdenes, como si en su fuero interno estuviese convencido de que su tiempo de mandar había quedado atrás para siempre. Por la forma en que se comportaba cabría imaginar que su única intención era mostrar el camino que debían seguir para acabar de una vez por todas con sus odiados enemigos, pero dejando claro que si lo seguían o no era ya algo que se encontraba fuera de sus atribuciones. Tané le debía haber enviado su último aviso. Cuando se hubo cerciorado de que todo estaba dispuesto para recibir a los «Te-Onó», «Miti Matái» decidió retirarse al más apartado rincón del islote, donde pasó largas horas poniendo su alma a bien con los dioses para cuando llegara el momento de que éstos decidieran reclamarle. Él sabía, mejor que nadie, que aquella perdida isla marcaba los límites entre el «Cuarto y Quinto Círculo», y que a partir de aquel punto le estaba vedado seguir adelante. Tal vez se tratara — como Tapú Tetuanúi pretendía — de una estúpida superstición sin fundamento, pero en el fondo de su alma al «Navegante Mayor» le asustaba más la posibilidad de que la milenaria tradición se rompiera con él, que la seguridad de ir a reunirse con sus antepasados sin alterar la armonía de un mundo que siempre había sido así y así debería seguir siendo durante por lo menos dos mil años. Como parecía abrigar la absoluta certeza de que entre Tapú Tetuanúi y el tuerto timonel devolverían la nave a puerto, debía dar por felizmente concluida su misión en este mundo. Aunque los temibles «Te-Onó» tenían que pronunciar aún su última palabra. — No pueden tardar… — aseguraba una y otra vez Chimé de Farepíti —. Si son tan buenos navegantes como asegura «Miti Matái», pronto estarán aquí… Y si no lo son, pronto estarán en el fondo del mar. — Es posible que aún anden corriendo detrás de la calabaza — le hacía notar Vetea Pitó. — A estas alturas, o la han alcanzado o la han perdido… — era siempre su respuesta —. ¡Ya vienen! ¡Lo presiento! Desde que la primera claridad del alba se anunciaba por levante, hasta que un verde rayo despedía al sol por el oeste, treinta pares de ojos permanecían clavados en el horizonte, aunque con la caída de la noche todos se retiraban al seguro refugio bajo la cubierta del Marara manteniéndose, eso sí, cuatro centinelas que permanecían atentos al menor rumor que pudiera llegar de mar abierto. Al fin, al cabo de más de una semana, «Miti Matái» pareció abandonar su voluntario retiro para volver a la realidad del mundo que le rodeaba. — Es muy probable que lleguen mañana — dijo. — ¿Por qué…? — inquirió en el acto Roonuí-Roonuí. — Porque dentro de tres días habrá luna llena y saben que no nos gusta navegar con ella. — Sonrió como si se estuviera burlando de las intenciones de sus enemigos —. Necesitarán al menos un día para sacar a tierra sus barcos y ocultarlos, porque aunque su mayor preocupación actual sea liberarse de los «Niho-Nuí», o mucho me equivoco, o intentarán aprovechar la ocasión para tendernos una emboscada por si se nos ocurre aparecer por aquí. — ¿Y si descubren que ya hemos llegado? — Nos pasarán a cuchillo y nos arrancarán el corazón… — Los observó uno por uno —. Por eso es tan importante que en la isla no haya quedado el más mínimo rastro de nuestro paso. Ni una huella, ni una rama partida, ni una cagada entre los matorrales. ¡Nada! Nos va en ello la vida. — Los estudió con atención —. Esforzaos por recordar si habéis dejado algo que pueda delatarnos porque esos salvajes son magníficos cazadores acostumbrados a seguir el rastro de sus presas. Aquella noche casi nadie pegó ojo en el islote, en parte por la tensión de saber que el enemigo se aproximaba, y en parte intentando recordar cuanto habían hecho durante su estancia en la isla. Por fortuna, a los polinesios no suele gustarles adentrarse en la espesura o trepar a la cima de las montañas, limitando por lo general su vida cotidiana a una estrechísima faja costera, y debido a ello los guerreros no tuvieron excesivos problemas a la hora de limpiar la isla dejándola como si nadie hubiese puesto los pies en ella durante los últimos diez años. Su aplicación fue tan meticulosa, que incluso dibujaron sobre las playas un buen número de las marcas que acostumbraban a dejar las tortugas cuando acudían a desovar, conscientes de que esas huellas constituían la mejor garantía de que no había seres humanos en la isla. Pero pese a que todo pareciese estar bajo control y no existiesen motivos para temer ser descubiertos, la noche fue la más larga que la mayoría recordaba, y aún faltaban más de dos horas para el amanecer cuando uno de los centinelas los despertó susurrando roncamente: — ¡Ahí están! «Miti Matái» hizo un casi imperceptible gesto a Chimé de Farepíti que se apresuró a atar y amordazar a Anuanúa para evitar que alertara a quienes se aproximaban, y como se habían comido ya a todos los animales domésticos, y los hombres y mujeres del Marara tenían órdenes estrictas de no pronunciar una sola palabra, de allí en adelante no se escuchó el menor sonido impropio de una isla solitaria y desierta en mitad del Pacífico. Mientras aún era de noche y las naves enemigas se encontraron a más de una milla de distancia, el «Navegante Mayor» permitió observarlas, y a más de uno le impresionó verlas aproximarse a la luz de una luna que estaba a punto ya de ocultarse en el horizonte. No eran más que dos manchas que se deslizaban lentamente sobre un océano en calma, pero Tapú Tetuanúi no pudo por menos que experimentar la turbadora sensación de que se trataba de dos gigantescas arañas de infinitas patas que se aprestaran a caer sobre sus desprevenidas víctimas aprovechando las tinieblas. Al pobre muchacho comenzaron a sudarle las manos para experimentar a continuación unos casi invencibles deseos de salir corriendo, y tan sólo un sobrehumano esfuerzo de voluntad le permitió permanecer clavado sobre la arena como hipnotizado por la proximidad de aquellos sanguinarios salvajes que no dudarían en devorarles las entrañas si conseguían ponerles la mano encima. Una vez más se planteó lo absurdo de una desconcertante situación en la que los originarios «vengadores» corrían serio peligro de convertirse a su vez en castigados. ¿Pero quiénes habían sido en definitiva los castigados? Todos. Hombres, mujeres, ancianos y niños de Bora Bora y «Te-Onó» habían sufrido por igual las consecuencias de aquella triste aventura, y Tapú Tetuanúi no pudo por menos que preguntarse, si la satisfacción que habría experimentado el bestial Octar a la hora de violar a un puñado de inocentes muchachas, compensaba por la magnitud de los sufrimientos que tales violaciones habían acarreado. — Tal vez esté arrepentido de lo que ha hecho — musitó para sus adentros —. O tal vez tan sólo esté furioso porque las cosas le hayan salido al revés… Las dos gigantescas naves y sus casi cien tripulantes progresaban inexorablemente, y cuantos aguardaban en el diminuto islote tenían plena conciencia de que durante las horas que siguieran se encontrarían a su merced, puesto que con el «Pez Volador» desarmado y semienterrado en la arena, no existía ni aun la tan socorrida posibilidad de emprender una desesperada huida. Si los «Barracudas» les descubrían, muy pronto estarían muertos. Muertos y probablemente devorados. La luna envió un lánguido y postrer saludo para desaparecer como si temiera ser testigo de cuanto iba a ocurrir en aquella perdida isla del Pacífico, y la imperiosa orden de regresar al refugio corrió de boca en boca en un simple susurro. Nadie se negó a obedecer, y cuando al fin amaneció lo que prometía ser un día en verdad interminable, hasta el último tripulante se encontraba ya en el interior de la profunda zanja que habían excavado, colocándole como «techo» la cubierta del catamarán. Cegada la entrada, tan sólo a través de estrechas troneras alcanzaban a entrever cuanto ocurría en el exterior, y fue así como asistieron a la llegada de las naves a la playa de poniente, al ordenado desembarco de una treintena de exploradores que recorrieron la isla palmo a palmo, y a la posterior tarea de abrir dos profundos claros en la espesura para ocultar en ella sus barcos. A veces les llegaban, confusas, las órdenes del hercúleo Octar pese a que se encontrase a poco más de un kilómetro de distancia, al otro lado de la laguna, y más tarde advirtieron los broncos gritos con los que los «Te-Onó» se animaban los unos a los otros a la hora de arrastrar los pesadísimos catamaranes. La casi totalidad de los hombres tenían que aunar esfuerzos cada vez que pretendían que las quillas gemelas avanzaran un par de metros sobre los troncos que habían extendido sobre la arena, y no cabía duda de que eran aquéllos unos navíos fuertes y resistentes, cuyas afiladas proas constituirían eficacísimos arietes a la hora de lanzarse al abordaje. En la más alta cumbre de la isla se distinguía con toda nitidez a dos centinelas que oteaban sin descanso el horizonte, y Tapú Tetuanúi se preguntó qué ocurriría si llegaran a sospechar que algo extraño acontecía en el islote que tenían casi bajo sus mismos pies, y uno de ellos decidía echar un simple vistazo. No obstante, los tripulantes del Marara habían dispuesto de tiempo sobrado para ocultarse, y ni aun desde tan considerable altura conseguiría nadie — más atento a lo lejano que a lo próximo — imaginar que bajo aquella arena, aquellas rocas y aquellos matojos de inocente apariencia dormía un catamarán de casi treinta metros de largo por diez de ancho. Fue, en efecto, un día largo y agotador, sobre todo para los «Te-Onó» que lo aprovecharon al máximo, puesto que a media tarde hubiera resultado muy difícil adivinar que entre las palmeras y la vegetación que nacía al borde mismo de la ancha playa que dominaba la costa oeste de la isla se ocultaban de igual modo sus dos embarcaciones. Pero fue a su vez uno de los días más angustiosos en la vida de los hombres y mujeres que se apiñaban bajo la arena del islote, sudando a mares, ahogándose por la falta de un aire que no se decidía a penetrar por las minúsculas troneras, y soportando el hedor de unos cuerpos que rezumaban tal miedo que corría el peligro de convertirse en epidemia. Nadie durmió, nadie comió, y casi nadie bebió pese a que se encontraran al borde de la deshidratación, puesto que el pánico imponía una ley que superaba incluso a las más perentorias necesidades físicas. Las últimas horas de la tarde, con el refugio convertido en un horno pestilente mientras un sol que se divertía burlándose de sus padecimientos se negaba a abandonar el cielo manteniéndose inmóvil sobre la línea del horizonte, fueron probablemente las más amargas en la vida de la mayor parte de los tripulantes del «Pez Volador», hasta que, como si se aburriera de aquel absurdo juego y decidiese dejar a los estúpidos seres humanos a solas con sus miserables problemas, ese mismo sol se zambulló de improviso en el océano permitiendo que las primeras sombras ocuparan su puesto. — ¿Preparados? — susurró «Miti Matái». Todos lo estaban. Desde hacía horas; desde hacía días; casi desde hacía siglos, puesto que cada uno de ellos había estado repasando mentalmente una y mil veces hasta el más mínimo movimiento que debía realizar desde el momento mismo en que, con la caída de la noche, comenzaran a arrastrarse fuera de su escondite. Nunca fueron tan densas — ni tan amadas — las tinieblas, ni nunca nadie las aprovechó tan intensamente. El grupo de hombres y mujeres se deslizó sin pronunciar una sola palabra ni realizar un solo gesto inútil hasta donde se encontraba el casco de estribor del Marara, y tras retirar sigilosamente cuanto lo camuflaba, comenzó a arrastrarlo centímetro a centímetro hacia mar abierto, al otro lado de la laguna y el arrecife de coral. Casi una hora después, cuando ese primer casco tenía ya media quilla dentro del agua y la otra mitad aún sobre la arena, regresaron a por el segundo, para repetir la operación con idéntico sigilo e idéntico silencio, de tal forma que un intruso que se hubiera encontrado a menos de doscientos metros de distancia, apenas hubiera conseguido darse cuenta de que algo extraño estaba aconteciendo en la cercana playa. En el momento en que al fin ambos cascos descansaban en paralelo al borde del agua, libraron la cubierta de su capa de arena y ramas, transportándola en volandas para que el carpintero y sus ayudantes la ajustaran lo mejor posible aunque de forma harto provisional, aprovechando para ello la leve luz de las primeras estrellas que comenzaban a brillar con fuerza en el firmamento. No se podía hacer mucho más por el momento, puesto que una enorme luna estaba a punto de hacer su aparición en el horizonte y para entonces debían encontrarse ya muy lejos. Roonuí-Roonuí, Chimé de Farepíti y cuatro guerreros con el cuerpo burdamente dibujado con los tatuajes de los «Te-Onó», permanecieron en tierra. El resto, ayudó a las mujeres — incluida la maniatada Anuanúa — a embarcar, empujó la nave para acabar de ponerla a flote y trepó a bordo para comenzar a remar en silencio y sin levantar ni una gota de agua. En cuanto los perdieron de vista, Roonuí-Roonuí y los cuatro guerreros se tumbaron boca abajo en una rudimentaria balsa que mantenían oculta entre los matorrales, para comenzar a bogar sin más ayuda que las manos en dirección a la isla. Chimé de Farepíti se quedó solo — terriblemente solo — en el islote. Una enorme luna amarillenta se alzó poco antes de que la balsa alcanzara la costa, por lo que Roonuí-Roonuí y sus hombres tuvieron que apresurarse a ocultarse entre la maleza antes de que cobrase fuerza rielando sobre la laguna. Media hora más tarde los vigías que se encontraban en la cima de la montaña habrían jurado por sus vidas que nada anormal había acontecido en la isla durante el tiempo que permaneció en tinieblas. Ni tampoco ocurrió nada digno de mención durante las horas que el «Pez Volador» permaneció al pairo a unas tres millas mar afuera, puesto que su carpintero necesitaba de mucho tiempo y mucha calma para ajustar definitivamente la cubierta, izar los mástiles y tensar los obenques. «Miti Matái» se cercioró con sumo cuidado de que su nave volvía a ser la de siempre, calculó la altura de las estrellas, y por último ordenó a los remeros que bogaran sin prisas hacia la entrada de la laguna que se encontraba situada exactamente a espaldas de aquella otra en la que se ocultaban las piraguas de los «Te-Onó». Con la luna iluminándola de lleno, muy pronto la silueta del Marara resultó claramente visible para los vigías que se encontraban en la cumbre, y que no pudieron contener su entusiasmo al comprobar que sus enemigos pretendían aprovechar esa luna para librar sus naves de los destructivos «Niho-Nuí», ya que como excelentes marinos que eran, habían sabido encontrar la única isla existente en muchas millas a la redonda. Pero como las provisiones de su astuto rey se habían cumplido, allí estaban ellos; los vengativos «Te-Onó», esperándolos. Si los polinesios hubieran conocido el juego del ajedrez, Octar se habría felicitado a sí mismo por haber sido capaz de predecir con toda exactitud los movimientos de su rival, aunque se vio obligado a admitir que éste había hecho su aparición mucho antes de lo que había supuesto. Octar y sus principales lugartenientes treparon de inmediato a un otero desde el que se dominaba la costa de levante para analizar mejor la progresión de un catamarán que se aproximaba a la barrera de arrecifes con la prudencia que cabía esperar de un capitán que no debía estar muy seguro de lo que se ocultaba bajo sus quillas. Íntimamente, cada «Te-Onó» debió rogar a sus dioses para que permitieran a sus enemigos descubrir sin dificultad la entrada a la laguna y sin duda sus dioses les escucharon, porque tras meticulosas comprobaciones, el Marara se adentró en aguas tranquilas para aproximarse a la gran playa de levante. El rey Octar debió librar en esos momentos una difícil lucha en su interior, puesto que de improviso se le presentaban dos opciones muy diferentes: botar al agua sus piraguas para cerrar con ellas las salidas de la laguna atrapando en su interior al «Pez Volador», o distribuir a sus guerreros por la espesura que rodeaba la playa para caer sobre sus enemigos en el momento en que pusieran el pie en la arena. Estudió la posición de la luna, calculó el tiempo de que disponía — y tal como ya «Miti Matái» había calculado con anterioridad — llegó a la conclusión de que ese tiempo estaba en su contra. La luna se ocultaría mucho antes de que hubiera conseguido sacar los pesados catamaranes de su escondite, empujarlos sobre la arena y ponerlos en disposición de lanzarse al ataque, teniendo en cuenta que debía basar luego la eficacia de ese ataque en las fuerzas de unos remeros que a aquellas alturas se encontrarían exhaustos. Corría de igual modo el grave riesgo de que los exploradores que sin duda desembarcaría el enemigo advirtieran su maniobra, con lo que darían sobrado tiempo a emprender la huida a una nave que había demostrado ser increíblemente veloz a poco viento que hubiera. De momento no soplaba viento alguno ni parecía que fuera a levantarse, pero aun así decidió descartar una batalla naval de tan incierto resultado, puesto que mucho más clara se le antojaba la opción de una emboscada en tierra. Ordenó por tanto a sus hombres que se distribuyesen en silencio por la playa, y que dejasen pasar libremente a los exploradores del Marara si es que se daba el caso de que desembarcaran. Sentado frente a un montón de hojarasca y ramas secas en el islote ahora solitario, Chimé de Farepíti permanecía con los ojos clavados en la playa de poniente, atento al menor movimiento que pudiera indicar que los «Te-Onó» decidían lanzar al agua sus naves. De ser así, su misión era a la vez sencilla y peligrosa: lo único que tenía que hacer era prenderle fuego al montón de hojarasca con el fin de provocar un incendio en la maleza cuyo resplandor fuera visible por las gentes del Marara que en tal caso emprenderían de inmediato la huida. Ese fuego alertaría a su vez a Roonuí-Roonuí y sus cuatro compañeros, que al instante tendrían que regresar al islote para que el catamarán pasara a recogerlos. Aquélla constituía la fórmula de escape que «Miti Matái» había diseñado con el fin de evitar verse atrapado en el interior de la laguna por unas naves que sabía infinitamente más poderosas que la suya, aunque en el fondo de su alma estaba convencido de que el inteligente Octar se inclinaría por la opción de tenderle una emboscada en tierra. Al poco decidió hacerle concebir mayores esperanzas, por lo que ordenó a los remeros que se aproximaran un poco más a tierra hasta detenerse a unos cien metros de la playa. La delicada maniobra significaba ponerse casi al alcance de las lanzas de los «Te-Onó», pero pronto resultó evidente que éstos preferirían continuar ocultos entre las palmeras y los «miki-mikis» que nacían justo al borde de la arena, nerviosos, espectantes y mascando su ira por el hecho de que sus odiadas «víctimas» no se decidieran a desembarcar de una vez por todas. Bajo la brillante luz de la enorme luna, Octar creyó distinguir la silueta de la princesa Anuanúa atada al mástil de proa, por lo que se vio obligado a morderse los labios para no ordenar un inmediato y desenfrenado ataque. Mil veces se había arrepentido durante aquellos días por haber aceptado que Anuanúa le convenciera de que no corría peligro al permitir que la intercambiase por los rehenes, segura como estaba de que el fiel «Miti Matái» la devolvería de inmediato a su lado. Ningún «Te-Onó» hubiera osado contradecir las órdenes de su rey, y mucho menos atarlo como a un esclavo al mástil de su embarcación. Cuando al fin consiguiera ponerles la mano encima a quienes habían arrasado su isla, asesinado a sus súbditos y secuestrado a la mujer que más había amado, y que era a la vez la madre de su hijo, Octar estaba decidido a infligirles tales torturas y una muerte tan horrenda, que los «Hombres-Memoria» lo recordarían por los siglos de los siglos como la más refinada venganza que había tenido lugar sobre la superficie del planeta. Al poco, dos exploradores se dejaron deslizar por la borda del «Pez Volador» para nadar muy despacio hacia la playa y Octar advirtió que el corazón le daba un vuelco, seguro como estaba de que si los exploradores desembarcaban, a continuación lo haría el resto de la tripulación. A proa del Marara, su capitán no perdía detalle de cuanto ocurría en tierra, al tiempo que sus remeros permanecían atentos por si tenían que comenzar a bogar apresuradamente. En realidad, los «exploradores» no eran más que los dos nadadores más veloces de Bora Bora, a los que había ordenado aproximarse a la orilla pero manteniéndose atentos a regresar a toda prisa a la menor señal de peligro. Como resultaba lógico imaginar, el impaciente Octar no intentó atacarles, sino que se limitó a indicar a sus hombres que se ocultaran aún mejor para que no pudieran sospechar su presencia en el momento de adentrarse en la isla. A los pocos minutos, la punta de «El Anzuelo de Mahui»[11 - La estrella «Antares» que forma parte de la constelaciуn zodiacal de Escorpio. (N. del A.)] hizo su aparición en el horizonte, y como ésa era la señal convenida, Roonuí-Roonuí y sus guerreros iniciaron una sigilosa marcha hacia el escondite de los dos enormes catamaranes, a los que, contra lo que imaginaban, descubrieron sin vigilancia alguna. Resultaba evidente que los «Te-Onó» abrigaban la certeza de que sus enemigos se encontraban al otro lado de la isla y a bordo de una nave, por lo que ni siquiera habían tomado la elemental precaución de mantener una guardia de seguridad en torno a las suyas, ya que jamás se les había pasado por la mente la idea de que aquellos a quienes intentaban emboscar conocieran de antemano sus intenciones. Tan imprudente comportamiento superaba las más optimistas expectativas de Roonuí-Roonuí, que se limitó a vigilar por si alguien se aproximaba mientras sus compañeros se dedicaban a la delicada tarea de ir cortando — con la inestimable ayuda de los afilados cuchillos españoles — ocho de cada diez uniones de las tablas que conformaban la proa de los catamaranes, aprovechando al propio tiempo para introducir de tanto en tanto las puntas de las dagas entre las ranuras y liberarlas así de la dura pasta de resina de «pandanús» que había servido para calafatearlas. Realizaron su destructora tarea con tal rapidez y eficacia, que media hora más tarde, las cuatro proas de las dos pesadas naves de guerra apenas podrían haber soportado una fuerte patada sin desmoronarse, pese a lo cual su apariencia externa no mostraba a simple vista cambio sustancial alguno. La luna se encaminaba hacia su ocaso, y en la playa de levante los supuestos «exploradores» continuaban a la orilla del agua como si dudaran a la hora de decidirse a penetrar en la espesura. Los «Te-Onó» comenzaban a desconcertarse. Cuando la estrella que marcaba el punto más bajo de «El Anzuelo de Mahui» surgió en el firmamento fiel a su cita de milenios, los dos «exploradores» regresaron nadando sin prisas al «Pez Volador», al tiempo que el grupo de Roonuí-Roonuí volvía en busca de la pequeña balsa. La luna estaba a punto de ocultarse. En cuanto los dos hombres se encontraron a bordo, «Miti Matái» chasqueó los dedos y los remeros emproaron de inmediato la nave hacia el exterior de la laguna. El rey Octar se encontraba al borde de un ataque de ira al comprobar que había tenido a su amada Anuanúa casi al alcance de la mano y una vez más se la arrebataban. Se preguntó si algún detalle que se le pasara inadvertido habría alertado a los exploradores, y comenzó a arrepentirse de no haber lanzado al agua sus naves cuando aún estaba a tiempo. Por suerte para él, al poco pudo comprobar que el Marara no parecía tener intención alguna de alejarse definitivamente de la isla. La postrera luz de la luna le permitió observar cómo iba costeando a no más de doscientos metros del arrecife de coral, para acabar por detenerse justo frente al islote que se alzaba en su ángulo norte, donde se mantuvo al pairo, aguardando sin duda un amanecer que le permitiese hacerse una clara idea de qué era lo que esperaba en tierra. A los pocos minutos las tinieblas se adueñaron del paisaje, y Octar convocó a sus lugartenientes con el fin de mantener un cambio de impresiones. De nuevo se le presentaba idéntico dilema: o mantenerse donde estaba confiando en que en esta ocasión las gentes de Bora Bora decidieran desembarcar, o aprovechar las dos horas de oscuridad que quedaban para arrastrar las naves al agua y sorprender a sus enemigos atacándoles desde ángulos opuestos. — Resultará muy difícil que consigamos ocultarnos sin que los exploradores nos descubran a la luz del día — argumentó el más anciano de sus lugartenientes —. Y en ese caso nos tomarán una gran ventaja perdiéndose de vista en lo que tardamos en tener a punto nuestros barcos. Lanzarse por lo tanto de inmediato al ataque fue la casi unánime decisión, por lo que a los pocos minutos la práctica totalidad de los «Te-Onó» se esforzaba por poner los catamaranes en el agua lo más pronto posible y en absoluto silencio. Roonuí-Roonuí se mantuvo oculto a corta distancia de las naves hasta que no le cupo duda de que habían comenzado a botarlas, momento en el que se deslizó hasta donde le esperaban sus hombres a bordo de la balsa. Remando en silencio alcanzaron el islote en el que les esperaba Chimé de Farepíti, para continuar juntos mar adentro hasta abordar al «Pez Volador». — ¿Vienen? — fue lo primero que quiso saber «Miti Matái», en el momento en que pusieron pie en cubierta. — Vienen — confirmó el «Jefe de los Guerreros» sonriendo abiertamente —. Al amanecer los tendremos aquí. — ¿Hicisteis bien vuestro trabajo? — Lo hicimos. — ¡Magnífico! — fue el alegre comentario del «Navegante Mayor» —. Creo que esta vez se llevarán una desagradable sorpresa. Indicó a sus remeros que se alejaran media milla de la costa, y cuando lo hubieron hecho les pidió que intentaran dormir un rato. — En cuanto amanezca necesitaremos todas nuestras fuerzas — dijo —. ¡Todas! Pero durante lo poco que quedaba de noche nadie consiguió dormir ni tan siquiera un minuto a bordo del Marara, por lo que Tapú Tetuanúi y Vetea Pitó acudieron de inmediato a tomar asiento junto a Chimé de Farepíti, al que felicitaron por el valor que había demostrado al quedarse solo en el islote consciente como estaba de que si se veía obligado a encender fuego corría serio peligro de que los «Te-Onó» le atraparan. — Jamás me hubieran atrapado — fue la firme respuesta del chicarrón —. «Miti Matái» lo tenía todo muy bien organizado. — No cabe duda de que es un genio — corroboró Vetea Pitó —. Lo que tendríamos que hacer es proclamarle rey en lugar de esa cerda de Anuanúa. — «Miti Matái» está convencido de que nunca regresará a Bora Bora — le hizo notar Tapú Tetuanúi —. Y aunque volviera, jamás aceptaría el cinturón real. Le basta con ser quien es. — Lástima… — se lamentó el buceador —. Porque lo que sí es seguro, es que nunca hubiéramos conseguido un rey más astuto, más noble, o más valiente. — A cambio tendremos a la reina más estúpida, más puerca, y más odiosa… — hizo notar Chimé de Farepíti indicando con un gesto la figura de Anuanúa que permanecía acurrucada en proa, con la vista clavada en la isla —. ¿Por qué resulta siempre la vida tan injusta? — Ella nunca llegará a convertirse en reina de Bora Bora — replicó Tapú Tetuanúi con sorprendente seriedad —. De eso podéis estar seguros. — ¿Se te ha ocurrido alguna idea para librarte de ella? — inquirió de inmediato un esperanzado Vetea Pitó. — Es posible… — afirmó su amigo —. Si algo le ocurriese a «Miti Matái», cosa que los dioses ojalá no permitan, yo tomaría el mando de la nave, y en ese caso estoy decidido a desembarcarla en el primer atolón solitario que encontremos… — Hizo una corta pausa y añadió —: He estado repasando las leyes, y no existe ninguna que estipule que aquel que abandona a un rey en un atolón desierto, tenga por qué convertirse necesariamente en tiburón. Vetea Pitó y Chimé de Farepíti le observaron con innegable escepticismo, y al fin el primero de ellos señaló negando con la cabeza: — ¡Me da la impresión de que tú las leyes te las inventas…! — Lanzó un resoplido —. O al menos que tan sólo te acuerdas de aquellas que te convienen. — No me las invento… — le aclaró su amigo —. Pero en cierta ocasión Hiro Tavaeárii me hizo comprender que las leyes las han creado los hombres y tan sólo se conservan en la memoria de los hombres… — ¿Y eso qué significa…? — Que de igual modo, los hombres pueden crear otras nuevas u olvidar las que ya existen — fue la respuesta —. Las leyes no son como el sol, la luna o las estrellas, que siempre han estado ahí, nunca han cambiado y nunca cambiarán. Las leyes tienen que adaptarse a los tiempos, pues no debe interpretarse de igual modo una orden bajo el reinado del bondadoso Pamáu, que bajo el reinado de la cruel Anuanúa si es que llega a gobernar. Vetea Pitó, que había escuchado en completo silencio, se volvió al gigantón al tiempo que señalaba a Tapú Tetuanúi. — Deberíamos dedicarnos a estudiar leyes para cambiarlas luego a nuestro antojo — dijo con desconcertante seriedad —. Este desvergonzado está consiguiendo todo lo que se propone sin que nadie se atreva a contradecirle… — Lanzó un sonoro bufido —. Menos mal que sólo sueña con convertirse en «Navegante Mayor», porque con lo que enreda podría llegar a regente. — Yo no «enredo» — replicó Tapú Tetuanúi con idéntica seriedad —. Me limito a pensar, porque he tenido dos maestros que me han enseñado que pensar es lo único que nos permite enfrentarnos a aquellos que son más fuertes que nosotros. Si «Miti Matái» no supiera pensar como lo hace, es muy probable que hoy mismo acabáramos por ser aniquilados por esos salvajes… — Por último añadió —: «La Gran Dama Solitaria» está a punto de desaparecer… Pronto amanecerá. — ¡Las mujeres a los remos! ¡Los hombres a las armas! La seca orden del «Navegante Mayor» puso a todos en movimiento, porque tal como acababa de señalar Tapú Tetuanúi, el alba anunciaba su presencia, y en cuanto una levísima claridad lechosa comenzó a adueñarse del cielo y la silueta de la isla surgió de las tinieblas, pudieron advertir cómo dos grandes catamaranes abandonaban la laguna, una por poniente y otra por levante, para avanzar con rapidez en un claro intento de atraparles entre ambas. No había viento, ni cabía abrigar la esperanza de que soplara ese día, por lo que la única posibilidad de salvación se centraba en una veloz huida. Pese a todos los esfuerzos de las muchachas, los «Te-Onó» ganaban terreno a ojos vista, pero podría asegurarse que aquello no era algo que preocupara en exceso a «Miti Matái». Tenía plena conciencia de que sus enemigos debían encontrarse muy fatigados tras esforzarse durante casi dos horas arrastrando sobre la arena unas pesadísimas embarcaciones, y que la velocidad que estaban imprimiendo a sus paladas acabaría por reventarles pronto o tarde. De momento el capitán del Marara estaba consiguiendo lo que en un principio se había propuesto: alejarse lo más posible de la costa para adentrarse cada vez más en el océano. Animados por la facilidad con que se aproximaban a sus víctimas, y por los gritos de Octar, que aparecía encaramado en la proa de babor del primer barco, los «Te-Onó» redoblaron sus esfuerzos, sudando y resoplando, convencidos de que muy pronto abordarían la nave enemiga para pasar a cuchillo a sus hombres y violar a sus mujeres. La victoria final estaba cerca. Menos de trescientos metros separaban a Octar de la popa del Marara, cuando «Miti Matái» señaló con absoluta calma: — ¡Fuera las mujeres! ¡Los hombres a los remos! El cambio llevó unos segundos y mientras las agotadas muchachas se derrumbaban sobre cubierta, hasta el último hombre se apoderó de una «pagaya», consiguiendo así que el «Pez Volador» diera un brusco salto para poner de nuevo distancia entre él y sus perseguidores. Octar lanzó un rugido de ira. Sus guerreros advirtieron que, por unos instantes, su ánimo decaía y estuvieron a punto de darse por vencidos, pero los gritos de su rey tuvieron la virtud de reavivar sus fuerzas y continuaron bogando pese a que sus naves se les antojaban cada vez más pesadas. Pronto dos, luego tres, y por último cuatro hombres tuvieron que limitarse a achicar un agua que inundaba con desconcertante rapidez los cascos de los catamaranes, y que alcanzó en un principio los pies de los remeros, más tarde sus tobillos, y por último sus pantorrillas, momento en el que parecieron comprender que por más que se esforzaran, sus antaño obedientes naves perderían velocidad para acabar por quedar clavadas en mitad del océano. Ya no trataban de impulsar una piragua; ahora se afanaban en un inútil intento de hacer avanzar toneladas de agua, puesto que el concienzudo trabajo de los guerreros de Roonuí-Roonuí había dado sus frutos. Octar saltó a cubierta, se aproximó a uno de los cascos y comprendió que había caído en una diabólica trampa. Ordenó a sus carpinteros que se lanzaran al agua para calibrar desde el exterior la importancia de los daños, y en cuanto el primero de ellos reapareció en la superficie, su diagnóstico fue cruel y conciso: — ¡Nos hundimos! — gritó. Octar se volvió para pedir ayuda a la segunda embarcación, y lo que vio le obligó a palidecer: a menos de doscientos metros de distancia aparecía de igual modo clavada en mitad de un océano que amenazaba con alcanzar su línea de flotación. Apiñados en cubierta, casi medio centenar de sus mejores guerreros le hacían desesperados gestos para que acudieran en su auxilio. La costa era apenas una desdibujada línea que se diluía en el horizonte. El Marara se había detenido a su vez, y el consternado rey de los «Te-Onó» pudo advertir cómo giraba lentamente para volver sobre su estela. Mientras el agua continuaba penetrando a borbotones en los fuertes cascos de unas naves que habían surcado sin problemas todos los mares, el hasta aquel momento invencible Octar se preguntó cómo era posible que aquello hubiera ocurrido. ¿Cuál había sido su error, y en qué momento tuvieron ocasión de sabotear sus piraguas unos enemigos fondeados en mitad de la laguna? ¿Por qué le habían abandonado de una manera tan injusta los dioses de sus antepasados? El Marara, se aproximaba sin prisas. La segunda de las naves, la más dañada, escoró peligrosamente sobre su banda de estribor. Algunos de sus hombres se lanzaron al agua para nadar con desesperación hacia la que aún se mantenía a flote. Media docena de tiburones merodeaban por las proximidades, aunque ninguno de ellos parecía mostrarse agresivo. El agua seguía subiendo. Los tripulantes de la primera nave gritaron a los que se acercaban que no trataran de trepar a bordo. Algunos de los náufragos comprendieron lo inútil de su intento y girando sobre sí mismos iniciaron la absurda aventura de ganar a nado la costa. El «Pez Volador» se detuvo a unos trescientos metros de distancia, y sus tripulantes alzaron los remos aclamando a su capitán. Tapú Tetuanúi y sus dos amigos habían iniciado una cómica danza guerrera en el centro de la cubierta. «Miti Matái» permanecía impasible. A proa, la princesa Anuanúa semejaba una esfinge. La segunda de las piraguas de los «Te-Onó» se anegó por completo y la mayoría de sus pasajeros se vieron obligados a introducirse en el agua limitándose a aferrarse a lo que quedaba a flote, advirtiendo cómo los hasta ese momento pacíficos tiburones se mostraban cada vez más inquietos. — ¡¡Octar…!! El desgarrador alarido corrió sobre la superficie del océano para perderse, sin eco, en la distancia. Electrizado por el aullido de dolor de Anuanúa, Tapú Tetuanúi se detuvo en su desenfrenada danza y observó con atención a aquellos monstruosos seres cubiertos de pies a cabeza de horrendos tatuajes, que se habían convertido de improviso en la más desoladora estampa de la derrota y la desesperación. Habían tomado conciencia de que se encontraban al borde de una muerte que les rondaba en forma de ahusados cuerpos de insaciables mandíbulas dotadas de afiladísimos dientes, pero podría decirse que lo que en verdad les atormentaba no era la proximidad de esa muerte, sino el hecho de que ocurriera ante los ojos de quienes tan astutamente les habían burlado. Nuevos tiburones hicieron su aparición como si la voz del apetitoso festín se hubiera corrido hasta las mismas entrañas del océano, y los más audaces rozaban las piernas de los náufragos. Era ya tan sólo cuestión de esperar. La nave de Octar apenas sobresalía unos centímetros sobre la superficie del océano, hasta el punto de que diminutas olas conseguían penetrar libremente en sus cascos. Un hombre lanzó un desgarrador alarido en el momento en que un tiburón martillo le arrancó un pie de una feroz dentellada. Una mancha roja se extendió a su alrededor, y como si aquélla hubiera sido una señal largo tiempo esperada, docenas de escualos se lanzaron al ataque en la más brutal y sanguinaria carnicería que hubiera contemplado jamás ser humano alguno. El mar se tiñó de rojo y se estremeció como si hirviera a causa de las idas y venidas de docenas de fieras hambrientas cuyo número aumentaba por segundos llegando como terroríficas flechas desde los cuatro puntos cardinales al olor de una sangre que manaba a borbotones por centenares de espantosas heridas. Tapú Tetuanúi se vio obligado a taparse los oídos incapaz de seguir escuchando los alaridos de quienes agonizaban, o el chasquido de las mandíbulas al cerrarse sobre los cuerpos de cuantos pugnaban por escapar de la masacre. En su desenfrenado ataque un enorme tiburón-tigre se estrelló contra el costado del Marara, que se estremeció de punta a punta. — ¡Atrás! ¡Atrás! — gritó de inmediato «Miti Matái» —. ¡Vámonos de aquí o nos destrozarán…! No exageraba, puesto que en el paroxismo de aquella bestial matanza, los tiburones habían comenzado a devorarse los unos a los otros, como si la abundancia de sangre les hubiera vuelto locos y ya no fueran capaces de distinguir un inerme cuerpo humano de un desprevenido escualo o incluso el casco de una enorme embarcación. — ¡¡Octar…!! Octar aún se mantenía junto a media docena de sus hombres sobre una nave que parecía bailotear en mitad de una brutal tormenta, intentando apartar con ayuda de una larga lanza a los más audaces agresores que se alzaban intentando alcanzarle, hasta el punto de que uno de ellos quedó chapoteando sobre cubierta lanzando feroces coletazos y esforzándose por atrapar a quienes se encontraban más próximos. Era aquélla una agónica y desesperada lucha por la supervivencia pese a que resultara evidente que no existía forma alguna de sobrevivir. Por último el gigantesco escualo giró sobre sí mismo y al hacerlo provocó que el ya semihundido catamarán se inclinara lanzando al agua a sus últimos ocupantes, y fue en ese instante cuando el gigantesco Octar alargó la mano hacia la princesa para gritar a modo de despedida: — ¡¡Anuanúa…!! ¡¡Anuanúa…!! Una bestia gris se lo llevó mar adentro con el brazo aún alzado. A los pocos instantes ni un solo «Te-Onó» quedaba con vida, mientras algunos pedazos de carne flotaban aquí y allá sirviendo de pasto a quienes habían llegado tarde al festín, y que aún se enfrentaban entre sí a cuatro o cinco metros bajo la superficie de las enrojecidas aguas. Había sido aquél un macabro y estremecedor espectáculo que Tapú Tetuanúi recordaría hasta el fin de sus días, pero más aún recordaría lo que ocurrió a continuación, puesto que inesperadamente, y cuando todo parecía indicar que poco a poco la paz regresaba al océano, la princesa Anuanúa dio un salto hacia adelante, y aun maniatada como se encontraba, se apoderó de uno de los cuchillos que los guerreros habían abandonado sobre cubierta, para clavárselo a «Miti Matái» en el estómago, al tiempo que aullaba como si se encontrara poseída por todos los demonios del averno: — ¡¡Maldito!! ¡¡Maldito!! ¡¡Maldito!! Roonuí-Roonuí y Chimé de Farepíti se precipitaron a detenerla tratando de impedir que continuara acuchillando al «Navegante Mayor», pero infiriéndole una última herida, Anuanúa dio un nuevo salto y se lanzó de cabeza al mar gritando enloquecida: — ¡¡Octar…!! Una densa masa de tiburones se lanzó de inmediato a por ella. El «Navegante Mayor» de Bora Bora, aquel que había alcanzado el confín del universo llegando hasta el lugar en que las aguas se convertían en blancas montañas; aquel que vislumbró «La Tierra Infinita», y aquel que se aventuró hasta el corazón del «Infinito Mar de las Infinitas Islas», murió en paz consigo mismo y con sus dioses dos días más tarde. — No culpéis a Anuanúa — fueron sus últimas palabras —. Ella tan sólo hizo lo que Tané le había ordenado que hiciera. — Sonrió con tristeza a su discípulo predilecto —. Y tú no llores — rogó —. Todos sabíamos que nadie regresa por segunda vez del «Quinto Círculo»… Así es la ley. Se quedó muy quieto, contemplando sin ver un firmamento en el que todos los «Avei'á» le conducían ahora al paraíso, y Tapú Tetuanúi sintió que el corazón se le partía en mil pedazos para ser devorado por el más cruel tiburón blanco que habitara en las aguas profundas, porque el hombre más maravilloso que jamás hubiera existido, su ídolo, su ejemplo y su maestro en el difícil arte de la navegación, le abandonaba para siempre. No había lágrimas que acallaran un dolor tan profundo, ni se habían inventado palabras que consolaran por tan desorbitada pérdida y, por lo tanto, lo único que pudo hacer fue retirarse al más apartado rincón para que los «Niho-Nuí» de la pena taladrasen su alma como si se tratara del reblandecido casco de una nave. Nadie acudió a consolarle, puesto que todos estaban necesitados de consuelo. Nadie pareció comprender que se sentía huérfano, porque todos eran ya huérfanos. Nadie escuchó sus plegarias, porque todos se concentraban en rezar. ¡«Miti Matái» había muerto! Con él moría una estirpe, una leyenda, un sueño capaz de conducirles hasta la lejana isla de los «Te-Onó», aniquilarles y devolver la nave a los límites del «Quinto Círculo». La vida, tal como la habían concebido hasta el presente, parecía haber dejado de tener sentido. La dulce victoria se había convertido de improviso en amarga derrota. ¡«Miti Matái» había muerto! Al día siguiente el carpintero construyó una diminuta embarcación con los restos de las piraguas enemigas que aún flotaban a su alrededor. Colocaron en ella el cuerpo del más amado de los capitanes, la adornaron únicamente con el amarillo cinturón real que «Miti Matái» merecía más que nadie, y a la caída de la tarde dejaron que la improvisada nave se alejara rumbo al sol que se ocultaba, porque aquél era el funeral que merecían los mejores navegantes. Tané, dios del mar, le conduciría directamente a la presencia de su padre, el Gran Taaroa, Creador de todas las cosas hermosas, al que su otro hijo Oró, dios de la guerra, cantaría las alabanzas de quien había sido el más valiente entre los valientes y el más astuto entre los astutos. Taaroa escucharía en silencio, sonreiría satisfecho, abrazaría al nuevo «semidiós» que llegaba a su recinto, y le haría entrega de la más hermosa nave que jamás se hubiera construido en los astilleros celestiales. Cien tortugas la arrastrarían. Mil delfines la precederían. Un millón de «Mahi-Mahis» nadarían a su alrededor. «Miti Matái» surcaría eternamente el tranquilo océano, y cada atardecer acudiría a visitar la isla en la que había nacido y de la que se había convertido en el más legendario de sus héroes. Cuando el féretro del mayor de los grandes navegantes desapareció en las tinieblas y el firmamento se pobló de millones de estrellas, Tapú Tetuanúi buscó una nueva y más brillante que de allí en adelante se llamaría «Miti Matái», consultó los «Avei'á» dibujados sobre la cubierta del Marara, y abriendo mucho las piernas, tal como recordaba que su maestro solía hacer, ordenó con voz ronca por la emoción pero segura: — ¡Volvemos a casa! ¡Rumbo sur-sudeste…! ¡Rumbo a Bora Bora! Bora Bora-Lanzarote Febrero-agosto de 1993 FIN notes Примечания 1 Para los lugares, así como para el tiempo y las distancias, he considerado preferible emplear la terminología actual para evitar confusiones. (N. del A.) 2 Se podría traducir por «Mar Ventoso», o tal vez «Viento del Mar». (N. del A.) 3 «Mujer de piragua.» (N. del A.) 4 Hombre de clase inferior. (N. del A.) 5 Palabra de origen japonйs que designa la marejada provocada por un temblor de tierra submarino o la explosiуn de un volcбn. (N. del A.) 6 Las costas de Sudamйrica. (N. del A.) 7 Isla de Pascua. (N. del A.) 8 Tejido típico polinesio fabricado preferentemente a base de corteza de «бrbol del pan», alisada, mojada y batida hasta convertirla en finas lбminas con las que se confeccionan largos ponchos. (N. del A.) 9 Teredo navalis. Molusco lamelibranquio muy abundante en ciertas regiones del Pacífico. (N. del A.) 10 Remo o canalete polinesio. (N. del A.) 11 La estrella «Antares» que forma parte de la constelaciуn zodiacal de Escorpio. (N. del A.)